EL PASADO NO PUEDE SER UNA CONDENA
Hay una frase atribuida a Santa Teresa de Calcuta que siempre me ha resultado particularmente luminosa: «No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro». Pero más allá que ella haya pronunciado exactamente estas palabras, contienen una verdad profundamente humana y, para quienes tenemos fe cristiana: nadie puede ser reducido para siempre a aquello que fue.

Por Alejandro Omos Gaona
Todos tenemos un pasado que no tenemos forma de olvidar, y que algunos lo llevan con orgullo; otros, con arrepentimiento; otros intentan ocultarlo. Están los que cometieron errores que todavía les pesan y quienes atravesaron etapas de su vida que hoy, con la perspectiva del tiempo, juzgarían de manera diferentes. Pero una persona no es únicamente la suma de sus errores, del mismo modo que tampoco es solamente la suma de sus aciertos, y lo que siempre cabe es pedir perdón a aquellas personas a las cuales nuestras actitudes han dañado, ejerciendo la respnsabilidad que nos cabe.
La historia del cristianismo está llena de hombres que demuestran esta realidad. San Agustín pasó por una juventud pecaminos y de juergas alejada de aquello que finalmente encontraría en la fe y, sin embargo, terminó siendo uno de los grandes pensadores de la Iglesia. San Ignacio de Loyola fue un hombre de armas, con ambiciones y preocupaciones muy diferentes de las que después orientarían su existencia, y quizás el ejemplo de San Pablo es más que elocuente, antes de convertirse en uno de los grandes anunciadores del Evangelio, persiguió a los primeros cristianos.
Ninguno de ellos quedó prisionero de su pasado, lo que no significa que ese pasado carezca de importancia. Al contrario: nuestra historia forma parte de nosotros y, en ocasiones, debemos asumir las consecuencias de lo que hemos hecho. Pedir perdón, reparar un daño, reconocer una equivocación o cambiar de conducta son expresiones de responsabilidad, no signos de debilidad. La verdadera transformación no consiste en decir que aquello nunca ocurrió, sino en poder afirmar: «Eso ocurrió, pero no tiene por qué determinar para siempre quién soy». No es una fatalidad que nos ha perseguir siempre, mas allá que existen conductas perversas que tienen una personalidad destructiva como las describiera Fromm es su notable obra "Anatomia de la destructividad humana".
Hoy pensaba estas cosas, relacionadas con lo que se esta viviendo en nuestro tiempo en todos los ámbitos. Vivimos en una época en la que las personas son juzgadas con enorme rapidez. Una frase pronunciada hace años, una fotografía, una opinión expresada en otro contexto, un error de juventud o una decisión tomada en circunstancias diferentes pueden reaparecer súbitamente y convertirse en una especie de sentencia permanente. Las redes sociales, además, tienen una memoria casi infinita y una capacidad extraordinaria para sacar de contexto aquello que alguna vez dijimos o hicimos, o quizás algun apresuramiento o una costumbre pueden volver a reaparecer para mostrar algo que ya no forma parte de lo que hacemos.
Ocurre que una sociedad que no admite la posibilidad del cambio termina convirtiendo el error en una condena perpetua, y esto adquiere una importancia particular cuando hablamos de la política ya que esta necesita memoria, pero no puede vivir únicamente de ella. Es legítimo examinar el pasado de quienes aspiran a gobernar, conocer sus decisiones, sus ideas anteriores, sus contradicciones y sus responsabilidades. Los ciudadanos tenemos derecho a saber quiénes son las personas a quienes confiamos responsabilidades públicas. Pero una cosa es conocer el pasado y otra muy distinta es utilizarlo como argumento para negar de antemano toda posibilidad de transformación o de cambio.
Debemos ser capaces de distinguir, ya que no es lo mismo una persona que reconoce un error que aquella que persiste en él. No es lo mismo quien modifica sus convicciones después de una experiencia y explica honestamente ese cambio que quien cambia de posición únicamente por conveniencia. No es lo mismo arrepentirse que simplemente cambiar de discurso, o enmascar lo que se piensa o se persigue.
La política democrática debería juzgar a las personas por el conjunto de su trayectoria, por sus actos presentes, por sus propuestas y, sobre todo, por la coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y como viven. El pasado debe ser un elemento de juicio, pero no necesariamente una condena perpetua, y se debe tratar de distinguir cuando se pretende disfrazar ese pasado mostrando lo que no fue, o no arrepitiéndose en ningún caso de los errores cometidos. De lo contrario, estaríamos exigiendo a los políticos algo que ni siquiera somos capaces de conceder a nuestros semejantes: la posibilidad de aprender.
