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Opinión


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En política internacional, la imprudencia rara vez cobra de inmediato, pero siempre factura. Y cuando quien la practica es el presidente de un país con la memoria cargada de crisis, atentados y cicatrices abiertas como la Argentina, el asunto deja de ser una torpeza discursiva para convertirse en una apuesta peligrosamente irresponsable.

Una visión panorámica de los acontecimientos mundiales nos preludia un final anunciado, un final de rehenes, cómplices, indiferentes y víctimas, donde no solo está en juego la "civilización", sino toda forma de vida que habita este hermoso planeta.

La historia contemporánea está plagada de errores estratégicos cometidos en nombre de la seguridad. Pero cuando una potencia decide eliminar al líder supremo de otro Estado en medio de negociaciones abiertas, la torpeza deja de ser solo geopolítica; se convierte en una ruptura histórica de dimensiones globales.

Venezuela no es hoy únicamente una nación sumida en una prolongada crisis política y económica; es, ante todo, un espacio simbólico y estratégico donde confluyen las tensiones más profundas del orden internacional contemporáneo.