Gane quien gane el sionismo seguirá: Israel votó entre dos bloques que coinciden en perpetuar la ocupación palestina

Con una elección ajustada y una fuerte participación de la población árabe, pese a las trabas y las denuncias de intimidación, Israel define su próximo gobierno. Al momento, Netanyahu estaría conservando una gran cantidad de votos pero menos que la oposición. Pero advertimos que las principales fuerzas que disputan el poder comparten el rechazo a la creación de un Estado palestino soberano y retirarse de Gaza y Cisjordania. Las diferencias pasan por la conducción política, la estrategia militar y los métodos para sostener el dominio israelí. Por ANRed
Las elecciones legislativas de Israel se desarrollan este martes 27 de octubre en un escenario de fuerte polarización, con Benjamin Netanyahu buscando conservar el poder y el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot encabezando la principal alternativa. Pero detrás de la disputa por el gobierno hay un consenso que atraviesa a buena parte del arco político israelí: la negativa a reconocer la autodeterminación palestina y a poner fin a la ocupación de los territorios palestinos.
La participación de la población árabe israelí, mayoritariamente de origen palestino, adquirió un peso central en la jornada hasta el momento con un incremento del 80%, las mas altas desde 1965. Las largas filas en localidades árabes contrastaron con la campaña de Netanyahu, que presentó la concurrencia a las urnas como una amenaza política y advirtió sobre la posibilidad de que los partidos árabes adquirieran influencia en el próximo gobierno. Estas declaraciones fueron denunciadas como racistas e intimidatorias. También hubo controversias por los intentos de excluir a representantes políticos árabes, mientras referentes de la ultraderecha pudieron competir pese a sus declaraciones contra la población palestina.
La participación árabe podría incidir en la distribución de escaños y en las negociaciones para formar una coalición, aunque el bloque opositor también mantiene límites explícitos a una alianza con los partidos árabes. La disputa electoral, por lo tanto, no equivale necesariamente a una disputa sobre el fin de la ocupación.
Dos bloques, un mismo rechazo a la soberanía palestina
Benjamin Netanyahu, líder del Likud, representa la continuidad de un proyecto nacionalista y religioso que profundizó la expansión de los asentamientos en Cisjordania, reforzó el control militar sobre los territorios ocupados y rechazó abiertamente la creación de un Estado palestino. Durante la invasión contra Gaza, su gobierno sostuvo una ofensiva que provocó una destrucción masiva, desplazamientos de población y decenas de miles de muertes palestinas. Una comisión de investigación de Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio en Gaza, una calificación que el gobierno israelí rechaza.
La alternativa encabezada por Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, cuestiona aspectos de la conducción de Netanyahu, pero no plantea una ruptura con los pilares de la política hacia Palestina. Eisenkot también rechazó la solución de dos Estados y cuestionó la idea de un Estado palestino. Su discurso pone mayor énfasis en la seguridad, la capacidad militar y la necesidad de una conducción política y estratégica diferente.
Las coincidencias no son menores. Ninguno de los dos principales referentes propone una retirada integral de los territorios ocupados, el desmantelamiento general de los asentamientos o un acuerdo que garantice la soberanía palestina. Tampoco existe, en el centro de sus propuestas, un compromiso claro con la reparación de la destrucción causada en Gaza y con el reconocimiento de los derechos nacionales palestinos.
En Gaza, la diferencia entre ambos sectores se expresa principalmente en cómo administrar la guerra, qué hacer con Hamás y cómo garantizar el control territorial y la seguridad de Israel. En Cisjordania, el rechazo compartido a la creación de un Estado palestino deja abierta la continuidad de la ocupación militar, la expansión de los asentamientos y las restricciones a la población palestina.
Esto no significa que ambos bloques sean idénticos. Netanyahu depende de una coalición que incluye fuerzas religiosas y ultranacionalistas que promueven la anexión, la expansión territorial y, en algunos casos, el desplazamiento de la población palestina. Eisenkot representa una alternativa con otra composición política y mayores diferencias respecto de la gestión del gobierno, la institucionalidad y la conducción militar. Pero esas diferencias no se traducen, por ahora, en una propuesta de descolonización ni en el reconocimiento efectivo de la soberanía palestina.
El sionismo como proyecto político colonial
Para comprender estas coincidencias es necesario analizar el sionismo no solamente como un movimiento histórico vinculado a la búsqueda de seguridad y autodeterminación del pueblo judío, sino también como una corriente política expansionista y colonizadora que, en su vertiente dominante dentro del Estado israelí, ha impulsado un proyecto de control territorial y de limpieza etnica sobre Palestina. El sionismo no es una corriente homogénea: existen tradiciones judías y sionistas con posiciones diferentes, incluso críticas de la ocupación. Sin embargo, la crítica anticolonial apunta a las consecuencias concretas del sionismo estatal y de sus expresiones nacionalistas y expansionistas, aunque su expresión es muy minoritaria.
