La izquierda británica frente al colapso laborista

15.03.2026

Aunque Keir Starmer devolvió al laborismo británico al poder, su gobierno no encarna un horizonte redistributivo, sino una continuidad neoliberal cada vez más disciplinaria. En medio del malestar social, la fragmentación política y la crisis de representación, la irrupción de Your Party y el ascenso del Partido Verde intentan darle nueva forma a una izquierda huérfana.

Jeremy Corbyn y Zarah Sultana participan en un debate sobre Your Party (Morning Star)
Jeremy Corbyn y Zarah Sultana participan en un debate sobre Your Party (Morning Star)

Por Jazmín Bazán - Es licenciada en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). En el ejercicio del periodismo ha colaborado con diversos medios, entre los que se destacan elDiarioAR/elDiarioES, Revista Gallo, Vía País, Under Periodismo y La Izquierda Diario. Es coautora de Andrea D´Atri, Celeste Murillo y Ana Sánchez (eds.): Luchadoras: historias de mujeres que hicieron historia (CEIP, Buenos Aires, 2017).


En 2024, la prestigiosa editorial Penguin Books publicó The Trading Game [El juego del comercio], de Gary Stevenson. El libro se consolidó rápida y sostenidamente como un bestseller. Su autor narra con mordacidad el itinerario del arquetipo aspiracional contemporáneo: de las barriadas de East London al trader más exitoso de Citibank en 2011; de la escuela pública a la London School of Economics; de una típica familia trabajadora británica a multimillonario.

Pero el interés del relato no radica solo en la concreción del ascenso social -un ideal cada vez más lejano-, sino en la fórmula que lo hizo posible. Tras la crisis de 2008, Stevenson apostó a que la desigualdad económica se profundizaría de manera sostenida y que el empobrecimiento estructural mantendría bajas las tasas de interés. Es decir, acumuló su fortuna anticipando el agravamiento de las fallas del sistema.

Desde hace algunos años abandonó el mundo corporativo y se convirtió en un vocero contra la desigualdad bajo el lema «Tax the Rich»[poner impuestos a los ricos]. Su mensaje encuentra eco en amplios sectores del público británico. Y no por azar.

También en 2024, el Partido Laborista regresó al poder tras 14 años de hegemonía conservadora. Fue bajo el liderazgo de Keir Starmer, con 412 escaños. Esa mayoría parlamentaria, sin embargo, ocultaba un dato significativo: el laborismo consiguió apenas 34% de los sufragios, el porcentaje más bajo para un gobierno mayoritario en la historia del sufragio universal británico y medio millón de votos menos que en 2019.

Más que un respaldo entusiasta, lo que se expresó fue el agotamiento del ciclo conservador y la fragmentación del voto de derecha por el crecimiento de Reform UK [Reformar Reino Unido], el partido de extrema derecha encabezado por Nigel Farage.

Esto se refleja en las políticas de Starmer. Alejado del recuerdo del Estado de bienestar asociado al laborismo, el gobierno erigió un discurso conservador y, en ocasiones, reaccionario en aspectos centrales.

Como señala Oliver Eagleton en Your Party: The Return of the Left [Tu Partido. El regreso de la izquierda] (Verso, 2025), el viraje no es solo retórico sino material. En el plano internacional, el Reino Unido respaldó operaciones militares en Yemen y acompañó escaladas promovidas por Estados Unidos, reforzando una política exterior cada vez más subordinada y beligerante. Además, sostiene una lógica antimigratoria, plasmada en la creación de un comando de seguridad fronteriza con amplias atribuciones.

Actualmente, la alineación con Washington alcanzó un nuevo punto de inflexión. La escalada entre Estados Unidos e Irán, junto con la presión directa de Donald Trump –quien llegó a afirmar que «Starmer no es Winston Churchill»–, empujó al gobierno británico a abandonar su postura inicial de carácter «defensivo». Desde entonces evalúa la posibilidad de operaciones ofensivas, incluida la autorización de ataques de la Real Fuerza Aérea (RAF, por sus siglas en inglés) contra instalaciones de misiles en territorio iraní. Desde el Ejecutivo, el viceprimer ministro David Lammy defendió la legalidad de una intervención directa con el argumento de proteger activos y personal británico en Oriente Medio. El gobierno laborista enfrenta una vez más la paradoja de verse implicado en una guerra potencialmente impopular para sostener una alianza transatlántica cada vez más exigente.

