Juicio por el transfemicidio de Azul Semeñenko: una vida atravesada por el odio a la identidad

El juicio por el transfemicidio de Azul Mía Natasha Semeñenko comenzó en Neuquén mientras afuera del tribunal permanecía una pregunta que excede la responsabilidad penal de un acusado: ¿qué significa vivir siendo una mujer trans en una sociedad que todavía expone a esas vidas a la discriminación, la violencia y la precariedad?
Por Manuela Wilhelm (ANRed)
Durante la primera jornada del juicio por jurados, la Fiscalía, la querella y la defensa presentaron sus teorías sobre lo ocurrido durante la madrugada del 25 de septiembre de 2025. Para las partes acusadoras, Roberto Daniel Sánchez asesinó a Azul Semeñenko en un ataque de extrema violencia y la Fiscalía buscará acreditar un homicidio triplemente agravado por ensañamiento, violencia de género y odio hacia su identidad de género.
La defensa sostiene otra hipótesis: que la muerte ocurrió durante un episodio de violencia en el que Sánchez reaccionó bajo un estado de emoción violenta. Cabe destacar que el abogado contratado por el acusado, Ezequiel Leanza intentó pasar como prueba un "informe médico" que fue rechazado por el juez de garantias por considerarlo "inexistente" debido a que la mujer que lo firmaba tenía tres condenas por estafas en torno a un título trucho.
Además, el debate continuó con la prueba y el jurado popular escuchó a la primera testigo, Romina Millapán, hermana de Azul, quien reconstruyó una vida marcada por la violencia hacia su identidad que había comenzado mucho antes de aquella madrugada.
Azul Semeñenko fue discriminada y abusada en la infancia
Romina contó que Azul nació en Uruguay y que a los seis años llegó a Neuquén junto a su madre y sus hermanos. Según relató, desde pequeña manifestó que quería ser una niña. Sin embargo, comenzó la escuela con un nombre y una identidad que no eran los que reconocía como propios.
En la Escuela 61, recordó su hermana, era apartada y molestada porque prefería relacionarse con las niñas. Los insultos y las burlas continuaron durante la primaria y la secundaria. "Los compañeros consideraban que no era normal, que era un raro", relató Romina ante el jurado.
La violencia tampoco quedó encerrada en las paredes de la escuela. Cuando Azul tenía alrededor de nueve o diez años, según el relato de su hermana, sufrió un abuso sexual dentro del hogar. Su madre lo denunció y el hombre que Romina señaló como responsable estuvo tres años preso. Sin embargo, posteriormente regresó a la familia y, según contó la testigo, continuó ejerciendo violencia y rechazando la identidad de Azul."Mi mamá recuerda que si bien no lo volvió a tocar siempre le reprochó que no era su hijo y que en su familia no tenía un hijo maricón", relató Romina.
Ese rechazo familiar se superponía con la violencia social. Durante su declaración, la hermana contó que Azul sufrió agresiones físicas y verbales en distintos momentos de su vida. En una ocasión, cuando había conseguido un trabajo nocturno en un puesto de panchos, un grupo de jóvenes la esperó a la salida, la golpeó, le rompió el teléfono y le fracturó un brazo.
"Yo me voy a matar porque soy un fracasado"
Uno de los momentos más duros del testimonio de Romina apareció cuando reconstruyó las consecuencias que tuvieron sobre Azul los años de discriminación, rechazo y dificultades para acceder a un trabajo.
Contó que cuando tenía 14 años encontró a Daniel —como todavía era llamada entonces— con una gillette en la mano y heridas en uno de sus brazos. Semanas después, atravesando nuevamente un período sin trabajo, le dijo que quería quitarse la vida.
"Yo me voy a matar porque soy un fracasado de mierda, nadie me quiere y nadie me va a dar una oportunidad. Yo me voy a tirar al río", recordó Romina que le dijo.
La hermana lo siguió hasta el río y logró convencerlo de regresar a la casa. Una vez allí, Azul le pidió ayuda. "Ro, por favor ayudame porque yo así no puedo seguir. Necesito que me ayudes", recordó.
