Sudáfrica ante el G-20: el pacto Sur-Sur en un mundo fracturado

Sudáfrica será la anfitriona de la próxima cumbre del G-20 en un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, crisis climática y fracturas del multilateralismo. Desde esa posición, busca proyectar una agenda del Sur global basada en la reforma de la arquitectura financiera internacional, la justicia climática y nuevas alianzas biorregionales entre África y América Latina, con el desafío de convertir su liderazgo moral en resultados tangibles.
Por Khutso Makua - Machete Rakabe
Sudáfrica es la anfitriona de la cumbre de líderes del G-20 en un momento crítico de la política mundial. El mundo está siendo testigo de una profunda reconfiguración del poder, marcada por la turbulencia económica, un realineamiento geopolítico y la crisis del multilateralismo. El ascenso de nuevos centros económicos, junto con la creciente desconfianza en las instituciones globales, ha dado como resultado una fragmentación del orden basado en reglas. En medio de estos cambios, Sudáfrica, junto con la Unión Africana (UA) y sus aliados del Sur global, tiene la responsabilidad de reafirmar su compromiso con una cooperación global renovada para abordar los desafíos económicos globales que comparten, relacionados con el cambio climático, la deuda, la desigualdad y el comercio justo. Los enfoques temáticos del ciclo del Sur global del G-20 han buscado resaltar la importancia de la cooperación y la solidaridad globales, desde el lema de la India, «Una tierra, una familia, un futuro», hasta el de Brasil, «Construyendo un mundo justo y un planeta sostenible», pasando por el de Sudáfrica, «Solidaridad, equidad y sostenibilidad». Este enfoque representa las aspiraciones colectivas de las naciones en desarrollo y de aquellas con las que Occidente tiene el compromiso de llevar a la práctica las declaraciones previas del G-20.
Creado inicialmente como una respuesta informal a la crisis económica de 1998, el foro ha evolucionado hasta convertirse en una poderosa plataforma de negociación para armonizar las políticas globales, influir en la gobernanza mundial y hacer visibles en el escenario mundial algunas voces individuales. Persisten las dudas sobre la inclusividad y la legitimidad del foro; sin embargo, con una representación de 85% del PIB mundial y de 66% de la población, las decisiones tomadas en el G-20 afectan todos los aspectos de la vida económica. La posición de Sudáfrica en el G-20 le brinda una plataforma para reflejar las preocupaciones de las naciones en desarrollo y dar mayor visibilidad a las declaraciones que responden a las realidades africanas.
Al ser una de las economías más pequeñas (en términos de PIB) dentro del G-20, Sudáfrica se encuentra en una mejor posición para redirigir la atención de las potencias económicas mundiales hacia el subdesarrollo entendiéndolo como una crisis económica permanente del Sur global, vinculada estrechamente a la financiación climática, el endeudamiento y la seguridad energética. El subdesarrollo, evidenciado por los altos niveles de desempleo, desigualdad y pobreza del país, ofrece a Sudáfrica la oportunidad de elaborar una agenda con foco en los seres humanos y prioridades internacionales en torno a una arquitectura financiera internacional más justa, un crecimiento inclusivo y la obtención de financiación climática para apoyar una transición energética justa. Por consiguiente, las expectativas para Sudáfrica son dobles: que el país ejerza un liderazgo moral a nivel mundial y, al mismo tiempo, garantice que la diplomacia genere beneficios tangibles en el plano doméstico.
Expectativas y contexto nacional
La participación de Sudáfrica en los compromisos multilaterales se rige por los principios de equidad y justicia consagrados en la Constitución. El país asumió la presidencia del G-20 con esta filosofía, expresada en su documentación técnica sobre política exterior, que enfatiza una agenda africana dentro de un contexto global. Esta dualidad, la de ser un actor tanto africano como global, define la postura estratégica que Sudáfrica lleva a la mesa del G-20.
Los sudafricanos, los africanos y el resto del Sur global esperan que sus líderes aprovechen los foros para expresar y abordar problemas como la pobreza, el desempleo, la desigualdad y las limitaciones estructurales al crecimiento y el desarrollo. Las economías africanas están altamente endeudadas y dependen de las materias primas; además, los servicios de la deuda les consumen 30% de los ingresos. En este contexto, Sudáfrica buscará impulsar una nueva cooperación global para el tratamiento de la deuda, una distribución justa y equitativa de los beneficios derivados de los minerales críticos, la inversión en industrias verdes (incluida la financiación de las brechas de financiación climática) y normas de comercio equitativas.
