Del laboratorio al experimento

13.01.2026

El 16 de enero se cumplen diez años de la detención de Milagro Salas. El laboratorio Jujuy constituyó el desarme de un contrapoder a través de la persecución judicial a miltantes políticos. El experimento Argentina, iniciado con el gobierno de Javier Milei, es la continuidad del plan del Proceso por otros medios.


Por María Pía López - Socióloga, ensayista, investigadora y docente

Milagro Sala fue detenida un 16 de enero, hace diez años. Lo hizo el gobierno provincial, en manos de Gerardo Morales, para liquidar lo que señalaba como un contrapoder. Eran los tiempos del macrismo, que vistos desde el presente parecen anticipación. Esa detención lo fue. Pensamos a Jujuy, tanto quienes gobernaban como quienes nos alarmamos y opusimos, como un laboratorio de estrategias represivas destinadas a destruir los movimientos populares y condenar a las y los líderes más notables a procesos judiciales bajo supuestos cargos de corrupción o desacato de alguna índole.

Milagro no fue elegida al azar. Conducía una organización social con notable capacidad de acción, constructora de barrios, de cooperativas productivas, de lugares de ocio. La Tupac Amaru construyó ochocientas viviendas, centros de salud, talleres. Desplegaba movilizaciones enormes y fiestas reparatorias. Jujuy fue la provincia donde más tarde comenzaron los juicios por crímenes de lesa humanidad. Remolones jueces, preferían evitar mover casos como el de las desapariciones vinculadas al Ingenio Ledesma. Tanto que su dueño, Carlos Blaquier, murió impune, y que Olga Aredes, que buscaba a su marido desaparecido, marchó durante años sola en la plaza de San Salvador. Pero algún día Milagro entró a la sede judicial, acompañada de una movilización de la Tupac, y el juicio demorado comenzó a andar.

Eso no se lo perdonó la élite. Tampoco que además de considerar el hambre y las necesidades evidentes de las personas de los barrios populares, pensó en otras como las piletas de uso público que engalanaban la vida colectiva. No le perdonaron la idea de que les pobres, además de comida, quieren y merecen placer y alegría. Como no se le había perdonado a Eva esa Fundación soñadora que inventaba palacios para huérfanes y chiques pobres y ciudades infantiles para jugar. Milagro es constructora, organizadora, templaria del orgullo popular. A ella y a la Tupac le temían, y se dedicaron a su desarme mediante la persecución judicial y la destrucción de toda la obra.

Fue laboratorio porque probaron hasta dónde podían llegar. Si podían contra una organización de la envergadura de la Tupac y una líder como Milagro, ¿contra qué y quiénes no iban a poder? Hubo movilizaciones inmediatas de protesta -recuerdo en esos días enfrente a la Casa de Jujuy en Buenos Aires- y una movilización feminista con la consigna de Jallalla Milagro. Sin embargo, los poderes políticos y judiciales siguieron adelante con una revancha de clase que la convertía en sujeto de sacrificio. Todo, entre la repetición de una cantinela mediática largamente ensayada que ponía lo hecho bajo la sospecha de corrupción.

A diez años, pero fundamentalmente cuando entre esos años hubo un gobierno nacional de origen peronista, lo hecho suena a poco. Milagro sigue cautiva. Y eso, en nombre de las dificultades legales de decidir su liberación -ya que estaba castigada por el aparato judicial provincial-, es una de las tristezas de un poder conforme con su propia impotencia. Si Jujuy fue laboratorio es porque se empezaba a probar allí la dificultad de reaccionar, de movilizar las fuerzas suficientes, de comprender el horizonte que se abría, que no era el de una amenaza a un grupo de militantes ni a una organización, sino la puesta a prueba de un mecanismo de persecución judicial que llegó hasta quien fuera presidenta del país.

Contra Milagro acumularon una pila de expedientes amañados, la condenaron a prisión, murieron uno de sus hijos y su marido, ella está enferma y sigue siendo hostigada por el aparato judicial en cada uno de esos trámites. Ensañados contra un cuerpo y una historia que son emblemas de lo que quieren combatir.

Así pasó una década: lo que allí era el trazo insinuado de un poder destructivo, hoy es la materialización de una estrategia fascista de reconversión entera de la vida social. El pasaje del laboratorio Jujuy al experimento Argentina: la destrucción de todas las instancias de preservación del lazo social no mediadas por el mercado. Eso requiere el ataque a los movimientos sociales, a su capacidad de construir alternativas, modos de vinculación, redes cooperativas. También supone el ataque a las instituciones claves de sostenimiento de lo público, como la salud y la educación; y la corrosión de la política como actividad capaz de afectar y modificar la vida de las personas. El experimento es la desertificación: ¿cómo viviremos si solo queda el mercado?

Cuando se cumplió un año del golpe militar de 1976 -estamos a meses de la conmemoración del medio siglo-, Rodolfo Walsh escribió una carta a la Junta que gobernaba. Detalló los crímenes, las desapariciones, los fusilamientos, las torturas sin límite de tiempo, los campos de concentración. Y aclaró: "Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.".

La persecución judicial, el law fare, la represión, la actual habilitación a los servicios de inteligencia para realizar detenciones, el amparo a la violencia institucional, están, hoy también, al servicio de producir la miseria planificada. El laboratorio Jujuy fue el del desarme de un contrapoder para esa estrategia; el experimento Argentina, la continuidad del plan del Proceso por otros medios. En 2016, cuando Milagro fue encarcelada, se cumplían 40 años del golpe.

La larga insistencia de las clases dominantes argentinas produce, una y otra vez, cacerías de militantes. Esta vez, lo sabemos, tienen a su favor el orden autoritario y fascista que se derrama desde Estados Unidos, que tiene en un brazo una billetera -con la cual condicionó las elecciones en nuestro país- y en el otro la fuerza armada con la que golpea e invade, asesina a sus ciudadanxs y deporta migrantes. Nada de eso debe ser un llamado al silencio frente a la injusta cárcel de Milagro. Por el contrario, en la rebeldía contra ese dictado de un poder judicial que actuó y actúa bajo mandato de revancha, debemos encontrar el gesto ético, el llamado a fundar otro modo de hacer política, que no acepte el menoscabo de preguntarse por lo que conviene, sino que afirme lo irreductible de un compromiso. El de desmontar cada uno de estos actos cuyo horizonte es el empobrecimiento de las mayorías y su sujeción a un orden que las condena al descarte.

La nota contine lenguaje inclusivo por decisión de la autora.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/del-laboratorio-al-experimento-por-maria-pia-lopez/