Mitos y verdades de la industria argentina

Por Daniel Schteingart - Doctor en Sociología (IDAES-UNSAM) y becario posdoctoral CONICET
"Es toda ineficiente y prebendaria". "Es la solución a todos los problemas". Como en un eterno loop, la discusión sobre la industria argentina está otra vez en la agenda. No es para menos: Argentina es un país en donde, a diferencia de muchos otros, la industria genera mucha grieta. Y producto de ello, las políticas hacia el sector han oscilado entre el férreo proteccionismo característico de gobiernos nacional-populares (como los kirchneristas y el de Alberto Fernández) y la rápida apertura (como con Mauricio Macri y Javier Milei). Hoy vemos un episodio nuevo de ese péndulo, con la industria como una de las grandes perdedoras del modelo del gobierno actual.
Pero en una conversación a menudo tan embarrada e ideológica, vale la pena detenernos a analizar y ver qué tan ciertos son algunos sentidos comunes que circulan en la conversación pública sobre la industria.
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"En Argentina, el agro, el petróleo y la minería son más importantes que la industria en su contribución al PBI". Falso
Solemos pensar a Argentina como un país primario. Y si bien el agro, el petróleo y la minería son clave para la generación de divisas, su peso en la producción es menor que el de la industria. En el último año, el agro representó el 6% del PBI, el petróleo y la minería el 5% y la industria el 17%. De hecho, desde 1946 las manufacturas siempre superan en tamaño a la suma de los sectores primarios.
La confusión se explica porque cerca del 30% del PBI industrial forma parte de cadenas de valor de origen agropecuario. La industria de alimentos y bebidas es manufactura, aunque a menudo se la perciba como parte del agro. ¿Qué se cuenta en el agro? Los cultivos y la cría de ganado antes de que tengan transformación industrial.
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"Argentina ha sido uno de los países del mundo que más se desindustrializó en los últimos 50 años". Verdadero.
Una métrica que se utiliza para medir la industrialización o desindustrialización de los países es el PBI industrial per cápita. Tomando este indicador, encontramos que, desde 1970, en Argentina se redujo 8%.
En gran parte del resto del mundo el PBI industrial per cápita creció desde 1970. Por ejemplo, en Estados Unidos subió 79% y en Francia 70%. En países como Corea del Sur y China la suba es directamente espectacular: 5.639% y 9.438% respectivamente. En varios de estos países, la industria perdió terreno dentro de la economía porque los servicios crecieron más rápido, pero en términos absolutos no hubo repliegue de capacidades; algo que contrasta con Argentina.
Son pocos los países que hoy tienen menos PBI industrial por habitante que en los años 1970. Argentina es, tristemente, uno de ellos. La elevadísima volatilidad macroeconómica y las crecientes presiones competitivas de Asia fueron una tormenta perfecta para un sector que supo ser el gran motor del crecimiento y la integración social durante buena parte del siglo XX.
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"La industria es un gran generador de empleo". Verdadero, pero…
La industria genera 2,5 millones de puestos de trabajo directos en Argentina (1). Esta cifra representa el 11% del total, una relevancia menor que su aporte al PBI (17%). Esta diferencia da cuenta de la alta productividad que tiene la industria donde cada trabajador industrial produce, en promedio, más que en otros sectores. Sobre 14 sectores, la industria es el cuarto con mayor valor agregado por persona ocupada, solo por detrás de minería y petróleo; finanzas; electricidad, gas y agua (2).
Pero también es muy relevante la tendencia de largo plazo. El peso de la industria en el empleo viene en caída desde hace décadas. En Argentina, el pico se dio a fines de los años 1950, cuando daba cuenta de casi el 30% del empleo.
Este repliegue no es exclusivo de nuestro país, sino que ocurre en gran parte del mundo. Y hay una razón concreta: la industria tiende a ser más tecnificada que el resto de los sectores, de modo que la productividad suele subir más rápido que en otras actividades. Así, con el correr de las décadas se ha ido volviendo cada vez menos intensiva en empleo y éste ha sido generado cada vez más por los servicios. La relevancia de la industria para aportar productividad es la contracara de ser cada vez menos relevante en puestos de trabajo.
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"En el mundo la industria ya fue; cada vez más las cosas pasan por los servicios". Falso.
Es cierto que la industria pierde peso sostenido en el empleo. Pero sigue siendo el corazón del desarrollo tecnológico a nivel mundial: el 66% de la investigación y desarrollo en el mundo sigue siendo manufacturero. Gran parte de los nuevos desarrollos tecnológicos que serán clave en la economía del futuro (autos eléctricos, aerogeneradores, electrónicos de distinto tipo, medicamentos de nueva generación, etc.) son manufactureros.
