LA DOBLE MORAL COMO PRACTICA POLÍTICA

Por Alejandro Olmos Gaona
La doble moral no es un simple defecto individual: en política suele convertirse en una práctica sistemática, ya que consiste en exigir a los otros una pureza que no se está dispuesto a aplicar sobre uno mismo. Se condena con severidad lo que el adversario hace, pero se relativiza, se justifica o se silencia cuando lo realizan los propios. Nunca nadie se hace cargo cuando lo ponen en evidencia, y entran en explicaciones inverosímiles creyendo que hay un conjunto de idiotas que creerán lo que se dice.
En la Argentina actual esa lógica aparece con demasiada frecuencia y el gobierno de Javier Milei construyó buena parte de su discurso público denunciando la corrupción, los privilegios y el uso indebido de recursos estatales. Sin embargo, cuando las situaciones concretas empiezan a rozar a sus propios funcionarios, la vara moral parece cambiar de altura, es muy elástica para los funcionarios en el poder.
El episodio del vocero presidencial Manuel Adorni es un ejemplo ilustrativo. Durante meses se construyó un discurso moralizante contra el supuesto uso indebido de aviones oficiales, viajes y privilegios. Pero cuando aparecen situaciones que involucran al propio entorno —viajes cuestionados, acompañantes vinculados a negocios o utilización de recursos públicos— las explicaciones se vuelven difusas o directamente desaparecen. Lo que antes era presentado como un escándalo intolerable pasa a ser minimizado o tratado como una cuestión menor.
Algo similar ocurre con Milei ya que resulta difícil sostener un discurso de austeridad absoluta mientras se utilizan fondos públicos para viajes vinculados con instituciones privadas o con actividades que poco tienen que ver con funciones estrictamente estatales. No se trata de una cuestión ideológica sino de un principio básico de responsabilidad pública: los recursos del Estado deben destinarse a fines públicos, no a agendas privadas o de afinidad ideológica.
La contradicción se vuelve aún más evidente cuando se observan otros episodios recientes. Mientras se proclama una cruzada contra la corrupción, el gobierno intenta restar importancia o directamente silenciar denuncias como las vinculadas a la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). Del mismo modo, no existe una respuesta clara sobre el caso de Libra ($LIBRA), que ha generado múltiples interrogantes sobre su promoción y los intereses involucrados.
La vara moral también se vuelve flexible cuando se trata de las propias alianzas políticas. El economista y diputado José Luis Espert fue sostenido públicamente hasta el último momento, aun cuando las evidencias sobre situaciones comprometedoras comenzaban a acumularse. La defensa cerrada duró hasta que el costo político se volvió imposible de ignorar y entonces aparecieron los silencios y las distancias.
El caso del amigo de Adorni que viajó con él utilizando recursos vinculados a la televisión pública tampoco contribuye a disipar dudas. Si el discurso oficial consiste en denunciar privilegios, resulta imprescindible que el primer estándar de transparencia se aplique hacia adentro del propio gobierno. De lo contrario, la crítica a los demás se convierte en una simple herramienta retórica.
Debemos reconocer que la doble moral no es patrimonio exclusivo del oficialismo y también aparece en la oposición. En el Congreso, muchos dirigentes kirchneristas cuestionan hoy procedimientos parlamentarios que durante años aplicaron sin reparos cuando contaban con mayoría. Sesiones convocadas de manera discutible, interpretaciones reglamentarias flexibles o decisiones adoptadas por pura aritmética parlamentaria fueron prácticas habituales cuando el poder estaba de su lado. También señalan la corrupción actual y silencian actos probados de corrupción durante su gestión, y ante cualquier cuestionamiento nunca se hacían los responsables.
Esa memoria selectiva revela un problema más profundo de la política argentina: demasiadas veces los principios se invocan solo cuando convienen. La legalidad, las reglas institucionales y la ética pública dejan de ser valores universales y pasan a ser instrumentos de conveniencia.
Sin embargo, una democracia madura exige exactamente lo contrario porque la vara moral debe ser la misma para todos: para el adversario, pero también —y sobre todo— para uno mismo. Cuando los principios se aplican selectivamente, dejan de ser principios y se transforman en simples argumentos de circunstancias.
La política argentina necesita menos discursos sobre la moral y más coherencia práctica. porque la doble moral, al final, no solo erosiona la credibilidad de quienes la practican: también deteriora la confianza pública en las instituciones, y sin esa confianza, ninguna república puede sostenerse demasiado tiempo.
Esta gentuza dirigencial que está ocupando la función pública, que ejerce el cinismo como una de las bellas artes, que silencia cualquier delito que se le imputa, que ha convertido a la Oficina Anticorrupción en un organismo burócratica que nada investiga, que nunca contestan preguntas comprometedoras y solo utiliza a la impresentable diputada Lemoine para que grite, agreda y calumnia, es un ejemplo de la degradación en la que estamos que pareciera que sigue siendo indetenible.
