El desconcierto latinoamericano frente al (previsible) acoso de Donald Trump
La actual reconfiguración de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe bajo el segundo gobierno de Donald Trump se caracteriza por el avance de formas más crudas de dominación. En esta fase disruptiva, Washington recurre a sanciones, intervenciones y bilateralismos agresivos para reinstalar el control sobre su zona de influencia y frenar a potencias rivales, pero este impulso choca con un límite reputacional: el marcado cambio de ánimo de la opinión pública regional hacia EEUU.

Autores del artículo:
—Guadalupe González - Licenciada en Relaciones Internacionales por el Colegio de México y magíster en Sociología por la London School of Economics and Political Science. Se desempeña como investigadora y analista en el Colegio de México (COLMEX).
—Juan Gabriel Tokatlian - Sociólogo, con un doctorado en Relaciones Internacionales por la School of Advanced International Studies de la universidad Johns Hopkins en Washington, DC (Estados Unidos). Es profesor plenario del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella (Argentina), de la cual fue vicerrector.
Las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el Caribe atraviesan una de sus reconfiguraciones más significativas en décadas, al mismo tiempo que resucitan, bajo formas actualizadas, principios y prácticas que se creían anacrónicos, como la Doctrina Monroe. Se trata de un momento disruptivo, turbulento y sumamente incierto, en el que la preeminencia tradicional de eeuu cede paso a una lógica de aleccionamiento orientada a reinstalar de manera explícita su esfera de influencia, eje del movimiento maga (Make America Great Again) y del segundo gobierno de Donald Trump. La comunicación del Departamento de Estado tras la captura en Caracas de Nicolás Maduro en enero de 2026 fue inequívoca: «Este es nuestro hemisferio. Y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada». El mensaje, fatuo y sin ambigüedades, redefine la relación con la región en clave de seguridad y con el objetivo explícito de frenar y revertir la influencia de potencias rivales, en especial China. Este giro obliga a repensar las relaciones continentales ya no en términos de hegemonía sino de dominación, y a leer la nueva etapa como un ejercicio de poder más directo, coercitivo y jerárquico, que sofistica las herramientas convencionales del poder militar y económico con instrumentos del siglo xxi ligados a la inteligencia artificial, la digitalización y formas más performativas de la política exterior.
El concepto de hegemonía en las relaciones internacionales remite a la capacidad de un Estado para combinar sus diversos atributos de poder, y mediante la persuasión de manera preferente y la coerción de forma ocasional, asegurar su superioridad y predominio. Lo esencial del liderazgo efectivo radica en la aptitud del Estado y de su elite dirigente para lograr influencia y consentimiento sin recurrir de manera habitual a la amenaza ni al uso de la fuerza. Cuando, por el contrario, el acatamiento o la obediencia se buscan de forma persistente a través de la coacción, lo que se pone de manifiesto no es una vocación de conducción, sino un afán de dominación. El hegemón aspira a conducir; el dominador ambiciona sojuzgar. Mientras el primero despliega de manera destacada su soft power para atraer y suscitar adhesión, el segundo recurre de forma regular al hard power para imponer y someter.
De hegemonía a dominación: la disrupción y el bilateralismo como tácticas
América Latina y el Caribe asiste hoy, de manera llamativamente pasiva frente a anuncios, medidas, sanciones y acciones, al intento de dominación de Washington, sin que existan la disposición ni la capacidad necesarias para reconstruir una hegemonía como la de otros tiempos. La política exterior estadounidense hacia la región se aparta del guion liberal y la negligencia benigna de la Posguerra Fría, y reactualiza una visión estratégica intervencionista que hunde sus raíces en la diplomacia de las cañoneras y de la contención anticomunista. De ahí la sensación simultánea de ruptura y de déjà vu por la que atraviesa la relación. En este contexto, la región se ha convertido, como advertimos en abril de 2025, en un laboratorio de control y una arena de experimentación donde se ponen a prueba las prácticas de coerción y los alcances y límites de un renovado impulso por recuperar la primacía hemisférica frente a la competencia global, sin arriesgar demasiado ni incurrir en costos excesivos[1].
