Kazajstán y el neoimperialismo ruso

27.02.2026

Tras las protestas kazajas de 2022 y la guerra en Ucrania, la relación entre Kazajistán y Rusia se reconfigura bajo nuevas formas de dependencia económica, presión política y alineamiento autoritario. Más que una subordinación abierta, emerge un entramado neoimperial que estrecha los márgenes de soberanía kazajos mientras reproduce las lógicas de poder postsoviéticas. 

Dmitriy Mazorenko - Editor de Vlast, un medio independiente online de Kazajistán. Sus investigaciones abordan el capitalismo, las transformaciones sociales y la cultura de masas.


Las décadas anteriores a la crisis

Los analistas y académicos suelen describir la posición de Kazajistán frente a Rusia en términos excesivamente rígidos, ya sea como completamente subordinada o totalmente independiente. La verdad está en algún punto entre estos extremos. Si bien las autoridades de Kazajistán deben tener en cuenta la postura de Moscú debido a su profunda dependencia energética y de infraestructura, han buscado, no obstante, defender sus propios intereses, en parte como respuesta a la presión de sus habitantes. Sin embargo, tras las nutridas protestas de enero de 2022 y el estallido de la guerra en Ucrania, la clase dominante kazaja ha visto reducido drásticamente su margen de maniobra.

No siempre fue así. En la década de 2000, a pesar de la cercanía política del ex-presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáev, primero con Boris Yeltsin y luego con Vladímir Putin, Kazajistán logró contener en buena medida la expansión de los intereses comerciales rusos.

Si bien las empresas rusas han superado en número a todas las demás empresas extranjeras que operan en Kazajistán, Rusia está apenas en el tercer lugar en términos de inversión total allí, detrás de Estados Unidos y los Países Bajos. En sus primeros años como país independiente llegaron empresas transnacionales para desarrollar los principales yacimientos petrolíferos del país y la infraestructura comercial necesaria, lo que generó una seria competencia para las empresas rusas. Si bien los capitales rusos mantuvieron una presencia en sectores claves de la economía kazaja –desde las finanzas hasta el petróleo–, nunca lograron un dominio absoluto.

Mediante una política conocida como «diplomacia multivectorial», Nazarbáyev buscaba evitar que una única gran potencia ejerciera una influencia excesiva. La idea era conservar estrechos vínculos con los principales Estados del mundo, manteniendo al mismo tiempo la distancia y utilizando una red de alianzas económicas diversificadas para equilibrar los intereses de las potencias regionales y globales. Tras la crisis financiera de 2008, importantes sectores de la economía fueron cayendo gradualmente bajo el control de las elites kazajas o del propio Estado.

Cabe destacar que las elites kazajas y rusas siguen manteniendo estrechos vínculos, tanto culturales –por experiencias compartidas en la era soviética, educación y un idioma común– como económicos, mediante activos en Rusia, empresas conjuntas y contactos intergubernamentales habituales. Los funcionarios kazajos a menudo han copiado los programas y la legislación de sus homólogos rusos, especialmente en materia de represión gubernamental. Sin embargo, pese a estos estrechos vínculos, la perspectiva de una integración política entre ambos países nunca se ha debatido seriamente.

Desde su independencia, Kazajistán no ha logrado limitar el flujo de importaciones rusas. Desde la década de 2000, Rusia se ha mantenido como el principal socio comercial del país: suministra entre 30% y 40% de los alimentos y productos manufacturados de Kazajistán. La Unión Económica Euroasiática (UEEA) fue creada para preservar estos volúmenes comerciales, que se habían ido reduciendo gradualmente a lo largo de la década de 2010.

Desde el principio, la UEEA ha ofrecido a Kazajistán menos ventajas que las que ha ofrecido a Bielorrusia o Kirguistán. Esto se debe al tamaño y la naturaleza del mercado ruso, que es el más grande del bloque, pero permanece relativamente cerrado a los productos kazajos. Los datos de exportación lo ilustran claramente: Rusia recibe menos de 10% de las exportaciones totales de Kazajistán. Moscú, por su parte, tiene pocos incentivos para cambiar esta situación, ya que hacerlo pondría en peligro a sus propios productores, que ya tienen un acceso limitado a otros mercados.

A pesar de la creación de la UEEA, Kazajistán ha logrado mantener su soberanía política. Nazarbáyev, uno de los primeros defensores de la integración euroasiática tras el colapso de la Unión Soviética, se ha opuesto una y otra vez a las propuestas de un parlamento compartido, una ciudadanía común o una moneda unificada. Como resultado, sigue siendo la infraestructura aquello en lo que Kazajistán más depende de Rusia.