Esta centralidad de la industria en el desarrollo tecnológico (y, por ende, en la capacidad de generación de riqueza y poder) ayuda a entender por qué las grandes potencias siguen apostando por tener manufacturas fuertes y por qué han vuelto las políticas industriales en el mundo.
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"Las empresas industriales argentinas no hacen innovación". Falso, pero…
La industria argentina explica el 50% de los gastos en investigación y desarrollo (I+D) que realizan las empresas (3). Realiza más I+D que las empresas del sector primario o de servicios. Pero también es cierto que en Argentina la inversión empresaria en I+D es apenas 0,2% del PBI, cuando en los países desarrollados supera holgadamente el 1% del PBI. Argentina invierte poco en I+D, pero dentro de ese poco, las empresas de ciertos sectores industriales (entre los que destaca el farmacéutico) son las que más mueven la aguja.
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"La industria argentina no exporta nada". Falso, pero…
Las empresas industriales argentinas explican el 57% de las exportaciones argentinas (4). De ese 57%, más de la mitad corresponde a la industria alimenticia, que agrega valor a la producción agropecuaria.
Si bien la contribución a las exportaciones es muy relevante, sólo el 20% de lo que producen las empresas industriales argentinas va al mercado externo. Y en algunas ramas (como textil-indumentaria, calzado, juguetes, electrónica o motos) esa cifra ni siquiera llega al 5%.
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"El empleo industrial es de mejor calidad que el del resto de la economía". Verdadero, pero…
Los salarios en la industria son 51% más altos que en otros sectores. Y la tasa de formalidad en los asalariados es del 70%, 13 puntos más alta que la media.
Sin embargo, hay grandes heterogeneidades entre sectores. En las industrias de mayor complejidad tecnológica –como la farmacéutica–, la formalidad es casi del 100%, los salarios duplican la media y son pocos los trabajadores pobres. Algo similar ocurre en ramas como refinación de petróleo, químicos, automotriz o acero.
En cambio, en las industrias tradicionales (textil-indumentaria, calzado, muebles, etc.) o en alimentos la informalidad es mucho más alta y supera el 50%.
¿Por qué pasa esto? La razón principal es la productividad. Los sectores con mejores salarios suelen ser de mayor producción por ocupado, y con más uso de tecnología y capital. Además, demandan empleo más calificado y cuentan con sindicatos más fuertes. Y también suelen estar dominados por empresas grandes, que en general ofrecen mejores condiciones laborales.
En el último año, el agro representó el 6% del PBI, el petróleo y la minería el 5% y la industria el 17%.
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"Los efectos multiplicadores de la industria son mayores a los de otros sectores productivos". Verdadero.
Las ramas que generan más de dos puestos indirectos por cada puesto directo son: extracción y refinación de petróleo; industria alimenticia; vehículos; instrumentos médicos y electrónicos; químicos; papel; correo y comunicaciones; maquinaria y equipo y electricidad, gas y agua. De estas 9 ramas, 6 son plenamente manufactureras (5).
En contraste, de las 10 ramas con menores efectos multiplicadores, 9 son de servicios y solo una es fabril (muebles y colchones).
Tiene sentido: las empresas industriales usan muchos más insumos que el resto de los sectores, y por ende demandan más bienes y servicios al resto de la economía.
Un ejemplo concreto: cuando una fábrica produce más, no solo contrata más obreros, sino que también hay muchas empresas proveedoras que se reactivan. Las plantas industriales necesitan de muchas materias primas e insumos, pero también requieren servicios logísticos, de comercialización, de limpieza, etc. Así se comprende por qué hay una parte considerable del empleo en servicios que solo se mueve cuando la industria camina.
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"La política industrial en la Argentina de las últimas décadas ha sido una historia únicamente de fracasos". Falso
En el siglo XXI, la política industrial ha sido muy pendular. Los gobiernos peronistas incrementaron los recursos volcados a la industria: subieron el gasto en programas productivos y en ciencia y tecnología, los créditos subsidiados y los regímenes promocionales para ciertos sectores o regiones. Además, hubo un control férreo de importaciones, con el argumento de cuidar el empleo y las capacidades productivas y ahorrar divisas. En contraste, en los gobiernos liberales hubo enormes recortes al gasto en políticas industriales con el objetivo de reducir el déficit fiscal y una profunda apertura a las importaciones, para disciplinar precios e incentivar una mayor competencia. Durante los gobiernos peronistas, el empleo y las empresas industriales se expandieron, aunque no sostenidamente y a costa de precios altos. En tanto, durante gobiernos liberales, se destruyeron capacidades, aunque los precios bajaron.
