ENTRE EL PREJUICIO Y LAS CONCEPCIONES SECTARIAS

19.01.2026

Por Alejandro Olmos Gaona

Entre los recuerdos que tengo de una de mis abuelas, siempre están nítidos algunas historias trasmitidas por su padre, que siendo embajador en Francia, pudo observar el feroz antisemitismo, que impregnaba a la sociedad toda, y se replicaba en otras partes. Aunque no existieran evidencias, las leyendas sobre conspiraciones, manejos turbios, atentados a la seguridad nacional, y un sinnumero de operaciones de diversa factura, siempre tenían como responsables a los judíos. Y un ejemplo casi olvidado de esos prejucios y el sectarismo a los extremos a los que se llega, quedó evidenciado con lo que ocurriera en el caso Dreyfus.

En París a finales del año 1894, el capitán Alfred Dreyfus, oficial del Estado Mayor del ejército francés, fue acusado de espiar para el Imperio Alemán y condenado a prisión perpetua en la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa: un destino reservado a criminales irrecuperables, no a un oficial sin antecedentes.

La prueba central del proceso fue una hoja manuscrita hallada en un basurero, un documento ambiguo, sin firma ni certeza pericial concluyente. No se buscó la verdad: se buscó un culpable. Y Dreyfus reunía las condiciones ideales para serlo. Era alsaciano —región recientemente anexada por Alemania— y, sobre todo, judío, en una Francia atravesada por un antisemitismo virulento que impregnaba tanto a sectores del ejército como a la prensa y a la opinión pública.

La investigación fue un simulacro. Las contradicciones se ignoraron, las pericias se forzaron y la defensa fue tratada como una molestia. La condena no respondió a la evidencia, sino a un prejuicio ideológico previo: Dreyfus era culpable no por lo que había hecho, sino por lo que era: judio, y ya se sabía que las personas de esta condición podían ser autores de todas las maldades. Ese juicio, una verdadera parodia efectuada con la complicidad de las más altas autoridades militares francesas, no se detuvo a analizar evidencias, o incorporar pruebas que demostraran la culpabilidad del acusado. Su condición de judío era mas que suficiente para sospechar una traición contra la República francesa. Los diarios atronaron con una campaña virulenta y ls falacias abundaron, se aumentaron y comentaron hasta el hartazgo, mostrando el antiracismo de una sociedad contaminada con el prejuicio.

Dos años más tarde del juicio, el coronel Georges Picquart, jefe del servicio de contraespionaje, descubrió que el verdadero autor de suministrar documentos confidenciales al imperio alemán era el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. El origen aristocrático de Esterházy, así como su virulento antisemitismo, le ayudaron a ganar el favor de los círculos antisemitas más extremos de Francia, cuyos contactos con la élite militar impidieron que fuera condenado por traición. Cuando las pruebas halladas por Picquart forzaron a las autoridades militares a reabrir el caso de Dreyfus en 1897, Esterházy fue aconsejado por sus superiores para que negase toda evidencia. Tras un consejo de guerra (del 10 de enero de 1898) totalmente amañado fue incomprensiblemente absuelto

En lugar de corregir el error, el Estado Mayor eligió preservar la institución antes que la verdad: Picquart fue apartado y enviado al norte de África, y la condena de Dreyfus se mantuvo intacta. El ministro de Guerra general Auguste Mercier, fue figura principalisima de la acusación, y de todas las maniobras realizadas, para evitar llegar a la verdad, al extremo de haber comisionado a un coronel del servicio de contrainteligecia para fabricar pruebas en contra de Dreyfus.

Mientras tanto, la prensa antisemita redobló su campaña. No se discutían pruebas, sino identidades. La lógica era simple y brutal: si el acusado era judío, debía ser culpable. Cuando Esterhazy fue finalmente juzgado, fue absuelto en pocas horas y celebrado como un héroe por multitudes enardecidas. La verdad había dejado de importar.

El 13 de enero de 1898, el célebre escrior Émile Zola publicó en el diario L'Aurore su célebre carta abierta al presidente Félix Faure, titulada "J'Accuse…!". Allí denunció la infamia de un proceso viciado, señalando con nombre y apellido a los responsables: militares, jueces, políticos y periodistas. Zola no defendía solo a Dreyfus; defendía la idea misma de justicia frente al prejuicio convertido en dogma.

Ese mismo año, el caso fue reabierto. El Tribunal Supremo anuló la condena original, pero en un gesto que revela hasta qué punto el antisemitismo seguía operando, volvió a condenar a Dreyfus, esta vez a diez años de trabajos forzados, nuevamente en la Isla del Diablo. La reparación fue postergada una vez más en nombre de una verdad que el poder no estaba dispuesto a aceptar.

Recién en 1906, doce años después de la acusación inicial, el Estado francés reconoció oficialmente la inocencia de Dreyfus. Fue reincorporado al ejército y condecorado con la Legión de Honor. Pero la absolución llegó tarde: estaba físicamente destruido y moralmente quebrado. La justicia formal había triunfado, pero la justicia real había fracasado.

El caso Dreyfus no es solo un episodio del pasado. Es una advertencia permanente. Demuestra cómo las obsesiones ideológicas —ayer antijudías, hoy a veces disfrazadas de antisionismo radical— pueden producir acusaciones falsas, no fundadas en pruebas sino en estereotipos, sospechas identitarias y climas de hostilidad colectiva. Cuando una causa se arma antes que los hechos, la verdad deja de ser el objetivo y la condena se vuelve inevitable. Y de esa manera se echan a correr sospechas, se fabrican historias, que se nutren de otras tan falaces como la primera, y en este mundo de redes, donde toda noticia crece exponencialmente, esto a veces alcanza proporciones extraordinarias. Esto lo he vivido personalmente, con lo ocurrido con un amigo, del que escribí una nota en PERFIL, que subí a mi muro, que por ser de origen sirio, fue falsamente acusado, y a pesar de la falta de prueba alguna, hoy 31 años después del atentado a l AMIA, sigue imputado.

Muchas de estas leyendas, son fabricadas, no por personas que se dedican a la historia en serio, y a buscar la verdad, sino por "interpretadores", que jamás visitaron un archivo, nunca muestran evidencias, ni articulan alguna prueba, sino que se mueven en la vaguedad de inferencias que sugieren, pero que nunca demuestran nada. Y como decia ese gran historiador que fue Claudio Sanchez Albornoz " la historia no son los documentos, pero no hay forma de hacerla sin ellos", ya que de esa manera siempre es mas fácil caer en el error, o inocular en las redes nuestros propios prejuicios.

Cada vez que se acusa sin evidencia, cada vez que se reemplaza la prueba por la sospecha ideológica, cada vez que se pretende que las fabulaciones sustituyan a la historia real,el eco de la Isla del Diablo vuelve a escucharse.