OTRO EJEMPLO DE LA DEGRADACIÓN MILEISTA

01.04.2026

Ese viejo sabio que era Fu Lao Chang, siempre reflexionaba sobre el valor de los símbolos, y si bien lo ocurrido ayer forma parte de la circense vida de los hermanos Milei, me interesa comentar a los extremos que han llegado estos sujetos en la degradación de nuestras instituciones. 


Por Alejandro Olmos Gaona

Quizás no debería extrañarnos de lo que son capaces de hacer, y revela como no tienen ninguna dificultad en apropiarse de verdaderos símbolos de nuestro pasado, para su pura satisfacción personal. La escena, por trivial que algunos quieran presentarla, encierra un problema mucho más profundo: la banalización de las instituciones públicas en función de intereses personales. 

Que el histórico Regimiento de Granaderos a Caballo —cuerpo creado por José de San Martín y símbolo de disciplina, tradición y servicio al Estado— haya sido utilizado para interpretar música de ABBA en un contexto privado vinculado a Karina Milei no es un detalle pintoresco: es un síntoma de una concepción patrimonialista del poder. Para festejar su cumpleaños los utilizó a su omnímoda voluntad, ya que ella pareciera que es la que realmente gobierna, y atropella todo lo que se oponga a sus decisiones.

No se trata de una cuestión estética ni de una defensa rígida de las formas. Las instituciones del Estado tienen protocolos, tradiciones y finalidades que no son caprichosas: responden a su rol dentro de la estructura republicana. El Regimiento de Granaderos a Caballo no es una banda musical disponible a demanda, sino una unidad ceremonial que encarna valores históricos, vinculados a la propia construcción de la Nación, y subordinar ese rol a la animación de un evento de carácter personal implica, en los hechos, vaciar de contenido su función simbólica.

Pero lo más preocupante no es el hecho aislado, sino lo que revela. Este episodio expone una lógica donde lo público se subordina sin matices a lo privado. La cercanía familiar entre Karina Milei y Javier Milei agrava la cuestión, porque instala la idea de un núcleo de poder que opera sin los contrapesos ni las distancias institucionales que exige un sistema republicano. No es simplemente una decisión desacertada: es un indicio de cómo se concibe el ejercicio del poder.

En ese mismo sentido deben leerse los reiterados desplazamientos del presidente al exterior. Nadie discute la importancia de la política internacional ni la necesidad de que un jefe de Estado viaje, lo que sí resulta cuestionable es la naturaleza de muchos de esos viajes: exposiciones personales, participaciones en eventos sin peso institucional concreto, recepciones de distinciones cuya relevancia es, cuanto menos, discutible, ya que esas actividades se financian con recursos públicos. Entonces el problema deja de ser simbólico y pasa a ser material.

El punto de contacto entre ambos fenómenos es claro: la utilización de recursos del Estado —sean instituciones, estructuras o fondos— para fines que no responden de manera evidente al interés general. En un caso, se trivializa una unidad histórica para un festejo; en el otro, se comprometen recursos públicos en actividades de dudosa utilidad para el país. En ambos, el denominador común es la ausencia de límites. Y aquí aparece una cuestión de fondo: el deterioro de la noción misma de lo público. Cuando quienes gobiernan actúan como si las instituciones fueran extensiones de su esfera personal, se debilita el principio de que el Estado pertenece a la sociedad en su conjunto. No es un problema menor ni una anécdota pintoresca: es una forma de ejercicio del poder que erosiona lentamente la legitimidad institucional.

Las democracias no se degradan únicamente por grandes rupturas, sino también por la acumulación de gestos que, poco a poco, naturalizan el uso discrecional de lo que es de todos. Convertir al Regimiento de Granaderos a Caballo en una suerte de orquesta privada y utilizar recursos públicos para la promoción personal en el exterior no son hechos inconexos: son expresiones de una misma lógica.

Una lógica donde el poder deja de estar limitado por la institución y comienza a servirse de ella, poniendo en juego ya no es solo el prestigio de un cuerpo histórico o la pertinencia de un viaje, sino el respeto mismo por las reglas que sostienen la vida republicana. 

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