Qué perforado está mi valle: fracking o soberanía alimentaria

El documental Qué perforado está mi valle, de la Revista Crisis y el Observatorio Petrolero Sur, expone la reconversión de tierras productivas en "zonas de sacrificio". El avance del fracking sobre la cuenca hídrica del Alto Valle que provoca Vaca Muerta amenaza el agua y el sustento de las familias productoras.
Por Pablo Solana
¿Es Vaca Muerta la salvación económica del país? ¿Puede serlo, si sacrifica el agua y la producción de alimentos? La película (que ahora puede verse en YouTube), dirigida por Natalia Gelós, Nicolás Perrupato, Gastón Bejas y Martín Álvarez Mullally, esquiva la denuncia ambiental abstracta para dialogar con asambleístas, integrantes de comunidades indígenas, familias productoras y trabajadores de la industria, y a través de esos testimonios expone la gravedad de la situación que afecta al norte de la Patagonia, donde confluyen los ríos Limay y Neuquén para dar nacimiento al río Negro.
El documental recupera la memoria de una migración que, junto a pueblos originarios, dio identidad al Alto Valle, por medio de testimonios que conectan el pasado agrícola con un presente acosado por torres de perforación. Así sabemos de la abuela checoslovaca que llegó a la Argentina a mediados del siglo pasado, a sus siete años, acompañando a su madre. Su padre había desembarcado a principios de siglo y se fue a construir techos de tejas en el sur, donde logró comprar una chacra algunas décadas después. Allí la mujer se hizo cargo, administró esas tierras y la chacra alcanzó su máxima productividad. Hoy, su familia se ve amenazada. La fruticultura, motor de la región, inició un proceso de concentración en las últimas décadas que expulsó a muchas familias chacareras. Sobre ese panorama irrumpió el fracking, que terminó acelerando el desplazamiento de los productores de peras y manzanas.
La película se detiene en la "Y" acostada de agua dulce que conforman los ríos Limay y Neuquén, agua de alta pureza. Entre 1910 y 1930 el Estado nacional construyó el Sistema Integral de Riego, que permitió el riego por gravedad de unas 65.000 hectáreas de tierras fértiles, transformando el desierto en una zona muy productiva.

Sin embargo, la hidrofractura(técnica que requiere perforar a miles de metros de profundidad para romper la roca madre)implica un deterioro hídrico tremendo. Las cifras que aporta la investigación son contundentes: para diciembre de 2021, un solo pozo en el yacimiento Fortín de Piedra (operado por Tecpetrol, del Grupo Techint) demandó 108 millones de litros de agua dulce y 14.700 toneladas de arena. Eso equivale a una fila india de 3.865 camiones de agua y 496 camiones de arena que cubrirían más de 40 kilómetros de ruta.
El agua utilizada en el fracking queda completamente inutilizada y contaminada con químicos y metales pesados, retornando a la superficie como un residuo tóxico (flowback) imposible de recuperar.
Frente al concepto «zonas de sacrificio», el documental propone otra mirada y otro futuro posible: la agricultura y la agroecología pueden ser herramientas de preservación y restauración de los ecosistemas. Se puede, y se debería, planificar el ordenamiento territorial y establecer zonas de exclusión estrictas donde el fracking no pueda ingresar: áreas urbanas, suelos de alta calidad, territorios de comunidades indígenas, fuentes hídricas y áreas naturales protegidas.
"Lo más interesante vino cuando empezamos a proyectarla", explica Nicolás Perrupato, uno de los directores, en diálogo con Tiempo Rural. Por medio de actividades que convocan al debate, Qué perforado está mi valle se presentó en la zona del Alto Valle y también en provincias del norte, como Tucumán, Catamarca y Salta, donde las reflexiones rondaron en torno a los conflictos que provoca la minería; también se proyectó en Buenos Aires. "En las grandes ciudades nos agradecen las imágenes que hacen más cercano lo que sucede allá, y también aparece la discusión macroeconómica, el qué hacemos", cuenta Nicolás. Desde que está en YouTube, el documental lleva cerca de 80.000 vistas en menos de un mes.
Como bien señala la película, el paradigma extractivista busca la mayor ganancia al menor costo, ocultando el "costo" que las comunidades pagan en el deterioro de la salud, la falta de agua y la pérdida de soberanía alimentaria.
