La historia de la nena que fue secuestrada dos veces por los represores de la ESMA

16.08.2026
Leticia Locio, que como niña estuvo dos veces secuestrada en la ESMA Ernesto Mobili
Leticia Locio, que como niña estuvo dos veces secuestrada en la ESMA Ernesto Mobili

En el plazo de una semana, Leticia fue víctima de dos operativos. Se estima que estuvo cautiva tres días en el campo de concentración de la Armada. Sus padres militaban con Rodolfo Walsh en ANCLA.

El conductor voltea, la mira y, con una sonrisa lúgubre, le pregunta: "¿Por qué llora esa nena?". Entre lágrimas, Leticia, que todavía no cumplió tres años, responde: "Porque acaban de matar a mi papá". Entonces no lo sabe, y recién lo sabrá décadas después, pero ese automóvil la conducía, por segunda vez en una semana, hacia el campo de concentración que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).

Leticia Locio es hija de Norma Batsche y Carlos Bayón. Son "Mariana" y "Pablo", militantes montoneros y colaboradores de Rodolfo Walsh en la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA).

En exactamente una semana, Leticia sufrió dos operativos de desaparición. El 15 de diciembre de 1976, fue secuestrada junto con su mamá en Avellaneda. A las horas, fue llevada hasta la casa de su tía materna, Carmen. Su papá fue a buscarla para que viviera con él en la Ciudad de Buenos Aires.

En la tarde del 22 de diciembre de 1976, Carlos salió con Leticia hacia una cita que había conseguido por la zona de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en la que aspiraba a encontrar algún detalle de lo que había pasado con Norma. Leticia escuchó un frenazo y vio cómo su papá se desplomaba sujetándose el abdomen.

En la sentencia del juicio conocido como ESMA Unificada, el Tribunal Oral Federal (TOF) 5 dio por acreditado que Leticia había sido secuestrada en dos oportunidades y llevada a ese centro clandestino de detención, donde se estima que pasó unos tres días hasta que fue entregada a la familia Locio, amiga de sus padres.

Casi 50 años después, Leticia --que es psicóloga y trabaja con las violencias por razones de género en la provincia de Buenos Aires-- comparte su historia con Página/12. Su testimonioes otro recordatorio punzante de las violencias que sufrieron niños, niñas y adolescentes durante la última dictadura.

—¿Tenés algún recuerdo de cómo era tu vida antes de diciembre de 1976?

—En realidad, no. Mi primer recuerdo es el secuestro de mi papá. Ahí empieza mi memoria. Yo tenía casi tres años y parece que era bastante conversadora. Soy la que cuenta qué pasó. A mi mamá la habían secuestrado una semana antes que a mi papá, pero, por esas cosas que tiene el psiquismo, no lo recuerdo.

—¿Cómo es ese recuerdo?

—Que voy caminando con mi papá, que me lleva de la mano y que en la otra mano tiene unos libros o papeles. Él tenía puesto un saco de un traje marrón. Hay sol. Un auto se estaciona haciendo ruido al costado de la vereda y de ahí bajan hombres. Mi papá se cae agarrándose la panza y a mí me suben a un auto. Yo quedo en el asiento de atrás, entre dos hombres que tenían armas muy grandes. Yo lloraba y el que estaba en el lugar del conductor se da vuelta y dice, con una sonrisa: "¿Por qué llora esa nena?". Ahí nos llevan a la ESMA, y yo no tengo recuerdo de ese tiempo, aunque estuve casi tres días, por las cuentas que hicimos después.

—¿Cómo reconstruís tu paso por la ESMA?

—Es Lila Pastoriza, que compartía militancia con mis padres, quien me dice que se contaba la historia de la nena a la que habían llevado dos veces a la ESMA. "A partir de la caída de tu papá, es ahí que se dan cuenta de que había un vínculo entre tu papá y tu mamá", me cuenta. Ellos estaban separados en ese momento, pero integraban el mismo grupo. Trabajaban vinculados a Walsh. Parece que alguno de los represores dice: "¿Qué hace esta nena de nuevo acá?". Me devuelven dos veces y lo hacen a lugares diferentes.

—¿Qué supiste de esa militancia de tus padres? Vos declaraste que jugabas a imitar a tu mamá...

—Parece que, de nena, me sentaba frente a los muebles y jugaba a que movía las perillas de los cajones. Un poco la explicación era que yo acompañaba a mi mamá a algunas de las tareas —que tenían que ver con el uso de algunas radios o aparatos para interceptar algunas comunicaciones— y a mí me quedaba esto de jugar con perillitas.

—Contabas que para vos Walsh era el "Tío Esteban", ¿cómo llegás a hacer esa asociación?