¿Qué balance podemos hacer de los momentos en que hubo mayor política industrial? Por un lado, es cierto que una parte relevante de los recursos volcados a la industria estuvieron mal canalizados. El ejemplo máximo es el régimen de Tierra del Fuego, cuyo costo fiscal es muy alto (2 veces el presupuesto anual del Conicet) para lo que genera: un puñado de miles de empleos, escasos encadenamientos con otros sectores productivos y exportaciones nulas.
Otro ejemplo es las industrias tradicionales con problemas estructurales de competitividad, como la textil-indumentaria o el calzado, en donde Asia ganó la batalla hace décadas sobre la base de salarios bajos. Se las protegió en exceso –dando como resultado precios muy altos para los consumidores– para generar unos pocos miles de puestos de trabajo que se destruyeron en pocos meses de gobiernos liberales.
Pero también hay un vaso medio lleno de la política industrial: Argentina es el único país de la región capaz de exportar reactores nucleares de investigación, de mandar al espacio satélites geoestacionarios de comunicaciones, de producir radares, de tener el principal polo de pickups de Sudamérica o estar en el podio de los países con mayor cantidad de empresas biotecnológicas de la región. Todo esto hubiera sido imposible sin política pública.
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"La industria argentina no tiene futuro". Falso
Afectada por la rápida apertura comercial "sin paracaídas" (con tipo de cambio apreciado, sin rebajas tributarias significativas y con desinversión en bienes públicos clave para la competitividad, como la obra pública y la ciencia y la tecnología), la industria argentina está siendo uno de los grandes perdedores del modelo de Milei. En 2025, el PBI industrial argentino fue 8% menor al de 2023, y desde el cambio de gobierno se destruyeron 48 mil empleos industriales formales y 2.300 firmas manufactureras.
Uno estaría tentado de decir: "Ya fue, tiremos la toalla, la industria no sirve más, y menos aun con China como tsunami imparable". Pero ese derrotismo es exagerado. Hay muchos sectores industriales que pueden progresar si se da la combinación de una estabilidad macroeconómica junto con políticas industriales proactivas.
Por un lado, la industria alimenticia tiene potencial para crecer si el agro mejora sus rindes, sin cupos de exportación, con menores retenciones y con una política agresiva de conquista de mercados externos. Muchas industrias capital-intensivas, como el gas natural licuado, los materiales activos del litio, la foresto-industria o la petroquímica tienen buenas condiciones para expandirse agregando valor a Vaca Muerta, la minería o la silvicultura. Las industrias proveedoras de los recursos naturales (como la metalmecánica o las pickups) también tienen un gran potencial de expansión como proveedoras de las actividades más dinámicas que tendrá la economía argentina, como la energía y la minería. Las industrias del conocimiento, como la farmacéutica y la biotecnología, tienen una demanda de largo plazo creciente, capacidades de innovación destacadas en la región y además han sido resilientes a nuestras crisis. Incluso en las industrias tradicionales hay segmentos que presentan potenciales a partir del diseño (algo clave en segmentos como la moda). Y también hay oportunidades para insertarnos en cadenas de valor emergentes, como las energías limpias, la electromovilidad o la inteligencia artificial.
Pero esos potenciales no se harán realidad por arte de magia. Requieren de buenas políticas industriales que perduren en el tiempo. Y para eso, de algo mucho más desafiante en nuestra historia: un consenso entre las principales fuerzas políticas acerca de cuál es el rol de la industria en el desarrollo argentino.
1. Últimos cuatro trimestres (segundo semestre 2024 y primer semestre 2025). Tomado de la Cuenta de Generación del Ingreso del INDEC.
2. D. Schteingart y N. Sidicaro, "Industria", Argendata, 2025.
3. Dato tomado de Schteingart y Sidicaro, op. cit.
4. D. Schteingart, A. Tavosnanska, J. Antonietta, P. Isaak y M. Ginsberg, "Una política industrial para el futuro de Argentina", Fundar, 2024.
5. Datos tomados de D. Schteingart, M. Molina y M. Fernández Massi, "La densidad productiva y el empleo", Serie Documentos de trabajo del CEP-XXI, N° 9, 2021.
Fuente:
Le Monde diplomatique, edición Cono Sur
