La esperanza siempre retorna

16.03.2026

Por Mempo Giardinelli

En este amado país nuestro –amado, aclaremos, por quienes lo amamos, que quizá no somos mayoría o quizá sí, pero engañosa como todo en la política nacional– hoy es indesmentible que en muy diversos círculos políticos, así como en reuniones espontáneas e incluso encuentros callejeros, impera un pesimismo entre larvario y desgarrador que hace que personas muy decentes, honradas y razonables se confundan o desanimen con lamentable asiduidad.

Y es que el mileismo –por llamar de algún modo entre burlón y preciso al régimen gubernamental imperante– aviesamente se ha venido perfilando como partícipe de un juego democrático al que ellos, sus operadores y simpatizantes, en realidad detestan. Y eso porque tanto en su esencia grosera y corrupta como en sus contradictorias, disparatadas y mentirosas expresiones, funcionan como una banda más bien incalificable y cada vez más fácil de delimitar y oponer, toda vez que entre sus dislates y cobardías, sus dizque argumentaciones y sus corruptelas, en realidad exponen lo que verdaderamente son: hordas de mediocres superambiciosos y amorales, destructores de nacionalidad.

O sea un colectivo cuyo delirio no fue advertido ni comprendido, ni mucho menos evaluado por la política ni el bien pensar y operar de una república que –es hipótesis de quien firma– se fue pudriendo por dentro por obra y desgracia de innumerables personajes políticos.

Unos experimentos, dígase, que a medida que –esperpento total– se autopropagandizaban como novedosos y superadores de todas las turbiedades, engaños y disparates que ellos mismos emprendían, desarrollaban y aprovechaban en su obsesivo machacar y quebrantar la debilidad de las instituciones de la democracia, eso mismo ––también hay que decirlo–– destornilló y degeneró la política clásica argentina de por lo menos los últimos 50 años.

Obvio que nadie, en ningún sector, lo previó ni lo vio a tiempo. Y ni siquiera hubo quienes lo anticiparan. De donde todo en la política de este país zarandeado y abusado perdió sus ejes y enterró sus normas democráticas, al punto que lo irregular acabó siendo norma y mentira, y todo funcionamiento institucional devino chueco, macanero, falso y para colmo sorpresivo e inesperado. Un río revuelto, digamos, en el que ninguna expresión política argentina fue capaz de navegar correctamente, ya no se diga flotando sobre oleajes razonables y bien orientados. No, señoras y señores, al contrario de todo lo bueno y constructivo y democrático terminó siendo, espontánea y progresivamente, una menesunda grotesca y vomitiva, macaneadora ideal para oportunistas, chantas y corruptos. Que es lo que hoy gobierna en esta nación que nos duele a millones de ciudadanos y ciudadanas decentes pero sin remedios democráticos.

Incluso la idea esperanzadora (pero incorrecta) que nos prometía a los ilusos decentes y patrióticos que los malos no iban a durar mucho tiempo debido a sus propios mamarrachos, resultó tiro por la culata. El etéreo y reiterado pensamiento mágico, típicamente argentino, sobre todo porteño, que preconizaba que "nada es para siempre" se vino abajo como castillito de arena en playas berretas. Y así no se pudo, fue imposible y no se consiguió reformular nada que fuera bueno para ofrecerle al menos una esperanza razonable a la gran masa del pueblo, ésa que hoy desespera, adolorida y genuflexa, frente a la podredumbre de la contumacia exasperante de un régimen que siendo objetivamente degradante se las viene arreglando –y bastante bien, para sus chuecos intereses– para sostenerse en pie en el torneo de corruptos que predomina en la política local.

Es por eso, y ahí está la raíz complejísima para el arduo reconstruir de este país como Nación y como Patria, que será tarea monumental cuando estos tipos se vayan, lo cual debería ser inevitable y sólo cuestión de tiempo. Y es que lo dañado es tan grotesco como el sainete del funcionario charlatán que dice que no voló en el avión que sí voló, como dice que no choreó lo que sí choreó al no pagar de su bolsillo lo que no debió pagar porque no debió tomar ese ni ningún otro avión o paloma mensajera.

Lo cierto es que el sainete lo que no tiene es remedio, como no tiene arreglo por obvias groseras y estúpidas fallas de fábrica, que eso y no otra cosa es el escenario presidencial que solamente servirá para esperanzarse cuando estos tipos se vayan, o se queden pero en calabozos.

Porque se van a ir, qué duda cabe, porque es la única posibilidad y forma de este país que muchos amamos y tantos imbéciles detestan y por eso corrompen, y para eso desde ya hay que subrayar que el Pueblo Argentino no reconocerá ninguna decisión dañina, o sea todas las que tomaron estos tipos. Y sólo así alguna vez y no sin el Pueblo en las calles, tendremos gente honorable y transparente en la conducción de esta República. Para así y de una vez poner la Patria a reorganizarse. Que hoy ya es la urgencia mayor de la república chueca y corrompida que hoy somos por obra y gracia de millones de votos inflados, mal paridos y depositados al divino cuete en urnas que obviamente nadie controló debidamente ni con el necesario rigor.

Por eso esta república deberá advertir de una buena vez que la voluntad popular debe estar siempre e incondicionadamente por encima de cualquier cesión territorial o entrega de soberanía. Empezando por reorganizar la educación y la salud públicas. Y tanto más que es urgente esperanzar, porque todo tiene remedio y nada es para siempre, y la primera soberanía es la de la voluntad popular. Ahí se cifra la esperanza y no en charlatanerías, mentiras y promesas farsescas como llevamos más de dos años soportando.

Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/

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