Asistimos, sin eufemismos, al inicio de una etapa de intervencionismo y arrogancia por parte de eeuu similar a otras anteriores, pero con rasgos distintivos. En esta oportunidad, para frenar la creciente proyección económica, tecnológica y diplomática de China en el área de influencia estadounidense. Aunque también hay que registrar que en la actualidad Washington sabe que no puede moldear el sistema internacional tal cual lo intentó a partir del final de la Guerra Fría: se clausuró hace ya unos años el «momento unipolar». Así, eeuu ensaya hoy la reafirmación de su proverbial esfera de influencia en Latinoamérica con cuatro propósitos interrelacionados: primero, restablecer la iniciativa estratégica y el trato económico ventajoso para las empresas estadounidenses en una región que décadas atrás conoció un debilitamiento de su hegemonía; segundo, evitar cualquier señal de vacilación en lo que históricamente fue concebido como su «patio trasero»; tercero, activar y desplegar recursos de poder duro (hard power), en particular aquellos vinculados al uso de la fuerza –presencia militar, ataques letales, sanciones unilaterales, deportaciones masivas, operaciones de inteligencia encubiertas y aranceles discrecionales– para asegurar su control en el área y un acceso preferente a recursos, sectores e infraestructura estratégicos; y, por último, emitir un mensaje geopolítico amplio y contundente, según el cual el éxito de Washington en esta parte del mundo confirmaría su disposición a hacer todo lo necesario para sostener, o al menos escenificar, una primacía hoy erosionada y disputada.
El registro de las acciones del primer año del segundo gobierno de Trump revela tres aspectos de esta mutación de hegemonía en dominación: un activismo inédito y persistente en América Latina y el Caribe, la mayor centralidad de la región desde los años 80 –compitiendo por momentos con Europa y Oriente Medio– y la aplicación diferenciada de tácticas de control y realineamiento, ya sea forzado o voluntario, mediante un sistema de castigos y recompensas contingentes, por la vía estrictamente bilateral. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 condensa con precisión las nuevas pautas, reordena prioridades regionales y articula una agenda soberanista que combina contención de China (principalmente) y Rusia (complementariamente), control migratorio, combate contra el narcotráfico y el terrorismo, preponderancia energética, autosuficiencia y reindustrialización. La transformación de la lógica estratégica estadounidense introduce reformas institucionales y burocráticas de gran calado tanto en la arquitectura militar y de defensa, con la creación del Comando del Hemisferio Occidental (West-Hemcom), como en el aparato diplomático, con el desmantelamiento de la Agencia de eeuu para el Desarollo Internacional (usaid) y el reordenamiento del Departamento de Estado. El evento más extremo de la nueva lógica de dominación es la operación militar unilateral llevada a cabo por el gobierno de Trump. En los primeros días de 2026, eeuu penetró en territorio venezolano con el objetivo de secuestrar al presidente Nicolás Maduro y someterlo a la justicia estadounidense. El episodio sienta un precedente peligroso, con profundas implicaciones políticas y normativas a escala regional y global, al erosionar consensos básicos sobre la soberanía estatal, la legalidad internacional, el debido proceso, la extraterritorialidad de la justicia, la defensa de la democracia, el uso legítimo de la fuerza y la identidad internacional de América Latina y el Caribe como zona de paz. Adicionalmente, Washington instauró un «experimento» inédito que combina descabezamiento presidencial sin cambio de régimen, apropiación unilateral de recursos petroleros, amenaza de potenciales nuevos ataques y convivencia temporal (de acuerdo con criterios personales del mandatario), sin énfasis en el valor de la democracia. Se trata de un modelo de tutela que pareciera oscilar, al menos en su concepción, entre un neoprotectorado impuesto y uno consentido sobre Venezuela. Habrá que ver cómo evoluciona este «experimento» singular y, por el momento, frágil y temerario.
