Deja vu

19.03.2026

La respuesta a la consigna oficialista de "memoria completa" no es la caricatural "memoria parcializada" de la que habla el gobierno y la ultra-derecha, sino la conversación necesaria, y siempre inconclusa, con aquellos que en el pasado intentaron provocar cambios revolucionarios. Porque si de reabrir el tiempo histórico se trata, sería letal dar por cerrada la historia de las rebeliones que nos precedieron.

Por Diego Sztulwark - Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.


Este fenómeno del déjà vu es proyecto oficial en la Argentina. Las leyes recientemente aprobadas de reforma laboral y de baja la edad imputabilidad, combinadas con el actual alineamiento internacional automático con EE.UU. e Israel en torno a la defensa de supuestos valores del occidente, y con la propaganda oficial en favor del el ejecutivo y sus propagandistas negacionistas del Estado terrorista, producen un efecto 1976. La iniciativa es nítida: se trata de separar a los sujetos de la experiencia de su propia potencia. Como si toda aptitud para crear posibles – esos mismos requisitos de lo humano que son explotados una y otra vez como fuerza de trabajo en el nivel de la economía – se hubiera perdido para la acción colectiva autónoma en la neblina del ayer. El resultado de semejante patología política es una anacronización de la potencia. La consigna oficial de "memoria completa" es, en ese sentido, perfectamente coherente con la clausura de toda experiencia. Una memoria cerrada, paralizada, estabilizada y finalizada es, en definitiva, una memoria separada de la pregunta por el sentido histórico de la violencia que ha vivido el país durante el genocidio. Como si la estructura clandestina de la represión estatal de la última dictadura, su carácter terrorista y genocida, no hubiese sido un acto de guerra destinado a separar a los sujetos de toda percepción de un tiempo abierto, políticamente fecundo.

Que la consigna "memoria completa" perpetúe la temporalidad del '76 es algo que ha sido captado acertadamente por la convocatoria de los organismos de derechos humanos a la marcha del próximo 24 de marzo: "¡que digan donde están!". Lo que a primera vista aparece como un retorno al tiempo inicial, en el que las madres buscaban a sus hijos bajo amenaza continua de un Estado terrorista, adquiere – apenas reflexionamos sobre eso – un sentido global de enorme actualidad. Ya no se trata de un mero regreso en el tiempo, sino de un ejercicio de comprensión sobre aquello que enlaza y unifica a los perpetradores de ayer con los encubridores de hoy. Quienes estos años no entregaron información clave sobre cuerpos desaparecidos e hijos apropiados, se confunden – en no pocos casos son las mismas personas e instituciones – con quienes están dispuestos a hacer hoy lo que haya que hacer con tal de defender el patrón de acumulación impuesto en el 1976 y nunca transformado a fondo en democracia. Si el '76 es la persistencia o el retorno de la temporalidad de la derrota, de lo que se trata, entonces, hoy, es de sostener, a como dé lugar, el carácter necesariamente incompleto de la memoria, su naturaleza abierta y viva (que se prolonga en exigencia de verdad y justicia), eludiendo la imposición anacronizante de las capacidades transformadoras de presente. En la Argentina, la lucha por conquistar esa otra temporalidad se despliega en un movimiento que va de la plaza llena a la capilaridad social en un ida y vuelta que comunica generaciones y busca – a pesar y/o gracias a su ritualización – prolongarse en verdad y justicia. Lo otro de la "memoria completa" no es la caricatural "memoria parcializada" de la que habla el gobierno y la ultra-derecha, sino la conversación necesaria, y siempre inconclusa, con aquellos que en el pasado intentaron provocar cambios revolucionarios. Porque si de reabrir el tiempo histórico se trata, sería letal dar por cerrada la historia de las rebeliones que nos precedieron.

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