Refinanciamiento récord de deudas de las familias y nueva suba de la mora de las empresas

Según datos de la consultora 1816, la morosidad empresarial volvió a crecer y el alivio estadístico de las familias convive con un crédito estancado y mayores dificultades para cumplir con las obligaciones financieras.
La morosidad de los créditos al sector privado registró una caída en septiembre, después de varios meses de deterioro, según datos de la consultora 1816. Seguramente, de confirmarse el dato por parte del Banco Central, el presidente tuitero Milei y sus funcionarios salgan a afirmar que fue producto de una mejora en las condiciones crediticias bancarias y de los ingresos de los hogares. Pero, en realidad, responde a que las familias, sin margen de seguir endeudándose, acudieron masivamente a los bancos a refinanciar sus saldos para mantener vivo el instrumento del crédito. De acuerdo con el documento, detrás de la mejora aparece un fenómeno que gana peso en el sistema financiero: los hogares refinancian sus obligaciones para evitar que los atrasos se conviertan en incumplimientos formales, mientras el volumen de deuda reestructurada alcanza nuevos máximos y la irregularidad de los préstamos a las empresas mantiene su tendencia ascendente.
Sobre la base del último procesamiento de la Central de Deudores del Banco Central (CENDEU) realizado por la consultora 1816, la irregularidad del crédito al sector privado no financiero se ubicó en el 7,5 por ciento en septiembre, por debajo del 7,75 por ciento registrado en agosto. La mejora se concentró en los préstamos a las familias, cuya morosidad descendió del 12,81 por ciento al 12,2 por ciento, mientras que en el financiamiento a las empresas el indicador volvió a subir, del 3,8 por ciento al 3,82 por ciento.
La diferencia entre ambos segmentos responde a la capacidad de negociación directa de los deudores. En los hogares, la refinanciación permite reordenar vencimientos y volver a contabilizar como vigente una deuda que presentaba atrasos, lo que contribuye a reducir el saldo registrado como moroso. En las empresas, en cambio, los montos involucrados, las condiciones crediticias y la capacidad de generar ingresos para afrontar los compromisos pueden volver más complejas las negociaciones con los bancos.
El informe de 1816 destaca que las refinanciaciones de los hogares alcanzaron un nuevo máximo en septiembre: ya representan el 3,9 por ciento del crédito total a las familias y acumulan un volumen estimado de 2,9 billones de pesos. En el caso de las empresas, las deudas refinanciadas equivalen al 0,9 por ciento del crédito total, una proporción menor que también alcanzó un récord, aunque sin impedir que la mora continuara aumentando.
La caída de septiembre, por lo tanto, debe leerse junto con la evolución de los saldos refinanciados y no como un indicador aislado de recuperación. La posibilidad de modificar las condiciones de pago puede evitar que una obligación entre en situación irregular, pero no significa necesariamente que el deudor haya mejorado sus ingresos o que pueda afrontar sin dificultades el nuevo cronograma de vencimientos.
El comportamiento de la morosidad bancaria está condicionado tanto por la capacidad de los deudores para cumplir con sus obligaciones como por la evolución del crédito total. El indicador se calcula a partir de la proporción de los préstamos considerados irregulares sobre el conjunto de las financiaciones, de modo que puede disminuir si se reduce el saldo impago o si parte de las obligaciones deja de computarse como irregular tras una refinanciación.
En septiembre, según 1816, el saldo en mora de los préstamos a las familias cayó un 4,1 por ciento real respecto del mes anterior. Esa reducción fue determinante para explicar la mejora del indicador, dado que el stock total de crédito a los hogares permaneció relativamente estancado. La consultora también señaló que la morosidad descendió en las 12 principales entidades financieras que concentran los préstamos a las familias, una señal de que el movimiento no se limitó a un banco en particular, sino que se extendió al conjunto de las principales entidades del sistema. Sin embargo, la disminución del saldo irregular convive con una expansión de los mecanismos de refinanciación.

