¿POR QUÉ NOS CONFORMAMOS CON MENOS?

18.04.2026

IDEAS, PALABRAS, ACTIVISMO, JUSTICIA Y FELICIDAD

Elizabeth Duval es filósofa, tiene 25 años, publicó cuatro libros y es una de las voces más influyentes y polémicas de la intelectualidad española. En este ensayo aborda en primera persona el dilema político de la época: si vale opinar sin militar, desear la autorrealización o la felicidad colectiva, lamentar el sufrimiento ajeno pero que lo arreglen los otros. ¿Por qué nos conformamos con menos? ¿Qué poder tiene la palabra para intuir el mundo que deseamos? "La misma palabra dicha por muchos tiene el poder de los dioses." Elizabeth Duval es una de las invitadas al Festival Futuro Imperfecto Vol 3. 












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Por Elizabeth Duval

Me siento una impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer. Prefiero, de hecho, no prescribir nada; y nada tiene que ver el rechazo de la prescripción con la voluntad de quien no querría mancharse las manos. He pensado mucho en algo que dejó por escrito Jorge Semprún al rememorar su paso por el Consejo de Ministros; decía, sobre la política, que esta, "a fin de cuentas, sólo es un trabajo sobre el lenguaje, sobre el discurso, el sentido y el contrasentido del texto histórico, de su textualidad. Desde las asambleas ciudadanas de la democracia esclavista en la Grecia antigua hasta los mítines masivos y las intervenciones televisivas de hoy en día, todo gira en torno al lenguaje. El verbo estuvo en el comienzo y estará en el fin de la política. Sólo los medios han cambiado, no el mensaje. Basta con volver a leer a Platón o a Tocqueville para darse cuenta de ello. ¿Cómo podría un escritor desinteresarse del poder?".

Es una idea bella. Mi primer tatuaje, al cumplir los dieciséis, realizado en la muñeca derecha, fue la palabra griega poiesis, escrita como ποίησις en letras griegas; si escogí ese brazo y no el otro es porque soy diestra, con él escribo, vivo, gesticulo, y quería remarcar esa diferencia, saber que la tinta había de inscribirse en el lugar apropiado. En El banquete, Diotima pronuncia ante Sócrates un discurso sobre el amor, sí, pero también sobre la inmortalidad y lo que permanece de nosotros más allá de nuestra muerte terrenal. La poiesis nos da la poética y los poetas, pero es fundamentalmente creación, cualquier paso del no-ser al ser, un cierto proceso de realización; para Heidegger, por su parte, en la poiesis en tanto que desvelamiento del ser, compartida como instrumento para nombrar el mundo por filósofos y por poetas, hay una cierta forma específica del decir, una manera de hacer. Recuerdo pensar, cuando leí El banquete por primera vez, que en la vocación de inmortalidad se inscribían todas las cosas que me obsesionaban. Hay distintas cosas que podemos traer al mundo para que nos sobrevivan y es difícil decirlas con tanta belleza como Diotima. Pero hay tres posibilidades para esa vida posterior a la muerte, actos de afectación al mundo que llegan incluso a procurar templos a sus hacedores. Una dimensión de la poiesis está en la creación literaria, en la labor de las bellas palabras y en los discursos, en las obras que nos sobreviven, como escribí en otra ocasión, en tanto que hijos de otros árboles menores; Diotima habla también de la inmortalidad que confiere la estirpe, los hijos carnales, y así aparece otro paso del no-ser al ser, una forma de engendrar, en algo vinculado con el deseo y los demás, con el amor; pero también en la forma en la que uno se relaciona con su comunidad política, en cómo transforma los asuntos de su ciudad —o de su país—, puede alcanzarse lo mismo. Todos estos ámbitos me obsesionaban, daba igual desde qué ángulo: me llamaban desde la creación, me llamaban desde lo que hay en ellos de deseo y lo que hay en ellos de palabra y discurso, pulsaban algo en mí, y algo suficiente para considerar que una palabra tan poderosa podía inscribirse en mi piel para siempre.

"No tendría que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer".

No estoy de acuerdo con que la política sólo sea un trabajo sobre el lenguaje. Sí creo que lo es. Pero, cuando veo la pobreza y la angustia o la desigualdad, en esos cuerpos al borde del morir y de la extenuación que mencionaba al abrir este ensayo, nunca hay sólo palabras y la intervención sobre ellos no puede reducirse a discursos. Nunca puede reducirse la tarea que una sociedad necesita acometer al trabajo con las palabras, aunque las palabras sean para ello necesarias. La escritora (y amiga) Sara Barquinero dio a finales de 2022 una magnífica conferencia sobre creación artística y compromiso que partía de unas reflexiones de Elias Canetti, cuando este encontró una nota anónima que databa de una semana antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La nota decía: "Ya no hay nada que hacer. Pero, si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra".

