Elecciones en Israel: Netanyahu pone en juego su futuro, pero no su legado político

22.08.2026
eldestapeweb.com/
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Tras tres décadas de gravitación de Benjamín Netanyahu, Israel se encamina a unas elecciones marcadas por el avance de la extrema derecha, la falta de alternativas políticas frente a la ocupación y una guerra que sigue condicionando la vida en Gaza y Cisjordania.


Por DACIL LANZA  

Treinta años de gravitación de Benjamín Netanyahu en la política israelí podrían estar llegando a su fin en las próximas elecciones de octubre. O no. Su capacidad de reinvención en estas tres décadas no es para subestimar. En cualquier caso, uno de sus principales legados es irreversible: el desplazamiento del espectro político hacia la extrema derecha. El país está en una dinámica que no ofrece alternativas reales a "Bibi", ya que la figura de Gadi Eisenkot -quien se perfila como el principal rival opositor- se diferencia muy poco del líder del Likud. Los matices son en el plano interno, pero no respecto al elefante en la habitación: el conflicto con los palestinos. Quien sea que resulte electo se encamina más a fijar "hechos consumados en el terreno" que a cuestionarlos: por un lado, institucionalizar la ocupación y la anexión de Cisjordania -o al menos no revertir ni una coma-; por el otro, contraponer una opción "israelí" frente a los planes de la diplomacia estadounidense para Gaza.

Aunque ningún proceso social es monocausal, Netanyahu fue el actor determinante en esta inclinación del arco político. Hoy, la contienda electoral de cara a octubre, donde se define el nuevo Gobierno, no se resuelve en el centro, sino al interior de los sectores nacionalistas, religiosos e incluso mesiánicos. Mientras en Cisjordania, con la violencia de los colonos y el crecimiento de la segregación, se incuba un malestar creciente, y en el enclave palestino con costa al Mediterráneo se evidencia el fracaso total de la falta de política de Netanyahu, quien solo apeló al uso de la fuerza. Desde Israel, Mario Sznajder, doctor en Ciencia Política, y desde Gaza, el fotógrafo Fadel Mghari dialogaron con El Destape sobre sus perspectivas desde el terreno.

Un sistema "perverso" y paralizado

La pregunta que se impone en esta previa electoral es por qué las opciones que hay sobre la mesa no sólo no logran una alternativa real de paz con los palestinos, sino que ni siquiera pretenden conformar una alianza con los sectores árabes de la Knesset, el parlamento de Israel, para formar gobierno.

"Hoy, debido al sistema electoral, ni el bloque de Netanyahu ni la oposición tienen la capacidad de formar un gobierno por sí solos. Necesitan 61 diputados y ninguno llega. En el medio hay entre 10 y 15 escaños de los partidos árabes. Y tanto el bloque de Netanyahu -que es fuertemente antiárabe-, como la oposición -que quiere mantener el sionismo como bandera- dicen que no van a hacer una coalición con ellos", explicó Mario Sznajder, doctor en Ciencia Política, en diálogo con El Destape desde Israel.

Entonces, el tablero electoral se paraliza por una suerte de veto a la población árabe, palestinos que en su mayoría quedaron dentro de la frontera de Israel después de 1948 y que tienen ciudadanía israelí. "Los árabes son el 20% de la población de Israel. Tendrían teóricamente que tener acceso al gobierno igual que cualquier otro partido. Pero hay un juego entre la derecha extrema de Netanyahu y un centroizquierda que no quiere perder votos comprometiéndose con la representación árabe. Es un juego bastante perverso".

Y si los dos candidatos con chances de formar gobierno, Netanyahu y Eisenkot, no hacen coalición con las fuerzas árabes, los otros sectores con escaños a los que miran son aún más radicales del Likud bajo la égida de Netanyahu. Además, al estar los partidos grandes tan achicados, los socios minoritarios le exigen cualquier precio al líder por estar en la coalición, y eso extrema todas las posiciones.

Así que para gobernar, terminan tomando partidos muy extremos, como los religiosos nacionalistas y los mesiánicos. Sznajder menciona el caso de los partidos Poder Judío liderado por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, y Sionismo Religioso, del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich. Ambos son líderes del movimiento nacional colono que ocupa territorios palestinos como Cisjordania y Jerusalén Este.

Al consultar al politólogo si tras casi tres años de guerra, la sociedad israelí no percibe esto como un fracaso de Netanyahu, respondió: "Los seguidores del Likud aceptan todo lo que él dice desde una posición casi religiosa. Bibi habló de la 'victoria total', de liquidar a Hamás, a Hezbolá y a Irán. Resulta que no: tres años después, con un país agotado, miles de muertos, heridos y gente con shock de guerra, los resultados son absolutamente inconclusos. Hamás se está reestructurando en las zonas donde no están las tropas. Estamos más o menos en lo mismo que antes del 7 de octubre".

A esto se suma el enfrentamiento con varios actores del vecindario, incluso Turquía, y el no tener un horizonte cercano de reconocimiento con Arabia Saudita. Además de la incertidumbre de cuál es el estado real en que quedó Irán después de meses de guerra que aún parece lejos de terminar.

La cotidianeidad bajo el fuego

Mientras en Israel se especula con los escaños parlamentarios de octubre, en la Franja de Gaza la política no se mide en discursos, sino en una guerra de "baja" intensidad más que un supuesto cese al fuego y la imposibilidad absoluta de proyectar un futuro.