Su madre buscó asistencia y, según el relato de Romina, comenzó un tratamiento psicológico que duró aproximadamente tres años. Después tuvo que interrumpirlo porque, al tratarse de atención en el sistema público, la falta de especialistas hizo imposible continuar.
Esos episodios fueron incorporados al juicio como parte de la historia de vida de Azul. La defensa cuestionó que se incluyeran hechos de su infancia y adolescencia que no estaban vinculados directamente con el homicidio. El juez Luciano Hermosilla, sin embargo, permitió que continuara el interrogatorio al considerar que podían servir para contextualizar la vida de la víctima.
La identidad como conquista
Con el paso de los años, Azul comenzó su transición. Romina contó que después de atravesar períodos de depresión y de alejarse de la casa familiar comenzó a regresar con otra apariencia: llevaba el pelo más largo, usaba rubor y comenzaba a presentarse de una manera diferente.
Tiempo después consiguió un trabajo estable y pudo alquilar una vivienda. Un día llamó a su hermana y le pidió que fuera a verla. Quería contarle una buena noticia.Sacó de su bolsillo su DNI. Allí aparecía su nuevo nombre: Azul Mía Natasha Semeñenko. "Estaba chocha, era feliz", recordó Romina.
La familia comenzó a acompañar su proceso. Azul hablaba de futuras operaciones y de las dificultades económicas que tenía para acceder a ellas. Inicialmente pidió que su cambio de identidad quedara entre ellas, pero luego se lo contó a su madre y a sus hermanos. "No teníamos nada que discutir. Ella se hacía notar", dijo Romina.
Trabajo, precariedad y supervivencia
Uno de los puntos que apareció tanto en el juicio como en la marcha realizada a un año del crimen fue la relación entre identidad, trabajo y precariedad.
Azul había conseguido un empleo formal como auxiliar en el Centro de Atención a la Víctima que depende de la provincia de Neuquén. Sus compañeras la recordaron como una trabajadora comprometida, humilde y valiente. Sin embargo, ese ingreso no alcanzaba para cubrir todas sus necesidades.
Romina contó que Azul le había hablado de las dificultades económicas y de la necesidad de reunir dinero para una operación vinculada con su transición. En ese contexto, había comenzado a realizar trabajo sexual y le había contado a su hermana que en algunas ocasiones aceptaba situaciones que normalmente no habría aceptado por necesidad económica.
Romina mostró su angustia y recordó que le dijo "te estás exponiendo", en relación a lo que ella miraba en las noticias de los femicidios. También recordando una salida al recital de Babasònicos en la Fiesta de la Confluencia donde sufrieron un ataque de odio por parte de un grupo de jóvenes.
"El Cupo Laboral Trans en Neuquén no existe"
Ese dato adquirió una dimensión colectiva durante la marcha realizada el 25 de septiembre de 2026, cuando se cumplió un año del crimen. Frente a la Casa de Gobierno, las organizaciones que participaron de la movilización leyeron un documento que cuestionó las condiciones de vida de las personas travestis y trans y sostuvo que el acceso a una vivienda, a la salud y al trabajo formal continúa siendo una deuda.El documento puso especial énfasis en que Azul había conseguido ingresar al trabajo estatal por sus propios medios y no como resultado de una política de cupo laboral trans.
"El cupo laboral trans no existe", denunciaron las organizaciones, que reclamaron políticas públicas que garanticen derechos y reduzcan la situación de vulnerabilidad de las personas trans.
La historia de Azul aparecía así como una vida particular, pero también como parte de una realidad colectiva.
"Cuando Azul desapareció, no se la buscó"
La marcha por el primer aniversario del transfemicidio también permitió reconstruir otra parte de la historia: la búsqueda.
Familiares, compañeras de trabajo y organizaciones salieron a buscar a Azul cuando desapareció. El documento leído frente a Gobernación cuestionó el accionar inicial del Estado y sostuvo: "Cuando Azul desapareció, no se la buscó".
