Choferes y repartidores de apps: jornadas de hasta 10 horas y un ingreso que depende del algoritmo

05.03.2026

Por Daniela Danieri   

El paisaje urbano de las grandes ciudades argentinas se ha transformado. En cada esquina, mochilas de colores y autos con el soporte del celular en el parabrisas son el testimonio de una nueva fuerza laboral que no ficha ingresos, sino que "se conecta". Detrás de cada pedido de comida o cada viaje solicitado hay una realidad compleja: jornadas que promedian las 10 horas diarias —en algunos casos más— una lucha constante contra el clima y la gestión de un algoritmo que decide quién gana y cuánto.

Para muchos, como Ezequiel, que lleva dos años y medio en el rubro, la dinámica es la clave. "Es ágil", contó a PERFIL: "Puedo elegir el horario y calcular cuánto quiero ganar por semana". Ezequiel trabaja unas 60 horas semanales, de 10 a 20 o 22, para alcanzar un ingreso mensual que ronda los $800.000, llegando a los $900.000 con propinas. En promedio, completa alrededor de 20 pedidos diarios.

Antes trabajaba en una empresa de cosméticos, pero la falta de pago de los clientes lo empujó a pasarse a las aplicaciones. Allí, dice, al menos tiene mayor previsibilidad sobre sus ingresos. "Antes era difícil porque los clientes no te pagaban o tenías que estar detrás de ellos. Acá, por lo menos, sé más o menos cuánto voy a ganar", explicó Ezequiel, de 34 años.

La comparación con otros trabajos se repite entre repartidores: muchos llegan a las plataformas después de despidos, de empleos informales o ante la dificultad de sostener un ingreso estable con un solo trabajo.

El pluriempleo como norma

La heterogeneidad es la marca distintiva del sector. Están los que viven 100% del reparto y quienes lo utilizan como "oxígeno" para llegar a fin de mes. Es el caso de un enfermero que prefirió reservar su nombre: "Soy un trabajador de la salud que aparte tiene que estar trabajando de esto, imaginate", dijo a PERFIL mientras se preparaba para otra entrega tras cumplir su jornada en el hospital.

Luis, de 27 años, también personifica esta realidad. Trabaja cuatro horas en un supermercado con un sueldo de $600.000 que, según sus palabras, "no alcanza para nada" en la Ciudad de Buenos Aires. Por eso, le suma otras cuatro horas diarias a las aplicaciones para cubrir alquiler, expensas y el seguro de la moto. "Hoy en día no se vive con un part-time: no alcanza", contó. Mientras tanto estudia Seguridad Informática, con la expectativa de que el delivery sea solo una etapa transitoria. "El dinero está en la calle, solo hay que salir a buscarlo", planteó. 

La contracara de la "autonomía" es un tipo de disciplina sin supervisor visible: la sanción digital. A diferencia de un empleo tradicional, no hay un jefe que "controle" el trabajo, pero sí algoritmos que pueden bloquear cuentas o bajar el puntaje de los repartidores. Nicolás, de 23 años, vive en Constitución y reparte desde hace dos años. Paga $450.000 de alquiler y asegura que el delivery es hoy el trabajo que mejor le paga. "Trabajé en un supermercado, en la calle, en todos lados y es el que mejor me paga hoy día", contó a PERFIL.

Trabaja entre ocho y diez horas por día, hace entre 25 y 30 pedidos diarios y en un buen mes dice que puede llegar a ganar entre $2,5 y casi $3 millones. "Depende de mí: de cuánto trabaje", explicó. Pero esa lógica también tiene límites. Los cortes de tránsito, manifestaciones o desvíos —frecuentes en la Ciudad— pueden impactar directamente en su rendimiento dentro de la app.

"Cuando hay manifestaciones me gustaría que la aplicación lo sepa. Por los cortes tardo más y la aplicación me va sacando puntos, eso me puede suspender la cuenta", señaló a este medio. Según describe, la aplicación no distingue las condiciones reales de la calle: si el pedido llega tarde, el sistema penaliza igual. En ese punto, la promesa de "manejar tu horario" se cruza con un día a día imprevisible.

Esta gestión algorítmica es la que preocupa a los especialistas. Juan Manuel Ottaviano, abogado laboralista, explicó a este medio que en Argentina la reciente reforma laboral ha excluido explícitamente a estos trabajadores de la protección tradicional: "Se los registra como independientes cuando sus condiciones reúnen las de un trabajo dependiente. Según el especialista, Argentina es un caso casi único en el mundo al retroceder en la protección legal, mientras que organismos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) "debaten estándares para garantizar condiciones mínimas en el trabajo en plataformas".

Ottaviano advirtió sobre la "falsa sensación de cobertura" en el sector, señalando que un seguro de accidentes personales no reemplaza a una ART: ante una enfermedad o siniestro, el trabajador costea su salud y pierde sus ingresos. Según el especialista, el sistema traslada todos los riesgos al repartidor, excluyendo derechos básicos como aportes jubilatorios, vacaciones, licencias o salario mínimo. Esta vulnerabilidad es extrema ante la falta de estabilidad: los bloqueos de cuenta operan como despidos sin indemnización, en un escenario que hoy contrasta con los estándares de "trabajo decente" que debate la OIT.

