Las góndolas en supermercados se recalientan

04.04.2026

Por Juan Garriga   

Los aumentos ya están en las góndolas. Las listas de precios que comenzaron a llegar a supermercados y mayoristas en los últimos días muestran subas de hasta 12 por ciento en alimentos, bebidas y productos de limpieza, consolidando un piso inflacionario cercano al 3 por ciento mensual y poniendo en jaque el principal activo político que el Gobierno buscaba exhibir: la desaceleración de los precios.

Los fletes también muestran subas, impulsadas en gran parte por el aumento del combustible, producto de la guerra: un 8,4 por ciento en pesos y un 12 por ciento en dólares respecto a la medición anterior, lo que impacta directamente en la competitividad y por tanto se trasladan a los precios.

En productos de primera necesidad, la presión es generalizada: lácteos, harinas, bebidas, artículos de higiene y limpieza, todos muestran ajustes que, aunque en algunos casos son escalonados, terminan acumulando aumentos relevantes en pocas semanas. La consecuencia es directa: el costo de vida vuelve a tensionarse y la desaceleración inflacionaria que quiere mostrar el gobierno como principal logro económico empieza a mostrar signos de agotamiento.

La suba de las naftas aparece como uno de los disparadores centrales. Su impacto se traslada rápidamente a toda la estructura de costos: logística, transporte y distribución. Ese efecto cascada termina reflejándose en los precios finales de los alimentos y productos básicos. A esto se suma la incertidumbre macroeconómica, que empuja a las empresas a ajustar precios de manera preventiva.

Los mayoristas, en ese contexto, ya anticipan que la inflación se ubicará por encima del 3 por ciento mensual en los próximos meses. Esa cifra no es menor: implica abandonar la trayectoria descendente que el Gobierno buscaba consolidar y regresar a un esquema de inflación persistente, difícil de quebrar.

La preocupación no se limita a los precios. El problema se agrava por el lado de los ingresos. Las empresas del sector advierten que el consumo sigue en caída y que no tienen margen para convalidar aumentos salariales. De hecho, algunos mayoristas ya rechazaron acuerdos paritarios bajo el argumento de que la demanda no acompaña. El resultado es un círculo vicioso: salarios que no crecen, consumo que cae y precios que, sin embargo, siguen subiendo.

Ese cóctel —suba de costos, caída del consumo y presión inflacionaria— ya había sido señalado como un riesgo para el sector supermercadista. Ahora empieza a materializarse con mayor intensidad. Las empresas enfrentan una doble tensión: por un lado, proveedores que aumentan precios; por el otro, consumidores que restringen sus compras.

El deterioro del poder adquisitivo se refleja en cambios concretos en los hábitos de consumo. Se observa una mayor búsqueda de segundas marcas, reducción en la compra de productos no esenciales y una caída en el volumen general de ventas. Incluso en alimentos básicos, las cantidades consumidas muestran retrocesos.

A este escenario se suma el contexto productivo. La industria continúa mostrando señales de debilidad, con niveles de actividad por debajo de los registrados en años anteriores y una capacidad instalada que no logra recuperarse. El impacto sobre el empleo también es evidente.

Las propias declaraciones oficiales comienzan a reconocer tensiones. El ministro de Economía Luis Caputo admitió recientemente que la inflación podría volver a subir en el corto plazo y expresó preocupación por la velocidad de la recuperación económica. Se trata de un giro discursivo significativo respecto de los meses anteriores, cuando el foco estaba puesto en destacar la baja de los precios como principal logro.

El problema para el Gobierno es que ese logro empieza a diluirse. Con una inflación que se estabiliza en torno al 3 por ciento mensual, el margen para mostrar mejoras sustanciales se reduce. Más aún si se considera que ese nivel implica una inflación anual todavía elevada y con fuerte impacto en los ingresos reales.

La dinámica de los alimentos es particularmente sensible. Se trata del componente con mayor incidencia en el gasto de los hogares de menores ingresos, por lo que cualquier aumento tiene un efecto regresivo inmediato. Las subas en productos como yerba, harinas, lácteos o aceites no sólo afectan el bolsillo, sino que también condicionan el acceso a bienes básicos.

El resultado es una recomposición general de precios que se vuelve difícil de contener. A diferencia de otros momentos, no se trata de un solo rubro el que empuja la inflación, sino de una dinámica más extendida que involucra tanto bienes básicos como productos de consumo masivo.

Desde el punto de vista político, el impacto es directo. La baja de la inflación había sido presentada como el principal indicador de éxito del programa económico. Con la reaparición de aumentos generalizados y la perspectiva de un piso del 3 por ciento mensual, ese argumento pierde fuerza.

Al mismo tiempo, la falta de recuperación del consumo y la persistencia de la crisis industrial limitan la posibilidad de mostrar mejoras en otros frentes. La combinación de inflación resistente, salarios rezagados y actividad débil configura un escenario complejo, con riesgos crecientes hacia adelante.

En definitiva, las góndolas vuelven a ser el termómetro más claro de la economía. Allí se refleja, de manera inmediata, el impacto de las decisiones macroeconómicas y las tensiones del modelo.

Fuente:

P12 

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