CUANDO SE NOS HACE PENSAR LO QUE OTROS QUIEREN
Aunque existe desde hace tiempo, en los últimos años través de las redes se ha acentuado una forma de dominación mucho más profunda que aquella que se ejerce mediante la fuerza, la censura o la represión. Es la que permite que los dominados terminen pensando con las categorías de quienes dominan, aceptando como naturales ideas que en realidad responden a determinados intereses. Esa es, en buena medida, la esencia de lo que Arturo Jauretche llamó colonización pedagógica, y que podría resumir: PENSEMOS LO QUE ELLOS QUIEREN.

Por Alejandro Olmos Gaona
Y quienes son ellos, sino los que manejan el poder económico, los que presionan, hacen lobby, dirigen medios gráficos y audiovisuales, imponen maneras de ver la realidad de acuerdo con sus objetivos, e influyen decisivamente en las formas que hoy asume el poder político. No tratan simplemente de imponer determinados contenidos en las escuelas o en las universidades, la cuestión es mucho más profunda: consiste en construir una determinada manera de mirar la realidad, en establecer qué debe considerarse verdadero, qué debe considerarse falso, qué problemas merecen ser discutidos y cuáles deben quedar fuera del debate. Se trata, en definitiva, de modelar el pensamiento antes de que ese pensamiento pueda ejercer su capacidad crítica. Asi vemos los reiterados cliches que se enarbolan como verdades y una fraseología deliberadamente estructurada para que no se reflexione, sino que adopte una determinada manera de pensar, que no cuestione, que no discuta, que acepte sin matices lo que se trasmite.
Una sociedad puede ser formalmente independiente y, sin embargo, continuar sometida a una profunda dependencia cultural. Puede tener bandera, Constitución, instituciones y gobiernos propios, pero pensar el país con categorías elaboradas en otros lugares y funcionales a intereses que nada tienen que ver con los de la mayoría de sus habitantes. Alli es donde opera la colonización pedagógica para convencer sin analizar. En esto la soberanía es una cuestión fundamental, ya que la que tenemos es una ficción, aunque nadie lo crea y suponga que somos un país soberano. Y digo esto porque todos los contratos que celebra el Estado son dirimidos en tribunales extranjeros, o en el CIADI, donde tres árbitros deciden de manera inapelable quien tiene razón, también porque en esos contratos nos sometemos a la legislación extranjera y renunciamos a la inmunidad soberana del Estado.
Desde que somos chicos se nos enseña muchas veces a mirar la realidad como si determinados valores fueran universales y eternos. Se nos habla de eficiencia, modernización, competitividad, mercado, inversión, confianza de los mercados y equilibrio fiscal como si fueran verdades económicas indiscutibles, y no construcciones ideológicas que expresan una determinada concepción de la sociedad, que es la que necesitan instrumentar los dueños del poder. Asi se consigue algo extraordinariamente eficaz: ya no hace falta que alguien nos diga qué debemos pensar, ya que pensamos solos lo que ellos quieren.
El poder económico comprendió hace mucho tiempo que no alcanza con controlar empresas, bancos, medios de comunicación o sectores estratégicos de la economía. Es necesario también influir sobre las ideas, ya que quien consigue determinar las categorías con las que una sociedad interpreta su realidad tiene una herramienta de dominación infinitamente más poderosa que cualquier mecanismo de coerción. Es así que se da la paradoja que un asalariado defienda las políticas que sostiene un terrateniente o un empresario al que solo le interesa el lucro de sus empresas.
No hace falta prohibir que alguien cuestione la desigualdad si previamente se le ha enseñado que la desigualdad es el resultado inevitable del mérito individual, tampoco es necesario censurar a quien critica el endeudamiento si se le ha inculcado que todo endeudamiento es necesariamente una consecuencia del déficit o del gasto público. No hace falta impedir que se discuta la concentración económica si se ha conseguido instalar que toda regulación estatal es una amenaza contra la libertad. La colonización pedagógica consigue así que muchas personas defiendan ideas contrarias a sus propios intereses sin advertir siquiera la contradicción.