La situación encierra una ironía difícil de pasar por alto: justo cuando en América Latina y el Caribe se multiplicaron durante años los diagnósticos sobre su creciente irrelevancia internacional –confundiendo pérdida de gravitación global con irrelevancia estratégica–, Washington vuelve a situar la región como prioritaria, aunque no en los términos que esta demandaba, sino estrictamente en función de sus intereses presentes. Sin duda, se trata de una revalorización asimétrica de la subordinación. No es la región la que «regresa» al mapa, sino eeuu quien reordena sus prioridades y vuelve a mirarla desde una lógica de seguridad, competencia geopolítica y comando. Otra vez, como en la Guerra Fría, reinstala la idea de «con nosotros o contra nosotros». La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump durante su segundo mandato es absolutamente transparente al respecto cuando afirma: «los países deben elegir si quieren vivir en un mundo liderado por eeuu (…) o en un mundo paralelo en el que están influenciados por países situados al otro lado del globo». Si antes fue explícitamente la Unión Soviética, ahora se trata tácitamente de China. Los múltiples costos políticos, económicos e institucionales que padeció América Latina durante la contienda entre Washington y Moscú fueron enormes, y la región no necesita una segunda Guerra Fría en momentos extremadamente complicados para ella y hondamente peligrosos para el mundo. En ese contexto restrictivo e incierto, el subcontinente enfrenta el desafío de eludir y gestionar las presiones constantes que lo colocan en situación de tener que elegir entre plegarse a las exigencias de Trump o afrontar la ira descontrolada del mandatario.
Sin embargo, la dinámica de control por intimidación o tutoría del actual liderazgo estadounidense tiene problemas de cálculo, contradicciones y limitaciones intrínsecas. Por un lado, la exageración de las amenazas y el uso recurrente del garrote pueden alejar a socios y aliados históricos en la región, como Colombia y México, o provocar escenarios de inestabilidad política, crisis económica y vacíos de poder, con efectos contraproducentes en materia migratoria y el combate contra el crimen organizado. La historia regional y global está plagada de casos en que el intervencionismo estadounidense no logra instaurar gobiernos clientelares estables ni aliados confiables. Por otra parte, el golpeteo comercial y la ausencia de incentivos reales en inversión y trato comercial preferencial impulsan la búsqueda de socios extrarregionales, ya sea Europa o países del Sur global. La reciente aprobación en Europa del esperado acuerdo comercial con el Mercado Común del Sur (Mercosur) abre una vía relevante para diversificar alianzas y contrarrestar la estrategia trumpista de reducir las opciones regionales a su preeminencia exclusiva. En este marco, la propia lógica del juego de dominación empuja a las partes subordinadas a buscar espacios y nichos para promover y proteger sus intereses dentro de la asimetría –ya sea mediante seguidismo, apaciguamiento, negociación, cooperación contingente, equidistancia o resistencia–, como estrategia para preservar y eventualmente ampliar los márgenes de maniobra.
Cabe advertir, sin embargo, que esa capacidad de agencia no es automática: exige condiciones políticas y liderazgos adecuados, sobre todo para articular la acción colectiva regional. Hoy eso resulta difícil en América Latina y el Caribe, al menos en el corto plazo, no solo por la activa promoción estadounidense del ascenso de derechas afines, sino por el efecto acumulado de años de déficit de diálogo sustantivo y de diplomacia personalista.
¿Cuál es la situación regional que encuentra Trump?
América Latina y el Caribe se hallan en tal grado de fragmentación, vacilación y descoordinación que la región ha ido horadando notablemente su condición de actor con capacidad de agencia, sin respuestas comunes ni concertadas. La pregunta relevante es: ¿cuáles son los leitmotivs de los gobiernos latinoamericanos y sus posicionamientos hacia eeuu? ¿Existen espacios y oportunidades para disputar el sentido, los alcances y las condiciones de esa lógica de dominación? Es posible identificar algunas líneas interpretativas para explicar el estado de indefensión colectiva de la región. A nuestro entender, estamos en presencia de una situación en la cual es imperativo analizar un amplio abanico de factores que agudizan la división interregional. Sin que esto sea un orden de prioridades o de prime-movers, nos parece importante destacar lo siguiente.
Un lugar común para explicar nuestras grietas y desencuentros es la ideología de los gobiernos, que establece la línea demarcatoria entre las variedades de ultraderecha y los llamados progresismos. Si en el primer grupo se identifican hoy ejemplos como el de Argentina, El Salvador y Ecuador, en el segundo se ubican Brasil, Colombia y México. Cabe mencionar que a la denominada «marea rosa» de comienzos de siglo –en general, bastante moderada– le siguió una oleada variopinta de derecha, con algunos casos claramente conservadores y otros, más escasos, radicalizados. Hoy avanza una marejada de extrema derecha que no parece fugaz. Indudablemente, las diferencias ideológicas inciden de manera notoria, pero no son las únicas determinantes de la palpable desunión. En los años 80, con las transiciones democráticas, y todavía a comienzos del siglo xxi, con el auge de los precios de los productos primarios, hubo experiencias político-partidistas diversas que, sin embargo, pudieron alcanzar convergencias relevantes: entre otras, la conformación del Grupo de Contadora (y su Grupo de Apoyo) en busca de una salida negociada a las múltiples crisis de América Central; el consenso para cuestionar la Ley Helms-Burton que reforzó el embargo a Cuba y que llevó, a pedido de los gobiernos del área, a que el Comité Jurídico Interamericano opinara sobre la ilegitimidad del principio de extraterritorialidad de esa legislación; la creación del Consejo de Defensa Suramericano en el marco de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), como respuesta al restablecimiento por eeuu de la Cuarta Flota, desactivada en 1950.
