Por qué la “transición ecológica” es un engaño

16.08.2026

Este verano abrasador en Europa occidental nos obliga a plantearnos cómo se está gestionando la catástrofe ecológica.

Por Romaric Godin

Desde que se convirtió en una realidad evidente, a principios de los años noventa, la respuesta que han dado los Estados, las empresas y la mayoría de los actores políticos a la crisis climática se ha basado en el concepto de transición ecológica.

Esta estrategia es producto de su época: es una respuesta económica a un problema físico. Basándose en las teorías económicas de moda, predice que la innovación en las energías limpias, que emiten pocos gases de efecto invernadero, acabará imponiendo una nueva norma gracias a una reducción relativa de los precios de las energías verdes frente a las marrones basadas en hidrocarburos. Para acelerar el proceso, incluso se puede fijar un precio al carbono.

Esto, provocará la sustitución de lo marrón por lo verde, siguiendo el esquema clásico de la destrucción creativa, un concepto teorizado por el economista austriaco Joseph Schumpeter (1883-1950). Así, las inversiones en las llamadas energías renovables deben conducir inevitablemente a una reducción del uso de hidrocarburos y a la disminución de las emisiones.

Esta lógica es la que ha guiado todas las políticas llevadas a cabo y respaldadas durante las últimas tres décadas, incluidas las promovidas por las COP a nivel internacional. Incluso se aplica a otros aspectos de la catástrofe ecológica, como el de la biodiversidad.

Es cierto que el esfuerzo en materia de energías renovables es muy insuficiente; pero, aun así, esta hoja de ruta se ha seguido al pie de la letra. En 1990, las energías renovables representaban el 3,13 % de toda la producción de energía primaria. En 2025, esta proporción ha subido al 8,59 %, es decir, 2,75 veces más que hace treinta y cinco años.

Algunos casos, como el de China, son impresionantes: la proporción de energías renovables en ese mismo periodo se ha multiplicado por 5,5, pasando del 1,66 % al 9,19 %. Ahora supera la media de los países de renta alta, que se sitúa en el 8 %.

Una catástrofe que se extiende y se acelera

Según los datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la cuota de las energías renovables en el mix energético mundial ha aumentado 2,5 puntos entre 2000 y 2023, mientras que la de los hidrocarburos ha bajado 0,4 puntos. Ante estos resultados, cabría esperar un efecto en las emisiones de gases de efecto invernadero, siguiendo la lógica de la sustitución. Sin embargo, estas alcanzan cada año nuevos récords.

En 2024, se emitieron a la atmósfera 38 600 millones de toneladas de dióxido de carbono, es decir, 1,7 veces más que en 1990. En 2030, se prevé que el nivel de estas emisiones sea casi el doble del necesario para limitar el calentamiento global a +1,5 °C respecto a la era preindustrial (1850-1900), tal y como establecen los acuerdos internacionales.

Pero, más allá de estas cifras, se observa que se han superado siete de los nueve límites planetarios, sin perspectivas de una recuperación rápida. Y, como todo el mundo puede comprobar, la lógica de la catástrofe ecológica parece estar extendiéndose y acelerándose.

Esta paradoja entre la aplicación de la estrategia de transición ecológica y la aceleración del caos climático es el tema de un artículo de investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI) publicado el 24 de julio de 2026.

Es importante destacar que esta institución internacional cuenta con una sección de investigación bastante interesante, que no duda en entrar en conflicto con las propias prácticas del FMI. Ya en 2016, unos investigadores del Fondo cuestionaban el mito del éxito de las reformas neoliberales, mientras que en 2022, un artículo echaba por tierra uno de los pilares de las políticas económicas: el "ciclo precios-salarios". Por lo demás, estos trabajos no suelen tener ningún impacto en la actuación real del Fondo.