Esta dependencia es más aguda en el sector petrolero, vital para la economía kazaja y responsable de casi la mitad de los ingresos presupuestarios del Estado. Aproximadamente 98% de las exportaciones petroleras de Kazajistán son transportadas por oleoductos que cruzan el territorio ruso. Este sistema se originó a finales de la era soviética y desde entonces se ha expandido, lo que le da a Moscú un poderoso instrumento de influencia política.

Además, Kazajistán depende mucho de las refinerías rusas de Omsk y Oremburgo para procesar su crudo y convertirlo en combustible para consumo interno. Estos suministros evitan la escasez aguda, ya que las tres refinerías kazajas no pueden satisfacer la demanda nacional por sí solas.

Esta red de dependencias brinda al Kremlin una gran oportunidad para manipular políticamente la situación si Kazajistán se desvía del rumbo de Moscú o se resiste a un acuerdo. Si así lo hiciera, Rusia podría obstruir las exportaciones de petróleo, limitar el acceso a las instalaciones de refinación, bloquear la importación de productos kazajos o suspender el suministro de alimentos. Cualquiera de estas medidas desencadenaría, al menos a corto plazo, una crisis en Kazajistán que requeriría de abundantes recursos para ser superada.

La contracción de la soberanía

Desde que Kassym-Jomart Tokáyev asumió la Presidencia, la distancia entre Kazajistán y Rusia se ha reducido marcadamente. En 2020, el Kremlin ya había adoptado una estrategia más firme para remodelar el sistema de gobierno electrónico de Kazajistán y casi logró colocar al banco Sberbank como su desarrollador clave. Sin embargo, una reacción fuertemente negativa del público kazajo, sumada a las sanciones occidentales contra Rusia, obligó a ambas partes a abandonar el plan.

Otro intento de expandir la influencia rusa llegó en forma de nuevas discusiones sobre la construcción de una planta de energía nuclear, mientras Rosatom se perfilaba para ser casi seguramente el contratista principal. Sin embargo, la decisión final sobre el proyecto no se tomó hasta 2025.

El punto de inflexión en las relaciones entre ambos regímenes se produjo cuando la elite kazaja recurrió a Putin en busca de ayuda para el traspaso de poder de Nursultán Nazarbáyev a Tokáyev. El acuerdo original entre los dos presidentes preveía que Tokáyev sería un líder nominal, mientras que Nazarbáyev mantendría el control real. Para asegurar el arreglo, Nazarbáyev asumió el cargo de presidente del Consejo de Seguridad, que en ese momento supervisaba formalmente a los jefes de los organismos de seguridad de Kazajistán y, de manera informal, también a muchos funcionarios ejecutivos.

Sin embargo, Tokáyev pronto comenzó a afirmar su autoridad y a establecer un aparato burocrático independiente. A lo largo de 2021, ambos líderes viajaron varias veces a Moscú para intentar negociar un equilibrio de poder. Sin embargo, estas reuniones no fueron fructíferas.

Los acontecimientos de enero de 2022 comenzaron como un enfrentamiento entre dos facciones de elite en el oeste de Kazajistán, pero se intensificaron rápidamente con una ola de huelgas masivas y movilizaciones cívicas en varias ciudades importantes, que culminaron en enfrentamientos armados con la policía en Almaty. Después de haber consultado a Putin, Tokáyev solicitó el despliegue de fuerzas de paz de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) para sofocar los disturbios. Dado que la mayoría de estas tropas eran rusas, muchos ciudadanos kazajos consideraron la intervención como una «intrusión imperial» de la antigua metrópoli.

Los enfrentamientos armados cesaron a los pocos días de la llegada de las fuerzas de paz. Sin embargo, en los meses siguientes, Tokáyev tuvo que recompensar varias veces a Putin por su disposición a asegurar la supervivencia política del presidente kazajo. Esta fue probablemente la condición clave para que Tokáyev se mantuviera en el poder, que Putin aceptó a pesar de su larga y cordial relación con Nazarbáyev. Sin el apoyo ruso, el entorno de Nazarbáyev podría haber derrocado fácilmente a Tokáyev y recuperado el control.

En ese momento, pocos miembros de la elite estaban en posición de actuar con decisión: el malestar había dejado a las facciones rivales desorientadas, con la difícil tarea de decidir a qué bando apoyar para preservar sus privilegios.