En el ámbito interno, la orientación resulta igualmente dura. La designación de Palestine Action -grupo británico de acción directa fundado en 2020 que realiza sabotajes y ocupaciones contra empresas vinculadas a la industria armamentística israelí- como organización «terrorista», el endurecimiento de penas contra activistas climáticos y la ampliación de facultades estatales en materia de vigilancia son ejemplos de este giro.

En materia social, el Ejecutivo avanzó sobre prestaciones destinadas a personas enfermas y con discapacidad. Aunque algunas iniciativas enfrentaron resistencia pública, la dirección general no se modificó.

Starmer apela con frecuencia a su biografía -«hijo de un fabricante de herramientas»- como garantía de autenticidad trabajadora frente a la sospecha de elite metropolitana. Sin embargo, esa invocación funciona menos como compromiso de clase que como recurso legitimador poco convincente. En definitiva, Westminster hizo lo que mejor sabe hacer: una coreografía de continuidad con nuevos rostros.

Bajo el liderazgo de Starmer, el laborismo parece operar hoy como una maquinaria electoral que gestiona el declive de una potencia imperial sin ofrecer un horizonte productivo alternativo. Ya distante de su pasado industrial, la economía del Reino Unido se afirma como una economía financiarizada, dependiente de la City, de la renta inmobiliaria y de un sector de servicios precarizado.

Este diagnóstico confirma también la continuidad neoliberal que encarna el starmerismo: una insistencia discursiva en el crecimiento económico –que hasta ahora no logra materializarse–, sin cuestionar en ningún momento la estructura de distribución de la riqueza. En ese marco, el proyecto de Starmer aparece como el abrazo, sin contradicción, a un logos con rémoras de izquierda –el laborismo–, combinado con ideas y políticas cada vez más conservadoras. Al mismo tiempo, la trayectoria política del primer ministro revela una profunda incomodidad con el pluralismo democrático: tras surgir de una purga dentro del partido, su consolidación se apoya en un mismo espíritu de censura que busca cortar cualquier puente entre la militancia de base y la representación parlamentaria.

En medio del malestar provocado por el estancamiento productivo, el deterioro de los servicios públicos y del sistema de salud, la crisis habitacional y la inflación persistente, se imponen al menos dos preguntas iniciales.

¿Se abre objetivamente el espacio para una izquierda con ideas transformadoras? Y, de ser así, ¿cuáles son los frenos subjetivos -de los líderes o de las bases- para concretar ese proyecto político?

Un repaso por la historia reciente: el fracaso del corbynismo

Para comprender el presente del laborismo y sus márgenes de acción, es necesario retroceder algunos años: a los de ascenso y caída de Jeremy Corbyn. En 2017, bajo su liderazgo, el laborismo obtuvo 40% de los votos, ganó 30 escaños y dejó a Theresa May sin mayoría parlamentaria. Aquel resultado evidenció la existencia de un electorado dispuesto a respaldar un programa antiausteridad y redistributivo.

Sin embargo, esa energía no logró estabilizarse. El Brexit fracturó la base social del Partido Laborista y Corbyn quedó atrapado en un dilema imposible: sus votantes jóvenes y urbanos exigían permanecer en la Unión Europea, mientras que buena parte de su electorado obrero en el norte respaldaba la salida. Intentar satisfacer a ambos terminó siendo inviable.

La propuesta de un segundo referéndum fue percibida como una traición en el llamado «muro rojo» -las zonas industriales históricamente laboristas-. Allí, la sensación de que el partido pretendía desconocer el resultado de 2016 empujó a miles de trabajadores a votar por Boris Johnson, quien capturó esos escaños decisivos.

