¿El peronismo caerá en la trampa de la derecha?
Por Alfredo Zaiat
Mientras el equilibrio de las cuentas fiscales del plan económico de Javier Milei se va derritiendo, sectores del peronismo, detrás de la ilusión de ser aceptados por grupos de poder local e internacional, levantan la bandera de la austeridad fiscal. Como se sabe, porque existe una extensa literatura económica y experiencias propias y de otros países que lo explican, la secuencia para conseguir la estabilidad macroeconómica es la inversa de la que plantea el actual discurso dominante.
El equilibrio de las cuentas fiscales no precipita el crecimiento económico. Como les gusta decir a los economistas, puede ser una condición necesaria, pero no suficiente. En cambio, es más probable de conseguir en un período ascendente del ciclo económico —como el que hubo en el gobierno de Néstor Kirchner— no provocando una caída de la actividad con el ajuste fiscal. Por lo tanto, es necesario alimentar los motores de la demanda interna para impulsar la expansión e incrementar los ingresos. Y, además, si existe un período de elevados precios internacionales de las materias primas de exportación, se abre otra ventana de ingresos adicionales para mejorar las cuentas fiscales
Estos factores son relevantes por el lado de los ingresos tributarios. Como también se sabe, aunque algunos se hacen los distraídos, en el análisis de las cuentas fiscales se debe incluir cómo está diseñada la estructura tributaria. El debate sobre quiénes pagan impuestos es tan importante como cuál es la eficiencia y orientación del gasto público y, por lo tanto, la forma en que se alcanza el equilibrio fiscal.
Plantear en abstracto no tener déficit en las cuentas públicas elude el debate central: cómo se consigue. Milei lo hace destruyendo cada una de las funciones básicas del funcionamiento del Estado, aplicando la motosierra en todas las partidas presupuestarias, excepto en la correspondiente al pago de los intereses de la deuda. Para agudizar aún más el ajuste, Milei reduce la carga impositiva sobre los sectores de más alta capacidad contributiva. Un combo explosivo para las cuentas fiscales, que la complicidad de un amplio sistema político y económico, local e internacional, permite ocultar que el superávit —primario y financiero— es una ficción.
La mentira del superávit fiscal primario libertario está construida en deudas con proveedores que no se pagan, en la apropiación ilegal de recursos de las provincias, en la retención de dinero previsto para organismos públicos —por ejemplo, el PAMI—, en la suspensión hasta la eliminación de obras públicas, y en la contabilización de ingresos extraordinarios —por privatizaciones—.
El superávit fiscal financiero también es trucho. Se posterga el pago de intereses de bonos en pesos al capitalizarlos, lo que implica diferir el gasto público en esta partida.
Aunque el consenso en el mundo empresarial y financiero refiere al orden fiscal del programa económico de Milei, este no existe. Entonces, quienes ahora postulan desde la oposición la necesidad de actualizar el discurso económico, porque sostienen que uno de los triunfos de la batalla cultural de la derecha es el equilibrio fiscal, tienen que precisar que hoy no hay equilibrio fiscal. Y, más importante, indicar cómo se puede obtener ese objetivo. La herencia fiscal que dejará Milei será terrible: el gasto público diferido más la demanda de gasto reprimida planteará una exigencia monumental, que desde hoy la oposición debería empezar a alertar.
Copiar el lenguaje fiscalista de la derecha, en este contexto, es una estrategia política superficial y riesgosa. En cambio, el debate adquiere más densidad cuando se discute la composición de los ingresos, la orientación del gasto y la distribución de la carga tributaria.

Milei presenta un equilibrio fiscal destruyendo cada una de las funciones básicas del funcionamiento del Estado, aplicando la motosierra en todas las partidas presupuestarias, excepto en la correspondiente al pago de los intereses de la deuda. Imagen ChatGPT.Reducir impuestos a los ricos no sirve para crecerLa opción política que desafía la distorsión instalada en el debate sobre las cuentas públicas apunta a mejorar los ingresos tributarios, fundamentalmente de los sectores y grupos sociales con mayor capacidad contributiva. La propuesta es impulsar el crecimiento económico para incrementar la recaudación, y también cobrar más a los ricos.