Existe también una paradoja de la que ya he hablado. Montones de veces somos muy indulgentes con quienes comparten nuestras ideas y extraordinariamente severos con quienes piensan de manera diferente. Un error cometido por "los nuestros" se explica por las circunstancias; el mismo error cometido por "los otros" se convierte en una prueba definitiva de su carácter. Así, dejamos de buscar la verdad y comenzamos simplemente a buscar argumentos contra el adversario.
Pienso que una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea recuperar una mirada más humana, no cayendo en la ingenuidad de exculpar conductas que descalifican para determinadas responsabilidades, delitos que deben ser juzgados y daños que exigen reparación. El perdón cristiano jamás debería confundirse con la impunidad. Pero tampoco la justicia debería confundirse con el deseo de que nadie pueda cambiar, ya que una cosa es la reparación del daño o una condena legal por crimenes cometidos, que el ejercicio de la venganza como un modo de compensar lo que se ha sufrido.
La vida de una persona es más grande que su peor momento. San Agustín no fue solamente el joven que se equivocó. Ignacio de Loyola no fue solamente el hombre que soñó con la gloria de las armas. Pablo no quedó definido para siempre por haber perseguido a los cristianos. Sus vidas adquirieron un sentido nuevo porque fueron capaces de cambiar.
Quizás allí esté una de las claves para comprender también nuestra vida social y política: una sociedad sana no es aquella que olvida el pasado, sino aquella que sabe recordarlo sin convertirlo en una prisión.
Hay, sin embargo, una diferencia decisiva entre quien reconoce el mal que ha cometido y quien lo niega o lo justifica. Nuestra propia historia nos lo recuerda dolorosamente, ya que los responsables de la última dictadura militar argentina no sólo no manifestaron arrepentimiento por los crímenes cometidos, sino que durante años justificaron su accionar y reivindicaron la violencia ejercida desde el Estado. Allí no puede hablarse simplemente de un pasado que debe ser superado: cuando no existe reconocimiento de la culpa, cuando no hay arrepentimiento y cuando se pretende justificar el daño causado, el pasado sigue teniendo una presencia moral en el presente que no fue algo ocasional, sino una política deliberada de aniquilamiento de seres humanos que si habían delinquido, debieran haber sido juzgados de conformidad con las leyes de la Nación. Por el contrario no solo se los torturó, asesinó y despareció, se cultivo el robo la apropiación de hijos y un sinnumero cosas que son suficientemente conocidas. La experiencia de Sudáfrica ofrece, en cambio, otra enseñanza. Nelson Mandela, después de pasar veintisiete años en prisión, eligió el camino de la reconciliación y respaldó un proceso que buscaba conocer la verdad y permitir el reconocimiento de las responsabilidades. No se trataba de borrar los crímenes ni de negar a las víctimas, sino de abrir una posibilidad de futuro allí donde el reconocimiento de lo ocurrido podía reemplazar a la negación. Quizás allí encontremos una distinción esencial: perdonar no significa olvidar, y reconciliarse no significa declarar inocente al culpable; significa reconocer que, cuando existe arrepentimiento y voluntad de reparar, el ser humano puede dejar de ser prisionero de aquello que hizo.
Necesitamos memoria para no repetir nuestros errores; justicia para que las injusticias no queden impunes; y discernimiento para elegir a quienes habrán de gobernarnos. Pero también necesitamos esperanza: la esperanza de que el ser humano puede cambiar, reconocer sus errores, arrepentirse y emprender un camino diferente.
Porque si creemos que nadie puede hacerlo, no sólo estamos negando la posibilidad de la redención; estamos negando una de las capacidades más extraordinarias de la condición humana: la posibilidad de transformarse.
Todos tenemos un pasado. Todos llevamos con nosotros decisiones acertadas y equivocaciones, momentos de los que nos enorgullecemos y otros que quizás quisiéramos olvidar. Pero mientras estamos vivos, tenemos todavía un futuro. Y allí reside nuestra esperanza. El pasado explica quién fuimos, pero no necesariamente determina quién podemos llegar a ser. No somos solamente nuestra historia. Somos también la posibilidad de cambiarla.
