LA DEUDA QUE NO SE NOMBRA O COMO EL TANDEM MILEI-CAPUTO ESTÁ HIPOTECANDO EL FUTURO ARGENTINO

17.03.2026

Por Alejandro Olmos Gaona

Aunque mis amigos estarán un poco.. de mis posteos sobre la deuda, es necesario volver a reflexionar sobre esto, por la gravitación que tiene en el futuro de todos.

Mientras la agenda pública se llena de polémicas, escándalos comunicacionales y discusiones interminables sobre el token $LIBRA o las declaraciones torpes e inconsistentes de Ado, hay un tema central del que el gobierno evita hablar: la deuda pública argentina y su acelerado crecimiento bajo la administración de Javier Milei y su ministro de Economía Luis Caputo.

Los números son tan claros como inquietantes, y podemos ver que n apenas cuatro meses la deuda pública aumentó más de 29.000 millones de dólares, a pesar de que durante ese mismo período se pagaron cerca de 50.000 millones de dólares en vencimientos.

Es decir: aun transfiriendo sumas gigantescas de recursos al sistema financiero, el endeudamiento siguió creciendo. Los datos oficiales lo muestran con crudeza: en enero la deuda pública total ascendía a 460.234 millones de dólares, para el 28 de febrero ya había trepado a 472.135 millones de dólares. El aumento es particularmente preocupante si se observa su composición: el 55% está denominado en moneda extranjera y solo el 45% en moneda local, lo que expone a la economía argentina a un riesgo estructural frente a cualquier movimiento cambiario. Pero el dato más revelador aparece cuando se analizan los pagos realizados. 

Solo en el mes de enero se cancelaron 11.423 millones de dólares, y aun así la deuda siguió aumentando. Es decir, el país está pagando sumas enormes y, sin embargo, el problema no solo no disminuye sino que se profundiza.

Este es el punto que el gobierno evita discutir, el que todos guardan silencio, el que es ignorado por economistas y comentadores varios, que solo hablan de la inflación, del riesgo país, y de las exdentricidades del presidente, que salta, vocifera contra empresarios y zurdos, y como hoy en la Bolsa de Comercio de Córdoba, miente escandalosamente, mientras denigra a aquellos que no piensan como él, y en ese lenguaje precario y repetitivo e insultante, pretende convencer que todo lo que hace no tienen antecedentes en la historia. Una mitomanía preocupante en un jefe de Estado, que quizás ha recibido la influencia de Donald Trump.

Mientras se multiplican los discursos sobre austeridad, disciplina fiscal y orden económico, la dinámica real del endeudamiento muestra otra cosa: una transferencia constante de recursos hacia los acreedores y una creciente dependencia financiera, y lo llamativo es el silencio. Ni el presidente Milei, ni el ministro Caputo, ni los principales funcionarios económicos explican con claridad por qué la deuda sigue creciendo a pesar de los pagos masivos que se están realizando.

La discusión pública parece desviarse hacia otros temas. Se habla —con razón— del escándalo de $LIBRA, de las contradicciones y oscuridades del jefe de gabinete y de las polémicas diarias del gobierno. Pero mientras esas cuestiones ocupan páginas y horas de televisión, el problema estructural más grave permanece en segundo plano.

La historia de la deuda que muchos no conocen debidamente debería hacer más prudentes a los que gobiernan, pero pedirle eso a los mismos que nos endeudaron (Caputo Dixit) resultaría inútil, porque la deuda es un brillante negocio, y los que la administran, renegocian y contraen saben de sobra que es un sistema que nunca van a alterar, ya que el colonialismo mental que padecen, además lo que les puede significar particularmente, determina que para ellos, esta cuestión está en la naturaleza de la economía, que funciona de acuerdo con las pautas que marcan los mercados. 

Cada ciclo de endeudamiento acelerado termina del mismo modo: más condicionamientos externos, menos margen de decisión económica y una pesada carga para las generaciones futuras, porque la deuda no es una abstracción contable, se paga con presupuesto público, con recursos fiscales, con ajuste social y con décadas de compromisos financieros que limitan cualquier proyecto de desarrollo. 

Pero a estos sujetos nada de eso importa, porque siempre han estado en la función privada, y cuando llegan a la función pública es invariablemente para beneficiar a ese sector, lo que generalmente en EE.UU. llaman las puertas giratorias. Caputo Bausili habían sido funcionarios de bancos importantes, después fueron funcionarios de Macri, durante su gobierno, volvieron a la actividad privada en la consultora ANKER, de ambos, y ahora nueva vuelta al gobierno. El dinero lo tienen en el exterior porque no confían en el gobierno del cual forman parte, y además saben, que ante cualquier movida, esas acreencias van a estar debidamente protegidas, los problemas los tendrán los argentinos que trabajan, nunca ellos.

Por eso la pregunta que hoy debería estar en el centro del debate es sencilla pero crucial: ¿Se están evaluando realmente los condicionamientos que este nivel de endeudamiento impone al país? ¿Se está midiendo la enorme cantidad de dinero que se paga mes a mes —y que se seguirá pagando durante años— mientras la deuda continúa creciendo? El problema no es solo cuánto se debe sino que el país queda hipotecado cuando esa deuda se transforma en una política permanente, y solo se articulan ficciones, para convencer que todo está debidamente controlado. Saben que cuando algo falle, vendrá nuevamente el FMI, como ya lo hizo, para seguir controlándonos, o en su defecto, si se produjera un milagro y se negaran a dar asistencia al gobierno, quizás el amigo Trump analizara ver que hace con su subalterno MIlei. 

En cualquier caso, los hipotecados serán siempre los argentinos, que deberán pagar una deuda contraída por otros. Y por supuesto estará esa legión de imbéciles, que seguirán sosteniendo que hay que honrar la deudas, aunque los hechos delictivos no se honran, sino se juzgan y se condena a los responsables de haberlos cometido. 

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