Al comienzo se mencionó que existe mucha literatura económica explicando que el ajuste fiscal con reducción de impuestos a los ricos provoca una crisis porque arroja la economía a la recesión. Uno de los aportes que aquí se comparte, para que el debate en la oposición adquiera más profundidad analítica en lugar de consignas fiscalistas, es la investigación de los economistas David Hope y Julian Limberg, The economic consequences of major tax cuts for the rich ("Las consecuencias económicas de las importantes reducciones de impuestos para los ricos"), publicada en Socio-Economic Review, de la Universidad de Oxford.
Las conclusiones son demoledoras para los gobiernos que bajan los impuestos a los ricos, como lo hizo Javier Milei. Sobre la base del análisis de la política tributaria de 18 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), entre 1965 y 2015, "observamos que las reducciones fiscales importantes para los ricos incrementan la desigualdad de ingresos, medida por la participación del 1% más rico en el ingreso nacional antes de impuestos". Calcularon que la magnitud del efecto es considerable: en promedio, cada reducción fiscal genera un aumento de más de 0,7 puntos porcentuales en la participación del 1% más rico en el ingreso nacional antes de impuestos; efecto que se mantiene tanto a corto como a mediano plazo.
En cuanto al desempeño económico, "no encontramos efectos significativos; más concretamente, las trayectorias del PIB real per cápita y la tasa de desempleo no se ven afectadas por reducciones significativas de impuestos a los ricos, ni a corto ni a mediano plazo". La investigación apunta, además, a desarticular una de las falacias difundidas por el mundo conservador, al desestimar la teoría de que los ricos tienen mayores incentivos para invertir cuando se reducen sus impuestos, dado que no se encontraron resultados estadísticamente significativos sobre el crecimiento, el desempleo o la inversión derivados de esa medida que beneficia al grupo social privilegiado.
En resumen, este trabajo aporta pruebas contundentes contra la influyente idea político-económica de que las reducciones de impuestos para los ricos generan un efecto de goteo que beneficia a la economía en general. "Sigue siendo desconcertante por qué las ideas del efecto de goteo han sido tan poderosas y persistentes en la formulación de políticas fiscales en las democracias avanzadas, a pesar de la falta de beneficios macroeconómicos derivados de la reducción de impuestos a los ricos", concluyen Hope y Limberg.
Sobreactuar la cuestión fiscal legitima el ajuste
Un debate fiscal consistente no debe limitarse a establecer si existe superávit o déficit en las cuentas públicas. Primero se debe abordar qué estructura estatal se necesita financiar y sobre qué sectores se descarga ese financiamiento.
La estructura tributaria argentina no es asfixiante en la comparación internacional. Según la OCDE, la recaudación total fue equivalente al 27,6% del PIB en 2024, por encima del promedio de América Latina y el Caribe, que fue de 21,7%, pero por debajo del promedio de la OCDE, que llegó al 34,1%. La diferencia principal no está solo en cuánto se recauda, sino en cómo se recauda.
La economía argentina tiene una estructura tributaria regresiva, apoyada en impuestos al consumo, y Milei la profundizó al aliviar la carga sobre sectores de elevada capacidad contributiva mientras descargó el ajuste sobre la mayoría de la población.
La sobreactuación política respecto a la cuestión fiscal termina legitimando el ajuste permanente. El desafío consiste en construir cuentas públicas consistentes con crecimiento, inversión, empleo y progresividad tributaria. El equilibrio fiscal, cuando existe, no se alcanza aplicando la motosierra para destruir la estructura del Estado. Es una construcción política, económica y social que requiere cobrar más impuestos a los grupos sociales de elevada capacidad contributiva, sostener las funciones básicas del Estado y orientar la economía hacia un sendero de crecimiento sostenido.

Fuente:
El Destape
