LOS DATOS DE LA DEUDA, LOS OCULTAMIENTOS DEL GOBIERNO Y EL SILENCIO DE LOS ECONOMISTAS

16.04.2026

Los datos oficiales lo muestran con crudeza: en enero la deuda pública total ascendía a 460.234 millones de dólares, para el 28 de febrero ya había trepado a 472.135 millones de dólares. El aumento era particularmente preocupante si se observa su composición: el 55% está denominado en moneda extranjera y solo el 45% en moneda local, lo que expone a la economía argentina a un riesgo estructural frente a cualquier movimiento cambiario.


Por Aljandro Olmos Gaona

Pero la dinámica no se detuvo allí. Si se amplía el horizonte temporal, el cuadro resulta aún más elocuente: en noviembre de 2025 el stock de deuda era de 445.985 millones de dólares, y hasta hace unos días, el 31 de marzo de este año la deuda ha crecido hasta 483.830 millones. Es decir, en apenas cuatro meses la deuda creció en casi 37.485 millones de dólares. Se trata de un incremento acelerado que no puede explicarse únicamente por variaciones contables o ajustes de valuación: revela una tendencia sostenida de aumento del endeudamiento neto.

El dato más revelador aparece cuando se analizan los pagos realizados. Solo en el mes de enero se cancelaron 11.423 millones de dólares, hubo otras cancelaciones, y en marzo se cancelaron 13.703 millones de dólares y aun así la deuda siguió aumentando. Este fenómeno —pagar mucho y deber cada vez más— no es nuevo en la historia económica argentina, pero sí adquiere una magnitud preocupante en el contexto actual. Implica que una parte significativa de los nuevos compromisos no está destinada a financiar inversión productiva o infraestructura, sino a cubrir vencimientos previos, intereses y necesidades de corto plazo. En otras palabras, el endeudamiento funciona como un mecanismo de refinanciación permanente más que como una herramienta de desarrollo.

Este es el punto que el gobierno evita discutir, el que permanece fuera del centro del debate público. Mientras la conversación económica gira en torno a la inflación, el riesgo país o las controversias políticas, se omite un aspecto clave: la sostenibilidad de la deuda y los condicionamientos que impone sobre el futuro. Cada nuevo incremento del stock de deuda reduce el margen de maniobra de la política económica, condiciona las decisiones fiscales y monetarias, y refuerza la dependencia de los mercados financieros y de los organismos internacionales.

La elevada proporción de deuda en moneda extranjera agrava este escenario. En un país con una historia recurrente de crisis cambiarias, esta composición implica que cualquier devaluación significativa puede disparar automáticamente el peso de la deuda en relación con el producto y los ingresos fiscales. Así, el problema no solo crece en términos absolutos, sino también en su capacidad de volverse inmanejable ante shocks externos o internos.

Mientras se multiplican los discursos sobre austeridad, disciplina fiscal y orden económico, la dinámica real del endeudamiento muestra otra cosa: una transferencia constante de recursos hacia los acreedores y una creciente dependencia financiera. Lo llamativo no es solo la magnitud del fenómeno, sino el silencio que lo rodea. Ni el presidente Javier Milei, ni el ministro Luis Caputo, ni los principales funcionarios del área económica explican con claridad por qué la deuda sigue creciendo a pesar de los pagos masivos que se están realizando.

La ausencia de una explicación convincente abre interrogantes inevitables: ¿se trata de una estrategia deliberada de acumulación de reservas vía endeudamiento?, ¿de un puente financiero para sostener el programa económico en el corto plazo?, ¿o de una dinámica que ya escapa al control de la política económica? Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que el aumento sostenido de la deuda configura un condicionante central para el futuro: compromete recursos fiscales de las próximas décadas, limita la capacidad de implementar políticas públicas autónomas y deja a la economía expuesta a ciclos de endeudamiento y crisis que la Argentina conoce demasiado bien.

A este cuadro se agrega un elemento llamativo: el silencio de buena parte de la profesión económica. Más allá de algunas voces aisladas, la mayoría de los economistas —tanto del ámbito académico como del mediático— evita poner el foco en la dinámica del endeudamiento. El debate público aparece así desbalanceado: se analizan con minuciosidad variables como la inflación, el tipo de cambio o el riesgo país, pero se soslaya una cuestión central como es la sostenibilidad de la deuda y su ritmo de crecimiento. Esta omisión no es menor. Al desplazar el problema del centro de la discusión, se contribuye a naturalizar un proceso que, por su magnitud y velocidad, debería ser objeto de un escrutinio mucho más riguroso. En un contexto donde el endeudamiento aumenta incluso en escenarios de fuerte ajuste fiscal, la falta de interrogantes críticos por parte de quienes tienen capacidad de influir en la agenda pública resulta, como mínimo, inquietante. 

¿Podría hablarse de complicidades, al no cuestionar el discurso oficial y continuar con el silencio, o solo contemplan estos números, pensando que es necesario volver a acceder a mercado de capitales para refinanciarla? Digo esto porque critican al gobierno al no poder acceder al mercado de capitales para seguir con lo mismo de siempre, aquello que viene desde hace décadas, seguir con las refinanciaciones, pateando la deuda para adelante y que la misma siga creciendo, y generando rentabilidad al sistema financiero. Total a nadie le importa que este sistema siga dañando a la economía nacional, como ha quedado demostrado a través de la historia de los últimos 50 años.

Share