Apuntes para la «batalla cultural»

Por Juan Chaneton - Abogado, periodista, escritor
En este texto de Juan Chaneton conceptos como el Estado, el capital, el lenguaje, los errores y los necesarios posicionamientos geopolíticos, circulan en original urdimbre y en inequívoca dirección ideológica.
Cumpa: apócope de «cumpañero», sonsonete que nadie usa en las villas miseria de Argentina dado que sus habitantes prefieren hablar en castellano y decir COMPAÑERO, locución de la que nunca podría derivarse aquel apócope. Hay que decir que quienes desfiguran sobradoramente el idioma, en realidad, están expresando una pizca de subestimación o de solapado desprecio por unas gentes a las que no pueden imaginar hablando correctamente. Se trata de un prejuicio clasista y discriminador de esos que no son conscientes, sino que afloran en la conducta como reflejo pavloviano, que viene a ser lo mismo.
Y más que una pena resulta una catástrofe que, justo en esta gran época, el peronismo haya podido distraerse en reyertas irrelevantes, a una distancia de varias unidades astronómicas, de lo que necesitan este país y «los más vulnerables» de este país. Trapitos sí, trapitos no, ha resultado ser el desvelo de coyuntura de dos «cumpas» de mi flor que deberían reparar en que la primarización del país y su alineamiento geopolítico están poniendo a la Argentina en el camino de su extinción existencial. En el caso de Juan Grabois (uno de los involucrados en el trascendente contencioso), todo resulta más sorprendente, pues supo dar en el clavo de la problemática política y social de este país mucho mejor cuando merodeaba por fuera de las estructuras partidarias del peronismo que ahora, cuando ha decidido meterse a chapalear en el lodo. Tal vez esté jugando alguna baza interna, quién lo pudiera saber …
En tanto, a los enemigos del peronismo no les alcanza con aborrecerlo; además, necesitan calumniarlo, que es lo que decía Carriego de los «gringos», así lo cuenta Borges, que es el inventor en este país de Carriego y de Macedonio Fernández. Mucho cuidado, entonces, pues la narración de la historia no está a cargo de las buenas gentes sino de sus enemigos, que son los que calumnian al peronismo. Es el cuidado que deberían tener los hermanos que se pelean a riesgo de que los devoren los de afuera y los de adentro.
Todavía resuenan en los oídos y desfilan ante las pupilas, palabras e imágenes de Daniel Filmus informando con orgullo a la audiencia nacional que su ministerio ya disponía del 6% del presupuesto nacional para Educación, lo cual no era ninguna maravilla, pero era mejor que nada, que es lo que ha logrado aprobar el atroz gobierno que se abate hoy sobre la Argentina, frente a una oposición ideológicamente desarmada.
Y como las batallas hay que darlas en el plano electoral, se requiere oficio para librar esas batallas. Defender a los trapitos porque «se ganan la vida honestamente en vez de salir a robar» es el modo más seguro de perder una elección, de modo que hay que solucionar el hambre de los argentinos de otra manera que con la changa elevada a ejemplo de iniciativa empresarial y valor moral. Los trapitos, en varios centros urbanos, se han convertido en un problema de seguridad no sólo para el medio pelo que cuenta con su batata dominguera estacionada en la puerta, sino para todos los vecinos del barrio en el que salen los cuidacoches a hacerse la diaria de la cual depende su sustento y tal vez el de sus hijos. Pero aquí no hay un problema de «trapitos»; aquí hay un problema crítico de desocupación que no debe ser ocultada en la precariedad sino erradicada con el crecimiento. Suele aceptarse que así son las cosas, pero inmediatamente se agrega que bueno, que eso ya se sabe pero que mientras tanto, algo hay que hacer con el hambre. El problema es que eso se viene diciendo desde 1980 y se dijo también en 1990, y se repitió ni bien despuntó el nuevo siglo, y se volvió a repetir durante los gobiernos progresistas o de derecha; y todos se hacen los distraídos -por decirlo guardando las formas- mientras los más avisados corren a sentarse en sus bancas recién ganadas en una elección cuyo resultado afectará menos a ellos que a los limpiavidrios, tal como acaba de ponerlo en blanco sobre negro Bruno Carpinetti en su imprescindible alegato del 10/1/2026 publicado por la revista Panamá. (https://panamarevista.com/vida-de-country-retorica-de-barricada-apuntes-sobre-la-casta-militante-de-la-decada-ganada/).