Cuando le planteé a Sara mi plan inicial para esta sección breve del ensayo, casi a modo de epílogo, tuve que hacer frente a un grandísimo escepticismo. A ella le parecía que todos los filósofos tendían a derrapar cuando se trataba de hacer prescripciones de acción política, precisamente porque la decisión de intervenir no es la tarea del filósofo. Y las reflexiones que yo le sugería podían producirle cierta pereza: no tendría que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer, precisamente porque no tendría que ocuparme exactamente de qué es lo que hay que hacer, como si me estuviera extralimitando al plantear los conflictos entre pensamiento y militancia. Tiene, hasta cierto punto, razón: el más primordial de mis compromisos ha sido el compromiso con la palabra y con el pensamiento. Es por eso por lo que siempre he rehuido de la categoría de activista, prefiriendo las veces que se me ha denominado referente: no por el ego que se esconde tras las vitrinas o la acristalada torre de marfil, sino por considerar que yo, más allá de pensar, no actúo de esa manera, o si acaso sólo me muestro partisana de ciertas causas, pero sin ejercer la militancia que considero necesaria para ellas. Hay un conflicto fundamental entre la forma de vida que he escogido y la militancia, entre mi trabajo y la militancia: saber que sería profundamente feliz, por ejemplo, dedicándome a la escritura juguetona de las novelas, por encima de cualquier intervención política, por más que en esos textos narrativos tratara también de cogerle el pulso a obsesiones que son políticas, sociales y comprometidas. Saber, por ejemplo, que una siempre ha de preguntarse a qué está dispuesta a renunciar y qué desea más: si la autorrealización o la realización colectiva. Comprender la tensión imposible entre las vidas que deseamos comunitariamente y las vidas distintas que desplegamos cada una. Creo que uno de los motivos por los que he retrasado la escritura de esta parte ha sido por esa conciencia: nunca he tenido del todo claro si, en relación con lo que aquí digo, debía realmente decir algo o si decir cualquier cosa era exagerado, banal, un exceso.

"Cuando veo que los demás no militan o que no pueden militar —porque carecen de tiempo y energías, porque la vida les agota demasiado—, me entristezco y sueño con otra cosa."

Hay una tristeza profunda que me asalta cuando veo fotografías de muchos actos de la militancia política de izquierdas. Veo en ellas la imagen de la vejez y me entristece: la militancia, hasta de partidos nuevos, es, de algún modo, militancia antigua; la juventud no ha tomado para sí la tarea de hacerse cargo de su país y ha renunciado a transformarlo. No puedo creerme con la autoridad suficiente para conducir ninguno de estos reproches. Mi historial como militante es exiguo, se cuenta pronto y resulta pobre: estuve muy brevemente en un grupúsculo de extrema izquierda en mi adolescencia, del cual marché muy desencantada; organicé como pude a los estudiantes de mi instituto, pero sin objetivo claro ni destreza real, y la asamblea de postín que yo dirigía se derrumbó como un castillo de naipes; en la facultad, aunque participara en manifestaciones, asambleas, comités y huelgas, por más que orbitara alrededor del sindicato estudiantil, siempre estaba demasiado centrada en mis propios asuntos como para implicarme con fervor militante en esas tareas colectivas. Nunca he tenido un carnet de nada y este hecho, en mi biografía, no me produce tristeza; sin embargo, cuando veo que los demás no militan, o que no pueden militar —porque carecen de tiempo y energías, porque la vida les agota demasiado, porque sus trabajos, simple y llanamente, impiden que se consagren a algo que no sea trabajar—, cuando percibo una juventud desmovilizada, me entristezco irremediablemente y sueño con otra cosa. No podría reprocharles a los demás una falta de compromiso que yo también he poseído; soy, sin embargo, plenamente consciente de que dos verdades pueden sostenerse a la vez y seguir siendo contradictorias.