Existe también un severo problema que llamamos «darwinismo institucional», entendido como un proceso gradual de «vaciamiento regional». Los organismos existentes están paralizados, no se invocan o parecen desaparecidos sin que se hayan construido espacios que los sustituyan. Tradicionalmente, América Latina ha tenido una institucionalidad lábil. No obstante, estamos atravesando una nueva fase en la que casi nada tiende a convocar a la región, en términos minilaterales o multilaterales y con una voz propia. La Unasur colapsó; un sustituto parcial y endeble como el Consenso de Brasilia no despierta entusiasmo suficiente. El Foro para el Progreso de América del Sur (prosur), un espacio que desde la derecha pretendió reemplazar en 2019 a la Unasur, no pasó de ser un grupo de WhatsApp. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) fue rebajando su perfil –sobre todo, con la salida temporal de Brasil– y no alcanzó a relanzarse con fuerza, pues no hay forma de que sus resoluciones principales sean aprobadas por unanimidad. La Alianza del Pacífico (ap), integrada por Chile, Colombia, Perú y México, que tuvo su hora de alto perfil hace tres lustros, hoy no muestra signos de activismo. Más recientemente, la Comunidad del Caribe (Caricom) emitió un comunicado sobre la preservación del Caribe como zona de paz y no contó con el acompañamiento de Trinidad y Tobago. Por su parte, en el Mercosur, en una fase de estancamiento, la aprobación del acuerdo comercial con la Unión Europea, tras 25 años de negociaciones, podría aportar aire.
Ningún foro regional o interamericano abordó hasta la fecha la política de ejecuciones extrajudiciales que, a modo de masacre por goteo, aplica eeuu a lancheros en el Caribe y el Pacífico.
Es importante subrayar que, como ocurre en otros países y regiones, es cada día más evidente que en América Latina y el Caribe prima la política doméstica, ya sea electoral, partidista o personal. Es natural y comprensible que la política exterior busque un sutil balance entre el imperativo interno y la responsabilidad externa. Ahora bien, hoy tiende a predominar la racionalidad doméstica, a tal punto que algunos países están abandonando posturas históricas en materia internacional. Un caso emblemático es el de la Argentina de Javier Milei, que sigue los pasos de Trump y se ha alineado incondicionalmente con eeuu e Israel. También los cambios en las coaliciones gobernantes derivaron, en varios casos, en oscilaciones manifiestas en cuanto a posicionamientos intra y extrarregionales y sobre temas diversos. En ese vaivén, han ido perdiendo lugar el discurso y la práctica en torno de la cooperación y la integración, palabras casi en desuso en algunos países.
A lo anterior se suma, en varias naciones, un paulatino desmantelamiento de la diplomacia profesional y una preferencia por la diplomacia presidencial mediática. El personalismo, los recortes en capacidades de los servicios exteriores y el fortalecimiento de otras burocracias que restan autonomía y capacidades a las cancillerías han llevado a que los ministerios de Defensa y de Economía, por ejemplo, desplacen el foco decisorio. El avance que significó el lento enraizamiento de funcionarios de carrera en las cancillerías se ha frenado o incluso ha retrocedido, lo que deriva en un doble proceso que afecta la continuidad de líneas de acción en el frente internacional: la personalización y politización de los ministerios de Relaciones Exteriores. En los vínculos intrarregionales, ello ha abonado el terreno para una ideologización de la agenda que, a su turno, impone constreñimientos a la posibilidad de acordar y converger.
