Capitalismo, con o sin dinero

Por Iván Bilik - Economista
Durante décadas, uno de los principales argumentos en defensa del capitalismo fue su capacidad de reducir la pobreza extrema a escala global. Fundamentos hay: según el Banco Mundial, entre 1990 y 2024, alrededor de 1.500 millones de personas lograron salir de la forma más severa de privación material. Esto significa que, durante 34 años, en promedio unas 120.000 personas por día mejoraron su alimentación, así como su acceso a servicios de educación, salud o electricidad. Fue una transformación relevante y tangible.
El problema es que esa mejora parece estar llegando a su fin. Las proyecciones más difundidas muestran que entre 2025 y 2030 la baja será reducida y, a partir de entonces, el número de personas en pobreza extrema volvería a crecer.
Para entender este punto de inflexión conviene mirar hacia atrás. La rápida caída de la pobreza extrema se explicó, en buena medida, porque a comienzos de los 90 la mayoría de las personas más afectadas vivía en países que luego crecieron a tasas muy altas. China, Indonesia, India y Bangladesh lograron integrar a millones de personas a procesos sostenidos de crecimiento económico. Ese crecimiento –aunque desigual– fue el principal motor de la reducción en la pobreza.
Hoy esas condiciones ya no existen en la misma proporción. El capitalismo contemporáneo dejó de ser predominantemente expansivo y fue virando hacia lógicas más extractivas y de enclave. La inversión productiva perdió dinamismo relativo frente a la valorización financiera (dividendos, recompras de acciones y activos financieros). En este marco, el capital global encontró formas de aumentar su rentabilidad dentro de los países centrales, sin necesidad de expandirse geográficamente. A esto se suma la concentración: sectores estratégicos como tecnología, finanzas, energía y, de manera creciente, las cadenas globales de alimentos operan bajo estructuras oligopólicas que limitan la aparición de nuevos jugadores y frenan la difusión de mejoras de productividad.
La pandemia no generó estas tendencias, pero sí las aceleró. Las políticas públicas de ayudas económicas evitaron un colapso, pero también, por la configuración actual del sistema económico, terminaron beneficiando desproporcionadamente a los más ricos. Así, muchos países pobres salieron de la pandemia más endeudados y con menos margen de maniobra.
El resultado es claro: hoy la mayoría de las personas en pobreza extrema vive en economías estancadas. La estrategia del sacrificio, salarios bajos y apertura comercial aporta menos ventajas que antes para insertarse en la economía mundial, dado que las cadenas de valor están dominadas por tecnología, patentes, plataformas y grandes empresas que controlan los eslabones más rentables.
De esta manera, somos testigos de cómo un sistema que ya venía con fallas está perdiendo uno de sus principales baluartes. El capitalismo está cambiando y el debate debería cambiar con él.
Fuente:
Revista Acción