La comparación con otros trabajos se repite entre repartidores: muchos llegan a las plataformas después de despidos, de empleos informales o ante la dificultad de sostener un ingreso estable con un solo trabajo.

El pluriempleo como norma

La heterogeneidad es la marca distintiva del sector. Están los que viven 100% del reparto y quienes lo utilizan como "oxígeno" para llegar a fin de mes. Es el caso de un enfermero que prefirió reservar su nombre: "Soy un trabajador de la salud que aparte tiene que estar trabajando de esto, imaginate", dijo a PERFIL mientras se preparaba para otra entrega tras cumplir su jornada en el hospital.

Luis, de 27 años, también personifica esta realidad. Trabaja cuatro horas en un supermercado con un sueldo de $600.000 que, según sus palabras, "no alcanza para nada" en la Ciudad de Buenos Aires. Por eso, le suma otras cuatro horas diarias a las aplicaciones para cubrir alquiler, expensas y el seguro de la moto. "Hoy en día no se vive con un part-time: no alcanza", contó. Mientras tanto estudia Seguridad Informática, con la expectativa de que el delivery sea solo una etapa transitoria. "El dinero está en la calle, solo hay que salir a buscarlo", planteó.

La contracara de la "autonomía" es un tipo de disciplina sin supervisor visible: la sanción digital. A diferencia de un empleo tradicional, no hay un jefe que "controle" el trabajo, pero sí algoritmos que pueden bloquear cuentas o bajar el puntaje de los repartidores. Nicolás, de 23 años, vive en Constitución y reparte desde hace dos años. Paga $450.000 de alquiler y asegura que el delivery es hoy el trabajo que mejor le paga. "Trabajé en un supermercado, en la calle, en todos lados y es el que mejor me paga hoy día", contó a PERFIL.

Trabaja entre ocho y diez horas por día, hace entre 25 y 30 pedidos diarios y en un buen mes dice que puede llegar a ganar entre $2,5 y casi $3 millones. "Depende de mí: de cuánto trabaje", explicó. Pero esa lógica también tiene límites. Los cortes de tránsito, manifestaciones o desvíos —frecuentes en la Ciudad— pueden impactar directamente en su rendimiento dentro de la app.

"Cuando hay manifestaciones me gustaría que la aplicación lo sepa. Por los cortes tardo más y la aplicación me va sacando puntos, eso me puede suspender la cuenta", señaló a este medio. Según describe, la aplicación no distingue las condiciones reales de la calle: si el pedido llega tarde, el sistema penaliza igual. En ese punto, la promesa de "manejar tu horario" se cruza con un día a día imprevisible.

Esta gestión algorítmica es la que preocupa a los especialistas. Juan Manuel Ottaviano, abogado laboralista, explicó a este medio que en Argentina la reciente reforma laboral ha excluido explícitamente a estos trabajadores de la protección tradicional: "Se los registra como independientes cuando sus condiciones reúnen las de un trabajo dependiente. Según el especialista, Argentina es un caso casi único en el mundo al retroceder en la protección legal, mientras que organismos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) "debaten estándares para garantizar condiciones mínimas en el trabajo en plataformas".

Ottaviano advirtió sobre la "falsa sensación de cobertura" en el sector, señalando que un seguro de accidentes personales no reemplaza a una ART: ante una enfermedad o siniestro, el trabajador costea su salud y pierde sus ingresos. Según el especialista, el sistema traslada todos los riesgos al repartidor, excluyendo derechos básicos como aportes jubilatorios, vacaciones, licencias o salario mínimo. Esta vulnerabilidad es extrema ante la falta de estabilidad: los bloqueos de cuenta operan como despidos sin indemnización, en un escenario que hoy contrasta con los estándares de "trabajo decente" que debate la OIT.

Desde el SiTraRepA (Sindicato de Base de Trabajadores de Reparto por Aplicación), su Secretaria General, Belén D'Ambrosio, es tajante: "Estamos atravesando una situación de miseria y extrema precariedad. Trabajamos por pedido entregado y hoy cada uno está entre$1.200 y $2.500". Según explicó, la recesión generó un combo letal: hay más repartidores por la falta de empleo en otros sectores, pero menos pedidos por la caída del consumo. Esto obliga a muchos a pedalear hasta 18 horas los fines de semana para intentar acercarse a una canasta básica.

D'Ambrosio puso el foco en un fenómeno creciente: la feminización del sector. "Cada vez hay más mujeres repartiendo, muchas veces porque el marido perdió el empleo o porque no alcanza con un solo ingreso familiar", señaló a PERFIL. Para ellas, la exposición es triple: a la inseguridad vial y climática se le suma la vulnerabilidad propia de la calle.

