El auge de los rentistas y la miseria de los trabajadores

El crecimiento de los sectores extractivos contrasta con el deterioro del mercado interno y del empleo formal: mientras los enclaves exportadores avanzan sin generar puestos de trabajo, caen los ingresos laborales y se profundiza la brecha con el resto de la economía.
Por definición, en una economía extractiva el ajuste fino de los costos de producción importa poco, porque involucra a sectores que se apalancan sobre la "renta" de los recursos naturales, del suelo y del subsuelo, y solo en el margen en la "ganancia" capitalista.
Para la economía política clásica, salarios, ganancias y renta eran las formas en las que se distribuía el ingreso. Dicho de manera taxativa, quien invierte en la extracción petrolera, por ejemplo, obtiene una "ganancia normal" por la inversión de capital, pero también una "renta extraordinaria" por la apropiación de un recurso natural no renovable.
La renta de los recursos naturales
No hablamos de nada nuevo. En los albores de la economía política el concepto de renta se aplicaba exclusivamente a la tierra. De allí, David Ricardo derivó, por ejemplo, el concepto de renta diferencial según los distintos grados de fertilidad de los suelos. Hoy el agro, aunque conserva un pequeño componente de renta, es una actividad preponderantemente capitalista. La mismísima fertilidad del suelo dejó de ser "no renovable". No pasa lo mismo, en cambio, con la explotación de los recursos naturales directamente no renovables, como los mineros e hidrocarburíferos, donde la renta es el componente hegemónico del ingreso generado. Precisamente por esta razón los Estados diseñan y utilizan distintos mecanismos de participación, como, entre otros, regalías, fondos soberanos y empresas públicas o mixtas.
Lo que se intenta destacar con este brevísimo repaso conceptual es que "la macro" es de muy poca importancia para los actuales sectores dinámicos de la economía. Las inversiones petroleras o mineras no se deciden por el tipo de cambio o el nivel de salarios interno. Ello es así porque, tras la inversión inicial, los costos de producción son marginales respecto de los ingresos. Lo que importa a petroleras y mineras es la seguridad jurídica de sus inversiones, algo que no estuvo en riesgo bajo ningún gobierno, la disponibilidad de las divisas en que se traducen las rentas, lo que sí estuvo en disputa, y por supuesto, que los cambios de gobierno no alteren las reglas de juego, es decir que ningún nuevo gobierno afecte, por la vía que sea, su porcentaje de participación en las rentas extraordinarias. El RIGI proporciona y blinda estas demandas. Es un mecanismo válido. Algo parecido se le brindó a Chevron a comienzos del desarrollo de Vaca Muerta y no hubiese estado mal que, agregando algún compre nacional para cuidar el desarrollo de proveedores y una actitud menos laxa en materia de divisas, que algo similar se hubiese desarrollado para la minería.
Pan para hoy y hambre para mañana
Pero el punto aquí no es la revisión del pasado reciente, sino lo que sucede en el presente: se desarrollan sectores extractivos, que no dependen de la macro local, que no crean empleo, que no desarrollan proveedores y que a partir del tercer año no tendrán la obligación de liquidar ni un dólar en el mercado interno. En el normal intercambio de las empresas de estos sectores con el Estado y la sociedad en la que se desenvuelven recibirán más de lo que dan. El modelo es pan para hoy y hambre para mañana. Lo que hoy aparece como el único impulso del PIB, los sectores que por su explosión de crecimiento evitan que el PIB aparezca negativo, no tendrán efecto multiplicador sobre el conjunto. Y lo peor es que el efecto multiplicador del presente será menor a medida que las inversiones maduren, cuando las minas ya estén construidas, los ductos a los puertos estén terminados y las divisas por exportaciones queden directamente afuera. En el infinito cortoplacismo de la política local, en el mediano plazo estaremos todos muertos.
La macro y el mercado interno
En contrapartida, la macro sí importa, y mucho, para el resto de los sectores económicos no extractivos vinculados al mercado interno, que son los que generan alrededor del 80 por ciento del empleo. La actual administración sigue clavando el tipo de cambio como estrategia antiinflacionaria, lo que destruye los costos en divisas de las empresas. El ajuste rápido de los servicios no solo afectó a las familias, sino especialmente a las empresas, que padecen un efecto sándwich sobre sus rentabilidades. Les suben los costos en divisas y les caen las ventas por la contracción interna. A esta altura nadie desconoce que el serio problema de la mora sistémica es el producto de la rotunda caída de los ingresos salariales. Lo que los nuevos deudores creyeron que era una salida transitoria devino en impagable y no hay factores a la vista que indiquen reversión del proceso.
El ministro de Economía, Luis Caputo, dijo este miércoles una frase que a quienes recuerdan los '90 puede haberles revuelto el estómago: "no estamos bien, pero vamos bien", un remake del clásico "estamos mal, pero vamos bien" de Carlos Menem. La historia como tragedia y como farsa. Para el funcionario "vamos bien" se concentraría en conseguir los dólares para que el tipo de cambio no se dispare. El ojo ministerial está puesto en contrarrestar por adelantado la sobrevaticinada corrida preelectoral bajo el paraguas del cuco del "riesgo kuka". La cabeza caputina funciona "como si" la producción y el empleo no existiesen. "Como si" la estabilidad política se agotase en la estabilidad cambiaria.
El deterioro del trabajo
Lo que sucede por debajo de la superficie, en cambio, puede ser mucho más desestabilizador que cualquier sacudón cambiario. Hablamos de las transformaciones que continúan produciéndose en el mercado de trabajo, que son las que contraen el poder adquisitivo de los salarios, retroalimentan la recesión interna y disparan la caída de la popularidad del oficialismo. El último informe de la consultora Audemus, que siempre sigue estos guarismos al detalle, reflejó un número que bien puede funcionar como síntesis del verdadero deterioro global de las condiciones de vida de las mayorías. Por primera vez en la serie, menos de la mitad de los empleos, el 48,1 por ciento, son asalariados formales. En 2023 este número era 50 por ciento y en 2016: 53,8 por ciento. Este fenómeno tuvo su correlato en la caída de ingresos. El ingreso medio real del conjunto del trabajo está 3,6 por ciento por debajo de 2023 y 15,5 por ciento por debajo de hace una década. A ello se agrega que la brecha de ingreso entre el bloque dinámico y el resto de la economía pasó de 22 por ciento al 32, el registro más alto de la serie. Los números muestran que la pérdida de derechos de los trabajadores implícita en la reforma laboral produjo el efecto inverso al propagandizado.
Luego las diferencias sectoriales entre los enclaves dinámicos y el resto son notables. Si se compara el primer trimestre de 2026 con el primero de 2023 se observa que los sectores exportadores: agro, pesca, minería e hidrocarburos, acompañados por la intermediación financiera, crecieron casi el 30 por ciento, mientras que el resto de la economía se contrajo el 2,5 por ciento.
Estos números necesitan contextualizarse. El sector dinámico representa solo el 19 por ciento del PIB, el 7,7 por ciento de los puestos de trabajo y el 6,3 de los asalariados formales. Y un dato más. A pesar de haber crecido un significativo 30 por ciento, los enclaves no crearon empleo, sino que, maravillas de la productividad, lo destruyeron con un resultado neto de 9.800 puestos de trabajo formal menos.
Fuente:
https://www.eldestapeweb.com/opinion/auge-rentistas-miseria-trabajadores-2026812225448