En el caso que nos ocupa, el artículo, escrito por tres investigadores franceses –William Oman, Étienne Espagne y Jean-Baptiste Fressoz–, pone en duda la solidez del consenso que se basa en la "transición ecológica". Retomando en gran parte la tesis desarrollada por el tercer autor en Sans transition. Una nueva historia de la energía (Seuil, 2024), el texto cuestiona la idea de la sustitución de las energías.

Basándose en los hechos, este historiador de la tecnología había demostrado que las nuevas tecnologías energéticas, aunque más eficientes, no conducían a una dinámica de sustitución, sino a una dinámica de acumulación del consumo de recursos.

El uso de la leña siguió aumentando tras la llegada del carbón como principal fuente de energía, y el uso de este último no disminuyó tras la irrupción del petróleo. La lógica es, por tanto, una suma de fuentes de energía más que una sustitución. Y eso es lo que parece seguir observándose durante el primer cuarto del siglo XXI. "Las pruebas históricas muestran una fuerte relación positiva entre la eficiencia energética y material y la huella energética y material global", explica el artículo.

En otras palabras: cuantos menos recursos necesita el proceso de producción, más se produce, lo que lleva a un aumento absoluto del uso de recursos. Es el "efecto rebote" o "efecto Jevons", llamado así por el economista británico Stanley Jevons (1835-1882), quien, en 1865, fue el primero en identificar lo que a él le parecía una paradoja. La lógica de las cuotas de mercado oculta, por tanto, la realidad que importa para la crisis energética: la del uso global y absoluto de los recursos.

Los callejones sin salida, tanto fácticos como teóricos, de la transición ecológica

Pero a esto se suma un segundo elemento: lo que los autores del artículo llaman "la expansión tecnológica (technological sprawl)". "Las mejoras en la eficiencia no solo llevan a un mayor uso de la tecnología, sino también a su aplicación a otras tecnologías, lo que permite la creación de nuevos productos", resumen los autores.

Como ejemplo, ponen el motor eléctrico, cuyo uso, a principios del siglo XX, se impuso frente al motor de vapor y que, poco a poco, ha ido sustituyéndolo en todas partes gracias a la miniaturización y al desarrollo de las baterías, que los autores calculan que, a principios de la década de 2010, suponía el 45 % de la electricidad consumida, lo que generaba el doble de emisiones de dióxido de carbono que cuando los industriales usaban motores de vapor. La tecnología eficiente se ha extendido y ha aumentado el consumo global de recursos.

Esto nos lleva a un punto importante del artículo: el carácter "integrado" de las emisiones de carbono en la propia producción de bienes y servicios. Las cadenas de producción y las interdependencias logísticas refuerzan así la necesidad de energía y de productos que emiten carbono.

Y es que muchos sectores tienen una intensidad de carbono que, desde el punto de vista tecnológico, es "difícil de reducir": el acero, el plástico, los fertilizantes, el cemento, el hierro o el armamento; productos y materiales que se encuentran por todas partes.

Esta lógica pone directamente en tela de juicio el concepto de transición. Es cierto que las energías renovables emiten mucho menos dióxido de carbono, pero las infraestructuras necesarias para la descarbonización y las producciones que utilizarán esa electricidad seguirán consumiendo cada vez más carbono. Así que el consumo de carbono podría seguir creciendo.

Un ejemplo de este efecto son los coches eléctricos. Estos vehículos emiten directamente menos carbono, pero su fabricación requiere acero, metales, vidrio, plástico y diversos materiales que hay que extraer, lo que implica un uso masivo de cemento y otros recursos.

Sobre todo, porque las necesidades de producción suelen superar la oferta de energías renovables. Por eso, estas se complementan a menudo con formas de producción de energía sucia: se venden más coches híbridos que vehículos puramente eléctricos y, a menudo, los generadores diésel sirven de apoyo a las formas de producción renovable. A mayor escala, cabe destacar que las nuevas necesidades derivadas de la inteligencia artificial se satisfacen en Asia mediante un repunte en el uso del carbón.

