Quiénes son los culpables del fracaso económico

La producción por habitante aumentó apenas 0,66% anual entre 1970 y 2025. La Argentina quedó detrás de Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y México. El recorrido histórico muestra el peso de las políticas de apertura y endeudamiento en ese rezago. Las crisis consumieron años de crecimiento y condicionaron a los gobiernos que debieron reparar sus daños.
Por ALFREDO ZAIAT
En cincuenta y cinco años, la producción por habitante de la Argentina creció apenas 43,7%, que equivale a una mejora de 0,66% anual. En ese mismo período, Chile aumentó 269%; Colombia, 188%; Uruguay, 181%; y Brasil, 171%. Incluso México, con un desempeño modesto, avanzó 78%. La Argentina quedó última entre esos países. Son cálculos sobre las series de PIB real per cápita del Banco Mundial, entre 1970 y 2025.
Las perspectivas para revertir esa tendencia no son alentadoras en el gobierno del especialista en temas de crecimiento con o sin dinero. El mediocre comportamiento de la economía en los años que van del gobierno de Milei tuvo su expresión en la caída del 0,6% del PIB en el segundo trimestre de este año. Si se confirma la proyección de repetir el signo negativo en el trimestre siguiente, se habilita a la definición de recesión técnica.
El PIB per cápita mide la producción promedio por habitante y, para seguir su evolución, se utilizan precios constantes, de modo de descontar la inflación. El promedio no refleja cómo se reparte lo generado. La utilidad analítica de este indicador es mostrar si la capacidad de producción crece más que la población.
En el largo ciclo político y económico de esas más de cinco décadas, la crisis de la deuda, la inestabilidad política, la volatilidad financiera internacional y la inflación elevada afectaron a toda la región. Sin embargo, la capacidad de recuperación de los países fue diferente. En ese contexto, en el cual México creció poco y Brasil tuvo un desempeño débil, el rezago argentino es notable.
La Argentina exhibe una trayectoria del PIB per cápita que no se condice con su disponibilidad de recursos humanos y materiales. ¿Qué pasó, entonces, durante estos más de cincuenta años? Hubo una dictadura y gobiernos democráticos radicales, peronistas y liberales. Pero no todos tuvieron el mismo resultado.

¿Cuándo se empezó a romper?
Entre 1970 y 1975, el PIB por habitante aumentó 7,5%. Este resultado incluye el deterioro del último año, con el Rodrigazo y la agudización del conflicto distributivo. Como explica Juan Santarcángelo en el texto "La reforma financiera de 1977 como pilar del endeudamiento externo", publicado en Voces en el Fénix-UBA, el golpe de 1976 abrió una transformación regresiva.
Al cierre de 1983, el producto por habitante era 3,2% inferior al de 1975. La reforma financiera de 1977 alteró la asignación del crédito y liberalizó las tasas de interés. La apertura comercial, combinada luego con la apreciación cambiaria, deterioró las condiciones de la producción local. El endeudamiento externo permitió sostener durante un tiempo un esquema que ofrecía ganancias financieras mientras debilitaba las actividades industriales.
La dictadura modificó las relaciones de poder dentro de la economía mediante el terrorismo de Estado. El disciplinamiento de los trabajadores fue parte de esa reorganización. La reducción del producto por habitante expresa apenas una parte ese saldo dramático, puesto que la democracia recibió una estructura productiva deteriorada y una deuda externa que condicionaría sus posibilidades de crecimiento.
La democracia condicionada y la convertibilidad
Entre 1983 y 1989, el PIB per cápita cayó 12,2%. La gestión de Raúl Alfonsín estuvo atravesada por intentos heterodoxos de estabilización y posteriores ajustes, bajo la presión de los acreedores. La herencia de la dictadura impuso un poderoso condicionamiento, al que se sumaron las fragilidades propias del gobierno para enfrentar esas restricciones.
El pago de la deuda exigía divisas que no había y restringía el margen de acción del Estado. La crisis fiscal y la inflación se agudizaron hasta el desenlace hiperinflacionario. El fracaso de la estabilización alfonsinista terminó facilitando otro giro liberal.
El ciclo que va de 1990 al colapso de 2002 exige distinguir el crecimiento inicial de su saldo final. Comparando 2001 con 1989, el producto por habitante aumentó 19%. Hubo crecimiento durante la convertibilidad, pero la discusión relevante es si era sostenible.
En el documento "Crecimiento, inestabilidad y crisis de la convertibilidad en Argentina" de José María Fanelli, publicado en la Revista de la CEPAL, se explica que la estabilización inicial convivió con privatizaciones y apertura, mientras la rigidez cambiaria y el endeudamiento elevaron la vulnerabilidad externa. En 1998 comenzó una recesión que se prolongó durante el gobierno de la Alianza, experiencia política que mantuvo el mismo régimen cambiario. La sucesión de ajustes buscó sostener la convertibilidad, lo que agudizó la caída de la economía.
Entre el máximo de 1998 y 2002, el producto por habitante retrocedió 21,9%. Si se extiende hasta ese año la comparación iniciada en 1989, el avance acumulado se reduce a 4,9%. El colapso político y económico consumió buena parte del crecimiento anterior.
El estallido y posterior recuperación
El período que va del piso de 2002 a 2015 muestra una dinámica diferente, aunque reúne varias etapas.El PIB por habitante aumentó 54,4% e incluso tomando 2001 como base de comparación, la expansión hasta 2015 fue de 36,1%.
La expansión posterior a 2002 comenzó con capacidad ociosa y salarios deprimidos. El economista Andrés Wainer explica en "Economía y política en la Argentina Kirchnerista" que el inicio de este ciclo contó con un contexto externo favorable, pero también con decisiones que impulsaron la demanda interna y recuperaron márgenes de intervención estatal.
La reestructuración de la deuda alivió la presión sobre las reservas y la mejora del empleo sostuvo el consumo. Esa combinación permitió crecer más allá de la recuperación de lo perdido. En 2011, el producto por habitante superaba en 23,7% el máximo de 1998.
Después apareció el límite de la disponibilidad de dólares. Entre 2011 y 2015, el PIB per cápita retrocedió 2,6%. El crecimiento no había transformado suficientemente la estructura productiva ni resuelto sus necesidades de divisas. La dependencia de importaciones para producir y el deterioro del balance energético presionaron sobre el sector externo. La formación de activos en el exterior y los giros del capital extranjero agregaron demanda de dólares. La restricción externa, entonces, volvió a manifestarse con fuerza.

