La visita de León XIV: del Aktion T-4 al ANDIS K-3%

25.09.2026
El papa León XVI, junto a personas con discapacidad | Foto de Vatican Media
El papa León XVI, junto a personas con discapacidad | Foto de Vatican Media

El papa León XIV visitará la Argentina del 8 al 11 de noviembre y el gobierno de Javier Milei teme un fuerte cuestionamiento público a sus políticas de agresión y humillación a minorías con discapacidades. En ese sentido, el viaje del papa al sur del conurbano bonaerense para visitar el Pequeño Cottolengo Argentino Don Orione en Claypole, es una señal que inquieta al gobierno.


Por Daniel Cecchini - Periodista

(para La Tecl@ Eñe)

Dada la ignorancia supina sobre la historia y otras materias que caracteriza a los funcionarios mileístas, es probable que desconozcan el papel que el Vaticano ha jugado en defensa de los derechos de los discapacitados, aún en sus etapas más reaccionarias. De saber, por ejemplo, que incluso en el marco de los fluidos vínculos que el papa Pío XII mantenía con la Alemania nazi, la Iglesia encabezó el movimiento de resistencia al sistemático exterminio de enfermos mentales y personas con discapacidades físicas, conocido como Aktion T-4.

El Aktion T-4

El nombre no decía nada: Aktion (Acción) T-4 (Tiergartenstraße 4, es decir, calle del Jardín Zoológico, número 4) aludía simplemente a la dirección de la oscura oficina que comandaba desde Berlín la organización que perpetraba el aniquilamiento de los «inferiores». Liderado por Philipp Bouhler, el director de la cancillería privada de Hitler, y Karl Brandt, su médico de cabecera, el programa fue puesto en marcha en septiembre de 1939, unos dos años antes de que los nazis comenzaran a asesinar a los judíos de Europa como parte de la «solución final».

Fue una de las muchas medidas eugenésicas radicales que tuvieron por objetivo restaurar la «integridad» racial del Reich alemán. Su meta era eliminar lo que los eugenistas y sus partidarios consideraban «vidas que no vale la pena vivir». En otras palabras, las personas que, desde su perspectiva, representaban una carga tanto genética como económica para la sociedad alemana y para el Estado, debido a discapacidades psiquiátricas, neurológicas o físicas graves.

El programa se comenzó a aplicar en el mismo momento en que se iniciaba la guerra y se «justificó» con un argumento práctico. «La sola idea de que un herido de guerra no tuviera cama porque ésta estuviera ocupada por un enfermo mental le parecía a Hitler insoportable, según lo dijo el mismo», escribe el historiador Manfred Vasold en la «Enciclopedia del Nacionalsocialismo».

No obstante, debajo de la excusa práctica de una necesidad bélica se ocultaba la materialización de un viejo anhelo que el propio Hitler había planteado casi 15 años antes: «Es un contrasentido dejar que enfermos incurables contaminen continuamente a los que están sanos. La exigencia de que se impida a los individuos defectuosos propagar vástagos igualmente defectuosos es una exigencia cuya razón está clarísima. El enfermo incurable será implacablemente segregado, en caso necesario… una medida bárbara para el desdichado al que se le aplique, pero una bendición para su prójimo y para la posteridad», se puede leer en «Mein Kampf» («Mi Lucha»), el líbelo de Adolf Hitler publicado en 1925.

La mecánica de Aktion T-4 era tan siniestra como sencilla: los enfermos mentales, diagnosticados por médicos cómplices, eran enviados a seis centros de eutanasia – uno instalado en Austria y cinco en Alemania – donde los niños y luego los adultos eran asesinados con una inyección letal, por inanición o por gaseo. Posteriormente se informaba a sus familias que su pariente había fallecido a causa de alguna complicación de su enfermedad.

La resistencia religiosa

A pesar de su carácter clandestino y a la aceitada maquinaria montada para encubrirlo, el verdadero carácter del programa de exterminio pronto se convirtió en un secreto a voces que, por primera vez en muchos años, provocó un fuerte movimiento de oposición en la sociedad alemana.

A la cabeza del movimiento se puso el obispo católico de Münster, Clemens August Graf von Galen, a quien pronto se sumó el pastor protestante Fritz von Bodelschwingh. El papel de este último fue fundamental para que se hiciera público el plan de exterminio, porque como director del Instituto Bethel para epilépticos conocía de primera mano su funcionamiento y su objetivo final. El movimiento de oposición se potenció por la resistencia de no pocas instituciones psiquiátricas. En la Alemania de fines de los '30 y principios de los '40, más de la mitad de los hospicios estaba administrado por religiosos católicos o protestantes que se negaron a ser parte de esa maquinaria de muerte.

A todo esto se sumó la toma de posición del Vaticano – quizás la más fuerte registrada durante el transcurso de la Segunda Guerra -, que el 2 de diciembre de 1940 se pronunció en contra de la política de eutanasia del gobierno nazi por ser contraria a la ley natural y a la ley divina, y dictaminó que «el asesinato directo de una persona inocente por defectos mentales o físicos no está permitido».

Las protestas sociales y la oposición religiosa pusieron en jaque a un Hitler, todavía golpeado por la deserción de su antiguo lugarteniente, Rudolf Hess, en un vuelo secreto a Gran Bretaña, y concentrado en la invasión a la Unión Soviética, iniciada en marzo de 1941.

El obispo Clemens von Galen desafió al nazismo desde el púlpito.
El obispo Clemens von Galen desafió al nazismo desde el púlpito.