El aumento de las deudas reestructuradas muestra que una parte de los hogares necesita modificar las condiciones originales de sus compromisos para sostener los pagos o evitar que los atrasos se profundicen. En ese sentido, la mejora estadística puede representar un alivio para el registro de los bancos sin que implique una solución definitiva para las personas endeudadas. Cuando los ingresos disponibles pierden terreno frente a los gastos y los vencimientos, la refinanciación funciona como una herramienta para evitar el incumplimiento inmediato, pero también puede prolongar el endeudamiento y trasladar parte de la presión financiera hacia los meses siguientes.
Los datos disponibles no permiten establecer por sí solos qué proporción de las refinanciaciones responde a cada uno de esos motivos ni determinar cuántos hogares lograrán cumplir con las nuevas condiciones. Sí muestran que el volumen de obligaciones reestructuradas continúa creciendo y que la baja de la mora se produce al mismo tiempo que los hogares recurren cada vez más a esa alternativa. La dinámica también obliga a distinguir entre una reducción de los atrasos registrados y una recuperación de la solvencia de las familias. Para evaluar esta última sería necesario observar, entre otros factores, la evolución de los ingresos reales, el costo de los nuevos créditos, la duración de los planes de pago y la capacidad de los deudores para cumplir con las cuotas sin volver a acumular atrasos.
La morosidad sigue muy por encima 2024
En octubre de 2024, la irregularidad agregada de los préstamos al sector privado no financiero era del 1,5 por ciento, frente al 7,5 por ciento que la consultora 1816 estimó para septiembre de 2026. En aquel momento, la mora de las familias se ubicaba en el 2,5 por ciento y la de las empresas, en el 0,7 por ciento. La diferencia muestra que, incluso después de la reducción mensual, el nivel de incumplimiento permanece muy por encima del registrado dos años atrás. La caída de septiembre constituye una mejora respecto de agosto, pero no revierte el salto acumulado durante ese período ni permite anticipar que la tendencia vaya a consolidarse en los próximos meses.
En particular, el indicador de los hogares se mantiene en el 12,2 por ciento, lo que significa que aproximadamente al menos uno de cada diez pesos de crédito a las familias se encuentra en situación irregular, de acuerdo con la metodología utilizada para calcular el ratio. La proporción continúa siendo elevada pese al descenso mensual y refleja la mayor exposición de los consumidores a las dificultades de pago.
El informe de 1816 también identificó una señal favorable en los créditos que presentan atrasos de hasta 90 días, clasificados como Situación 2 y que todavía no integran el indicador de morosidad. En septiembre, la participación de esas obligaciones sobre el crédito total, considerando conjuntamente a familias y empresas, descendió al 2,52 por ciento, su nivel más bajo en más de un año. La consultora advirtió que, en otros períodos, los picos de deuda en esa categoría anticiparon posteriores aumentos de la morosidad. La reducción puede interpretarse como una señal de menor acumulación de atrasos recientes, aunque debe analizarse junto con la evolución de las refinanciaciones y del crédito total para determinar si anticipa una mejora sostenida.

Mientras la mora de las familias retrocedió, la irregularidad de los créditos empresariales volvió a subir, del 3,8 por ciento al 3,82 por ciento. Aunque el incremento mensual fue acotado, prolonga una trayectoria diferente de la observada en los hogares y confirma que la mejora del indicador agregado no alcanza a todos los segmentos del financiamiento privado.La morosidad empresarial es considerablemente menor que la de las familias, pero eso no implica que las compañías enfrenten menos dificultades en términos absolutos ni que su situación financiera sea necesariamente más holgada. Las diferencias en el volumen de los préstamos, la estructura de los pasivos y las condiciones de acceso al financiamiento hacen que los porcentajes no sean directamente equivalentes.
Para las empresas, una refinanciación puede requerir negociaciones que involucren montos mayores, garantías, plazos de repago y evaluaciones más complejas sobre la capacidad de generación de ingresos. Cuando el deterioro de la actividad o las dificultades para sostener las ventas reducen los recursos disponibles, la posibilidad de acordar nuevas condiciones con los bancos no siempre alcanza para evitar el incumplimiento.
En los hogares, la refinanciación también tiene costos y límites, pero puede permitir que una obligación vuelva a contabilizarse como vigente sin que se modifique sustancialmente el saldo total adeudado. En el segmento corporativo, la persistencia del aumento de la mora indica que las reestructuraciones realizadas no fueron suficientes para detener el deterioro del indicador durante septiembre.
La proporción de deuda refinanciada sobre el total del crédito empresarial llegó al 0,9 por ciento; también un nuevo máximo según los cálculos de 1816. El dato confirma que las compañías también recurren a mecanismos para reorganizar sus obligaciones, aunque en una magnitud menor que la observada en las familias. La suba simultánea de la mora sugiere que, al menos durante ese mes, esas operaciones no alcanzaron para compensar el incremento de los saldos irregulares.
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