En este punto existe algo fundamentar que tiene que ver con la educación: ya que eso significa enseñar a pensar, y no pensar lo que ya viene elaborado y aceptarlo como una verdad irrefutable
Una educación verdaderamente liberadora debería proporcionar instrumentos para interrogar la realidad, comparar fuentes, revisar afirmaciones, conocer la historia desde distintas perspectivas y, sobre todo, sospechar de las verdades demasiado cómodas. Debería enseñar que detrás de cada afirmación económica existe una determinada concepción de la sociedad y que detrás de cada decisión política existen intereses, beneficiarios y perjudicados.
Durante décadas se nos ha enseñado una historia argentina en la que determinados acontecimientos aparecen separados de sus intereses económicos. Se estudian gobiernos, presidentes, guerras y revoluciones, pero muchas veces se dejan en segundo plano las relaciones entre poder económico, propiedad de la tierra, comercio exterior, deuda pública, capital financiero y dependencia. La terrible deuda que padecemos esta invisibilizada y su pago parece que está en la naturaleza de las cosas y no puede cuestionarse.
Así, la historia queda convertida en una sucesión de acontecimientos, pero pierde aquello que permite comprenderla: las relaciones de poder que existen detrás de esos acontecimientos. Se habla del déficit fiscal como si fuera una enfermedad moral, pero pocas veces se explica con la misma intensidad quiénes se benefician de determinados mecanismos de endeudamiento, cómo funcionan los mercados financieros, qué significa realmente pagar intereses, quién establece las condiciones de un crédito o por qué determinadas políticas económicas producen concentración de riqueza mientras otras pueden distribuirla. Cuando una sociedad deja de formular esas preguntas, la colonización pedagógica ya ha producido buena parte de sus efectos.
El objetivo último no es fabricar ignorantes, sino domesticar personas que sepan muchas cosas pero que carezcan de las herramientas intelectuales necesarias para relacionarlas entre sí, y crean que existen leyes inexorables que no se pueden cuestionar. Un individuo puede conocer perfectamente qué es el déficit, la inflación o el riesgo país y, sin embargo, no preguntarse nunca quién define esos conceptos, qué intereses están involucrados y quién termina pagando las consecuencias de determinadas políticas.
Jauretche comprendió que la dependencia no podía explicarse únicamente desde la economía. Había una dependencia cultural que permitía reproducir la dependencia económica. Si un país piensa su propia realidad con categorías ajenas, difícilmente pueda construir un proyecto autónomo, y solo seguirá reproduciendo aquello que se le marca desde donde funcionan los centros que manejan el poder real.
Quizá allí está una de las grandes batallas de nuestro tiempo, ya que cuando el poder económico consigue que una sociedad considere naturales sus propios intereses, la dominación deja de necesitar justificarse.
El dominado comienza a defender al dominador.
El trabajador acepta que sus derechos son un privilegio.
El jubilado cree que su jubilación es un gasto.
El estudiante aprende que la educación pública es un costo.
El enfermo se convierte en una cifra presupuestaria.
La ciencia pasa a ser considerada un lujo.
Entonces el Estado, que debería ser una herramienta de la sociedad, aparece presentado como el enemigo de la libertad.
Tenemos que recuperar la capacidad de pensar desde nuestra propia realidad, sin renunciar al conocimiento universal, pero rechazando que teorías elaboradas en otros contextos sean aceptadas como verdades indiscutibles para explicar nuestra sociedad.
Debemos educar personas capaces de preguntarse quién financia el diario que leen, qué intereses representan los economistas que pontifican desde los medios, quiénes se benefician de determinadas ideas y a quiénes perjudican, y exigir que toda afirmación pueda ser sometida a la crítica y a la verificación.
Porque allí donde se abandona el pensamiento crítico comienza la obediencia intelectual. Y un pueblo que renuncia a pensar por sí mismo podrá tener instituciones, elecciones y hasta una bandera propia, pero nunca llegará a ser libre y soberano.