La dirigente desmitificó el rol del monotributo ante las coberturas médicas. "Es muy difícil para un repartidor tener el pago al día con estos ingresos. Y aunque lo tengan, la obra social que te da la Categoría A es una cobertura mínima; para cualquier estudio de rutina terminás pagando todo de tu bolsillo", denunció. Esta desprotección se vuelve trágica en los accidentes: "Tuvimos el caso de Daiana, una piba de 23 años que murió atropellada trabajando para Rappi en 2025, y la familia no recibió ningún seguro de vida. La empresa se lava las manos diciendo que no hay relación laboral, cuando en realidad somos nosotros quienes generamos sus ganancias multimillonarias".

El impacto en los locales

Del lado de los mostradores, el delivery impone un ritmo de "adrenalina" donde la cocina corre una carrera contra el reloj para ganarle al repartidor. Una encargada de un local gastronómico le confió a PERFILque, en algunas jornadas, salen entre 60 y 80 pedidos, pero que su verdadera preocupación es el desamparo de los riders: "Ves que vienen y van bajo el rayo del sol o la lluvia, sabiendo que si se enferman, no comen; yo sé lo que cobran y me parece una tomada de pelo para el esfuerzo que hacen". Su conclusión es simple: si hay algo para mejorar, es el ingreso.

Agustín Nieto, uno de los dueños de Botánica —un local de comida saludable ubicado en Núñez— explicó a PERFIL que la incorporación de las aplicaciones cambió la dinámica del negocio. Compró el emprendimiento en 2021 junto a un socio y el servicio de delivery por plataforma llegó al año siguiente. Desde entonces, se convirtió en un canal relevante para el local: hoy representa entre el 25% y el 30% de las ventas totales. "Además del volumen de pedidos, hay una visibilización que de otra forma no tendríamos", señaló.

También reconoció que el sistema tiene desafíos, especialmente por las comisiones que cobran las plataformas. "Al principio rondaban el 18% y hoy están cerca del 25%. En gastronomía los márgenes son muy ajustados, así que uno tiene que analizar permanentemente los precios y la estructura del negocio para que la cuenta cierre", explicó.

Sobre la relación cotidiana con los repartidores, destacó que suelen ser los mismos riders de la zona y que en el local buscan evitarles esperas. "Se los ve trabajar muchísimo, con frío, calor o lluvia. Tratamos de ser rápidos porque sabemos que cada minuto para ellos cuenta", afirmó, y consideró que sería positivo que el sistema avance hacia mejores condiciones para quienes realizan el reparto: "Son una parte clave del circuito y ojalá con el tiempo puedan tener ingresos más justos y mayor protección".

El auto como oficina: Uber

Carlos tiene 28 años, es venezolano y llegó a la Argentina en 2017. Aunque hoy se desempeña en un empleo registrado dentro de una empresa de maquinaria agrícola en Benavídez, su jornada no termina cuando marca la salida. Al caer el sol, se convierte en chofer de Uber, una actividad que inició en 2021 tras lograr comprar su propio auto. Para él, que estudia Ingeniería de Petróleo a distancia, la aplicación es una herramienta que le permite costear su carrera y sostener a su familia en un contexto donde un solo sueldo ya no alcanza.

Su rutina es extenuante: se levanta a las 6:30 para ir a su trabajo registrado, regresa al final de la tarde yvuelve a salir a manejar desde las 21 hasta las 3 de la mañana. Según explicó, para que la actividad resulte rentable es necesario dedicarle jornadas de entre ocho y diez horas: "Mientras más horas le metas, más generás", señaló. En un día promedio puede facturar cerca de $100.000 brutos, aunque advierte que la ganancia neta es mucho menor tras descontar el combustible, el mantenimiento y la comisión de la plataforma, que ronda el 35%.

Carlos dice que con el tiempo aprendió a "leer" la ciudad y a clasificar los viajes para optimizar sus ganancias, apoyado en un sistema que, si bien le da libertad, también le impone límites: la aplicación no le permite estar conectado más de 12 horas por seguridad. A pesar del esfuerzo, se muestra optimista con el rumbo del país y el Gobierno actual: "La cosa está dura, pero a nivel económico y político está mucho mejor; hay que aguantar", afirmó, convencido de que "vienen cosas buenas para Argentina".

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El debate de fondo, como plantean los especialistas y gremios de base, no es la obsolescencia del derecho, sino la necesidad de regular la gestión algorítmica para garantizar la salud y la estabilidad ante bloqueos arbitrarios. En el país, la reforma laboral reciente profundiza la figura del trabajador independiente, mientras que la OIT avanza en la redacción de un convenio global para 2026 que busca fijar estándares de "trabajo decente" y transparencia de datos.

A la vez, el Congreso y la Justicia dilatan una definición sobre el estatus de este medio millón de trabajadores, pero la realidad se impone en cada esquina. Sin redes de contención ni certezas, el sistema sigue funcionando bajo una condición desigual: una economía de demanda donde la empresa aporta el código y el trabajador todo lo demás.

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