La gravedad del asunto estriba en que a una derecha en ascenso la enfrenta un peronismo en decadencia. O aturdido, si lo primero parece una exageración. Y quién va a detener la decadencia es la pregunta del millón. Aunque hay otra pregunta, la del millón y medio: detener la decadencia del peronismo, ¿es una cosa buena o una cosa mala? Parecería una cosa mala si no hay con qué reemplazarlo, como también parece ser el caso. A la izquierda del peronismo no hay nada; sólo el trotskismo. Pero el trotskismo se especializa en no ser nunca alternativa. Ha devenido hecho poético: es la inminencia de una revelación que nunca se produce. Y tal vez sea mejor así. Ese doctrinarismo bochinchero, que dice hundir sus raíces en el bolchevismo ruso de principios del siglo XX, parece ser también, a veces, al menos en América Latina, el ala izquierda de la socialdemocracia, con la cual coinciden en sus denuestos contra las buenas causas que supimos conseguir. Bien entendido que nada de ello obsta a que la obligación de la hora sea defender a Vanina Biasi de las agresiones del «progresista» juez Rafecas en tándem con el inefable fiscal Taiano, rápido este sujeto para tirarse contra una militante popular, pero convenientemente lento para avanzar en la criptoestafa $Libra que involucra a los hermanos Milei.
Pero no exageremos. La conjetura tiene cara de hereje, como la necesidad. Y donde hay una necesidad, hay una oportunidad de expresar un afecto. Y esto el peronismo ha sabido hacerlo muy bien. Pero los tiempos han cambiado. Y la política requiere, hoy más que nunca, realismo, que no es sinónimo de pragmatismo.
Y principios.
Y poner al tope del programa la cuestión geopolítica, que siempre fue principalísima pero que ahora se ha puesto al rojo, sobre todo por el silencio y/o los quebrantos éticos con que la comunidad global acoge los delitos perpetrados por la administración norteamericana.

El peronismo, de cara al futuro, será socialdemócrata o no será nada. Y hasta un gobierno de ese signo podría cumplir decorosamente una misión histórica benéfica para las grandes mayorías populares. Siempre -hay que decirlo- que se trate de una socialdemocracia que opere en sintonía precisa con los legados del austríaco Bruno Kreiski, del sueco Olof Palme o, incluso, hasta del italiano Bettino Craxi, todos ellos, en su época, convenientemente alejados de la hoz y el martillo, pero sin deponer por eso la inquietud social y la concepción del Estado interventor que «corrige» las desigualdades que suscita el mercado.
En todo caso, de lo que se trata es de construir para impedir que la Argentina desaparezca devorada por las tensiones globales que ya afectan a toda Latinoamérica. Y es posible construir. El gobierno no las tiene todas consigo. No puede superar de raíz el problema que dijo que venía a superar: la inflación, la desinversión y el estancamiento de la economía. Se halla sospechado de dibujar números. Los vencimientos de deuda de enero (4.000 millones de dólares) fueron cubiertos, en parte y a duras penas, con tres mil de esos millones mediante el recurso a un expediente propio de los menesterosos globales: endeudarse para pagar y, a pesar de eso, sin suscitar la "confianza" de los operadores financieros, pues el préstamo al que finalmente pudo acceder el ministro Caputo, tiene fea reputación en el mundo financiero toda vez que resulta ser incómoda evidencia de que el país que lo pide tiene dificultades estructurales para satisfacer sus deudas.
Todo eso sin contar con que el ministro de Economía pide confianza local, pero él mismo no confía en lo que está haciendo: su propio patrimonio lo tiene depositado en burdeles financieros como la Isla de Man (¿…?).
Es mejor tema para discutir que los trapitos.
Y también cabría decir algo acerca de la «inocencia» fiscal, cuando la preocupación por una economía que no arranca lleva al gobierno a darle piedra libre a probables evasores y narcos para que «inviertan» sin que nadie les pueda preguntar de dónde sacaron la plata.
Además, Caputo, al igual que Macri, figura en los Panamá Papers, por si La Cámpora se había olvidado. Esto viene a cuento porque hay olvidos que son una desgracia. Y una desgracia de nuestro tiempo es como aquella que apuntaba Gloucester: que los locos guíen a los ciegos (Shakespeare, "El rey Lear", acto IV, escena I).
