DOGMAS, CONSIGNAS Y LA PARADOJA DE ALGUNAS CONTINUIDADES

Uno de los rasgos más preocupantes de la Argentina actual no es solo la crisis económica o social, sino la pobreza del debate público. Hemos ingresado en una etapa donde el pensamiento crítico ha sido reemplazado por el dogma, y la discusión por el insulto. De un lado, se habla de la "lacra kirchnerista"; del otro, de "cipayos" y "vendepatrias".
Por Alejandro Olmos Gaona
En ambos casos, no hay datos, no hay referencias verificables, no hay análisis serio: solo consignas militantes, clichés repetidos hasta el hartazgo y una batería de falacias que buscan anular al otro, no comprender la realidad.
Esto en modo alguno, significa negar que haya habido funcionarios, legisladores y magistrados que no trabajaron para beneficio de la Nación, sino para satisfacer su ambiciones personales, estando bien dispuestos siempre para negociar lo que fuera, aunque eso significara traicionar a su país.
Este empobrecimiento intelectual no es inocente. Es funcional a todos aquellos a quien les resulta útil la confusión generada por tales criterios que analizados con rigor resultan insostenibles. Cuando se renuncia a pensar, se acepta cualquier relato que confirme prejuicios previos. Así, se puede sostener sin rubor el culto a la libertad absoluta de los mercados y a la libre empresa como dogmas incuestionables, aun cuando la evidencia histórica demuestra que esas políticas han empobrecido a la Argentina, han profundizado la desigualdad y han condicionado gravemente su soberanía. Basta observar cómo, en nombre de esa "libertad", el país se sometió a tribunales extranjeros, resignando decisiones estratégicas a jueces que responden a intereses ajenos al interés nacional. Y en ese sometimiento no hubo diferencias, ya que desde noviembre de 1974, comenzó la decisión de poder someterse a jueces extranjeros en los contratos que firmara la Argentina. Desde ese año hasta hoy los distintos gobiernos sin excepción ha aceptado esta cesión de la soberanía jurisdiccional
Igualmente disparatado es el proyecto de demolición del Estado que propone el presidente Milei. No existe país grande, complejo y soberano sin un Estado fuerte, inteligente y eficiente. Pretender destruirlo no es una muestra de audacia revolucionaria, sino de ignorancia histórica. Las naciones que se desarrollaron lo hicieron fortaleciendo sus capacidades estatales, no rifándolas en nombre de un mercado que jamás actúa con neutralidad, y al que solo le interesa maximizar sus ganancias.
El dogmatismo no es patrimonio exclusivo de un sector. También se manifiesta en el culto reverencial a los mitos. Por ejemplo la sacralización de Cristina Fernández de Kirchner ha generado un clima donde cualquier cuestionamiento a sus políticas es leído automáticamente como traición o alineamiento con la derecha más rancia. No se discuten decisiones, resultados o consecuencias: se demoniza al crítico. Algo similar ocurre con la mitificación de Perón, convertido por algunos en una figura intocable, cuyas concepciones serían —según una mirada casi delirante— la única salida posible para el futuro argentino.
Ese Perón mítico poco tiene que ver con el Perón real. Se olvida deliberadamente su profundo pragmatismo político, sus acuerdos con Gran Bretaña, que en su momento lo ayudó en su conflicto con los EE.UU. Su acercamiento a este país en 1953 a través de inversiones que a su juicio el país necesitaba y su capacidad para adaptarse a contextos cambiantes. Convertirlo en un dogma es traicionarlo, porque el propio Perón desconfiaba de las verdades petrificadas, y tenía bien claro lo que hacer en cada momento, de acuerdo, a las necesidades del país, y lo que podía resultar posible. Y debe admitirse que se puedan cuestionar muchas de sus políticas, lo que no lo convierte a uno en un cipayo, un servidor de intereses extranjero, y defender lo instrumentado desde 1946 hasta 1955, no lo convierte a uno en una lacra, como sostienen una gran cantidad de antiperonistas, que indudablemente tienen estragada la conciencia, y se olvidan de lo mucho y significativo que se hizo en esos 9 años, y la conciencia de derechos que adquirió un pueblo que hasta entonces se les negabam sistemáticamente
Pero a pesar de tales enfrentamiento, existe una paradoja relacionada con una continuidad poco visible, pero no menos grave: la persistencia de estructuras heredadas de la última dictadura militar que ningún gobierno constitucional —sin excepción— quiso desarmar. Siguen vigentes leyes dictadas en aquel período, se aceptó de manera sistemática la sumisión a jurisdicciones extranjeras en contratos estratégicos, y se consolidó la subordinación de la Argentina a tribunales arbitrales internacionales integrados por árbitros de dudosa imparcialidad, muchas veces vinculados a los mismos intereses que litigan contra el país. Del mismo modo, jamás se avanzó seriamente en la investigación integral de las deudas fraudulentas contraídas durante la dictadura, ni en el enriquecimiento de numerosas empresas privadas que estatizaron sus pasivos, transfiriendo sus deudas a la Nación.
Estas continuidades revelan que, más allá de los discursos y las identidades políticas, existe un consenso silencioso en preservar un orden que condiciona la soberanía, limita la capacidad de decisión del Estado y perpetúa un modelo de dependencia que nadie parece dispuesto a cuestionar de raíz. Mucha hojarasca dialectica de ambos lados, pero sospechosas coincidencias con ciertos estamentos del poder.
El problema de fondo es la incapacidad de despojarse de viejas concepciones. Se pretende imponer lo que se piensa como verdad absoluta, en lugar de confrontarlo con la realidad y con los hechos. Se discute desde la identidad, no desde el análisis. Desde la pertenencia, no desde la razón.
Si la Argentina quiere ser otra cosa —y no el país vasallo en el que Javier Milei pretende convertirla— necesita recuperar el pensamiento crítico, abandonar los dogmas de mercado y los mitos políticos, y animarse a construir alternativas válidas, propias, situadas en su historia, pero no prisioneras de ella. Pensar no es traicionar. Cuestionar no es destruir. Es, simplemente, la única manera de empezar a construir un país distinto.