Proximidad por compulsión

Tras la imposición de sanciones por parte de Occidente y el marcado deterioro de sus relaciones con Rusia, Putin ha exigido a los líderes de Asia central muestras cada vez mayores de lealtad, una exigencia que conlleva la amenaza constante de sanciones secundarias. Como ninguno de los oponentes de Rusia ha ofrecido aún a Kazajistán ningún incentivo tangible para cambiar su política exterior, el gobierno de Astaná continúa cooperando estrechamente con Moscú. Sin embargo, a pesar de la presión geopolítica y la deuda personal de Tokáyev con Putin, el presidente kazajo no abandonó sus intentos de demostrar independencia tras el inicio de la guerra en Ucrania.

En los primeros meses de la invasión, Tokáyev no impidió que los habitantes de las principales ciudades organizaran ayuda humanitaria para los ucranianos. Las autoridades también se abstuvieron de dispersar una manifestación contra la guerra en Almaty, que reunió a por lo menos 2.000 personas, una participación impresionante para una ciudad aún traumatizada por los violentos enfrentamientos de principios de 2022. El propio Tokáyev pidió repetidamente una solución pacífica del conflicto y, en varias ocasiones, hizo declaraciones que irritaron al Kremlin. Su declaración más destacada se produjo en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, donde declaró públicamente que «Kazajistán no reconoce los territorios cuasi estatales de la República Popular de Donetsk (RPD) y la República Popular de Lugansk (RPL)».

Sin embargo, este periodo de liberalismo político duró poco. Algunos políticos y personajes mediáticos rusos no demoraron en revivir discursos arcaicos en los que se tilda a Kazajistán de ser un «Estado artificial». Al mismo tiempo, el país se convirtió en un importante centro de evasión de sanciones e importaciones paralelas de bienes occidentales, tanto civiles como militares. Poco después, Moscú lanzó una nueva ola de expansión económica en el mercado kazajo.

La creciente presencia de Rusia se hizo patente tanto en el aumento del número de empresas de este país como en la adquisición de participaciones en activos estratégicos de Kazajistán. Entre 2021 y 2024, la cantidad de empresas de capital ruso aumentó 138%, hasta alcanzar casi las 19.000, lo que representa 42% de todas las empresas extranjeras registradas en Kazajistán. Entre ellas se encontraban importantes empresas como InDriver, Yandex y Playrix, así como empresas más pequeñas involucradas en importaciones paralelas que luego fueron objeto de sanciones occidentales. La llegada de tiendas rusas desató incluso un boom en el mercado de inmuebles comerciales en Kazajistán, con empresas que se apresuraban a comprar o construir edificios de oficinas y almacenes.

El sector energético tuvo una importancia estratégica particular. En 2023, Rosatom adquirió participaciones en varios de los mayores yacimientos de uranio del país, aunque luego, en 2024, se las vendió a empresas chinas. Esto le dio a Rosatom el control de aproximadamente una cuarta parte de la producción de uranio de Kazajistán. Otras empresas rusas, como Inter RAO, alcanzaron acuerdos para construir tres plantas de energía térmica alimentadas con carbón. Esta fue una medida muy impopular entre los ciudadanos kazajos preocupados por el deterioro de la calidad del aire. El descontento público fue aún mayor ante la decisión de construir una central nuclear con Rosatom como contratista principal. En un intento por legitimar el proyecto, las autoridades locales anunciaron la intención de llamar a un referéndum, mientras los críticos más acérrimos eran procesados penalmente.

Estos fueron algunos de los temas claves tratados durante las asiduas reuniones oficiales e informales de Tokáyev con Putin, cuya gran cantidad es en sí misma un testimonio de la creciente influencia rusa. Desde 2022, ambos presidentes han mantenido conversaciones telefónicas y reuniones presenciales periódicas, a veces varias veces al mes.

El «virtuosismo» negociador de Rusia reside en su capacidad de atraer a Kazajistán con financiación favorable durante las primeras etapas de proyectos como las centrales eléctricas, para luego transferir la carga financiera al presupuesto estatal kazajo. Un patrón similar podría darse con el proyecto nuclear, cuyos términos contractuales siguen sin ser revelados. Sin embargo, los funcionarios kazajos probablemente no habrían aceptado esos acuerdos si no se hubieran beneficiado ellos personalmente.