A lo largo y ancho de América Latina y el Caribe predominó por más de un siglo una suerte de Realpolitik de la periferia. Con matices de diferente orden, consistió en un trípode: defensa del derecho internacional, compromiso con el multilateralismo y fomento del regionalismo. Hoy esos pilares están resquebrajados. En los más recientes asuntos que han marcado las relaciones entre eeuu y la región en el primer año del segundo mandato de Trump, se han socavado normas, reglas y principios, ante el mutismo colectivo de latinoamericanos y caribeños. Acciones como la deportación masiva de personas, la imposición arbitraria de aranceles y el uso directo de la fuerza han violado tratados, convenciones y regímenes sin que la región recurriera, en conjunto o en un número amplio, a fuertes argumentos jurídicos existentes para ilegitimar las acciones del gobierno estadounidense. Eso prueba la envergadura de la fractura regional y la dificultad para recurrir al ámbito que los actores del área históricamente han invocado para frenar la arbitrariedad del poderoso: el derecho.
Además, es relevante subrayar el debilitamiento de la interdependencia económica entre los países de la región. En América Latina y el Caribe prevalece, al menos en la retórica, una alta valoración de la asociatividad. Pero esta no ha facilitado necesariamente una real integración. Varios elementos operan en desmedro de esta última: entre otros, (a) la vacilación política debido al lugar distinto que cada gobierno le ha otorgado a la integración; (b) la escasa disposición o capacidad innovadora de los empresariados; (c) la fragilidad social derivada de la débil participación de la ciudadanía en esos proyectos; (d) la insuficiencia infraestructural por la ausencia de una base física (puertos, fuentes de energía, etc.) y comunicativa (transporte, vías, etc.) acorde con la necesidad de intercambio comercial y contacto humano; (e) el bajo nivel de cumplimiento de los compromisos comerciales adquiridos; (f) la divergencia en las opciones estratégicas de política exterior y de defensa de los países; (g) los distanciamientos o tensiones geopolíticas entre las principales potencias regionales; (h) la insatisfacción de las naciones menores por los limitados beneficios logrados y por la persistencia de asimetrías no corregidas. Hace tiempo también que se han instalado otras tendencias que erosionan todavía más la posibilidad de abordar la reprimarización de las economías, los incentivos para expandir relaciones comerciales extrarregionales en detrimento del comercio intrarregional y los problemas de infraestructura, comunicación y conectividad en el área.
Por último, es fundamental ponderar el hecho de que las grandes potencias –eeuu (especialmente) y China (adicionalmente)– son fuerzas centrífugas para la región. De esa manera, hay escasos incentivos para actuar en conjunto. El actual bilateralismo agresivo de Washington y el bilateralismo comercial de Beijing profundizan esa dinámica, todo lo cual robustece la idea de alternativas individuales para los países del área; algo que, a su vez, conlleva a un juego de suma cero en el que termina predominando un gigantesco dilema del prisionero.
En breve, una conjunción de factores se yuxtapone para que América Latina y el Caribe se muestre perpleja y paralizada frente al vendaval coercitivo del gobierno de Trump. Inadvertidamente, eso contribuye a que la gestión republicana perciba que puede seguir adelante con exigencias, chantajes y abusos. Pero mientras eso acontece en relación con los gobiernos del área, ¿qué sucede con las sociedades?
El imaginario latinoamericano: dominación sin hegemonía, poder sin atracción
Toda hegemonía duradera requiere algo más que capacidad material. Antonio Gramsci insistía en que el poder estable no se sostiene únicamente en la coerción, sino en una combinación de fuerza y consentimiento que permite a un orden social presentarse como legítimo, natural y, en cierta medida, deseable. Desde esta perspectiva, la pregunta clave para el actual momento continental no es si eeuu conserva los medios para imponer condiciones en América Latina y el Caribe, sino si dispone todavía del capital simbólico necesario para transformar esa capacidad en una nueva hegemonía. Los estudios de opinión pública en América Latina sobre asuntos internacionales y, en particular, sobre la competencia global entre eeuu, China y la ue, indican que la era de la hegemonía estadounidense probablemente quedó atrás. A la luz de estos datos, el intento de reconfigurar el orden regional de forma asimétrica y coercitiva bajo la consigna de America First revela una brecha creciente y visible entre el poder estructural estadounidense y su legitimidad simbólica ante las sociedades latinoamericanas, una tensión que remite a la noción gramsciana de hegemonía, al concepto de soft power (poder blando) de Joseph S. Nye y al análisis de Pierre Bourdieu sobre el poder simbólico y los campos sociales. ¿Cómo evaluar la hegemonía a la luz de las encuestas? Analizando distintos indicadores sobre los sentimientos de los latinoamericanos hacia eeuu, sus actitudes sobre el impacto en el escenario mundial de las decisiones del gobierno de Trump y sus percepciones sobre las bases materiales y normativas de la influencia y el liderazgo estadounidense.