La caída macrista y el estancamiento de la gestión Alberto Fernández
Entre 2016 y 2019, el PIB por habitante cayó 7,1%. El gobierno de Mauricio Macri dejó la economía más pequeña en términos per cápita. La apertura financiera permitió una rápida acumulación de deuda, sin generar una expansión productiva que asegurara su repago. La reversión del financiamiento desembocó en la crisis cambiaria y en el regreso al FMI.
Entre 2020 y 2023, con el 2019 como base, el producto por habitante aumentó apenas 2,3%. Ese resultado incluye el desplome de la pandemia, la recuperación posterior y el impacto de la sequía de 2023.
La gestión de Alberto Fernández no consiguió restablecer una trayectoria sostenida de crecimiento. El condicionamiento de la deuda y los acontecimientos externos coexistieron con decisiones y limitaciones propias de su gobierno.
La recuperación desde el piso de 2020 fue insuficiente para superar el máximo histórico. Otra vez una expansión parcial desembocó en frustración. Esa experiencia facilitó el retorno de una propuesta de ajuste, ahora en su versión liberal-libertaria, que presentó como novedad un programa con la receta conocida.
El saldo inconcluso del período Milei
En 2024, el PIB real por habitante cayó 1,7%. En 2025 se recuperó 4%. El saldo respecto de 2023 fue positivo en 2,3%, aunque el nivel de producción por habitante permaneció 5,4% por debajo del de 2011.
El segundo trimestre de 2026 ofrece una señal de deterioro. El INDEC informó que el PIB creció 2% interanual y bajó 0,6% frente al trimestre anterior, en términos desestacionalizados. El interrogante es qué capacidad tiene un programa basado en el ajuste del mercado interno y la apertura para sostener el crecimiento.
El estancamiento secular de la economía se construye también con el tiempo perdido en reparar los daños de cada crisis. Los ciclos políticos y económicos conservadores liberales tienen una responsabilidad principal en esa trayectoria regresiva.
La narrativa dominante apunta al intervencionismo estatal como causante de la decadencia. No es cierto. En esa explicación desaparecen las experiencias liberales que gobernaron buena parte del período de más de cinco décadas.
La trayectoria del PIB por habitante permite discutir esa interpretación. El ciclo de recuperación y expansión que abarca el breve gobierno de Eduardo Duhalde y los del kirchnerismo muestra el mayor crecimiento acumulado entre los períodos analizados de más de cinco décadas.
Las experiencias conservadoras de apertura económica y desregulación financiera, en cambio, provocaron retrocesos y acumularon desequilibrios que dificultaron la continuidad del desarrollo. Esto se está verificando ahora con el experimento liberal-libertario de Milei.

