¿MILEI HASTA CUÁNDO ABUSARÁS DE NUESTRA PACIENCIA?

26.10.2026

«Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?»


Por Alejandro Olmos Gaona

Con esta célebre frase, pronunciada en el año 63 antes de Cristo, Marco Tulio Cicerón increpó en pleno Senado romano a Lucio Sergio Catilina, un ambicioso personaje que encabezaba una conspiración contra la República. Aquellas palabras, que significan «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?», constituyeron una de las más memorables interpelaciones de la historia política, porque no solo denunciaban las maniobras de un conspirador, sino que expresaban el hartazgo frente a quien había atravesado todos los límites de la tolerancia y pretendía actuar impunemente, despreciando las instituciones y las normas que debía respetar.

Han transcurrido más de dos mil años desde aquella memorable intervención, pero sus palabras conservan una actualidad estremecedora y bien podrían dirigirse hoy al desequilibrado sujeto que funge como presidente de la Nación Argentina que no solo ha atravesado todos los límites posibles de la prudencia, la moderación y el respeto que exige la investidura presidencial, sino que se ha convertido en una especie de inquisidor medieval, dispuesto a levantar una hoguera para quemar simbólicamente a todos aquellos que se atrevan a cuestionarlo, descubrir sus maniobras espurias o poner en evidencia las falsedades de su discurso.

Conocíamos desde hace tiempo su lenguaje excrementicio con el que ha intentado salpicar a diestra y siniestra a cuantos se atreven a criticarlo. Hemos sido testigos de su zafiedad, de sus insultos, de sus expresiones miserables, de sus desmesuras y de esa permanente exhibición de intolerancia que parece constituir uno de los rasgos esenciales de su personalidad. Pero lo que resulta verdaderamente alarmante es que semejantes manifestaciones, más propias de un enajenado que de un jefe de Estado, provengan de quien tiene la responsabilidad institucional de conducir los destinos de una Nación, representar a todos sus habitantes y respetar la Constitución que juró cumplir.

No parece existir límite alguno para sus exabruptos. No tolera que se cuestionen sus cifras, que se descubran las inconsistencias de sus supuestos éxitos económicos, que se investiguen sus relaciones con determinados personajes o que se denuncien las consecuencias sociales de sus políticas.

El viernes 23 de octubre, durante una cena organizada por la Fundación Faro, que preside Agustín Laje, Milei volvió a utilizar su habitual lenguaje cloacal para atacar a periodistas que habían cuestionado su participación en el escándalo de la criptomoneda $LIBRA. No le alcanzó con calificarlos de corruptos, mercenarios y fabricantes de mentiras. En uno de los momentos más miserables de su intervención, después de hablar de los «hijos de puta» que, según él, no merecían ninguna piedad, afirmó que «los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta».

Resulta difícil imaginar una manifestación más brutal de intolerancia. La hoguera fue durante siglos el instrumento de una de las expresiones más siniestras de la persecución religiosa y política. Lo verdaderamente escandaloso no fue solamente lo que dijo Milei, sino el auditorio ante el cual pronunció semejantes barbaridades.

En aquella comida estuvieron presentes empresarios y altos ejecutivos de algunas de las compañías más importantes del país: 

Martín Migoya, de Globant; 

Marcelo Sielecki, vinculado a Laboratorios Elea; 

Rubén Cherñajovsky, de Newsan; 

Martín Eurnekian, de Aeropuertos Argentina; 

Juan Martín de la Serna, presidente de Mercado Libre Argentina; 

David Martínez, del fondo Fintech; 

Adrián Werthein, vinculado a DirecTV; 

Francisco de Narváez, propietario de Chango Más; 

Horacio Marín, presidente de YPF; 

Manuel Santos Uribelarrea, de MSU Energy; 

Mariano Bosch, de Adecoagro; 

Claudio Belocopitt, de Swiss Medical; 

Ricardo Markous, de Tecpetrol.

Entre otros representantes del gran poder económico.También estaban allí el ministro de Economía, Luis Caputo; Diego Santilli; Patricia Bullrich; Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados; Karina Milei, secretaria general de la Presidencia; Santiago Caputo, asesor presidencial; Santiago Viola, funcionario del Ministerio de Justicia; Adrián Ravier, vocero presidencial; y otros dirigentes, además del embajador estadounidense Peter Lamelas.

