El triunfo de Lula es la derrota de la Casa Blanca

Por Daniel Kersffeld
Cuando parecía que el fin de ciclo se cernía sobre el Partido de los Trabajadores y la izquierda, la reelección de Lula da Silva para un nuevo mandato presidencial se encargó de poner un freno al embate arrollador de la ultraderecha en Brasil, pero también en América Latina.
Pese a su inevitable desgaste, el gobierno brasileño consiguió triunfar en una breve pero intensísima campaña de poco más de dos semanas: la clave fundamental fue recuperar el pasado para situarlo en diálogo con una propuesta de futuro y, de ese modo, encubrir las falencias del presente que, de modo imprevisible, asomaron en la frustrante elección del pasado 4 de octubre.
Si en aquella oportunidad, en la dialéctica entre movilización y statu quo, la mayoría de los votantes identificó a la izquierda con el establishment y a la derecha con la confrontación contra el poder, el balotaje brindó una nueva oportunidad para situar a la izquierda en el justo lugar que le corresponde, ya sin distorsiones: como salvaguarda de la democracia y de las conquistas políticas, sociales y económicas alcanzadas en estas últimas décadas por la sociedad brasileña.
Lula fue capaz de resumir el espíritu de la protesta social y de la reivindicación de los trabajadores de los tiempos fundacionales del PT, con el progreso económico y la lucha contra la pobreza como elementos centrales que moldearon la conciencia política y la memoria histórica de los sectores postergados del país. De igual modo, el partido de gobierno asumió una vez más su condición de garante de la democracia y del respeto a los derechos humanos frente al bolsonarismo, interpretado como continuación en el presente de las dictaduras y regímenes militares del pasado, al que había que impedir a toda costa su regreso al poder, denunciando su corrupción intrínseca, sus peligrosos contactos internacionales y, especialmente, su falsa vocación cívica y democrática.
Como ocurrió en otras elecciones en la región, la brasileña se reveló como una sociedad dividida cuyas dos fracciones resultan antagónicas no solo en cuanto a sus favoritismos partidarios, sino también con relación a su propia comprensión de la política y, especialmente, a sus divergentes proyectos colectivos. De ahí que el escenario político para el próximo gobierno será conflictivo, sobre todo después del predominio alcanzado por las distintas vertientes de la derecha en la primera vuelta del 4 de octubre.
Atrincherado en el Poder Ejecutivo, el PT deberá convivir con una mayoría parlamentaria, gobiernos y delegaciones estatales de derecha y con un Senado que no solo intentará contener el impulso reformista de la presidencia, sino que, como principal reducto del bolsonarismo, operará como el verdadero motor de la política conservadora, reactivo a los posibles cambios a implementarse desde el poder. No solo eso: la nueva mayoría senatorial construida con la ultraderecha como principal articulador podrá incidir en la conformación de la cúpula del poder judicial; promover una amnistía para el expresidente Jair Bolsonaro, condenado por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023; e, incluso, convocar a una nueva reforma constitucional.
Con toda la legitimidad ganada en este balotaje, la administración de Lula deberá confrontar a los bloques de poder enquistados en estas instituciones de gobierno para hacer trabajar una maquinaria estatal que operará bajo el riesgo de la paralización o, incluso, del sabotaje interno.
Sin embargo, el principal sostén de la oposición no estará en Brasil, sino en el corazón mismo del imperio. Donald Trump hizo mucho para que la ultraderecha triunfara gracias a su amplia capacidad de maniobra y de manipulación a nivel internacional; a partir de una política exterior basada en extorsiones y favoritismos y que se tradujo en una extenuante guerra comercial; debido a su enorme influencia política y electoral, claramente injerencista; y desde su aparente inagotabilidad como fuente de recursos en una extenuante campaña de desestabilización que tuvo su inicio desde el mismo regreso del viejo caudillo a la Casa Blanca.
La vocación de Estados Unidos por tanto dispendio y generosidad estuvo más que justificada, ya que el retorno del clan Bolsonaro al Palacio de Planalto implicaba la apertura indiscriminada de la economía brasileña, el alineamiento directo e irrestricto con Washington y un bloqueo creciente hacia rivales y competidores, principalmente China, aunque también otros proyectos que alienten la conformación de un nuevo sistema multipolar, con los BRICS en primer lugar. Desde la Casa Blanca no hubo dudas de que, por sus dimensiones, el triunfo de la ultraderecha en Brasil implicaba un giro en las relaciones internacionales de buena parte del planeta y, sobre todo, del sur global.
