Las causas inflacionarias que ocultan o no ven

En esta nueva fase de aceleración, que ya encadena siete meses de crecimiento del IPC, existen motivos estructurales que el gobierno los oculta, o peor, los subestima o ignora.
Por Mariano Kestelboim
El 2,85% de inflación de diciembre pasado representó el segundo ascenso mensual más brusco bajo la presidencia de Javier Milei (el IPC de noviembre fue 2,47%). El anterior más fuerte había sido en marzo de 2025 cuando había saltado de 2,40% a 3,73%, pero en ese momento conformó una cadena de solo dos aumentos mensuales consecutivos y tuvo su origen en el impacto estacional de bienes y servicios con precios atrasados que, en el marco recesivo del primer trimestre de 2024, no habían podido acompañar el fogonazo inflacionario post devaluación de diciembre de 2023.
En esta nueva fase de aceleración, que ya encadena siete meses de crecimiento del IPC, existen motivos más estructurales. El gobierno los oculta, o peor, los subestima o ignora. La burda simplificación presentada para justificar el fenómeno (efecto kuka y rezago de emisión monetaria), a más de dos años de haber tomado el mando, no tiene margen de análisis; es una exposición trivial para su tribuna.
Hay seis causas centrales que trascienden lo monetario:
1. Pérdida de credibilidad
El gobierno ha ido erosionando su palabra al repetir incansablemente, en boca del propio Milei, que el efecto de emisión perdura entre 18 y 24 meses y que luego la inflación se termina. También rifó credibilidad al negar de forma sistemática modificaciones a la regulación cambiaria que después sí hace como se espera, desde el crawling peg a las bandas con ajustes prestablecidos y ahora en base a la inflación registrada.
El hito de ese derrotero se produjo el 31 de julio pasado cuando Milei y su equipo visitaron el canal de streaming Neura y, entre risas, rechazaron el intervencionismo oficial en el mercado al grito desencajado de "¡el dólar flota!". Pocos días después, el desquicio quedó ridiculizado ante la necesidad diaria y creciente de ventas de dólares del Tesoro y la misión desesperada del ministro Luis Caputo en Nueva York para buscar auxilio también del Tesoro de Estados Unidos. Se trató de un hecho insólito para domar un mercado que obviamente no flotaba y que, como resultado de esas intervenciones y sobre todo del efecto disuasivo del gobierno de Trump en acción, sostuvo una cotización que terminó subiendo un 39,6% en 2025.
Así, en un año que contó con cepo total durante 3 meses y medio y parcial desde mediados de abril pasado (se mantuvo para las empresas), la desconfianza se plasmó en una formación de activos externos nunca vista en tan pocos meses, al acumular USD 30.516 millones.
2. Aumento del dólar
Es notorio que la evolución del tipo de cambio es lo que más influye en la inflación de Argentina. No es un precio más de la economía como arguye Milei. Se trata de una referencia determinante para la formación de casi todos los precios. No depende solo de la emisión monetaria y de la tasa de interés, sino que también son fundamentales el resultado externo del balance de pagos y las expectativas. En ese sentido, el intercambio de bienes, servicios y pagos de rentas con el resto del mundo, registrado en la cuenta corriente, saltó de un superávit de USD 4.799 millones en los primeros tres trimestres de 2024 a un déficit de USD 9.991 millones en el mismo período de 2025. El derrumbe obedeció en gran parte a la reducción del superávit de la balanza comercial de USD 17.485 millones a USD 9.076 millones. Y esa baja respondió a su vez al aluvión de importaciones que treparon de USD 41.652 millones a USD 54.481 millones en el referido período.
El desequilibrio fomentó la expectativa de devaluación, apaciguada posteriormente por lo que implica el poder de fuego de Estados Unidos como aliado. Sin embargo, dadas las dificultades de Argentina para acceder al crédito internacional y los próximos compromisos de deuda (restan pagar USD 15.000 millones en moneda extranjera en 2026), la variable de ajuste más temida y latente para moderar el déficit es el tipo de cambio.
3. Caída de la inversión
Las empresas han ido recortando sus inversiones productivas en los dos últimos años. Según el INDEC, la formación bruta de capital fijo cayó un 11,6% en los primeros siete trimestres de gobierno libertario respecto a los últimos siete trimestres de la anterior administración que ya venía con bajos niveles de inversión.
Esa merma, sumada a la escasa utilización de la capacidad productiva industrial -ronda, en promedio, apenas el 58% en la gestión de Milei cuando históricamente se ubicaba entre el 65% y el 70%-, implica un peligroso empeoramiento de la productividad. Básicamente, el hecho de mantener una plataforma productiva desactualizada por falta de inversiones con un bajo uso de su capacidad empeora la eficiencia.
4. Concentración del mercado
A la vez, se presenta una fuerte concentración de mercado reflejada en la disminución de 21.000 empresas respecto a noviembre de 2023 que genera una dinámica menos competitiva y complica el proceso de estabilización.