Aun así, la expansión no fue del todo lineal. Rusia convenció a las autoridades de Kazajistán para que compraran la filial local del Sberbank, y posteriormente les vendió una parte de las acciones del Banco de Desarrollo Euroasiático, la principal institución financiera de la Unión Económica Euroasiática. Para 2024, algunas empresas rusas incluso habían comenzado a volver a la jurisdicción de su país, ya sea porque habían aprendido a operar más eficazmente bajo las sanciones o porque no habían logrado adaptarse al entorno institucional de Kazajistán.

En términos económicos, Kazajistán ha disfrutado de beneficios a corto plazo gracias a este acuerdo mediante importaciones paralelas y la reubicación de empresas rusas. La inversión rusa en Kazajistán alcanzó un récord de 4.000 millones de dólares en 2024. Sin embargo, a pesar de que el comercio entre ambos países creció en 4.000 millones de dólares durante la guerra hasta alcanzar los 28.000 millones, sigue exhibiendo un desequilibrio estructural a favor de Rusia.

La relación económica actual se basa en una lógica clara: Rusia primero recompensa a las elites kazajas y luego, a cambio, extrae recursos. Sin embargo, Moscú no ofrece una estrategia coherente para un desarrollo mutuamente beneficioso y equitativo que enriquezca a las sociedades de ambas naciones en lugar de simplemente enriquecer a sus círculos políticos y empresariales.

Resistencia incierta

La deuda de Tokáyev con Putin puede parecer inconmensurable. El líder ruso ha logrado a veces obtener concesiones asombrosas para sus elites, como vender electricidad a Kazajistán a una tarifa cuatro veces superior a la del mercado cuando este país la necesitaba desesperadamente, o persuadir a Astaná de comprar más gas ruso, lo que socava las perspectivas de producción nacional. Para congraciarse aún más con el Kremlin, Kazajistán ha introducido un proyecto de ley sobre «agentes extranjeros» y ya está viendo cómo perfeccionarlo.

Al mismo tiempo, Tokáyev reconoce las limitaciones de alinearse con Rusia. No puede ignorar el descontento de los ciudadanos kazajos, derivado de la cuestionable legitimidad de su Presidencia. Su elección en 2019 fue opacada por continuas protestas e irregularidades generalizadas, mientras muchos lo consideraban simplemente el sucesor designado por Nazarbáyev. Las manifestaciones de enero de 2020 fueron más allá: reclamaban el desmantelamiento de todo el orden político. Además, Tokáyev ha continuado la desacreditada política de su predecesor de mantener el sistema oligárquico y la profunda desigualdad social que caracterizaron el gobierno de Nazarbáyev.

Temiendo una nueva movilización social, Tokáyev se apresuró a organizar un referéndum para reformar la Constitución, seguido de elecciones presidenciales y parlamentarias anticipadas. Sin embargo, ya desde el comienzo se neutralizó el registro de nuevos partidos políticos y el surgimiento de nuevas figuras políticas.

Mientras tanto, el Estado continúa atacando a la sociedad civil con oleadas periódicas de represión. Esta dinámica se ve reforzada por las tendencias globales: la elección de Donald Trump en Estados Unidos y el giro a la derecha en la política europea han cambiado las prioridades. Cuando se reúnen con el presidente de Kazajistán, los líderes occidentales muestran ahora poco interés en los derechos humanos o la reforma democrática.

A pesar de haber continuado su política de «mano dura» contra el activismo de base, Tokáyev se ha visto obligado a hacer concesiones limitadas a la opinión pública. Desde la invasión rusa de Ucrania, muchos kazajos han visto a Moscú con profunda desconfianza, al tiempo que lo consideran tanto una amenaza política como una carga económica. Esta visión es cada vez más compartida por segmentos de la elite kazaja.

En este contexto, los gestos ocasionales de Tokáyev hacia una liberalización y su tolerancia hacia la retórica anticolonialista se desarrollan dentro de una conversación más amplia sobre la «descolonización», un debate que hasta ahora las autoridades han optado por no suprimir.

El discurso anticolonialista en Kazajistán se ha desarrollado principalmente en las comunidades culturales y los círculos académicos de las dos ciudades más grandes, Almaty y Astaná. Desde la independencia de Kazajistán, el arte contemporáneo se ha convertido en la principal plataforma para los discursos anticolonialistas y ha servido como espacio para la crítica social en medio de la censura académica y pública. Sin embargo, los principales teóricos y artífices intelectuales de este discurso son investigadores de universidades europeas y estadounidenses. En constante diálogo con instituciones culturales y comunidades artísticas de Kazajistán, estos investigadores impulsan proyectos colaborativos, educativos y artísticos, que contribuyen a sustentar el debate.