La campaña de 2019 también reveló falencias de planificación y dispersión estratégica. El partido no definió con claridad qué territorios defender ni dónde concentrar recursos. A ello se sumó un desgaste reputacional que debilitó la autoridad del liderazgo y profundizó fracturas internas.

El corbynismo no consiguió traducir el entusiasmo militante en una articulación orgánica y sostenida con sindicatos y movimientos sociales. La afiliación creció de manera masiva, pero esa energía no siempre se tradujo en un sólido arraigo territorial ni en una infraestructura organizativa capaz de sostener una disputa prolongada por el poder. La derrota inauguró una nueva etapa. Corbyn renunció al liderazgo y, en octubre de 2020, fue suspendido tras sus declaraciones sobre el informe de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos acerca de la gestión de denuncias de antisemitismo. En 2024, se presentó como candidato independiente por Islington North y obtuvo el escaño. Fue entonces cuando el Partido Laborista formalizó su expulsión.

El fracaso de la experiencia corbynista dentro del laborismo implicó la desarticulación de un proyecto que había demostrado una fuerte potencia inicial, pero dejó un campo fragmentado, atravesado por la abstención, la resignación y los desplazamientos sociales hacia otras ofertas políticas. También activó resistencias dentro y fuera del Partido Laborista.

En ese terreno, en 2025, surgió Your Party [Tu partido], el armado representado por Jeremy Corbyn y Zarah Sultana. Heredera del impulso que casi una década atrás había llevado a Corbyn al liderazgo, la nueva formación nace en una coyuntura erosionada, marcada por una crisis económica y de representación más profunda. Incorpora a generaciones más jóvenes con preocupaciones propias y asume, al mismo tiempo, las lecciones del corbynismo: sus tareas inconclusas y los desafíos que quedaron abiertos.

El surgimiento de Your Party: ¿una recomposición posible?

La creación de Your Party fue el desenlace de una marginación progresiva de las corrientes disidentes dentro del Partido Laborista bajo el liderazgo de Keir Starmer. El punto de quiebre llegó en julio de 2024, cuando la dirección retiró el whip -la pertenencia al bloque parlamentario laborista- a los diputados que votaron contra el two-child benefit cap (límite de la prestación por dos hijos), que restringe las ayudas sociales a partir del tercer hijo y rige desde 2017. Entre los sancionados se encontraba Zarah Sultana.

Tras 14 años de militancia laborista y una creciente exclusión institucional dentro del partido, Sultana renunció formalmente al laborismo en julio de 2025. Ese mismo mes anunció, junto a Jeremy Corbyn, la conformación de un nuevo espacio político. Para una parte significativa de la militancia, ese gesto representó el cierre definitivo del ciclo del corbynismo dentro del laborismo y el intento de reconstruir, por fuera de ese marco, una alternativa con ambición superadora.

Desde el inicio confluyeron dos corrientes organizadas: el entorno histórico de Corbyn, articulado en la corriente denominada Collective, y el círculo cercano a Sultana, estructurado en torno de un memorándum de entendimiento interno (MoU). A ellos se sumaron militantes históricos y activistas provenientes de sectores de la izquierda radical.

Sultana, nacida en Birmingham en 1993 y politizada bajo el impacto de la «guerra contra el terror» y la crisis de 2008, se incorporó al laborismo a los 17 años y desarrolló trayectoria como organizadora comunitaria antes de ser electa diputada por Coventry Sur en 2019. Su perfil combina un fuerte activismo antiimperialista, una marcada defensa de los servicios públicos y una mirada crítica sobre los límites del corbynismo original.

Your Party se postula como una alternativa al modelo económico financiarizado del starmerismo. Apela principalmente a jóvenes urbanos, menores de 40 años, y trabajadores precarizados que ya no se sienten representados por la marca laborista, percibida por muchos como un sello vacío. También busca interpelar a votantes con alta sensibilidad moral frente a la crisis en Gaza. En su programa figuran la renacionalización de servicios públicos, la aplicación de impuestos a la riqueza y una política exterior autónoma.

