Europa como un fiel espejo del Estado de bienestar

Por: Matías Morales
Desde España
Todo comenzó con el primer ministro de Francia, Sébastien Lecornu, anunciando un ajuste fiscal de 54.000 millones de euros con el objetivo de contener una deuda pública que alcanza el 119% del PIB. Esa fue la chispa que encendió el incendio.
Los estudiantes fueron los primeros en salir a las calles para denunciar el deterioro del sistema educativo, marcado por el hacinamiento en las aulas, la falta de profesores y los sueldos bajos.
Días después se sumaron los sindicatos, en protesta por el drástico aumento del costo de vida. Y más tarde fueron los «chalecos amarillos», que regresaron para oponerse a las políticas económicas del presidente Emmanuel Macron. Y a las protestas se sumó el sector agrícola, que mantiene su malestar por el polémico acuerdo con el Mercosur y los altos costos de producción.
Por supuesto que el conflicto no se frenó ahí. A la mecha francesa se le fueron sumando otros Estados europeos: España y Portugal, con acampadas contra la crisis de la vivienda. Y en países como Albania, con universitarios en pie de lucha contra la corrupción gubernamental. También en Italia, cuyas ciudades del norte se movilizaron por la inflación, los bajos salarios y la precariedad de la educación. Y ni qué decir en Grecia, con masivas manifestaciones en unas 50 ciudades por el alza descontrolada de los alquileres en zonas turísticas. Otro de los países que se sumaron a la particular lista fue Bélgica, en su caso, con marchas que se generaron en rechazo a los recortes anunciados en el gasto público.
Una crisis anunciada
Más allá de los reclamos puntuales, el denominador común es la crisis del estado de bienestar en el continente. Un fenómeno gestado, entre otras cosas, por la pérdida de competitividad global y la necesidad de cerrar el paraguas de seguridad estadounidense para comenzar a financiar la defensa propia.
Asimismo, la falta de respuestas estatales deriva en un profundo y creciente desencanto con el sistema, lo que pavimenta el ascenso de alternativas radicales. Por ejemplo, la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD)gana terreno rápidamente tras imponerse en varias regiones, mientras que en España, Vox acecha la posibilidad de entrar al Ejecutivo ante una eventual victoria del Partido Popular. Y en Francia, la controversial candidata de Agrupación Nacional, Marine Le Pen, lidera la intención de voto de cara a las elecciones en el país del próximo año.
La sociedad rechaza reformas cosméticas de tinte gatopardista y reclama un giro radical.
Este escenario de caos e incertidumbre empeora ante la complicidad de gobiernos que ignoran los reclamos de fondo. Su única respuesta ha sido la vía punitiva, a la espera de que las movilizaciones vayan menguando y que la juventud europea renuncie a la aspiración de vivir como lo hicieron sus padres, descartando la posibilidad de emanciparse y construir un proyecto de vida.
En 2011, cuando Europa también recurría a duras recetas de austeridad fiscal frente a la crisis financiera, Cristina Fernández de Kirchner advirtió en Francia que, cuando la gente viera que la democracia no le garantizaba trabajo, progreso, salud o una vivienda, comenzaría a cuestionar los fundamentos del sistema político, favoreciendo el surgimiento de opciones totalitarias.
Más allá de los miedos de Bruselas sobre supuestas amenazas externas, el verdadero peligro para la seguridad del Viejo Continente no viene de fuera, sino concretamente del vaciamiento de sus conquistas sociales.
Una juventud atrapada entre un alquiler inaccesible y una educación en decadencia es una juventud expulsada del pacto democrático, y podría contemplar otras opciones.
Mientras los gobiernos se centren en la gestión de crisis para silenciar el malestar en lugar de escuchar las demandas, ninguna solución será definitiva.
Fuente:
https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/europa-como-un-fiel-espejo-del-estado-de-bienestar/