En Kazajistán, el debate anticolonialista tiende a adoptar una postura antirrusa, evitando en buena parte el problema más amplio del neocolonialismo. La lógica imperial arraigada en el capitalismo occidental –la base del orden global actual– rara vez se cuestiona. Pocos ven al capitalismo como la causa fundamental de la desigualdad social. Por el contrario, muchos en este ámbito intelectual lo ven como un vehículo necesario para que Kazajistán ingrese en la «primera liga» de los Estados modernizados, inspirados en Occidente. Como resultado, la cultura y la lengua se han convertido en los principales campos de batalla de la resistencia anticolonialista.

Sin embargo, los interrogantes que plantea la descolonización están lejos de ser triviales. Ahondan en las profundidades de la memoria colectiva del país, tocando algunos de los capítulos más oscuros de la modernización y la política soviéticas. El trato del Imperio Ruso a los pueblos nómadas de la estepa, el trazado arbitrario de fronteras durante la creación de las repúblicas socialistas y las desastrosas políticas de colectivización de Stalin contribuyeron a una hambruna catastrófica a principios de la década de 1930 que mató a más de un millón de personas.

Durante las décadas siguientes, Kazajistán se convirtió en un campo de pruebas para una variedad de experimentos soviéticos, entre ellos deportaciones masivas, campos de trabajos forzados, pruebas de armas nucleares y el desastre ecológico del Mar de Aral, que fue drenado para expandir la industria del algodón.

Otro problema que se suma a esta lista es la sistemática discriminación étnica, característica de la Unión Soviética. Uno de los ejemplos más notorios ocurrió en 1986, cuando Moscú nombró a Gennady Kolbin, un forastero sin relación alguna con Kazajistán, como primer secretario del Partido Comunista de Kazajistán. La decisión, presentada como un hecho consumado, desató protestas generalizadas que fueron brutalmente reprimidas. Miles fueron detenidos y unos cien recibieron penas de prisión. El gobierno de Kolbin justificó la represión como una lucha contra el «nacionalismo», silenciando así lo que eran, en esencia, demandas democráticas.

Sin embargo, es poco probable que los métodos propuestos por los pensadores anticolonialistas de Kazajistán para superar los legados imperialistas liberen al país de la opresión estructural.

En pocas palabras, su estrategia consiste en elevar la lengua y la cultura kazajas a la categoría de hegemónicas para transformar todas las identidades existentes en una forma nacional fundamentalmente nueva. Sostienen que esta unificación disolverá todas las desigualdades, incluidas las divisiones de clase. Creen que una base cultural y lingüística compartida producirá naturalmente un sistema político más democrático, similar al de las democracias occidentales avanzadas.

Paradójicamente, hay nítidas diferencias entre el discurso anticolonialista de Kazajistán y los debates teóricos que se dan en el Sur global. El primero rechaza en gran medida el núcleo del pensamiento poscolonial, que consiste en trascender la ontología de la modernidad occidental y sus instituciones del capitalismo y el Estado-nación. En cambio, los intelectuales kazajos abogan por retornar al pasado y reexaminar el yo más allá de las narrativas coloniales soviéticas y rusas, para luego recomponerlo a través de marcos modernistas occidentales, en busca de ser reconocido como un Estado-nación «de pleno derecho» en el escenario global.

Igualmente preocupante es el hecho de que este movimiento no ofrece estrategias claras para abordar la desigualdad social y económica que alimentó las protestas de 2022. Por el contrario, la fragmentación cultural podría exacerbar estas divisiones y dar lugar a un grupo dominante que encarne el «patrón oro» de la identidad nacional y reivindique el derecho a monopolizar los recursos políticos y económicos, con lo que reproduciría así las mismas desigualdades que definen el actual orden autoritario.

Tokáyev permite que florezca el debate anticolonialista por dos razones. En primer lugar, da una apariencia de legitimidad en medio de su actual crisis de autoridad: la mera capacidad de criticar a Rusia ayuda a desviar el descontento público por sus propias concesiones al Kremlin. En segundo lugar, brinda una posibilidad de movilización política en caso de nuevos disturbios. Al perpetuar el relato de la opresión colonial, el régimen puede hacer que el resentimiento popular contra las estructuras de poder locales se desvíe hacia Moscú.