Las prioridades de Sudáfrica dentro del G-20 se refuerzan mutuamente y representan la continuidad de su persistente agenda de reformas en la arquitectura financiera global. Sudáfrica ha abogado por la reforma de instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial para aumentar la representación de los países en desarrollo, incluida la reestructuración del derecho de voto. Las propuestas de reforma enfatizan la importancia de ampliar la financiación en condiciones favorables a los países de ingresos bajos y medios y la introducción de un mecanismo de sostenibilidad de la deuda que anteponga el desarrollo a la austeridad.
En segundo lugar, Sudáfrica busca impulsar la implementación de la Agenda de Acción de Adís Abeba sobre financiación para el desarrollo, que aboga por una tributación justa de las multinacionales y la reducción de los flujos financieros ilícitos, cuestiones que afectan de manera desproporcionada a las economías africanas.
En tercer lugar, Sudáfrica pone énfasis en la justicia climática. La transición energética del país, evidente en la Alianza para una Transición Energética Justa (JETP, por sus siglas en inglés) con varias economías desarrolladas, representa tanto una oportunidad como una tensión. Si bien la financiación externa ofrece apoyo, debe respetar la soberanía nacional y las prioridades de desarrollo.
En definitiva, los sudafricanos esperan que la organización del G-20 por parte de su país no sea un mero acto de diplomacia performativa, sino una estrategia de Estado que apunte a asegurar reformas estructurales globales que abran un sendero de crecimiento inclusivo y sostenible.
Cooperación Sur-Sur: ideales y renovación
La cooperación Sur-Sur ha sido un pilar fundamental de la identidad internacional de Sudáfrica desde la transición democrática. Originado en la lucha contra el apartheid y la solidaridad con los movimientos de liberación del Sur global, este enfoque trasciende el simbolismo político para abarcar la cooperación económica y para el desarrollo. La participación de Sudáfrica en foros como el Movimiento de Países No Alineados, el G-77, los BRICS y el Foro de Diálogo India-Brasil-Sudáfrica refleja su convicción de que la equidad global debe surgir de la acción colectiva del Sur.
Sin embargo, la cooperación Sur-Sur se encuentra hoy en una encrucijada. Si bien las economías emergentes han adquirido una influencia significativa, el Sur global permanece internamente fragmentado. Sistemas políticos, modelos de desarrollo y alianzas geopolíticas divergentes han debilitado la cohesión que alguna vez fueron características de la era de la Conferencia de Bandung y el Movimiento de Países No Alineados. El reto para Sudáfrica es contribuir a la renovación de la cooperación Sur-Sur como un marco pragmático de cooperación, más que con una postura retórica.
Esta renovación exige un cambio de enfoque: de la solidaridad política al pragmatismo para el desarrollo. En el G-20, esto se traduce en la forja de posiciones comunes entre las naciones en desarrollo sobre cuestiones claves como la transformación digital, la política industrial y la financiación para el desarrollo sostenible. Por ejemplo, la defensa colectiva de la reforma de las normas de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio (OMC), demostrada durante la pandemia de covid-19, ilustra cómo la diplomacia Sur-Sur coordinada puede influir en las normas globales.
Además, la cooperación Sur-Sur debe evolucionar para incluir la producción de conocimiento y la cooperación tecnológica. El Sistema Nacional de Innovación de Sudáfrica y la experiencia de Brasil en tecnología agrícola (por ejemplo, la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria –EMBRAPA, por sus siglas en portugués–) demuestran cómo el aprendizaje de intercambio puede impulsar la innovación local. Los programas de investigación compartidos, las colaboraciones en datos abiertos y las alianzas industriales interregionales podrían constituir la próxima frontera de la cooperación Sur-Sur, en consonancia con la Agenda 2063 de África y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Finalmente, la dimensión institucional de la cooperación Sur-Sur necesita revitalizarse. Mecanismos como el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) de los BRICS ofrecen vías prácticas para la financiación de infraestructuras y la experimentación de políticas. Sin embargo, el reto reside en garantizar que estos instrumentos complementen, en lugar de replicar, las instituciones globales existentes. Sudáfrica puede aprovechar su membresía en el G-20 para abogar por la integración de las operaciones del NBD con las prioridades continentales, como el Área de Libre Comercio Continental Africana (AfCFTA), e incorporar así la cooperación Sur-Sur a la agenda de transformación estructural de África.
América Latina y la oportunidad biorregional
Entre las dimensiones menos desarrolladas pero más prometedoras de la cooperación Sur-Sur se encuentra la relación entre África y América Latina. La mayoría de los países de ambas regiones comparten desafíos socioeconómicos similares (gráfico), historias coloniales y retos de desarrollo. Sin embargo, la cooperación interregional ha sido esporádica. Sudáfrica se encuentra en una posición ventajosa para impulsar la cooperación entre ambas regiones, la cual trascenderá la diplomacia simbólica, gracias a sus vínculos históricos con América Latina.