Si bien el avance de las importaciones agrega competencia y obliga a las firmas locales a reducir rentabilidades, la baja va llegando a un piso e impacta solo sobre la oferta transable (hay una diversidad de bienes y servicios que, por cuestiones de escala, tecnológicas, especificidad de mercado, regulaciones y costos de transporte no compite con lo importado).
Se presenta una fuerte concentración de mercado reflejada en la disminución de 21.000 empresas respecto a noviembre de 2023 que genera una dinámica menos competitiva y complica el proceso de estabilización.
Y, por otra parte, desmantelar el complejo productivo nacional haciendo el consumo más dependiente de importaciones también agrava el desequilibrio externo, que está lejos de compensarse, al menos por ahora, con el crecimiento de las exportaciones agrícolas, de hidrocarburos y minerales.
Todo ello sin contar los conflictos distributivos y sociales que se desatan por la destrucción continua de empleos formales y la mayor desigualdad que imprime el modelo de Milei.
5. Suba de costos
Hay sectores de oferta concentrada con demanda cautiva (empresas de servicios públicos privatizados (energía, gas, agua, telecomunicaciones y transporte), de combustibles, de salud y bancos y financieras) que parecen tener coronita para el gobierno. Son rubros que poseen precios regulados por la administración pública o que fueron desregulados e incrementan sus precios muy por encima de la inflación. Son determinantes en la formación de costos de las empresas y de la competitividad. Detentan un poder de mercado tal que tienen incentivos de subir precios, tarifas o tasas de interés porque su demanda es inelástica al precio, con lo cual la pérdida de ventas en cantidades es menos que proporcional al aumento de sus precios.
Así, las empresas sobrevivientes del resto de la economía deben prorratear costos fijos en alza por el impacto de las desproporcionadas subas de precios de los rubros ganadores en menores volúmenes de producción y ventas por la caída del consumo. Esa dinámica acrecienta el costo medio y, para no seguir cediendo rentabilidad o ir a pérdida, terminan subiendo precios.
6. Inercia inflacionaria
Más allá de que la brusca contracción de la demanda aplacó la posibilidad de un reacomodamiento general de precios relativos tras la gran devaluación de diciembre de 2023 (fue la segunda mayor de las últimas tres décadas y media), hay una tendencia al reacomodamiento de precios relativos difícil de parar cuando hubo tantos desacoples y abusos. Siempre hay una inercia inflacionaria por contratos que van venciendo y deben renovarse y se aplica tanto la inflación pasada como la esperada para su actualización.
En los próximos meses será un desafío mayor doblegar la inflación. Los rubros más fáciles de disciplinar a través del combo de apertura comercial y reducción del consumo interno ya cedieron prácticamente todo lo que podían.
Ahora bien, de cara a los próximos meses será un desafío mayor doblegar la inflación. Los rubros más fáciles de disciplinar a través del combo de apertura comercial y reducción del consumo interno ya cedieron prácticamente todo lo que podían. Inicialmente, el proceso de desinflación es menos difícil porque el impacto de la merma por ingresos y desplazamiento por productos importados incide más en los consumos de bienes y servicios más prescindibles, donde además había una alta rentabilidad y mayor desacople de precios con relación a los internacionales.
En esta nueva etapa, la dinámica de aumentos es más orgánica y, para ser exitosa en detenerla y hacerla sustentable, se requiere un ingreso de capitales externos mayor orientado a inversiones reales que permitan ampliar y modernizar la capacidad productiva, equilibrar el déficit de cuenta corriente y hacer frente a los compromisos de deuda externa y así controlar con mayor margen el precio del dólar. Una misión realmente complicada, sobre todo cuando no se atienden las necesidades de la producción.
Por eso, para extender el modelo actual es imperioso bajar el riesgo país. En el interín, la entrada de capitales por emisión de deuda externa de las provincias y de las grandes empresas -desde el triunfo del oficialismo en las elecciones ya se acumularon USD 8.325 millones- es agua vendita para el gobierno, pero no es suficiente para alcanzar la pretendida estabilidad. Del regreso pleno al mercado de capitales dependerá también la prometida liberalización del cepo para las empresas y la postergada remisión de utilidades al exterior.
Las economías que lograron estabilizarse transitaron experiencias menos traumáticas que permitieron recuperar a su moneda como reserva de valor. Argentina, lamentablemente, está a años luz.
El último gran golpe fue luego de la peor sequía de la historia nacional (campaña 2022/23), exactamente el 10 de octubre de 2023. Milei ya era el candidato de la oposición con las mayores chances de ingresar al balotaje y, con su típico histrionismo, instigó: "el peso no vale ni excremento". Esa declaración, combinada con su promesa de dolarización, fue combustible de máxima potencia para una corrida cambiaria en una economía que, hasta ese momento, promediaba un 7,5% mensual de inflación en el año.
Es evidente que Milei sabía que no podía dolarizar, que lo decía para hundir el peso lo máximo posible, que quería que el país esté detonado. Logró ganar las elecciones, pero también condenó a que la moneda nacional sea más débil. Cortoplacismo en su máxima expresión. No es el único responsable de la decadencia, pero es uno de los importantes. Hoy se paga.
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