MILEI, ENTRE LA DESVERGUÉNZA Y LA MENTIRA

Lo ocurrido ayer en el Congreso de la Nación Argentina no se trató simplemente de un discurso áspero ni una sesión atravesada por tensiones políticas —algo por cierto habitual en toda democracia—, sino la escenificación de un estilo de poder que no reconoce antecedentes en la historia de los gobiernos constitucionales argentinos.
Por Alejandro Olmos Gaona
El presidente convirtió un ámbito institucional, que debería ser el espacio del respeto republicano y la rendición de cuentas, en una tribuna de confrontación personal, con descalificaciones, insultos y un lenguaje más cercano al de una arenga de barricada que al de un jefe de Estado. El no conoce limite alguno para injuriar de cualquier manera especialmente cuando está roedado de sometidos y obsecuentes, como se pudo ver ayer entre el conjunto de aplaudidores, que también degradaron la institución parlamentaria. Tampoco voy a justificar los gritos y el palabrrío torpe de la oposición.
Lo de anoche no se trató de un exabrupto aislado ni de una frase desafortunada producto de un arrebato circunstancial, fue una construcción deliberada de hostilidad, dirigida tanto a legisladores como a amplios sectores de la sociedad que no comparten su orientación política. La palabra presidencial —que en cualquier sistema republicano debe ser prudente, integradora y consciente de su peso institucional— fue reemplazada por un tono destemplado, impropio de quien ocupa la primera magistratura, y expresiones propias de un sujeto que está " sacado" y ha perdido todo equilibrio.
Pero además de la gravedad de las formas, el contenido fue otro ejemplo de los que es Milei. Se afirmaron cifras sin sustento verificable, se omitió toda referencia a la realidad social y se eludieron datos que configuran una situación preocupante: el aumento de la desocupación, la pérdida de más de 280.000 empleos registrados, la desaparición de más de 22.000 empresas y un endeudamiento que continúa en ascenso. La negación de estos hechos no los hace desaparecer; por el contrario, profundiza la distancia entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de millones de argentinos, que se dan cuenta que este modelo emprobrecedor va a traer consecuencias devastadoras para la Nación.
El silencio de Milei sobre los hechos de corrupción de su gobierno fue más que elocuente. No hubo mención alguna a episodios que han generado fundadas sospechas y cuestionamientos públicos, como el caso conocido como $LIBRA, las irregularidades denunciadas en la ANDIS, ni las controversias vinculadas a su entorno familiar más cercano. En un contexto en el que la transparencia debería ser una prioridad ineludible, la omisión deliberada no contribuye a fortalecer la confianza pública, aunque en este caso le iba a ser dificil refutar las evidencias que dia a dia se están conociiento como los acurdo confidenciales celebrados por Milei y los auotores de la estafa de la cripto moneda.
En el plano internacional, la celebración explícita de un alineamiento incondicional con los Estados Unidos marcó una ruptura con una tradición diplomática argentina que, con matices a lo largo del tiempo, supo preservar márgenes de autonomía y equilibrio en el concierto de las naciones. La política exterior no puede reducirse a simpatías ideológicas ni a adhesiones personales: es una herramienta estratégica que debe responder al interés nacional permanente. La Argentina siempre preservó su independencia en cuestiones internacionales, y aun en la época del menemismo, no se llegó al extremo que ahora se está viendo. Aun durante la siniestra dictadura militar la Argentina negoció con la Unión Sovietica, sin importarle las presiones de los EE.UU.
En definitiva, lo sucedido no fue un simple exceso retórico ni un arrebato circunstancial: fue la exhibición descarnada de una concepción del poder que confunde liderazgo con agresión, firmeza con descalificación y autoridad con estridencia. Lo que se vio no fue a un estadista consciente del peso histórico de sus palabras, sino a un militante exaltado que convirtió el recinto institucional en escenario de confrontación permanente, logró generar un espacio más propio de barrabravas que un ámbito respetuoso del funcionamiento de uno de los poderes del Estado.
La investidura presidencial no es un atributo personal, ni un trofeo electoral, ni una licencia para el desahogo. Es una responsabilidad institucional que obliga a la mesura, al respeto por las formas republicanas y, sobre todo, a la conciencia de que cada palabra pronunciada desde ese sitial tiene efectos concretos en la vida democrática. El Presidente no habla solo en nombre de quienes lo votaron; habla en nombre de toda la Nación, incluso —y especialmente— de quienes no lo acompañaron.
Cuando quien ejerce la primera magistratura elige el agravio antes que la argumentación, la burla antes que el dato verificable, la negación antes que el reconocimiento honesto de los problemas, y la confrontación antes que el diálogo, no solo se degrada el debate público. Se envía un mensaje peligroso: que la discrepancia es enemistad, que la crítica es traición, que el adversario es un enemigo al que hay que humillar. Esa lógica, trasladada al corazón de las instituciones, erosiona la calidad misma de la República y debilita el tejido democrático.
La democracia admite la pasión, porque es inherente a la política. Pero exige límites claros, reglas compartidas y un mínimo de respeto institucional sin el cual el sistema se vacía de contenido. La vehemencia no puede sustituir a la responsabilidad; la retórica incendiaria no puede reemplazar a la rendición de cuentas.
Y esos límites comienzan, precisamente, en la conducta de quien debe encarnar la unidad de la Nación. El Presidente no es un comentarista de ocasión ni un polemista de redes sociales: es el custodio transitorio de la institucionalidad. Si renuncia a ese papel para asumir el de agitador, no solo se rebaja la investidura; se resiente la confianza pública y se naturaliza una degradación que, con el tiempo, termina por afectar a todos. Lo de ayer es un claro ejemplo del sujeto que ejerce la presidencia, y es preocupante que esa persona siga teniendo la aprobación de una parte importante del pueblo argentino, lo que pone en evidencia, como funciona la guerra tecnológica que ejercen sus laderos y que sigue confundiendo y estragando los cerebros de mucha gente.
