POR FAVOR: EMPATÍA

31.10.2026

Rara vez sucede que un proyecto de ley despierta testimonios que surgen  desde lo más profundo de los pliegues de la realidad. En esos lugares en donde la fragilidad existencial desnuda las consecuencias de políticas que reparan más en los intereses minoritarios que en las experiencias cotidianas de las grandes mayorías. 












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Por Carlos del Frade

La semana pasada presentamos en la Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe un proyecto de ley con la necesidad de construir dispositivos comunitarios de posvension ante el suicidio, destinados al acompañamiento de familiares, amistades, referentes afectivos, comunidades e instituciones afectados por la muerte por un suicidio.

Una realidad que se repite en toda la geografía argentina

En el año 2025 en la provincia de Santa Fe hubo 448 suicidios y 210 homicidios. Agrega el fundamento del proyecto que la posvención constituye una dimensión del abordaje integral de esta problemática. Comprende intervenciones posteriores a una muerte que procuran ofrecer apoyos, fortalecer los vínculos y facilitar el apoyo a cuidados cuando resulten necesarios.

Texto de la ley

De allí que las necesidades de acompañamiento, no son uniformes ni se presentan necesariamente de manera inmediata, por eso las intervenciones deben respetar la voluntad de las personas, sus condiciones de vida, los tiempos particulares del dolor del duelo evitando imponer formas de participación o considerar patológica, toda experiencia de sufrimiento.

Pocas horas después de que presentamos y difundimos este proyecto una trabajadora despedida de una empresa de transporte de la ciudad de Rosario, sintió la necesidad de contar su experiencia, consecuencia —insisto— de una política económica que prioriza lo financiero y lo extranjero por encima de lo productivo y la ya mitológica y lejana industria nacional.

Cuenta esta señora:

Desde hace ya desde el 30 de junio que me despidieron de Expreso Brio. Tengo 57 años, me postulo en todos los portales para conseguir trabajo o entrevistas. La empresa me despidió no solo sin pagar indemnización, ya me debía dos meses. Hoy ya no tengo ni siquiera la oportunidad de poner un emprendimiento. 

Hay mañanas de que ni ganas de levantarme tengo. Desde los 19 años madrugando para ir a trabajar. Una mañana me encontré en el portón de mi trabajo, sin dejarme cumplir con mis tareas en aquella empresa que era mi segundo hogar, el sostén de mis ingresos. 

Desde el año 2003 estoy en tratamiento psicológico por dos intentos de suicidio. —La empresa tenía conocimiento de eso confiesa la mujer de una manera lacerante, conmovedora—.

Desde ese 30 de junio no sé cómo calmar las voces en mi cabeza que me piden lo más loco. Mi médico intenta internarme y no quiero porque tengo la ilusión de una llamada para una entrevista que nunca llega. No te hagas problema dice mi familia, lo vamos a arreglar. A lo que yo respondo: Si ya va a pasar esto voy a estar bien. 

LLoro cuando estoy sola. En la ducha. Cuando estoy por la calle se me caen las lágrimas. ¡Cuánto daño me hicieron! Tan poco me faltaba para jubilarme, víctima de un gobierno que le da ventajas a los empresarios que golosamente despiden a su personal aferrándose estos a una ley sangrienta.

Estoy endeudada. Las únicas llamadas que recibo son las del banco para que les pague. Llegan las facturas para pagar medicamentos, además me quitaron la tiroides por lo cual debo medicarme diariamente.

Yo no llego ni al día 20. No me compré la televisión para el mundial, me quedé sin obra social. 

Mi salud mental ronda como fantasma. A veces pienso cómo será mi final. Ahora con lágrimas en los ojos pensando en el peor final. Qué culpa tiene mi familia de que yo haga un disparate cuando los verdaderos culpables siguen con su vida sin el peso de la ley en una provincia en cuyo gobernador e intendente de la ciudad hacen caso omiso de los despidos masivos que se están dando.

La salud mental es mucho más que un tema político. Es muy delicado, la cabeza habla y aturde, duele.

Dios conceda paz para mi y para todas las personas con la misma angustia. Empatía al dolor por favor.

Esto termina diciendo la carta confesión de Gabriela. Una trabajadora despedida, un testimonio que quizás se reproduce por cientos, por miles.


Colaboración: Cecilia Trelini

Corrección y edición de contenidos web: Silvana Lazzarín

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