Qué tendríamos que hacer, me digo, y qué tipo de compromiso he esbozado en este libro, qué ideas se intuyen, cómo pulsan, qué clase de ecos podrían encontrar. Antes, cuando hablaba de la poiesis, trataba toda una serie de conceptos vinculados a la inmortalidad, a la trascendencia: aquello que perdurará de nosotros cuando ya no estemos. Es una dimensión que no tengo tan presente como a los dieciséis años; es una dimensión que ya no me preocupa tanto, o no me preocupa en absoluto. Pensar obsesivamente en lo que perdurará de nosotros cuando ya no estemos me parece tan ridículo y vanidoso como gozar de la vida por fantasmas o proyecciones del narcisismo propio en lugar de necesitar la presencia de interlocutores, tener a otras personas que den réplica a nuestra conversación, que vean la vida junto con nosotros, que nos asistan, que disfruten en el tiempo presente. En poco tiempo han dejado de interesarme la trascendencia de los libros de Historia, la soledad que impera injustamente en el cielo de los nombres, el monstruo de amor insaciable que vive en muchos corazones. Mis exigencias ahora son un poco más prosaicas y me conformo con menos, aunque en el fondo no me conforme con nada: prefiero lo que pueda insinuar un solo rostro a todo lo que se escriba en las páginas de la Historia, por más que disfrute leyéndolo; quiero, y lo hago de corazón, un presente mejor para cuantos habitamos este mundo, y confieso que lo ansío con un poco más de intensidad para mis personas más allegadas, sobre todo cuando las veo sufrir; aspiro a la felicidad, como lo hacemos todos, y me embarco persiguiéndola y persiguiendo sus fantasmas, espero que sin cansarme. Me mueven muchas cosas. Pero creo que ahora, cuando por fin he aprendido a disfrutar de la vida, aunque sólo sea a ratos, ya no me interesa tanto la inmortalidad. Demasiadas cosas buenas habitan entre los vivos como para interesarse sobremanera por lo que quedará de nosotros cuando empecemos a formar parte de los muertos.

"La felicidad no sólo tiene que ver con el ejercicio de la soberanía. Está íntimamente ligada a la justicia."

La felicidad no es sólo algo que tenga que ver con el ejercicio de la soberanía. Nada es sólo una cosa. La felicidad está íntimamente ligada a la justicia. Que haya gente miserable es injusto, que la gente muera en la calle es injusto, que los trabajadores se esfumen en condiciones modernas de esclavitud sin nunca intuir los contornos de la vida más allá de sus jornadas es injusto, que el mundo sea el tablero de juego de unos pocos y la tortura cotidiana de otros tantos es injusto, que sepamos intuir la felicidad y la aprendamos sin llegar a conocerla es injusto, y así eternamente podría esbozarse una lista inagotable de dolencias. En estas líneas ya no hablo como escritora o filósofa, sino como humana —a la cual nada de lo humano le es ajeno—: me parece que una parte del compromiso exigido y exigible es ese, está ahí. Por más que disfrute leyendo y escribiendo, por más que esas actividades a mí me procuren cierta plenitud, no puedo abandonar el compromiso con el mundo y la indignación que brotan de la misericordia, de sentir lo propio en el dolor de los demás.

Parece, cuando planteamos el qué hacer, que el ánimo prescriptivo de los filósofos implicaría que quienes tienen que hacer siempre son los demás. Ese es el problema. La potencia es potencia de una multitud de la cual formamos parte y de la cual tenemos que responsabilizarnos. Las cosas pueden ser de otra manera. Y los aparatos que tenemos —o podemos tener— a nuestra disposición han de encargarse de hacer posible que las cosas sean de otra manera. No estamos condenados a un urbanismo que nos aleje más y más en nuestros hogares como islas, a las vidas solitarias, independientes y tristes; en ningún lugar está escrito que la miseria no pueda corregirse, o que su corrección no constituya una necesidad; pero tenemos que tener la voluntad de imaginárnoslo. Lo que un individuo puede hacer con las palabras, si acaso, es fomentar esa imaginación, pensar en lo posible, palpar brevemente el mundo intuyéndolo, acercarse, mirarlo. Lo que colectivamente se puede hacer con las palabras es bien distinto: el poder que guarda la misma palabra dicha por muchos es parecido al poder de los dioses.

Si buscamos colectivamente las palabras adecuadas, las palabras justas, las palabras bellas, las palabras buenas, las palabras convincentes y felices, quizá algún día las cosas sean como insistimos en nombrarlas.

Este texto fue tomado del capítulo Cólera, del libro Melancolía, metamorfosis de una ilusión política (2023, editorial Planeta).


Elizabeth Duval es parte de Futuro Imperfecto Vol 3. En alianza con Fundación Medifé y el Centro Cultural de España en Buenos Aires, participará del cierre del festival anfibio, en conversación con la periodista Danila Saiegh. ¡Reservá tu lugar! Viernes 15 de mayo, 17.15 hs, Teatro Picadero.


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