Con todos estos antecedentes, constituye un error suponer que la derrota de Flavio Bolsonaro implicará, necesariamente, el reconocimiento por parte de Trump de la autonomía política y la soberanía económica defendidas por el gobierno de Lula da Silva. Y no sería extraño que una derrota republicana en las próximas elecciones de medio término del 3 de noviembre aliente una política exterior mucho más agresiva por parte de una administración golpeada en el plano interno.
Para Washington, convertir a Brasil en el punto culminante de su "Doctrina Donroe" de expansionismo regional tiene todavía una máxima prioridad, más aún frente a las previsiones para los próximos años. El informe "Perspectivas de la Economía Mundial", presentado en este mes de octubre por el FMI, proyecta que, como ya ocurrió en 2017, Brasil será la octava economía más grande en 2027, con un valor de casi 3 billones de dólares, superando a Italia y Rusia en un salto de un solo año desde su actual décima posición. Uno entre tantos motivos que hace que aún hoy Brasil sea una de las piezas más codiciadas por Washington dentro del tablero geopolítico global.
Como lo reveló la intromisión de Meta en la actual disputa electoral, sesgando, tergiversando y ocultando información clave para la campaña electoral del PT, la disputa del gobierno de Lula no se ciñe solo a la Casa Blanca, sino que abarca también a distintos actores políticos junto con compañías con extensa influencia internacional. Se trata de un complejo entramado empresarial, cohesionado y direccionado desde Washington, que atraviesa áreas que van desde la Inteligencia Artificial, al manejo de las redes sociales, el control del aparato financiero, el desarrollo de la industria de la defensa y, sobre todo, la extracción de petróleo, gas y recursos estratégicos.
El objetivo de Washington continúa siendo la intervención directa en sitios estratégicos de Brasil, por sus riquezas y por sus recursos naturales; más aún, si se toma en cuenta que se trata del mayor productor de petróleo de Latinoamérica, con evidentes derivaciones geopolíticas. A lo largo de este año, los principales compradores han sido China e India, en tanto que la empresa Petrobras, mayoritariamente estatal, registró una utilidad neta de más de 10 mil millones de dólares, una de las ganancias más altas en la historia de la compañía. Estados Unidos y sus aliados no solo desean el petróleo de Brasil: también buscan limitar su venta a los países de los BRICS.
Más allá del petróleo, el mayor tesoro quizás sean los minerales críticos, fundamentales para la industria de la defensa y la tecnología de vanguardia, y que en Brasil están presentes como la segunda mayor reserva a nivel mundial. La creciente asociación comercial con China, donde están los principales yacimientos de este recurso estratégico, y los planteos soberanistas del gobierno del PT frente a las incesantes demandas de Estados Unidos, no han hecho sino exasperar a la Casa Blanca, que busca con urgencia ampliar sus cadenas globales de suministro, tanto mediante alianzas empresariales como con la colaboración de gobiernos aliados.
El nuevo mandato de Lula seguramente impedirá sumar a Brasil al Proyecto Vault, la reserva estratégica estadounidense de minerales críticos, y de convertir al país en una pieza clave del nuevo diseño geopolítico global conocido como "Pax Silica", orientado a la generación de Inteligencia Artificial. Pero eso no evitará las renovadas presiones de Trump y la intensificación de la guerra arancelaria a favor de la Casa Blanca y de sus principales socios, las empresas tecnológicas y las plataformas financieras. El intento de invalidar la segunda vuelta por parte de Flavio Bolsonaro es solo el comienzo de una operación que seguramente se intensificará en las próximas semanas con apoyo directo desde Washington y de distintas corporaciones aliadas.
Hoy la reelección de Lula demostró que la voluntad popular y, sobre todo, una política real de defensa de la soberanía, pueden actuar como un freno ante la embestida de la ultraderecha global. Y no cabe duda de que el éxito del PT y de la izquierda brasileña resultan inspiradores para seguir fortaleciendo a la oposición contra el trumpismo, pero, todavía más, a quienes cotidianamente se enfrentan contra aquellos regímenes latinoamericanos dependientes, serviles y lacayunos.
Fuente:
https://www.pagina12.com.ar/2026/10/27/el-triunfo-de-lula-es-la-derrota-de-la-casa-blanca/