Hay mucha tela para cortar, pero resulta casi motivo de estupefacción que, en medio de la catástrofe que experimentan los pueblos de todo el mundo viviendo en un sistema capitalista que insinúa, en su etapa global, un final wagneriano, todavía haya quienes conciben que un programa político popular pueda omitir un punto neurálgico, central y absolutamente imprescindible, cual es el de fijar, ante todo, desde qué espacio colectivo global se va a gestionar, es decir, qué opción geopolítica, y sobre todo geoestratégica, estará en la base de las políticas que se pretende implementar con tal programa popular.
Tanto se zarandeó el concepto de «patria grande» que ahora se está inexorablemente preso de él, pues si se trata de un principio y no de palabrerío vano, Venezuela y Cuba, por caso, ambos Estados víctimas de un bloqueo económico y comercial ilegal, contrario al derecho internacional, arbitrario y criminal, deben ser proclamados, en primer lugar, como integrantes de esa patria grande que supimos cacarear. Decir que se trata de dos dictaduras, calza mejor con la ideología de Infobae que con la de un sedicente progresismo. Por lo demás, es poco serio pretender que un sistema político que cuenta con «legisladores» de la ralea de Lilia Lemoine, Lisando Almirón o Lorena Villaverde, es más moral y democrático que uno de partido único. Esto último no significa que todo el mundo está obligado a afiliarse a un solo partido, sino solamente, que ese partido único no tiene una función electoral: no está para postular candidatos sino para establecer planes periódicos de objetivos económicos y controlar su cumplimiento. Se aceptan ofertas, si es para mejorar la representación institucional de las mayorías.
En la base de estas posiciones políticas se halla, en suma, una convicción de otro orden: lo que produce miseria e impide la prosperidad general es la economía de mercado tal como la hemos conocido siempre en Latinoamérica, esto es, como una excluyente ética del lucro empresarial que acumula riqueza en un sector de la sociedad y simultáneamente genera y distribuye pobreza hacia el resto del colectivo social. Sólo la planificación puede domar el potro desbocado de la ganancia a como dé lugar. La función del mercado es la generación, no la distribución. Y el concepto de planificación implica el de Estado, pues es éste el que puede planificar. Ninguna sociedad humana ha vivido ni puede vivir sin Estado, y éste, si bien se mira, es un producto de su sociedad, emerge de ella cuando su encrucijada ha devenido sobrevivir o perecer. Y hay que decir algo que generalmente se oculta: al Estado lo sostiene el capital que paga impuestos, y aliviar la presión fiscal a los grandes contribuyentes es una decisión que favorece, en exclusiva, a esos grandes contribuyentes, pero condena a la pobreza y el sin futuro al conjunto de la sociedad civil. El mercado no distribuye, acumula. Y llegado este punto, hay que decir que el error de cierto populismo ha consistido en aceptar estos conceptos, pero sacando de ellos conclusiones erradas. Pues se ha sabido concluir en que hay que reclamar del capital concentrado más ética social y altruismo en aras del «bien común». Pero al capital, hablarle con el corazón, es un error. Y unos dirigentes a los que no se les ocurra ningún argumento político que exorbite de la piedad cristiana, ya no pueden dirigir a nadie más, malgrado los afectos, de la intensidad que sean, que susciten esos dirigentes/as políticos/as.
Pero lo digresivo del párrafo anterior nos obliga a recapitular sobre lo dicho antes referido al Estado y quién lo financia. Lo financia el capital. Y al capital, ¿quién?
Llegamos así al nervio más recóndito del organismo social: el que nos conduce al proceso de producción de la riqueza.
El clásico ejemplo de la fábrica de alfileres de Adam Smith explicaba el enriquecimiento como producto de la especialización. «En vez de que una sola persona (un artesano) tuviera sus propias herramientas para cortar el alambre de hierro, para estirarlo, para afilar la punta y para aplanar la cabeza, un empresario organizaba el sistema de producción cediendo el uso de cada herramienta a una persona diferente, de modo que cada trabajador se especializaba en hacer sólo una de las cuatro funciones». La riqueza, así, obedecía a una razón endógena al proceso productivo: la especialización.
(https://conversacionsobrehistoria.info/2025/11/24/la-plusvalia-de-los-elfos-joel-mokyr-philippe-aghion-y-peter-howitt-premios-nobel-de-economia-2025/).
