HALLOWEEN O LA IMBECILIZACIÓN DE LAS CONCIENCIAS

02.11.2026

Conozco de sobra los orígenes celtas y gaélicos de Halloween, que se remontan a muchos siglos atrás, cuando determinadas comunidades celebraban el final de las cosechas y el comienzo de la estación oscura, en una festividad vinculada con sus creencias religiosas y su particular concepción del mundo. 


Por Alejandro Olmos Gaona

Pero aquella tradición ancestral, cargada de significados simbólicos, poco tiene que ver con esta mamarrachesca diversión del 31 de octubre, convertida en uno de los tantos productos que la industria del entretenimiento estadounidense ha logrado imponer en buena parte del mundo.

Aunque la transformación comercial de Halloween comenzó mucho antes, tengo la impresión de que la célebre película de ese nombre, estrenada en 1978, contribuyó a su difusión internacional, hasta convertirlo en una suerte de virus cultural que fue extendiéndose sin encontrar demasiadas resistencias.

En nuestro país no existía semejante festejo, pero como tenemos una extraordinaria predisposición a copiar cuanto disparate provenga del exterior, especialmente de los Estados Unidos, era inevitable que también termináramos incorporando esta celebración a nuestras costumbres, como si se tratara de una manifestación cultural indispensable.

Lo curioso, aunque quizás no tanto, es que de los Estados Unidos no siempre copiamos aquello que verdaderamente merece ser conocido, admirado o incorporado: su extraordinaria literatura, su música, sus aportes a la ciencia, al pensamiento jurídico, al arte y a tantas otras expresiones de la inteligencia humana. En cambio, mostramos una notable docilidad para incorporar la comida chatarra, los establecimientos donde hay que comer rápidamente para dejar lugar al siguiente consumidor, el marketing desaforado que convierte cualquier inutilidad en una necesidad impostergable, la exaltación del consumo como suprema aspiración de la existencia y toda esa gigantesca maquinaria destinada a fabricar deseos artificiales. Halloween es apenas una manifestación más de ese fenómeno.

Ayer, mientras caminaba por el centro y por Palermo, el barrio donde vivo, pude observar una multitud de personas disfrazadas con atuendos brujeriles, fantasmagóricos y otras extravagancias semejantes, deambulando por las calles como si participaran de alguna celebración de trascendencia colectiva. Los comercios, las cafeterías, los restaurantes y las tiendas de ropa exhibían brujas, calaveras, telarañas y toda clase de símbolos tenebrosos. Hasta el gimnasio al que concurro habitualmente había sido invadido por esa pintoresca escenografía del disparate.

Puedo comprender perfectamente que a los niños pequeños les divierta disfrazarse, jugar a los fantasmas o imaginar historias de brujas. La infancia tiene el privilegio maravilloso de convertir cualquier fantasía en un universo propio, y sería absurdo cuestionar esas expresiones de inocente alegría.

Pero observar a personas adultas entregadas con semejante entusiasmo a una celebración que no pertenece a nuestras tradiciones, que en muchos casos desconocen en sus orígenes y cuyo único sentido parece ser consumir, disfrazarse y reproducir mecánicamente lo que otros han puesto de moda, me lleva a pensar que estamos ante algo más profundo que una simple extravagancia: una progresiva imbecilización de las conciencias.

Porque el problema no es Halloween en sí mismo, ni la libertad de cada uno para divertirse como mejor le parezca. El problema es esa extraordinaria facilidad con la que se incorporan comportamientos, celebraciones, modas y hábitos sin el menor ejercicio de reflexión, como si todo aquello que se difunde masivamente debiera ser aceptado sin preguntarse por qué, para qué y en beneficio de quién.

Mientras millones de personas se entretienen con estas festividades importadas, mientras se multiplican las frivolidades y se alimenta la ilusión de que la felicidad consiste en consumir, disfrazarse y participar de cualquier espectáculo colectivo, el pensamiento crítico va siendo desplazado por una superficialidad que termina extendiéndose a todos los ámbitos de la vida.