Según las crónicas periodísticas, aquellas expresiones fueron acompañadas por aplausos y risas de parte del auditorio. Aquí aparece una cuestión que considero esencial: ¿qué clase de dirigentes y empresarios son aquellos que pueden escuchar semejantes expresiones sin sentir la necesidad de manifestar su rechazo?¿Es que todos ellos piensan de la misma manera? ¿Comparten esa idea de aniquilación simbólica de quienes sostienen posiciones diferentes? 

Hay circunstancias en las que el silencio deja de ser una actitud de prudencia y comienza a transformarse en una forma de complicidad moral. ¿O acaso lo único que les interesa son sus negocios, los beneficios que puedan obtener, las ventajas que les conceda el poder y los dineros que puedan acumular mientras millones de argentinos padecen las consecuencias de políticas hambreadoras? 

¿Qué puede esperarse de esos empresarios que aparecen permanentemente en los medios, que sobreactúan sus virtudes, que se presentan como ejemplos de eficiencia y responsabilidad social, pero que son capaces de sentarse a escuchar semejantes miserias sin que parezca importarles la dignidad de las personas ni los principios elementales de una convivencia democrática?

Pero sería oportuno preguntarles qué entienden por libertad cuando el presidente al que acompañan pretende enviar a la hoguera a quienes lo cuestionan. Y también preguntarles dónde queda su declamada responsabilidad social cuando aceptan semejante degradación del lenguaje público. Hay que tener en cuenta que la libertad no consiste únicamente en defender el derecho de propiedad, exigir seguridad jurídica para las inversiones o reclamar que el Estado no intervenga en sus negocios. La libertad supone, antes que nada, el reconocimiento de la dignidad de los otros, el respeto a quienes piensan diferente y la defensa de derechos que no pueden quedar subordinados a los intereses económicos de los poderosos.

Una sociedad no se destruye solamente por la conducta de quienes gobiernan. También se degrada por la complacencia de quienes, teniendo poder suficiente para poner límites, prefieren mirar hacia otro lado, acomodarse a las circunstancias y preservar sus privilegios. Lo mismo cabe decir de los funcionarios y dirigentes políticos que acompañaron aquella vergonzosa exhibición de intolerancia. No se trata de diferencias ideológicas ni de discrepancias sobre el rumbo de la economía. Se trata de algo mucho más profundo: de la degradación de la vida pública, del envilecimiento del lenguaje político y de la naturalización de una violencia verbal que pretende transformar al adversario en un enemigo al que debe destruirse. 

Cicerón comprendió que la República no podía permanecer indiferente ante quienes conspiraban contra sus instituciones. Hoy, frente a un presidente que ha convertido el insulto en método político, la descalificación en argumento y la agresión en una práctica cotidiana, corresponde recuperar aquella pregunta. ¿Hasta cuándo, Milei, abusarás de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo tendremos que soportar tu lenguaje excrementicio, tus expresiones miserables, tus desmesuras y tu pretensión de convertir a todos los que piensan diferente en enemigos que merecen ser arrojados a una hoguera? 

¿Hasta cuándo esos empresarios poderosos abusarán también de nuestra paciencia, exhibiendo una complacencia que resulta difícil separar de sus intereses económicos, mientras millones de argentinos soportan privaciones, angustias y necesidades que parecen no conmoverlos? ¿Hasta cuándo los dirigentes que deberían representar al pueblo seguirán comportándose como una claque al servicio del poder, preocupados por sus cargos, sus privilegios y su permanencia en la política, en lugar de cumplir con las obligaciones que asumieron?

El problema de la Argentina no es solamente la existencia de un presidente que ha hecho de la zafiedad y la intolerancia una marca de su gobierno. Es también la existencia de una dirigencia económica y política que, por conveniencia, temor o complicidad, contribuye a normalizar semejante espectáculo. Esto resulta todavía más grave, porque los presidentes pasan, los gobiernos terminan y las mayorías electorales se modifican, pero el daño moral que produce la aceptación colectiva de la arbitrariedad puede permanecer durante generaciones. 

La República no se degrada únicamente por la conducta de un gobernante que desprecia sus límites, sino también por la cobardía, el oportunismo y el silencio de quienes tienen la obligación moral de enfrentarlo. 

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