Según la reciente encuesta regional auspiciada en 2025 por Nueva Sociedad y la Fundación Friedrich Ebert y realizada por Latinobarómetro, el imaginario de las sociedades latinoamericanas hacia eeuu está atravesado por una constelación de emociones negativas que superan claramente a las positivas[3]. En conjunto, la desconfianza (30%), el miedo (8%) y el desprecio (8%) pesan más que la esperanza (19%), la seguridad (12%) o la admiración (10%). Desde una lectura gramsciana, este desequilibrio indica un colapso parcial del consentimiento: eeuu puede seguir ejerciendo poder, pero encuentra crecientes dificultades para hacerlo sin fricción social y cultural.

Nota: respuesta a la pregunta: «De las siguientes palabras, ¿cuál describe mejor sus sentimientos hacia EEUU?». Saldo neto = porcentaje de sentimientos positivos – porcentaje de sentimientos negativos. El saldo neto puede presentar un error de ±1% debido al redondeo de las cifras. Las barras pueden no sumar 100% debido al redondeo de las cifras. Fuente: FES, Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa», 2025.
Este déficit de hegemonía se vuelve aún más evidente cuando se examina el liderazgo personal de Trump (v. gráfico 2). Este aparece a la cabeza de los líderes mundiales en los que menos confían los latinoamericanos (25%) y supera ampliamente los niveles de desconfianza hacia figuras como Vladímir Putin (12%), Nicolás Maduro (5%) o Xi Jinping (5%). El dato es políticamente significativo: incluso líderes asociados al autoritarismo generan menos rechazo que el presidente de eeuu. En términos simbólicos, el problema no es solo la política estadounidense, sino la erosión de su autoridad moral y cultural. Es precisamente en este punto donde la noción de soft power de Nye adquiere relevancia como herramienta interpretativa útil para comprender el momento actual de las relaciones entre eeuu y América Latina y el Caribe. Para Nye, el poder no se reduce a la capacidad de coaccionar, sino que incluye la habilidad de atraer, persuadir y moldear preferencias ajenas. Vistos desde esta perspectiva, los datos de la encuesta revelan un agotamiento del poder blando estadounidense en la región. Se trata de un actor que genera miedo y desconfianza, que puede imponer condiciones y comportamientos, pero difícilmente puede liderar, moldear preferencias o producir adhesión: ejerce poder, pero no seduce; domina, pero no convence.

Nota: respuesta a la pregunta: «Dígame cuál es el líder mundial en el que usted confía menos». Fuente: FES, Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa», 2025.
Las percepciones latinoamericanas del impacto global de las políticas trumpistas confirman este diagnóstico (v. gráfico 3). 55% de los encuestados considera que las políticas internacionales de Trump tendrán un impacto negativo en el mundo, frente a solo 27% que anticipa efectos positivos. El saldo neto negativo (-28 puntos porcentuales) no es simplemente una evaluación crítica: es un indicador de que eeuu ya no logra presentarse como proveedor de orden, estabilidad o futuro compartido. En términos de Nye, se trata de poder sin atracción; en términos de Gramsci, de dominación sin hegemonía.

Nota: respuesta a la pregunta: «Por lo que sabe o ha escuchado, ¿cómo cree usted que será el impacto de las políticas que está implementando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el mundo?». Impacto neto = porcentaje de impactos muy positivos y positivos – porcentaje de impactos muy negativos y negativos. Fuente: FES, Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa», 2025.
