Deja vu
La respuesta a la consigna oficialista de "memoria completa" no es la caricatural "memoria parcializada" de la que habla el gobierno y la ultra-derecha, sino la conversación necesaria, y siempre inconclusa, con aquellos que en el pasado intentaron provocar cambios revolucionarios. Porque si de reabrir el tiempo histórico se trata, sería letal dar por cerrada la historia de las rebeliones que nos precedieron.
Por Diego Sztulwark - Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

Se ha dicho, con cierta razón, que al cumplirse cinco décadas del golpe, la memoria cede ante la historia. Una parte muy mayoritaria de la población ya no tiene recuerdos directos, pero sí saberes sobre lo que sucedió en la última dictadura. Y es que la memoria, aliada a la narración, permite extender, prolongar y transmitir experiencias entre generaciones. Es este vínculo entre memoria y verdad el que vuelve a estar en juego, cuestionado por el gobierno argentino. El pasado, sin embargo, parece estar mejor resguardado que el presente. Según un reciente estudio de opinión de la UBA y el CELS al que hasta el diario La Nación dio crédito, la vigencia del consenso social contra los genocidas del Estado terrorista permanece sólido (cercano a un 70%). Lo que no está tan claro, en cambio, es si se percibe con la misma contundencia hasta qué punto la inspiración de la política que se lleva adelante hoy desde el Estado es heredera directa del 76.
Un interesantísimo libro titulado «Recuerdo del presente», del filósofo Paolo Virno, viene a cuento para pensar los términos en que se produce la vivencia de la estructura del tiempo histórico. Para Virno, dicha estructura surge del modo en que se articulan y conectan entre sí pasado y presente, en una sociedad atravesada por la dominación de clases sociales. Así como no puedo pronunciar una frase sin estar inmerso en una lengua, ni puedo sentir algo sin poner en juego mi sensibilidad, no hay acto que no se corresponda –y no suponga– una potencia de la cual emerge. El "recuerdo del presente" es, pues, el desdoblamiento que torna perceptible la sincronía entre la potencia (condición de posibilidad, que hace las veces de un "pasado puro") y acto (tiempo del "ahora", de la acción) propia del tiempo histórico. "Recuerdo del presente" quiere decir, entonces, acceso al carácter abierto de la experiencia –de la memoria, de la sensibilidad, del lenguaje, etc.– como juego que dispone al tiempo como una instancia de apertura, susceptible de ser creado en sentidos imprevistos.
Sin embargo, en las condiciones históricas de un capitalismo, que coloniza cada vez más el mundo de la vida, el presente del sujeto aparece como un ya vivido que entrampa el tiempo del acto en una pura repetición. Virno se refiere así a una sensación del déjà vu como una patología de la memoria, en la que la forma-pasado captura el presente y lo separa de su aptitud creativa. En el ya vivido la práctica humana es capturada por un guion que se aplica a la capacidad de engendrar valor. Si la patología del tiempo histórico tiene interés filosófico es porque su examen nos revela el mecanismo por el cual el sujeto vive su propia potencia no como algo coexistente al acto, sino como algo que ya fue. En lugar de percibir el pasado-potencia como condición actual del acto, lo vive como un recuerdo del pasado, un ya ocurrido. En el déjà vu podemos observar cómo se anacroniza la potencia, dejando al acto despojado de potencial de apertura. El sujeto envuelto en el sentimiento de ya vivido experimenta cómo el pasado de la potencia se vuelve tiempo cronológico previo, siempre ya sucedido.
Este fenómeno del déjà vu es proyecto oficial en la Argentina. Las leyes recientemente aprobadas de reforma laboral y de baja la edad imputabilidad, combinadas con el actual alineamiento internacional automático con EE.UU. e Israel en torno a la defensa de supuestos valores del occidente, y con la propaganda oficial en favor del el ejecutivo y sus propagandistas negacionistas del Estado terrorista, producen un efecto 1976. La iniciativa es nítida: se trata de separar a los sujetos de la experiencia de su propia potencia. Como si toda aptitud para crear posibles – esos mismos requisitos de lo humano que son explotados una y otra vez como fuerza de trabajo en el nivel de la economía – se hubiera perdido para la acción colectiva autónoma en la neblina del ayer. El resultado de semejante patología política es una anacronización de la potencia. La consigna oficial de "memoria completa" es, en ese sentido, perfectamente coherente con la clausura de toda experiencia. Una memoria cerrada, paralizada, estabilizada y finalizada es, en definitiva, una memoria separada de la pregunta por el sentido histórico de la violencia que ha vivido el país durante el genocidio. Como si la estructura clandestina de la represión estatal de la última dictadura, su carácter terrorista y genocida, no hubiese sido un acto de guerra destinado a separar a los sujetos de toda percepción de un tiempo abierto, políticamente fecundo.
Que la consigna "memoria completa" perpetúe la temporalidad del '76 es algo que ha sido captado acertadamente por la convocatoria de los organismos de derechos humanos a la marcha del próximo 24 de marzo: "¡que digan donde están!". Lo que a primera vista aparece como un retorno al tiempo inicial, en el que las madres buscaban a sus hijos bajo amenaza continua de un Estado terrorista, adquiere – apenas reflexionamos sobre eso – un sentido global de enorme actualidad. Ya no se trata de un mero regreso en el tiempo, sino de un ejercicio de comprensión sobre aquello que enlaza y unifica a los perpetradores de ayer con los encubridores de hoy. Quienes estos años no entregaron información clave sobre cuerpos desaparecidos e hijos apropiados, se confunden – en no pocos casos son las mismas personas e instituciones – con quienes están dispuestos a hacer hoy lo que haya que hacer con tal de defender el patrón de acumulación impuesto en el 1976 y nunca transformado a fondo en democracia. Si el '76 es la persistencia o el retorno de la temporalidad de la derrota, de lo que se trata, entonces, hoy, es de sostener, a como dé lugar, el carácter necesariamente incompleto de la memoria, su naturaleza abierta y viva (que se prolonga en exigencia de verdad y justicia), eludiendo la imposición anacronizante de las capacidades transformadoras de presente. En la Argentina, la lucha por conquistar esa otra temporalidad se despliega en un movimiento que va de la plaza llena a la capilaridad social en un ida y vuelta que comunica generaciones y busca – a pesar y/o gracias a su ritualización – prolongarse en verdad y justicia. Lo otro de la "memoria completa" no es la caricatural "memoria parcializada" de la que habla el gobierno y la ultra-derecha, sino la conversación necesaria, y siempre inconclusa, con aquellos que en el pasado intentaron provocar cambios revolucionarios. Porque si de reabrir el tiempo histórico se trata, sería letal dar por cerrada la historia de las rebeliones que nos precedieron.