El concepto de biorregionalismo ofrece una perspectiva analítica para enmarcar esta alianza. Plantea la colaboración entre regiones que comparten sistemas ecológicos, objetivos de desarrollo y vulnerabilidades socioeconómicas. África y América Latina son ricas en biodiversidad y recursos naturales, pero siguen dependiendo de las exportaciones de materias primas y son vulnerables a los remezones externos. También enfrentan limitaciones estructurales similares: diversificación limitada, alta desigualdad y riesgos climáticos.
La relación de Sudáfrica con América Latina se ha centrado históricamente en Brasil, cuya trayectoria de desarrollo, basada en la industrialización y la inclusión social impulsadas por el Estado, ofrece valiosas lecciones. A través del Foro de Diálogo India-Brasil-Sudáfrica, Sudáfrica y Brasil han cooperado en temas como la protección social y el desarrollo rural. Existe la posibilidad de ampliar esta colaboración a más regiones de América del Sur e incluir en el marco del G-20 la industrialización verde, las energías renovables y la gestión de la biodiversidad.
Desafíos, tensiones y equilibrio estratégico
La política exterior de Sudáfrica se desenvuelve en un complejo entramado de tensiones globales. El país debe mantener un delicado equilibrio entre principios y pragmatismo, solidaridad y soberanía, así como entre sus compromisos con los BRICS y sus alianzas con Occidente. El panorama geopolítico, marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, pone a prueba la capacidad de Sudáfrica para seguir siendo un defensor creíble del multilateralismo.
Si bien el bloque BRICS ofrece una plataforma importante para impulsar una agenda de desarrollo del Sur global, también plantea desafíos. Las divergencias dentro del bloque BRICS en temas que van desde la gobernanza hasta la seguridad global limitan su cohesión. La tarea de Sudáfrica es garantizar que su participación se mantenga anclada en objetivos de desarrollo, más que geopolíticos. De igual manera, dentro del G-20, los delegados se resistirán a ser arrastrados a dinámicas polarizadoras entre el Norte global y las potencias emergentes. En el plano interno, las limitaciones de recursos y los desafíos de gobernanza también limitan el alcance diplomático de Sudáfrica. Una participación global eficaz requiere la alineación entre las ambiciones de la política exterior y la capacidad institucional nacional.
Otra dificultad radica en la implementación de los compromisos del G-20 a escala nacional. Los sudafricanos cuestionan cada vez más si la participación en foros globales de elite genera beneficios tangibles. Para abordar esta percepción, se requiere una comunicación transparente y resultados demostrables, por ejemplo, mediante el aumento de la inversión extranjera, las alianzas tecnológicas y la creación de empleo.
Conclusión: hacia un pacto Sur-Sur renovado
El G-20 representa para Sudáfrica tanto una oportunidad como una prueba: una oportunidad para amplificar la voz del Sur global y una prueba a su capacidad para traducir los principios diplomáticos en resultados prácticos. En un mundo en constante cambio, la autoridad moral del país, derivada de su historia de liberación y su compromiso con la equidad, sigue siendo uno de sus mayores activos. Sin embargo, esta autoridad moral debe ahora ir acompañada de agilidad estratégica.
Sudáfrica debería impulsar un renovado pacto Sur-Sur que se fundamente en tres pilares: una gobernanza global equitativa, que promueva reformas en las instituciones financieras internacionales, la arquitectura de la deuda y la tributación global para posibilitar un desarrollo sostenible; una industrialización sostenible, que impulse estrategias industriales verdes e inclusivas mediante la cooperación tecnológica y la inversión Sur-Sur; y la construcción de alianzas biorregionales, haciendo de la cooperación entre África y América Latina un modelo de solidaridad interregional basado en objetivos ecológicos y de desarrollo compartidos.
Ante la continua transformación del poder global, la tarea que les espera a Sudáfrica y a sus socios meridionales es ir más allá de la retórica y recuperar su capacidad de acción para influir en las políticas globales y el sistema internacional. La idea no es sustituir un orden hegemónico por otro, ni aislar a los países más pequeños, sino democratizar la gobernanza global con el espíritu de Ubuntu, reconociendo la humanidad compartida, el respeto mutuo y la responsabilidad colectiva.
En palabras del ex-presidente Nelson Mandela: «La libertad no tiene sentido si la gente no puede alimentar a sus familias, si no puede beneficiarse con los frutos del crecimiento económico». El papel de Sudáfrica en el G-20 y en la promoción de las prioridades del Sur global debe medirse según este criterio: impulsar un mundo donde la libertad se sustente en la justicia y donde el desarrollo sea verdaderamente compartido y significativo.
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