La consecuencia de esto es que, si el enriquecimiento se debe a una razón interior al proceso productivo mismo, hay plusvalía y, con eso, trabajo no pagado como origen del capital. Para que el origen del enriquecimiento sea exterior al proceso productivo mismo (exógeno) y, por ende, no se le robe su retribución a nadie (no haya plusvalía), tiene que ocurrir lo que ocurre en el cuento de los hermanos Grimm, en que unos elfos (criaturas fantásticas) le dejaban por la noche, y subrepticiamente, unos cuantos pares de zapatos al zapatero que, cuando al día siguiente los encontraba, los vendía en el mercado y era todo ganancia sin explotar a nadie. Era la así llamada «plusvalía de los elfos» (v. nota citada).

Para negar que el dinero acumulado por las corporaciones globales (capital) tiene su causa en trabajo no pagado, hay que encontrar, ante todo, una causa interna al proceso productivo mismo y que, al mismo tiempo, opere como los elfos de Grimm, es decir, que no implique que a alguien se le está sustrayendo su retribución. El premio Nobel 2005 Joel Mokyr, afirmó haber encontrado esa causa en un texto suyo titulado "La palanca de la riqueza". Compartió el premio sueco con otros dos economistas, Philippe Aghio y Peter Howit, que escribieron a cuatro manos "Teoría del crecimiento endógeno". Estos textos, mancomunados, se juegan por la siguiente opción: Hay una causa del enriquecimiento que es interior al proceso productivo (endógena) y no implica ninguna extracción de plusvalía a nadie. Ello así por cuanto hay una automodelación del trabajador que cuanto más trabaja más perfecciona su saber. Esta automodelación, que ocurre dentro del proceso productivo, es una fuerza productiva. Cuando se aumenta la escala al nivel empresas, se ve que éstas acumulan, con el transcurso del tiempo, todo un acervo de conocimientos y adelantos tecnológicos que implican una eficaz innovación productiva, una fuerza productiva. Ese acervo sería el equivalente, a escala empresarial, de la automodelación subjetiva o autoperfeccionamiento del trabajador individual.
Así abundan Mokyr y sus colegas sobre el tema: hay que «… entender la transmisión de los conocimientos, valores y experiencias de la ciencia en las rutinas de las empresas y viceversa (transmisión e intercambio de información)». Esos intercambios con la ciencia son los elfos, a que se referían los Grimm. (íd. cita anterior). Pero –decimos-, si esos intercambios y ese conjunto de conocimientos que atesoran con el tiempo las empresas constituyen una fuerza productiva, su origen –como veremos- es el obrero, no los elfos.
Y siguen diciendo los economistas citados: «son las transferencias e intercambios de conocimiento (modelo interactivo del proceso de innovación) los que provocan el cambio tecnológico y los que proporcionan, al final, un aumento de la producción y, consecuentemente, de la riqueza. Un aumento muy superior al esperable por la sola aportación del trabajo (esfuerzo pagado con salarios), las retribuciones a los propietarios de las materias primas, y el pago de rentas e intereses» (Ídem).
De este modo se ha ideologizado el problema procurando una sofisticación que igual resulta un tanto rudimentaria, pero es lo máximo que han podido argumentar hasta ahora los negadores de la plusvalía y de la explotación del trabajo. Es cierto que Schumpeter también ha intentado esa impugnación, pero no suscita confianza científica quien, como él, asegura que "Marx definió el capitalismo desde un punto de vista sociológico, esto es, mediante la institución del control privado sobre los medios de producción" (Joseph A. Schumpeter, "Diez grandes economistas"; Ed. Alianza, Madrid, 1° ed. 1997,p.62), lo cual es increíblemente falso, pues también en la Antigüedad señala aquel autor la existencia de propiedad privada sobre esos medios, pero no por eso asegura que Roma era una potencia capitalista. En suma, hay capitalismo sólo allí donde es dominante la producción de mercancías a través del empleo de mano de obra asalariada.
Pero volviendo al argumento de los premios Nobel de Economía, este argumento radica en que –repetimos- las transferencias de conocimiento desde las ciencias hacia las empresas, y la incorporación de estos conocimientos a las rutinas empresariales, equivalen a los elfos de los hermanos Grimm. La tecnología equivaldría, así, a unos extraterrestres que entregan valor sin pedir nada a cambio. Se zafa, de este modo, de la incómoda situación del que explota con reproches de conciencia. No se ha «matado al padre», pero se ha difuminado la culpa.