En resumen, "si en las próximas décadas la electricidad con bajas emisiones de carbono alimenta una estructura productiva caracterizada por una producción y un consumo crecientes y a gran escala de coches, acero, plástico y agricultura industrial, como ocurre actualmente, las emisiones globales, en el mejor de los casos, se estancarán y el calentamiento global, en el mejor de los casos, se ralentizará, pero no se reducirá", resumen los autores.

La "Paradoja de Jevons Generalizada"

Estos elementos permiten descartar la hipótesis de la transición ecológica que, al igual que su origen (el pensamiento económico ortodoxo), es una quimera que ignora los hechos. Peor aún, esta lógica, al ignorar el efecto Jevons, la expansión tecnológica y el carácter interdependiente de las producciones, contribuye a acelerar el desastre en curso.

Los autores del artículo proponen, en cambio, un concepto alternativo que permite abordar mejor la situación: el de la "Paradoja de Jevons Generalizada" (Generalized Jevons Paradox). Este concepto se diferencia del efecto Jevons clásico, que es principalmente microeconómico, ya que integra, a nivel macroeconómico, una "simbiosis energética", es decir, tiene en cuenta las interdependencias entre la energía y las estructuras materiales de la economía.

Así, esta Paradoja de Jevons generalizada (GJP por sus siglas en inglés) permite comprender "los efectos directos e indirectos de la demanda de energía y las interdependencias energéticas y materiales a largo plazo" y, por tanto, modificar la visión clásica de la paradoja de Jevons al integrar las propias condiciones de producción, tanto institucionales como sociales. En este sentido, los autores intentan describir brevemente una "economía política" de este efecto rebote global.

Al centrarse en los factores que determinan la inversión, destacan a tres actores que favorecen el desarrollo de este GJP: las grandes multinacionales, los Estados y los principales actores financieros.

Para los autores, la necesidad de que las multinacionales mantengan un alto nivel de rentabilidad favorece que se sigan realizando actividades basadas en las energías fósiles. En primer lugar, porque existe una "asimetría entre la rentabilidad relativa de los sectores, que está negativamente relacionada con su papel potencial en la descarbonización".

En otras palabras, los sectores intensivos en carbono serían más sólidos y, por lo tanto, más rentables que los demás. Estos últimos estarían así más inclinados a generar rentas y posiciones de dominio en los mercados, dada la escasez de recursos y la concentración en dichos sectores.

El segundo actor del GJP sería el Estado, que respaldaría la rentabilidad de sus propias multinacionales, así como las inversiones de sus ciudadanos, y sería, por tanto, el motor que mantiene las industrias intensivas en carbono, ya sea a través de la legislación, de los acuerdos comerciales internacionales o del rearme.

Por último, el mundo de las finanzas juega un papel esencial en este panorama, ya que participa en las decisiones estratégicas de inversión, en la financiación de la economía y, en términos más generales, en la gestión de las empresas. Al exigir una alta rentabilidad de la inversión y al realizar arbitrajes sectoriales, las finanzas –y los bancos centrales– contribuyen a transformar las ganancias de eficiencia en un exceso de consumo de recursos.

¿Qué salida hay?

El último punto del artículo, quizás el menos convincente, señala que existe la posibilidad de modificar el efecto de esta paradoja de Jevons generalizada. "Las políticas públicas pueden –y a menudo deberían– desempeñar un papel central en la construcción y la modificación de los determinantes institucionales de la GJP", explican los autores.

Para ellos, "parece factible una vía de desarrollo con bajas emisiones de carbono", sobre todo gracias a la política de electrificación masiva que se lleva a cabo en China desde hace unos años. Según los autores, es "notable" que "las emisiones parezcan haberse estabilizado en China desde hace dieciocho meses". Esto permitiría considerar a la República Popular como un "polo de descarbonización" que arrastraría en su estela a muchas economías en desarrollo.

