Bullrich y el transfuguismo polimorfo

20.06.2026

La senadora es consciente de que su etapa libertaria se extingue con la inexorabilidad de una vela al consumirse.

Por Ricardo Ragendorfer

A Manuel Adorni sólo le bastaron cuatro palabras para definirla:

–Pato es una fenómena.

Las dijo de mala gana, al filo del 8 de mayo, entrevistado por Alejandro Fantino en la FM Neura. Se refería a la Declaración Jurada que Patricia Bullrich acababa de presentar para "sugerir" que él hiciera lo mismo con la suya. Ya se sabe que dicho intento fue (momentáneamente) infructuoso. No obstante, en ese entonces, más allá del escándalo por el desaforado tren de consumos del jefe de Gabinete, nadie interpretó semejante jugada como un tiro por elevación hacia los hermanos Milei.

Ahora, a más de seis semanas de aquel jueves, eso es un secreto a voces. Pero un secreto previsible, puesto que, al igual que en la fábula de El escorpión y la rana, el ejercicio de la traición está en la naturaleza de la susodicha, aún a riesgo de que ella también se hunda con sus víctimas.

Claro que sobre su travesía política e ideológica (la cual abarca desde la lucha revolucionaria hasta la extrema derecha neoliberal, sin eludir ni una sola de sus escalas intermedias) ya corrieron ríos de tinta, con detalles que describen la opacidad de cada ruptura en particular. Aun así, bien vale refrescar, a manera de patrón metodológico, las circunstancias que signaron su brinco más reciente; el que la llevó –justo a tiempo– al paraíso libertario.

Hace dos años y seis meses, exactamente, comenzó el primer acto de esta intriga shakesperiana en clave de comedia.

Fue días después de que Javier Milei se impusiera en el balotaje gracias a Mauricio Macri, cuya hazaña consistió en cederle los votos obtenidos en la primera vuelta por Bullrich, su candidata. Tal gesto le valdría el derecho de ser una suerte de mandatario en la sombra, con el atributo de instalar a su gente en el futuro gabinete.

La prensa ponderaba su muñeca maquiavélica. Y él, paladeando el dulce sabor de percibirse el gran titiritero del momento, viajó a los Emiratos Árabes por algún asunto relacionado con sus responsabilidades en la Fundación FIFA.

Mientras tanto, Bullrich no disimulaba su afán de ser la próxima ministra de Seguridad, sin contar para ello con el aval de su jefe político.

De modo que la designación de "la Piba" –cómo se la llama a esa mujer ya septuagenaria– fue para Macri un baldazo de agua fría.

Eso hizo que, enfurecido, la llamara por teléfono desde Dubai.

– ¡Te cortaste sola! ¿No habíamos quedado en que absolutamente todos los nombramientos tenían que pasar por mí?

–Vos ya no sos el presidente. El presidente es Milei. Y él me convocó.

En esa frase se deslizaba la deslealtad en estado puro.

La respuesta de Macri fue un tartamudeo y, luego, el silencio. Un silencio muy pesado. Hasta un tipo cómo él sintió estupor ante una bajeza tan alevosa.

Lo cierto es que sus ambiciones institucionales habían quedado a mitad de camino, y aún continúan sus reclamos al respecto.

En cambio, la estrella de Patricia había vuelto a brillar.

En este punto, es necesario recalar en la más rabiosa actualidad. O sea, la del acto por el Día de la Bandera en Rosario, en cuyo transcurso Milei no dudó en protagonizar una gran escena de la Historia: abrazarse con Adorni (el hombre que, a ojos vista, lo está llevando de la mano hacia el precipicio) y con Bullrich (la mujer que sueña con arrebatarle la banda presidencial). Un suicidio político televisado en tiempo real.

Por ahora, concentrémonos en el caso de Bullrich.

Hay una frase suya que no merece soslayarse; a saber: "Quizás no tiene el cuero tan duro como yo", soltó aboca de jarro, a comienzos de abril, en la Bolsa de Comercio cordobesa. Se refería, obviamente, al pobre Adorni. Y fue, a la luz del tiempo transcurrido, uno de los primeros signos verbales del camino que comenzaba a labrarse a espaldas del verticalismo partidario.

Es posible que Karina Milei no se sorprendiera por aquella rebeldía, dado que -según rumores que circulan en la Casa Rosada– eso estaba en sus cálculos. Por tal motivo, el año pasado la empujó a encabezar la lista de candidatos a la Cámara Alta al imaginar que, corrida del Ministerio de Seguridad, su radio de acción sería más limitado. Se ve que eso no fue así. Y se ve cuando, sin abdicar a su gesta contra Adorni, Bullrich causa otros chisporroteos con la Casa Rosada.

Eso pasó al apoyar el pliego de la doctora María Verónica Michelli para convertirse en jueza del Tribunal Oral Federal N°5 de La Plata, a pesar de que Milei la había vetado por ser cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.

Ya en el Senado, Bullrich se adjudica méritos que también se atribuyen los hermanos Milei (como la sanción de la Reforma Laboral). En las reuniones de Gabinete intenta, mediante interrupciones u otras molestias, provocar brotes de furia en el Presidente (como la vez en que éste le ordenó a los gritos que se callara). Y después de esos brotes, ya rodeada por la prensa, ella se las ingenia para suavizar las rispideces entre ambos con frases muy certeras, tipo: "Es que el presidente tiene una emocionalidad importante".

La de Bullrich con los Milei se asemeja a una guerra de guerrillas. En ese marco, a los hermanos no les conviene expulsara, ni a ella irse de un portazo.

Al respecto, se torna necesario echarle un vistazo a su ADN.

Muchas conjeturas se han tejido sobre su carácter de tránsfuga polimorfa. Sí, polimorfa. Porque lo suyo –como ya se ha visto– no fue un salto ideológico único e irrepetible sino lo que podría considerarse una "sustitución escalonada de lealtades". Ese gradualismo, lejos de ser fruto de un imaginario político muy cambiante, es la consecuencia del único ideal que mantuvo por más de medio siglo: la acumulación de poder y como ladera del ganador de turno.

Pero esto último con una salvedad: su ensoñación presidencialista en las elecciones de 2023, cuando decidió por primera vez no ser el garrote de otro.

Claro que su decepcionante cosecha en la primera vuelta (con el 23% de los votos) hizo que tal ilusión se desplomara. Pero su resiliencia fue loable: tardó apenas unas horas en revertir este traspié, al iniciar su coqueteo con Milei.

Así se convirtió en su motosierra de carne y hueso.

Los chapones blindados en el Palacio del Congreso son el símbolo de su impronta. Una marca cincelada a cachiporrazos, balas de goma y gas pimienta por los mastines antropomorfos de las fuerzas federales a su mando. Pero nada es para siempre. Y recién ahora la envuelve una dramática disyuntiva: Bullrich es consciente de que su etapa libertaria se extingue con la inexorabilidad de una vela al consumirse. Y su horizonte es desolador. Ya no tiene a donde migrar ni líder bajo el cual acogerse. La Libertad Avanza se ha convertido en su prisión. « 

Fuente:

https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/bullrich-y-el-transfuguismo-polimorfo/

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