Así, no hay plusvalía y hay burgueses ricos que no le deben nada a ningún proletariado en harapos. Sin embargo, el concepto de «trabajo socialmente necesario» suma masa crítica a la refutación de los teóricos del crecimiento endógeno sin plusvalía. En efecto, para llegar a las nuevas tecnologías (incluso las de la información) aplicadas a la producción de riqueza (de capital), fue necesario un previo proceso productivo de carácter global, dentro del cual todos y cada uno de los actores involucrados en la producción usaron y se valieron de conocimientos y materiales previos producidos por gentes remotas que no eran los titulares directos de la riqueza producida. El ancestro de la robótica que ordena la línea de producción es la máquina que operaba en esa misma línea de producción. Y esa máquina era una herramienta que, no porque luego haya sido superada, dejaba de ser la condición de nacimiento de los actuales bots.
Lo interesante de todo esto es que los intelectuales orgánicos de la globalización capitalista no pueden, todavía, desentenderse de un concepto formulado en el siglo XIX: la plusvalía y el origen del capital. No es casual que tres premios Nobel de Economía hayan sido premiados por aportes referidos al tema eterno: cómo extraer plusvalía y seguir siendo un buen padre de familia. Si el tiempo condujera a la conclusión de que la condición de existencia del capital es el trabajo no pagado, la legitimidad de ese capital quedaría en entredicho y, con ello, empezaría a temblar todo el edificio retórico de los que dicen que el Estado cuesta caro. Es caro, sí, pero los grandes contribuyentes convocados a pagarlo lo pagan con dinero habido en las circunstancias descriptas, que es como decir mal habido. Teléfono para Silicon Valley, Black Rock, Soros, y tantos otros … aunque es probable que, por ahora, no contesten.
El caso es que, en los orígenes, las conquistas del capitalismo las obtuvo la burguesía, en primer lugar, para sí misma, para la clase. China, hoy, está insinuando que esas conquistas pueden ser para toda la humanidad. Y el capitalismo tiene, todavía, larga vida. Sólo hay que aprovechar su inmensa capacidad de producir riqueza y, asimismo, planificar la producción a escala global, lo cual, en principio, no es contrario al capitalismo sino, sólo, al orden unipolar, id es, a las corporaciones que monopolizan la innovación tecnológica y se amanceban con bancos y fondos de inversión, improductivos por antonomasia.
Mientras tanto, en la profundidad que sirve de lecho abisal a esos despliegues orientales, borbotea su hervor un Solaris inquieto que piensa la totalidad y, a un tiempo, se piensa a sí mismo: es la potencia de la fuerza social que aún puede torcer el destino de la humanidad y que asoma cuando la propiedad de unos pocos se vuelve sinónimo de miseria para los muchos. Ese texto se sigue escribiendo mientras China avanza con su propio guion. Impresiona por su potencia latente el vínculo de China con Rusia. Allí hay complementariedad geopolítica. Mientras Rusia hace su trabajo, China hace el suyo, y ambos trabajos confluyen. En tanto, el presidente estadounidense se mueve, espasmódico, entre insensateces y violencias terroristas de vuelo corto, al par que las otras dos superpotencias ganan metódicamente las partidas que juegan: Rusia contra la OTAN y China en el escenario global, donde la Ruta de la Seda empieza a ser irreversible.
El peronismo, en tanto, que vive en el mismo escenario global, será, ya que no pudo ser revolucionario, socialdemócrata o no será nada. También desde esa identidad, si se obra con inteligencia, se pueden librar batallas honorables. Habrá que aprender de los errores, eso sí. Por caso, ningún «ministerio de la mujer» agregará valor a una eventual recidiva del programa «nacional y popular». Esos huecos en el sistema institucional, para que funcionen, requieren de un determinado tipo de conducción ideológica y política. Por eso nunca fueron lo que debieron ser: usinas de cosmovisiones superadoras del racismo, el sexismo y el atraso, para lo cual hay que empezar por concebir la actividad política como servicio y no como prebenda, Carpinetti dixit.
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/apuntes-para-la-batalla-cultural-por-juan-chaneton/
