Milla 201: el límite invisible donde la pesca se convierte en depredación ambiental

A simple vista, es una postal de desastre ambiental: cientos de barcos, con las luces a pleno, navegan el límite del mar argentino. Esta flota bajo bandera de países lejanos busca bancos de calamar illex, merluza y otras especies. Especialistas alertan sobre daño ecológico de una pesca sin controles.
Por Enrique Garabetyan
Alcanza con mirar por unos segundos cualquier imagen satelital nocturna tomada sobre el mar Argentino para entender el grave daño ecológico que se viene manteniendo y agravando desde hace años. La mirada queda atrapada por un nutrido rosario de luces, tan intenso como el de una ciudad pequeña, cuyos reflectores "flotan" justo en el límite exterior de la plataforma continental.
No es una ilusión óptica ni una fake news de las redes: son cientos y cientos de buques poteros de banderas inverosímiles, que merodean a baja velocidad una zona ubicada a unos 370 kilómetros de la costa patagónica. Justamente allí, en la milla 200, deja de regir la ley argentina y comienza la lucha por la pesca del más fuerte.

Esa franja, bautizada popularmente como "milla 201", marca el límite exterior de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) argentina, que se extiende 200 millas náuticas desde la costa. Hasta esa "frontera", el país mantiene derechos exclusivos de exploración y explotación de sus recursos pesqueros. Pero un paso más y empieza el "alta mar", regido por el principio de libertad de navegación y de pesca.
Diversos estudios privados estiman que la pesca ilegal provoca pérdidas para la Argentina de entre US$600 y US$1.000 millones anuales.
Ahí es donde, cada año, en la "alta temporada", se concentra -según informes de entidades gubernamentales como Prefectura Naval Argentina y ONGs como la Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera (Fulasp)- una flota que oscila entre 400 y 600 buques, sobre todo de bandera china, aunque también los hay coreanos, taiwaneses, españoles y de una multitud de países pequeños que "venden" su insignia al armador mejor postor.
Uno de los datos que provee Fulasp y que más preocupa de este fenómeno es que, entre todas esas embarcaciones, extraen cada año entre 1,5 y 3 millones de toneladas anuales, mientras que toda la industria pesquera argentina apenas logra desembarcar entre 750 mil y 900 mil toneladas por año. Es decir, pescan hasta cuatro veces más.

"El verdadero problema no es solamente que se lleven más volumen que la pesca argentina. El daño más grave es biológico: muchas especies están siendo capturadas antes de completar su ciclo natural", advierte Raúl Cereseto, presidente de Fulasp.
El caso testigo es el calamar Illex argentinus, que vive apenas uno o dos años y que es, además, el alimento clave de la merluza, aves marinas y muchos mamíferos marinos. Según Cereseto, la combinación de sobrepesca -a la que se suman los cambios ambientales impulsados por el calentamiento global- podría derivar, en el corto plazo, "ya no en una pérdida económica, sino en el agotamiento de estos recursos fundamentales".
Desde la Prefectura , el prefecto Sergio Almada -coordinador del Equipo Interdisciplinario para el Control del Tráfico Marítimo (Eicemar)- aclara un matiz jurídico importante: la fuerza prefiere no hablar de "ilegalidad" respecto de lo que ocurre en la milla 201, porque se trata de alta mar, regida por libertades de navegación y pesca reconocidas internacionalmente.

"La ilegalidad", explica, "se configura recién cuando un buque cruza sin permiso hacia la ZEE argentina", algo que la Prefectura y la Armada persiguen.
El especialista en conservación marina Milko Schvartzman, del Círculo de Políticas Ambientales, resume el diagnóstico ecológico: "El daño ambiental no distingue millas. Lo que pasa en la 201 incidirá en el Mar Argentino. Jurídicamente no se le puede decir ilegal allí, pero ambientalmente es una pesca altamente destructiva".
A ese diagnóstico se suma un estudio de la ONG Greenpeace, que subraya el rol ecológico del calamar: por su doble condición de depredador y presa, la especie sostiene toda la cadena trófica del Atlántico Sur y hasta cumple funciones oceánicas más amplias, como transportar carbono y nutrientes entre distintos ecosistemas marinos. Su eventual colapso, entonces, no solo golpearía a la pesca comercial, sino a todo el equilibrio del mar.
Un alto funcionario del Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero (Inidep), Otto Wöhler, suma una arista técnica poco conocida: cuando las flotas arrastreras -que persiguen bancos de merluza, abadejo o calamar- también afectan a otras especies que no eran el objetivo de la pesca.
Andrés Nápoli, director ejecutivo de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), agrega otra pieza al rompecabezas: buena parte de esa flota se concentra sobre el Agujero Azul, una franja de aguas internacionales de altísima biodiversidad, al filo de la plataforma continental argentina, donde confluyen corrientes frías y cálidas que atraen fito y zooplancton, y con ellos aves, mamíferos marinos y peces. Para Nápoli, la única salida estructural para superar este daño ecológico pasa por seguir y mejorar instrumentos internacionales como el Tratado de Alta Mar de Naciones Unidas, que permitiría crear áreas marinas protegidas fuera de las jurisdicciones nacionales, algo que ningún país puede garantizar por sí solo.
Otro riesgo que acecha
Mientras las postales virales de la milla 201 muestran esa "ciudad flotante" que arma la flota potera en la noche patagónica, otro riesgo ambiental crece en la sombra. Los buques arrastreros extranjeros, a diferencia de los poteros, operan los 365 días del año. Estos barcos arrastreros pasaron -según relevamientos de la Prefectura Naval- de 86 unidades en 2020 a 146 en 2026: un salto del 70% en apenas un lustro.
La diferencia no es menor. El calamar Illex que captura la flota nacional está sujeto a un plan de manejo del Inidep, basado en evidencia científica. Los arrastreros, en cambio, pescan sin ninguna regulación en alta mar y con redes no selectivas: además de calamar, se llevan merluza y abadejo, dos recursos transzonales de altísimo valor para la Argentina.
El impacto más grave, sin embargo, ocurre en el fondo del mar: al arrastrar sus redes sobre el lecho marino, estas naves generan captura incidental de especies sedentarias y amenazan a otros ecosistemas marinos vulnerables de la plataforma continental extendida. Y en varios muestreos se encontraron abundantes residuos de artes de pesca.
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