La frase fue acompañada por un reconocimiento a la red que se organizó alrededor de su ausencia: las compañeras del Centro de Atención a la Víctima, la familia y las organizaciones que sostuvieron la búsqueda y reclamaron que se investigara qué había ocurrido.
Semanas después, el cuerpo de Azul fue encontrado dentro de un desagüe en el límite entre Neuquén y Plottier por una pareja que paseaba con sus perros.Para la querella, ese desenlace también debe ser leído en relación con la violencia estructural que atraviesa a las personas trans. Durante el alegato de apertura, el abogado Fernando Gómez pidió al jurado que no transformara la vida de Azul en un juicio moral sobre la víctima.
"No venimos a rendir examen moral", fue uno de los planteos de la querella. La acusación pidió mirar a Azul como una mujer que había atravesado discriminaciones durante décadas, que había conseguido construir una identidad, acceder a un trabajo y desarrollar una vida a pesar de esas dificultades. Y sostuvo que esa historia no es un dato secundario para comprender el caso.
El cuerpo de Azul habla de un crimen de odio
La Fiscalía presentó ante el jurado una reconstrucción de la madrugada del 25 de septiembre de 2025. Según su hipótesis, Sánchez se contactó con Azul en la zona del bajo neuquino para un servicio sexual y ambos se trasladaron hasta la vivienda del acusado.
Allí, sostuvo la acusación, ocurrió el ataque. El fiscal jefe Agustín García anticipó que los médicos forenses explicarán las múltiples lesiones que presentaba el cuerpo de Azul, entre ellas heridas producidas con elementos contundentes y lesiones compatibles con un arma blanca, además de fracturas en distintas partes del cuerpo y lesiones defensivas.
La Fiscalía sostiene que esas evidencias permitirán demostrar un homicidio triplemente agravado. La querella agregó una lectura particular: planteó que determinadas zonas del cuerpo de Azul fueron especialmente atacadas y que esa violencia debe ser analizada en relación con su identidad de género.
"El cuerpo de una mujer trans habla por sí mismo", sostuvo la acusación. Será el jurado popular el que, después de escuchar a los testigos, peritos y especialistas y analizar la evidencia producida durante las once jornadas previstas, deberá determinar qué ocurrió y cuál es la responsabilidad penal de Sánchez.
No fue solamente una marcha por una condena
La movilización del primer aniversario tuvo como consigna central el pedido de justicia, pero también puso en palabras algo que atravesó todo el juicio: el derecho de las personas trans a construir una vida sin que esa identidad se convierta en una condena anticipada.
Cinco cuadras de personas marcharon desde el Centro de Atención a la Víctima hasta la Casa de Gobierno. Hubo trabajadores estatales, organizaciones feministas, agrupaciones LGBTIQ+, familiares, compañeras de Azul y activistas.
Una bandera multicolor de cinco metros recorrió las calles de Neuquén. También hubo una canción. "No es mi despedida", de Gilda, la misma que había sonado durante el velatorio de Azul, fue cantada durante la movilización.
La marcha no solo recordó a una mujer asesinada. También puso en discusión las vidas que permanecen en riesgo antes de convertirse en una estadística.
En las calles apareció el reclamo por el trabajo, por el acceso a la vivienda, por la salud, por políticas para las infancias trans y contra los discursos de odio.
Una madre de Plottier llegó a la movilización con un pañuelo blanco atravesado por los colores de la bandera trans y la frase: "Niñeces libres, juventudes felices y adultxs plenxs". Su hijo había sufrido una agresión en la vía pública y la familia reclamaba medidas de protección, así como medidas contra el agresor, que según denuncian está libre.
El mensaje se conectaba con el de las organizaciones frente a Gobernación: la violencia contra las personas trans no comienza con un asesinato. Empieza mucho antes, cuando una niña es expulsada de una escuela, cuando una adolescente es insultada en la calle, cuando una persona no consigue trabajo por su identidad, cuando debe aceptar situaciones de violencia para sobrevivir o cuando el Estado no garantiza las condiciones para que pueda construir una vida autónoma.
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