Al consultarle a Fadel Mghari, periodista audiovisual en Gaza, cómo se vive hoy en el enclave, desde Al-Breij, ubicada en el centro de la Franja, comentó: "Acá no hay nada nuevo, salvo que continúan los bombardeos de artillería cerca de nosotros. Ahora mismo se oye la artillería en la zona vecina. La vida aquí es extraña, a veces regular, a veces insoportable. Las noticias que llegan de Israel son falsas: ellos no quieren la paz. Lo único que quieren es que continúe la guerra, la hambruna, la crisis del agua y los bombardeos. Todo esto es para obligarnos a morir o a irnos para que ellos puedan instalarse."

Fadel, cada vez que se le menciona la palabra futuro parece entrar en cortocircuito. "Esa pregunta está prohibida en Gaza", aplicó y agregó: "Ya no hay espacio para pensar más allá de un solo día. Hace un tiempo pensé en casarme, pero tengo 35 años y sigo soltero. Empecé a calcular el costo, dónde vivir... y me reí hacia adentro. Pensé: '¿Sos tonto por ponerte a calcular eso ahora?'. Acá no hay lugar para los sueños".

Al repreguntarle entonces en qué piensa, dijo: "Caminamos sobre lo que existe y dejamos el mañana en manos de lo desconocido. Antes soñaba con comprar equipo fotográfico para trabajar, pero hoy es imposible: el equipo cuesta decenas de dólares más que antes y la vida acá es absurdamente cara, como si viviéramos en Las Vegas".

La violencia de los colonos integrada a la política de Estado

La impunidad y el estancamiento que cuenta Fadel en Gaza tienen también su correlato en Cisjordania. La ocupación de este territorio palestino -donde conviven 3 millones de palestinos con cerca de 500.000 colonos israelíes- dejó de ser una medida defensiva para convertirse en una política agresiva de anexión formal encabezada por ministros como Bezalel Smotrich, que además de liderar la cartera de Finanzas, se encarga de la Administración Civil de esos territorios; e Itamar Ben Gvir.

Los lectores podrán pensar que no hay nada nuevo bajo el sol, o que no se puede estar peor en un lugar así. Pero como señaló este año la organización israelí Peace Now, que mapea y analiza desde hace años los asentamientos de colonos en Cisjordania y Jerusalén Este, la política israelí pasó "de la expansión gradual" de la ocupación, iniciada en 1967, a la "aceleración institucionalizada".

Y un caso testigo de esta escalada lo vivió en estos días la localidad de Qusra, en el centro de Cisjordania. Ahí, colonos judíos radicales cercaron a familias palestinas en su propio territorio, en viviendas como la de Loui Ridi, ciudadano palestino-estadounidense.

Janira Gómez Muñoz, periodista española en Cisjordania, lo relató de cerca: "El primer día de esta violencia, los soldados en vez de arrestar a los colonos rezaron y bebieron con ellos. Para los palestinos, Ejército y colonos son dos caras de una misma moneda. No solo los escoltan en sus ataques, sino que hay colonos que también están alistados o son reservistas, llevan uniforme y tienen armas más sofisticadas. Así se explica que el Ejército más fuerte de Medio Oriente no haya sacado a un puñado de jóvenes".

Y agregó: "El nivel de apoyo que reciben es inédito. Nunca hubo tantos ministros que además sean colonos y que les hayan transferido tanto dinero, vehículos y protección".

Esta simbiosis entre tropas regulares y una suerte de grupos paramilitares de colonos no es nada nueva, pero parte de la reciente aceleración podría responder al temor de la extrema derecha y de los sectores mesiánicos de perder peso en las elecciones de octubre. Por eso, aceleran las incautaciones de tierras en la Zona B (bajo administración civil palestina), buscando consolidar un mapa irreversible antes del recambio legislativo. De todas formas, como se dijo, ninguna de las opciones plantea modelos alternativos para la ocupación. De hecho, el único que se perfila para hacerle sombra a Netanyahu, el opositor Eisenkot, no será una ruptura con la lógica de la ocupación y ni siquiera cree en la solución de dos estados.

De todas formas, desde el interior de Israel leen diferencias entre Netanyahu y Eisenkot que no son menores para la política local. "Históricamente no hay en casi ningún partido israelí -fuera de las agrupaciones árabes o el Partido Comunista- una disposición real al establecimiento de un Estado palestino. La gran diferencia no es esa, sino que la oposición entiende algo que el gobierno actual ignora: que no se puede usar políticamente al Ejército. Entienden que el ejército gana las batallas y luego el gobierno debe decidir qué hacer políticamente con esos triunfos."

Pero con el actual Gobierno -no sólo, pero principalmente- Netanyahu quiere hacer transformaciones políticas a través de la fuerza y sin estrategia. Sznajder introdujo otro componente y es que "hoy la percepción en gran parte de la población de Israel es que hay que hacer lo que dice Washington, pero Estados Unidos tiene su propia agenda y sus propios intereses, que no siempre coinciden con los de Israel. Por ejemplo, la gran promesa política para la región era la normalización con Arabia Saudita. Eso quedó en la nada porque Riad exige como condición la creación de un Estado palestino, algo que la clase política israelí en su conjunto rechaza abordar".

El desplazamiento del eje ideológico en Israel clausura el margen para acuerdos de paz o soluciones diplomáticas de fondo. Con un electorado volcado hacia posturas de mano dura, una oposición militarista que asume el lenguaje nacionalista y una extrema derecha que dicta la agenda territorial, las elecciones de octubre no prometen un cambio de rumbo. Como advierte Fadel desde Gaza, la estrategia política en el terreno parece reducirse a una constante: "que siga la guerra y la crisis para que no quede más opción que irse o morir". Independientemente de quién ocupe el despacho del Primer Ministro tras los comicios, la política israelí parece haber consolidado un consenso donde la ocupación ya no se discute: solo se gestiona.

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