El sermón del obispo

La enorme difusión que alcanzó el sermón pronunciado por el obispo von Galen el 3 de agosto de 1941, potenció aún más esa resistencia. «Existe una sospecha general que roza la certeza de que esas numerosas muertes de personas con enfermedades mentales no se producen por sí solas, sino que se provocan deliberadamente, que se está siguiendo la doctrina de acuerdo con la cual ha de destruirse la llamada 'vida indigna', es decir, matar a personas inocentes si uno considera que sus vidas no son ya útiles para la nación y para el estado», denunció desde el púlpito.

Hacía meses que von Galen, que había llegado al obispado en 1933, el mismo año del ascenso de Hitler al poder, venía cuestionando esa y otras políticas nazis, como también el accionar de la Gestapo, pero la repercusión de ese sermón puso en jaque al régimen, porque generó un fuerte movimiento de oposición en la sociedad alemana. Su estilo directo no dejaba lugar para eufemismos. «Ellos (los discapacitados) son personas, nuestros hermanos y hermanas, tal vez su vida no sea productiva, pero la productividad no es una justificación para matar. Si así lo fuera, todo el mundo temería inclusive acudir al doctor. El tejido social se vería afectado. Un régimen que puede salirse con la suya rompiendo el quinto mandamiento, puede destruir asimismo los otros mandamientos», advirtió.

Y fue por más, porque no se limitó a hablar desde el púlpito a su feligresía habitual, sino que hizo imprimir el sermón como mensaje pastoral para que fuera leído en voz alta en las parroquias. Su efecto se multiplicó aún más cuando los británicos emitieron fragmentos del texto por medio del servicio alemán de la BBC y lanzaron panfletos sobre varias ciudades alemanas, además de traducirlos a otras lenguas y distribuirlos en los países ocupados por los nazis, como Francia, Holanda o Polonia.

El impacto de la acción de la Iglesia fue tremendo. El historiador Richard J. Evans lo describe así: «A pesar del secreto que lo rodeaba, el programa de eutanasia involuntaria no podía permanecer largo tiempo inadvertido y generó el movimiento de protesta más fuerte, más explícito y más extendido contra cualquier política desde el comienzo del Tercer Reich».

Algunos de los más altos jerarcas del régimen propusieron ejecutar al obispo. Martin Bormann, uno de los más cercanos a Hitler, llegó a sugerir ahorcarlo. Sin embargo, Joseph Goebbels convenció a la cúpula nazi de que eliminar a von Galen generaría un levantamiento católico masivo y dañaría la unidad nacional en plena guerra. El obispo fue sometido a una especie de arresto domiciliario informal, aunque nunca dejó de ejercer su rol pastoral.

Para desactivar el movimiento generado por el obispo, Hitler se vio obligado a dar un paso atrás, y el 18 de agosto de 1941 ordenó detener el programa Aktion T-4. Para entonces, de acuerdo con los propios cálculos internos de T4, el programa de «eutanasia"», se había cobrado las vidas de 70.273 personas internadas con discapacidades físicas y mentales.

Pasado y presente

El lector que haya llegado hasta aquí podría poner este reparo: es imposible comparar un plan de exterminio perpetrado por un régimen dictatorial de la primera mitad del siglo pasado, con las políticas de un gobierno que se mantiene dentro de las reglas de la democracia formal más de setenta años después. Y podría agregar: es verdad que los discapacitados es uno de los sectores más golpeados durante la gestión libertaria, no sólo por el recorte de recursos y la transformación de la Agencia Nacional de Discapacidad en una caja negra de corrupción (a la que podríamos llamar «Andis K-3%» luego de las revelaciones de Diego Spagnolo), sino también por las humillaciones constantes y la represión a las legítimas protestas en defensa de sus derechos.

Sin embargo, estas políticas también causan la muerte, aunque los métodos sean diferentes. Se trata de un cambio de fórmula. En su último ensayo publicado, «De matar a dejar morir», publicado por Siglo XXI, Pilar Calveiro plantea esa diferencia, pero también una continuidad. Vale la pena citarla: «La biopolítica se orienta a la gestión y el control de los procesos de vida de una población, entendida como conjunto. Según Michel Foucault, junto a la vieja fórmula 'hacer morir y dejar vivir', características de las soberanías especialmente estatales – que matan de manera directa – la biopolítica consistiría en lo que parece a primera vista su reverso, 'hacer vivir y dejar morir'. Eso implica el cuidado y la 'defensa de la vida' de ciertas poblaciones, al tiempo que 'abandona' o 'deja morir' a otras, es decir, protege a unos y simultáneamente empuja a otros hacia la muerte», escribe Calveiro.

Basta repasar las medidas en materia de discapacidad que el gobierno de Javier Milei ha tomado desde sus inicios hasta la presentación del último presupuesto, para ver que el 'dejar morir' al que se refiere Calveiro les calza como anillo al dedo. Se suele decir que las comparaciones son odiosas. Y quizás, también, hacerlas entre el Aktion T-4 y el Andis K-3% sea un exceso. Es posible, porque entre «matar» y «dejar morir» hay una diferencia metodológica, aunque el resultado sea el mismo: la muerte. Tal vez León XIV diga algo sobre el asunto. Eso es lo que teme el gobierno.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/la-visita-de-leon-xiv-del-aktion-t-4-al-andis-k-3-por-daniel-cecchini/

Share