—Lo decía en una especie de media lengua. Mi mamá me llevaba varias veces con ella, así que estaba con el Tío Esteban, que también estaba en la escena.

—¿Cómo es que después del secuestro de tu papá te llevan con la familia Locio?

—Era una familia muy cercana a los dos. Se conocían de la época de militancia estudiantil en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), pero con mi mamá el vínculo venía desde antes. Cuando me entregan a la familia Locio, me llevan con un papel enganchado en la ropa. En mi familia, la hipótesis es que ese día, cuando mi papá me lleva con él a la cita, él ya estaba en alerta y me había escondido un papel en la ropa, por las dudas.

—¿Cómo sigue tu vida?

—Sigue con una afectación muy importante. Yo no comía, lloraba, tenía miedos nocturnos. Pedía por mi mamá, por mi papá. Me quedó después cierta aprehensión en algunas situaciones de personas con uniforme. Yo hablaba todo el tiempo: secuestraron a mi mamá, se llevaron a mi papá. Ahí el aprendizaje fue callarse la boca porque era peligroso. Eso funcionó mucho tiempo: me costó mucho empezar a hablar en público sobre esto y significó que, de chica, me armara como una doble vida. Yo sabía que esto era lo que había pasado, pero que esto era lo que podía decir delante de otras personas. Cuando tenía seis años, nos mudamos a otra provincia y yo no tenía el apellido Locio. Eso generaba preguntas complejas cuando no podés decir todo lo que tenés que decir. Por eso, para mí, el cambio de apellido tuvo otro sentido. A los ocho años, cuando pude tener el apellido Locio, me alivió un montón porque dejé de sentirme forzada a dar explicaciones que no me sentía en condiciones de dar porque, para mí, estaban asociadas a un peligro enorme. Fue una decisión muy conversada.

—¿Y cuándo empezaste a contar?

—En el año '84, estaba harta de tener que inventar y les conté todo a mis amigas de la primaria. Tenía diez años. Al día siguiente, vino una de mis amigas y me dijo: "Le dije a mi mamá y me dijo que si vos volvías a hablar de eso, no nos teníamos que juntar más con vos".

—Por esa época también desaparecen a tu abuela, ¿no?

—Eso fue en Guatemala, en el '84. Mi familia me cuenta de su secuestro. Pude enseguida ubicar de qué me estaban hablando. Mi abuela Maximina era también una militante política. Muchos años después pude ir con mi tía a Guatemala y conocer los lugares donde habían vivido y conocer a otros familiares.

—¿Cómo ves el abordaje que se les está dando a las violencias padecidas por las infancias?

—A mí me parece importante que se esté incorporando esta perspectiva. Profundiza el análisis de lo que significó el terrorismo de Estado. Las desapariciones, los secuestros y las torturas son cuestiones muy centrales, pero poder ver estos efectos habla de un daño que se prolonga en el tiempo. Se prolongan en las apropiaciones —en quienes hoy no conocen aspectos de su identidad—, pero también en aquellos que hemos atravesado estas situaciones. Se han jugado también otras cuestiones, como el acompañamiento que las personas adultas que estaban alrededor de estas infancias pudieron hacer. Yo siempre pensaba: qué suerte que tuve de que la historia siempre estuvo ahí, de que crecí rodeada de objetos de mi papá y de mi mamá, de recuerdos. Hemos sido infancias atravesadas por el silencio y el terror. No hubo etapa de inocencia. Partís de eso para construir lo otro: que el mundo es algo bueno y que la vida merece ser vivida.

–Una suerte de inscribirse en linajes de lucha…

–Si lo pienso en términos de los efectos en las infancias, crecer en un contexto de cuidado y de protección por parte de adultos que sean transmisores de esa historia me parece que eso hace también a mitigar las secuelas o las consecuencias de haber experimentado el horror. En esa misma línea, poder dar un sentido a las pérdidas, a estos duelos inacabados que tenemos con nuestros desaparecidos y nuestras desaparecidas, en el marco de quienes se comprometieron con transformar realidades injustas y también comprender que esa lucha, que en el caso de ellos llegó al extremo de que cueste la propia vida, también me permitió entender que estaban tratando de dejar un mundo mejor para mí. Me permitió inscribirme en esa línea para tratar de construir un mundo más justo, más equitativo, también para mis hijos. Entonces, me parece que hay una línea de continuidad que se puede sostener aún frente a tener que atravesar circunstancias tan dolorosas.

Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/2026/08/15/la-historia-de-la-nena-que-fue-secuestrada-dos-veces-por-los-represores-de-la-esma/

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