Desde esta perspectiva, el carácter colonial del proyecto se expresa en la apropiación de tierras, la colonización mediante asentamientos, el desplazamiento de la población palestina y la construcción de un sistema que otorga derechos y posibilidades diferentes según la pertenencia nacional. La Nakba de 1948, cuando cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares durante la creación de Israel, constituye un antecedente central de esta historia. La negativa al retorno de los refugiados y la continuidad de la expansión territorial muestran que el conflicto no puede reducirse a una disputa religiosa ni a una sucesión de enfrentamientos militares.
En Cisjordania, los asentamientos israelíes y las restricciones a la circulación fragmentan el territorio palestino. En Jerusalén Este, las políticas de ocupación y desplazamiento constante amenazan la permanencia de comunidades palestinas. En Gaza, la destrucción de viviendas e infraestructura y los desplazamientos masivos han profundizado una catástrofe humanitaria que sin dudas es un genocidio. La continuidad de estas políticas, bajo gobiernos de distintas orientaciones, permite analizar la ocupación como una estructura de dominación que excede a un solo primer ministro.
Criticar el sionismo como proyecto político colonial no significa responsabilizar colectivamente a las personas judías ni cuestionar sus derechos como pueblo. Significa discutir un orden estatal y territorial que subordina los derechos nacionales palestinos, incluso su supervivencia.
Un arco político desplazado hacia la derecha
El mapa electoral israelí muestra un desplazamiento sostenido hacia posiciones nacionalistas y militaristas. La ultraderecha que integra el gobierno de Netanyahu, con figuras como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, defiende abiertamente la expansión de los asentamientos, la anexión de territorios y distintas formas de desplazamiento de la población palestina. Sus posiciones no son marginales: participan del gobierno, influyen en las políticas públicas y condicionan el debate electoral.
Pero el problema no se agota en esa ultraderecha. El rechazo a la soberanía palestina atraviesa también a sectores que se presentan como centristas o como una alternativa institucional a Netanyahu. La negativa de Eisenkot a la solución de dos Estados constituye una expresión concreta de ese consenso. Mientras la disputa interna se concentra en la gestión de la guerra, la seguridad, la justicia y la formación de coaliciones, los derechos nacionales palestinos quedan relegados.
El espectro político israelí como ultraderechista es hegemonico pero sería preciso mencionar la existencia de fuerzas árabes, judías y de izquierda que cuestionan la ocupación, la discriminación y la guerra. Pero el centro de gravedad parlamentario se ha desplazado hacia la derecha y las principales alternativas con posibilidades de gobernar no ofrecen, hasta ahora, una salida que garantice la autodeterminación palestina.
La continuidad del respaldo político y militar a la ofensiva contra Gaza, así como la persistencia de la ocupación y la expansión de los asentamientos, permite señalar que el consenso dominante ha sostenido políticas denunciadas internacionalmente como crímenes de guerra y, en el caso de Gaza, como genocidio. La responsabilidad política y jurídica debe establecerse a partir de las decisiones, los actos y las pruebas correspondientes, pero la discusión electoral no puede ocultar sus consecuencias para la población palestina.
Una elección sin voto para millones de palestinos
La participación de la ciudadanía árabe israelí puede modificar el equilibrio parlamentario e incluso resultar decisiva para la formación de un gobierno. Sin embargo, la mayoría de los palestinos que viven en Gaza y en los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este no pueden votar en estas elecciones, pese a que las decisiones del Estado israelí determinan aspectos centrales de sus vidas: las fronteras, la circulación, la seguridad, el acceso a los recursos y la posibilidad de permanecer en sus hogares. Un verdadero Apartheid.
Esa desigualdad política es uno de los puntos centrales del conflicto. Mientras los partidos israelíes discuten quién debe conducir el Estado y cómo garantizar su seguridad, millones de palestinos siguen sin poder decidir sobre el poder que controla buena parte de su territorio y sus condiciones de existencia. En esta situación convive el estado sionista.
El resultado electoral puede cambiar la composición del gobierno, el peso de la ultraderecha y la forma de conducir las operaciones militares. También puede abrir disputas institucionales y modificar la relación de Israel con sus aliados internacionales. Pero, si no cambia la política de ocupación, la expansión territorial y la negación de la soberanía palestina, una alternancia en el poder no significará, por lo menos, un cambio sustantivo en la ocupación.
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