Se necesita un nuevo rumbo

Sin embargo, unir a la sociedad sigue siendo casi imposible por una sencilla razón: la represión. El déficit de legitimidad que enfrenta Tokáyev ha llevado a los líderes de Kazajistán a prohibir prácticamente todas las formas de protesta colectiva. Las autoridades locales rara vez autorizan manifestaciones pacíficas y legales, mientras que las no autorizadas son dispersadas rápidamente por la policía. Las únicas actividades de concurrencia masiva que se toleran hoy en día son las orquestadas por tecnólogos políticos estatales.

El movimiento obrero ocupa una posición particularmente vulnerable. Los sindicatos libran sus propias batallas locales, pero no tienen los medios ni ven la necesidad de coordinar sus esfuerzos ni de articular reclamos compartidos. Esta fragmentación se hizo patente durante las protestas de enero de 2022, cuando los trabajadores petroleros en huelga en el oeste de Kazajistán y los mineros en las regiones centrales del país no mostraron solidaridad entre sí. Esta desunión es el legado de la brutal represión contra el movimiento obrero tras las protestas de Zhanaozen de 2011, así como de los intentos anteriores de Nazarbáyev en la década de 1990 de dividir a la clase trabajadora antes de las grandes privatizaciones.

La ausencia de un movimiento de base organizado capaz de ejercer presión desde abajo no solo ha provocado la degeneración del régimen político de Kazajistán, sino que también ha incrementado la probabilidad de una profunda crisis económica. A medida que el mundo desarrollado se aleja gradualmente de los combustibles fósiles, Kazajistán corre el riesgo de entrar en esta transición sin estar preparado, y dividido.

La clase dirigente actual no muestra interés ni capacidad para ofrecer una vía alternativa. Cualquier reforma profunda amenazaría el sistema actual de extracción de renta, algo que ni los oligarcas arraigados de la era de Nazarbáyev ni la nueva elite emergente en torno de Tokáyev están dispuestos a tolerar. Como resultado, a lo largo de su mandato, el gobierno de Tokáyev no ha logrado articular una visión económica coherente, sino que se ha mantenido dentro del sendero neoliberal marcado por su predecesor.

Además, mientras Putin permanezca en el poder, seguirá sirviendo como garante del régimen leal y favorable al statu quo que impera en Kazajistán. En caso de disturbios a gran escala, los ciudadanos kazajos podrían volver a presenciar el desembarco de tropas rusas, esta vez aparentemente para «restaurar la legitimidad» del líder autoritario actual o futuro. Esto solo reforzaría la tendencia regresiva del país y perpetuaría las prácticas neoimperialistas de Rusia.

En un contexto de estancamiento político, Kazajistán necesita urgentemente adoptar una postura antirrusa bien pensada. Esta postura debe basarse en una oposición de principios al autoritarismo y las ambiciones imperialistas de Putin, más que en una hostilidad existencial hacia Rusia o sus ciudadanos. Los objetivos de los movimientos progresistas y de izquierda en ambos países no son mutuamente excluyentes. La pirámide regional de poder autoritario, en la que la autocracia hegemónica apuntala a sus contrapartes más débiles, solo puede desmantelarse colectivamente proponiendo una nueva lógica de desarrollo socioeconómico que atraiga al público en general.

Confinados dentro de estrechas fronteras nacionales, ambos países enfrentan perspectivas limitadas de prosperidad, ya que sus problemas se extienden mucho más allá de sus propias jurisdicciones. Sin un cambio fundamental en la política exterior rusa, Kazajistán tendrá dificultades para lograr un progreso económico o político significativo. Al mismo tiempo, la propia Rusia necesita revitalizar su economía, devastada por la guerra, un proceso que podría verse facilitado por la reinvención del modelo actual de integración económica regional. Con su experiencia y potencial, Kazajistán podría desempeñar un papel crucial en el establecimiento de un sistema comercial más justo y el desarrollo de una base industrial y tecnológica que sirva a los intereses de los ciudadanos comunes, y no a los de las elites gobernantes.

Lo que se necesita, por lo tanto, es un proyecto internacionalista postsoviético que aspire a formular conjuntamente nuevos programas políticos y económicos. Sin embargo, la forma y el contenido de tal proyecto internacional deben ser objeto de un debate más amplio y profundo.

Fuente:

https://nuso.org/articulo/kazajstan-rusia-putin-imperialismo/