Cicatrices

Este rostro mutilado muestra las cicatrices del odio y nos acerca a la magnitud de la barbarie humana.
Por José Luis Lanao - Periodista. Colaborador de Página 12, «Las Mañanas» de Víctor Hugo Morales. Ex Jugador de Vélez Sarsfield, clubs de España, y Campeón Mundial Juvenil Tokio 1979.
(para La Tecl@ Eñe)
Se vive un tiempo vacío, de sangre seca. De paraísos perdidos que no se nombran, donde el tiempo humano ha dejado de existir y el odio, como raro hechizo, deambula bajo brazos mutilados de metralla y escombros. Días afilados, donde la muerte habita, sin detenerse, sobre un paisaje de huesos y alacranes. Al otro lado de nuestros párpados reina la desolación. Se siente el silencio. Muros que propagan muros, y esquirlas de mundos extraviados que no dan abasto en hacer desaparecer tanta humanidad. En todas partes se ven caravanas de tristeza. Nada es normal, y todo parece terriblemente normal. Las bombas caen como gotas de lluvia sobre una normalidad de calma vieja. Se abren llagas en la tierra y en las tripas de los niños. Niños que ya se han ido. Que están en otra parte. En lugares donde el tiempo humano ha dejado de existir, donde las emociones se esconden oscuras, impenetrables, de maldad redoblada.
A lo lejos se escucha el sereno bruñido del odio, y el estallido de los cadáveres que desbordan las cunetas y las tumbas sin nombre. No hay responsabilidad colectiva ni individual. Se ha deshabitado la esperanza.
Somos del tamaño de lo que miramos, decía Pessoa. Mirar de «verdad» nos permite entender el mundo con la ambición de cambiarlo. Somos responsables de transformar nuestra relación con la mirada. Lo que vemos, y cómo lo vemos, claramente nos define. Seguimos sin comprender que «ver» no es mirar. Mirar, en última instancia, es una forma de acompañar, de militar la mirada, de no adormecer nuestra compasión. Es asumir nuestra fragilidad frente al dolor del otro, compartir nuestra vulnerabilidad, dejar que la distancia entre nosotros y los demás se disuelva. Pero para que eso suceda es necesario dejar que algunas imágenes nos atraviesen. Aunque esa formar de mirar duela. Las cicatrices de este hutu nos acercan a la magnitud de la barbarie humana. Nos acerca al «homo» miserable, brutal. Nos acerca a Ruanda, a Auschwitz, a Sebrenica, a la ex ESMA, a Palestina, etcétera. Este rostro mutilado muestra las cicatrices del odio; y si cabe, la indiferencia de una sociedad que no atiende más imágenes qué las que ilumine su celular.
(*) La Convención para la Prevención y el Castigo del Delito de Genocidio fue aprobada por la ONU el 9 de diciembre de 1948 y entró en vigor el 12 de enero de 1951. La clave de la Convención está en su artículo número dos. Este estipula que se entienden constitutivos de genocidio los actos "perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso" tales como: «a) Matanza de miembros del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; y e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo».
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/cicatrices-por-jose-luis-lanao/