Sin embargo, este optimismo sigue siendo moderado, teniendo en cuenta el "alto nivel de intensidad de carbono" actual de la economía china y el hecho de que un proceso así llevaría décadas. En realidad, esa perspectiva no parece razonable, precisamente porque esta transformación de la economía china forma parte de un plan para controlar gran parte de la economía mundial con el objetivo de garantizar el crecimiento y la rentabilidad de las empresas de su país.

La lógica de la descarbonización china se basa, además, en una sobreproducción material que busca imponer los productos y las normas chinas al resto de la economía. En cierto modo, es como si Pekín utilizara la paradoja de Jevons generalizada para imponer una forma de renta que, al final, no podría conducir a una reducción suficiente de las emisiones.

En este contexto, la única respuesta razonable es un cambio antropológico en el que el capital ya no sea la fuerza social central.

Siguiendo la propia teoría de los autores, no hay ningún indicio de que el Estado chino no sea un actor más de esta paradoja generalizada, que busca garantizar, si hace falta por las armas, el acceso de sus empresas a las rentas. Y aunque estas rentas parezcan descarbonizadas a primera vista, siempre acabarán reforzando la producción de bienes y servicios que generan emisiones de carbono.

En este punto, los autores no parecen llevar su concepto hasta el final. Es comprensible, ya que cuestionar los fundamentos de la transición ecológica, es decir, del crecimiento verde, ya es una tarea hercúlea en un contexto como el del FMI. Y es una tarea que han llevado a buen puerto.

No obstante, la dinámica de este concepto tan útil de la paradoja de Jevons generalizada no puede limitarse a los tres actores identificados en el artículo. La fuerza que rige esta paradoja es la de la acumulación de capital. Es ella la que genera una insatisfacción permanente, porque siempre tiene que aparecer una nueva mercancía que se sume a las demás para crear plusvalor.

Las mejoras en la eficiencia no son más que medios para aumentar la rentabilidad del capital y conducen inevitablemente a un aumento del consumo energético y material. La verdadera trampa en la que se encuentra hoy la humanidad es esta: una contradicción radical entre la necesidad cada vez mayor de mercancías y la necesidad física de mantenernos dentro de los límites del planeta.

Pero en la sociedad capitalista, las relaciones sociales están mediadas por el capital e impiden cualquier resolución de esta contradicción al rechazar cualquier reflexión global sobre las necesidades. Si la lucha contra el caos ecológico no es rentable –y no puede serlo porque supone una auténtica sobriedad material–, entonces el capital no podrá hacerse cargo de ella.

Los autores del artículo lo confirman indirectamente al recordar que los dos únicos límites planetarios que no se han superado hoy en día –el ozono estratosférico y la presencia de aerosoles en la atmósfera– son los únicos para los que existen soluciones rentables. Esto demuestra que la acumulación de capital determina nuestra relación con el medio ambiente. En contra de nuestro propio interés.

En este contexto, la única respuesta razonable es un cambio antropológico en el que el capital ya no sea la fuerza social central; es decir, como mencionan brevemente los autores, una "modificación del modo de vida y una sobriedad en la demanda".

El término inglés sufficency, que se usa aquí y traducimos como sobriedad, describe en realidad un proceso en el que cada uno tendría lo suficiente para vivir con dignidad, es decir, un aumento de lo que falta y una reducción de lo que sobra. Al fin y al cabo, se trata de la idea de que es necesario volver a centrarnos en las necesidades.

Este artículo del FMI, aunque no vaya a cambiar las políticas del propio Fondo, reviste sin embargo una gran importancia, ya que sitúa estas cuestiones en el seno mismo de una organización internacional, extrae consecuencias en materia de política económica y acaba con las ilusiones de la transición ecológica y el tecnosolucionismo.

En un momento en el que la inteligencia artificial amenaza con agravar aún más la situación y en el que la negación continúa en forma de una simple exigencia de adaptación, la aportación de este texto es considerable.

Fuente y foto:

https://vientosur.info/por-que-la-transicion-ecologica-es-un-engano/

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