El complejo panorama político británico

La extrema derecha expresada en Reform, el partido de Nigel Farage, capitaliza un malestar que no se limita a la xenofobia, aunque la incluya: pérdida de estatus, deterioro de infraestructuras, empleos evaporados, sensación de abandono por parte de las elites metropolitanas. Si la izquierda aspira a disputar ese electorado, necesita algo más que ajustes de consignas. Requiere puentes materiales y simbólicos: una economía moral frente al saqueo privatizador, protección efectiva de ingresos y derechos, orgullo territorial sin exclusión, negociación colectiva robusta sin convertir al migrante en chivo expiatorio.

Esto abre otra cuestión: ¿deben también los sindicatos -base histórica del laborismo- reformularse para seguir siendo relevantes? Las organizaciones gremiales conservan peso, especialmente en el sector público, pero su estructura vertical y su implantación desigual dificultan la organización de sectores emergentes -trabajadores precarizados en logística, plataformas y cuidados-. Al mismo tiempo, restringen su capacidad de producir deliberación política más allá de la pugna salarial.

Las diferencias generacionales también reconfiguran identidades. Para muchos votantes mayores, el propio término «laborismo» sigue evocando una memoria nostálgica del Estado social. Sin embargo, para numerosos sectores jóvenes asociados a la izquierda, la marca representa un progresismo institucional sin horizonte transformador. En esa brecha compiten el Partido Verde (segunda fuerza política en 39 distritos actualmente controlados por el laborismo) y Your Party.

Zack Polanski, líder del Partido Verde, construyó su perfil político con carisma y un uso particularmente eficaz de las redes sociales como plataforma de difusión –sus videos circulan masivamente en Twitter e Instagram–. Su mensaje se articula en torno de tres ejes centrales: la carestía de vida, la amenaza de la extrema derecha y la urgencia climática. Todo esto, acompañado por un antagonismo verbal hacia las elites económicas. Ideológicamente suele ubicárselo dentro de una «socialdemocracia de izquierda», que combina redistribución fiscal con renacionalización del agua y una postura crítica hacia la <Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

El genocidio en Palestina introdujo un eje de alta intensidad moral en el progresismo británico. Para numerosos jóvenes y votantes musulmanes, no se trata solo de política exterior, sino de coherencia entre discurso de derechos y prácticas gubernamentales. La incógnita es si esa energía puede traducirse en una estrategia sostenida -con implicancias en libertades civiles y límites al sistema de vigilancia- o si quedará como reacción episódica.

Algo es claro: la percepción generalizada de que «nada funciona» alimenta una desafección que aún no encuentra un canal estable. El dilema de Your Party expresa un problema medular: cómo articular la radicalización y la participación electoral dentro de un régimen político y económico que ha aprendido a absorber la contestación sin modificar sus fundamentos.

Esta parálisis estratégica remite a una pregunta que la izquierda británica parece haber postergado o, acaso, clausurado: ¿ha abandonado definitivamente el concepto de revolución? Your Party oscila hoy entre la gestión parlamentaria de la crisis y la idea de una modificación radical del régimen de propiedad. En un contexto donde el Estado actúa como guardián de la financiarización, la distinción entre reformar un sistema agotado o plantear una ruptura de raíz deja de ser un debate académico para convertirse en una encrucijada de supervivencia política.

El desafío de Your Party es resolver la tensión entre la masificación necesaria para disputar el poder y la preservación de su identidad política. El riesgo de una unión táctica con los Verdes o de una apertura indiscriminada hacia un electorado más amplio es que el programa acabe «lavado», perdiendo su filo estructural en favor de un «movimientismo» difuso. La izquierda británica aún debe demostrar si puede construir un respaldo social masivo, sin convertir su propuesta en una variante más, aunque más estridente, de la mera administración del desgaste.

Fuente:

https://nuso.org/articulo/izquierda-britanica-corbyn-polanski-laborismo-starmer/