No se trata de sostener que quien se disfraza de fantasma carece de inteligencia, sino de advertir que una sociedad habituada a aceptar acríticamente cuanto le ofrece la maquinaria del entretenimiento corre el riesgo de trasladar esa misma pasividad a cuestiones infinitamente más importantes.

Porque cuando se renuncia a pensar, otros terminan pensando por nosotros. Cuando se pierde el hábito de interrogar la realidad, resulta cada vez más sencillo que quienes disponen de los grandes instrumentos de comunicación establezcan qué debemos admirar, qué debemos rechazar, qué debemos consumir y hasta cuáles deben ser nuestras preocupaciones.

Es una forma de dominación mucho más eficaz que la imposición abierta, porque consigue que los propios dominados celebren aquello que contribuye a su sometimiento cultural.

Arturo Jauretche, con su extraordinaria lucidez, denunció hace décadas los mecanismos de la colonización pedagógica, mediante los cuales se fue construyendo una mentalidad dispuesta a mirar con admiración cuanto provenía del exterior y a menospreciar nuestras propias tradiciones, nuestra historia y nuestras posibilidades de pensamiento autónomo.

Aquella colonización que Jauretche combatió tenía como instrumentos fundamentales determinados mecanismos educativos, intelectuales y culturales. Hoy dispone, además, de una maquinaria tecnológica de dimensiones inimaginables en su tiempo, capaz de penetrar cotidianamente en la intimidad de millones de personas, modelar sus preferencias, dirigir sus consumos y condicionar sus percepciones de la realidad. Lo más preocupante es que semejante proceso se desarrolla, muchas veces, con el consentimiento entusiasta de quienes son sus destinatarios.No puedo dejar de relacionar estas cuestiones con nuestra realidad política. Y entonces me pregunto hasta qué punto esta cultura de la superficialidad, del espectáculo permanente, de la aceptación irreflexiva de mensajes prefabricados, contribuye a explicar que una parte significativa de nuestra sociedad haya acompañado electoralmente a Javier Milei, un dirigente que convirtió la provocación, la agresividad verbal y el espectáculo mediático en componentes centrales de su comunicación política.

Desde luego, el voto responde a múltiples razones económicas, sociales y políticas, y sería tan simplista como injusto atribuir una decisión electoral a semejantes frivolidades. Pero tampoco parece razonable ignorar que la degradación del debate público, la sustitución de los argumentos por consignas y la transformación de la política en un espectáculo encuentran un terreno propicio allí donde el pensamiento crítico ha dejado de ser una exigencia cotidiana.

No es casual que las grandes operaciones de manipulación cultural y comunicacional no necesiten ciudadanos que reflexionen, cuestionen y discutan, sino individuos dispuestos a recibir mensajes, repetir consignas y reaccionar emocionalmente ante estímulos cuidadosamente elaborados.

Por eso, más allá de las brujas, los fantasmas, las calaveras y los disfraces grotescos que ayer invadieron las calles, lo verdaderamente inquietante no es esa celebración importada, sino lo que puede simbolizar en una sociedad donde la frivolidad parece conquistar cada día nuevos espacios y donde pensar se ha convertido, para demasiados, en una actividad prescindible.

Porque una sociedad puede divertirse sin dejar de pensar. Lo verdaderamente grave comienza cuando la diversión se convierte en una forma de evasión permanente, cuando la estupidez adquiere prestigio social y cuando la colonización cultural ha alcanzado semejante profundidad que ya ni siquiera se percibe como una forma de sometimiento.Y entonces quizás debamos preguntarnos si lo más tenebroso de Halloween son las máscaras de monstruos que ayer recorrían nuestras calles, o esa otra realidad, mucho más sombría, de una sociedad en la que algunos parecen haber renunciado a ejercer la facultad más extraordinaria que posee el ser humano: la de pensar por sí mismo.

Porque las máscaras de Halloween desaparecen al día siguiente. Las de la ignorancia, la frivolidad y el sometimiento intelectual pueden permanecer durante generaciones. 

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