Las variaciones nacionales refuerzan esta interpretación. En países estratégicamente centrales para la política estadounidense, como México (-65%), Guatemala (-49%), Costa Rica (-40%) y Colombia (-35%), el rechazo a la política exterior del proyecto maga es particularmente intenso. Estos países no solo están más expuestos a las políticas de Trump; también son los que experimentan con mayor claridad la asimetría estructural de la relación interamericana. La desaprobación no nace de la distancia, sino de la cercanía forzada. En contraste, países como Argentina (-13%), Bolivia (-14%) y Chile (-14%) presentan balances negativos más moderados, lo que sugiere una relación no tan directamente atravesada por la coerción cotidiana. El caso de Venezuela, con un balance ligeramente positivo (+1,5%), no contradice el argumento: refleja más bien cómo el conflicto interno puede reconfigurar la percepción del actor externo, incluso cuando ese actor ejerce presión severa.
Otros resultados de la misma encuesta evidencian el alto costo reputacional que ha tenido para eeuu el giro hacia un ejercicio del poder asentado en la coerción y la imposición bajo el proyecto maga del segundo mandato de Trump. Entre 2021 y 2025, la opinión favorable hacia eeuu cae de manera generalizada en la región, con un descenso promedio de 17 puntos porcentuales (v gráfico 4). Las caídas no son marginales y resultan más pronunciadas en países con vínculos históricos, económicos y políticos estrechos que han resentido con mayor intensidad los embates trumpistas, como Colombia (-29), Costa Rica (-25), Guatemala (-25) y México (-24). El deterioro alcanza también a socios sudamericanos relevantes como Chile (-14), Brasil (-11) y Uruguay (-25), lo que confirma un desgaste transversal del atractivo estadounidense.

Nota: respuesta a la pregunta «¿De cuál de los siguientes países tiene usted mejor opinión?». Variación 2021-2025 (Δ) = diferencia en puntos porcentuales entre 2025 y 2021. La variación puede tener un error de ±1% debido al redondeo de los porcentajes. Fuente: FES, Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa», 2025; Latinobarómetro, Nueva Sociedad y FES: «América Latina-Unión Europea: miradas, agendas y expectativas», 2021, disponible en https://data.nuso.org/es
Sin embargo, el déficit hegemónico estadounidense no se agota en el plano emocional o valorativo. Se proyecta también en la manera en que las sociedades latinoamericanas perciben la posición estructural de sus países en la competencia geopolítica global entre las grandes potencias, en particular entre eeuu y China (v. gráfico 5). Cuando se les pregunta si su país se ve forzado a tomar partido en esa disputa, casi la mitad de los encuestados a escala regional (49%) está de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación, lo que revela una percepción extendida de presión externa y margen de maniobra reducido. En contraste, 31% rechaza esa idea, lo que sugiere que una parte significativa de la región aún percibe espacios de autonomía y la posibilidad de sostener estrategias de no alineamiento y equidistancia.

Nota: reacción a la afirmación: «Su país se ve forzado a tomar partido en la competencia entre China y EEUU». Acuerdo neto: porcentaje de «muy de acuerdo» y «algo de acuerdo» – porcentaje de «muy en desacuerdo» y «algo en desacuerdo». El acuerdo neto puede presentar un error de ±1% debido al redondeo de las cifras. Las barras pueden no sumar 100% debido al redondeo de las cifras. Fuente: FES, Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa», 2025.
La sensación dominante no es de elección soberana, sino de condicionamiento estructural. Aquí resulta pertinente incorporar la mirada de Pierre Bourdieu. Para este autor, el poder simbólico opera precisamente cuando las estructuras objetivas se interiorizan como límites subjetivos de lo posible. La percepción de estar «obligados a tomar partido» no es solo una reacción política: es la interiorización de una posición subordinada en el campo internacional. Los países no solo enfrentan presiones externas: incorporan esas presiones como horizonte de expectativas. Este sentimiento de coerción geopolítica se manifiesta con mayor fuerza en Guatemala, Bolivia, Venezuela y México, donde la vulnerabilidad económica, la dependencia estratégica o la centralidad en la agenda estadounidense reducen los márgenes de maniobra. En estos casos, la competencia entre grandes potencias no se vive como oportunidad, sino como imposición. Por el contrario, en Costa Rica (19%), Colombia (13%) y Argentina (12%), la percepción de estar obligados a tomar partido es considerablemente menor, mientras que en Chile y Uruguay (1%) es prácticamente inexistente. Estos países exhiben una mayor distancia entre poder objetivo y percepción subjetiva de autonomía, lo que les permite amortiguar simbólicamente la presión estructural. El caso de Brasil es particularmente revelador. Es la única nación donde una pluralidad significativa (40%) no concuerda con que su país esté obligado a tomar partido, frente a poco más de un tercio que sostiene lo contrario. Esta diferencia, aunque estrecha, es teóricamente crucial. Brasil conserva no solo capacidades materiales, sino también lo que Bourdieu llamaría capital simbólico internacional: la percepción –interna y externa– de que puede actuar como sujeto relativamente autónomo en el campo global.
En conjunto, estos datos permiten afinar el argumento central: el intento trumpista de reconfiguración del orden interamericano contemporáneo se sostiene sobre una brecha creciente entre poder estructural y legitimidad simbólica. eeuu conserva recursos coercitivos suficientes para influir decisivamente en la región, pero ha perdido gran parte de su capacidad de atracción y de producción de consenso. Desde Gramsci, esto implica hegemonía fallida; desde Nye, soft power erosionado; desde Bourdieu, un campo internacional donde la dominación ya no logra naturalizarse plenamente. En este contexto, cualquier intento de «retorno» estadounidense a América Latina y el Caribe difícilmente podrá traducirse en credibilidad efectiva y liderazgo legítimo. Sin consentimiento, sin atracción y sin reconocimiento simbólico, la dominación tiende a volverse más visible, más costosa y, paradójicamente, más frágil.
A modo de conclusión
Este texto refleja varias brechas que, probablemente, presagien más inestabilidad política y menos colaboración institucional en las Américas. eeuu bajo un Trump acosador «regresa» a la región en momentos en que, en conjunto, América Latina y el Caribe atraviesa una suerte de nueva «década perdida», si se observan los datos agregados en materia social y económica y en cuanto a la violencia y la injusticia. El anunciado «corolario Trump» a la Doctrina Monroe es tanto anacrónico como amenazante: bajo esa premisa, la cooperación interamericana es una quimera. Un eeuu que parece deslizarse hacia el autoritarismo no solo deja de ser el presunto «faro de la democracia», sino que puede alentar una expansión autoritaria en la región. Una América Latina fragmentada y descoordinada refuerza la disgregación y desalienta la posibilidad de una voz medianamente unificada. No sería sorprendente que la división en el área conduzca al establecimiento de uno o más bloques en oposición; lo cual, sin duda, debilitará más a la región en cuanto a su posibilidad de actuar en conjunto frente a Washington en asuntos en los que los distintos intereses objetivamente pudieran coincidir.
A su turno, las posturas estadounidenses hacia la región no parecen encontrar eco en las sociedades, en especial, en la mirada que actualmente tienen sobre la potencia del Norte y su mandatario. Pero esta divergencia no pareciera incidir en las políticas de algunos gobiernos del área, al menos en el presente. Tampoco pareciera que estimula a que, a pesar de las diferencias ideológicas de las administraciones, los líderes procuren generar espacios de reflexión conjunta y posicionamiento común, en particular, respecto a Washington.
En consecuencia, atravesamos tiempos desconcertantes en América Latina y el Caribe ante un eeuu cada día más predecible. eeuu, para ser claros, nunca «se fue» de América Latina: siempre vuelve. Esta vez, con su peor rostro.
1.
Carlos A. Romero, Carlos Luján, G. González, J.G. Tokatlian y Monica Hirst: «Trump y América Latina y el Caribe: ¿un laboratorio de control?» en Nueva Sociedad edición digital, 4/2025, disponible en nuso.org.
2.
G. González, M. Hirst, C. Luján, C.A. Romero y J.G. Tokatlian: «Coyuntura crítica, transición de poder y vaciamiento latinoamericano» en Nueva Sociedad No 291, 1-2/2021, disponible en nuso.org.
3.
Fundación Friedrich Ebert (FES), Nueva Sociedad, Grupo Diálogo y Paz y Latinobarómetro: «Encuesta sobre las relaciones entre América Latina y Europa». La encuesta se realizó entre el 3 de octubre y el 18 de noviembre de 2025; se entrevistó una muestra por cuotas de 1.200 personas representativa de la población nacional de 18 años y más, con educación media completa o superior, a través de un panel wapi (entrevista personal asistida por la web), en los siguientes países de América Latina: Argentina, Chile, Brasil, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Guatemala, México, Uruguay y Venezuela.
Fuente:
https://www.movimientoalternativa.com.ar/politica-internacional/
