Los planes de Trump para «tomar Cuba»
Mientras Trump estrangula la economía cubana cortando el suministro petrolero, negociaciones secretas entre Marco Rubio y «Raulito» Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, buscan un acuerdo que abriría la isla a la inversión estadounidense. Washington exige también la salida de Díaz-Canel, mientras Cuba enfrenta su peor crisis humanitaria en décadas.

Por Peter Kornbluh - Colaborador de The Nation sobre temas cubanos. Es coautor, junto con William M. LeoGrande, de Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana (The University of North Carolina Press, 2014) y autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability (The New Press, 2013).
Por William LeoGrande - Es profesor de Ciencias Políticas en la American University, autor de Our Own Backyard: The United States in Central America (The University of North Carolina Press, 2000) y coautor, junto con Peter Kornbluh, de Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana (The University of North Carolina Press, 2014).
«Saben, toda mi vida he oído hablar de Estados Unidos y Cuba. ¿Cuándo va a actuar Estados Unidos?», declaró Donald Trump ante un grupo de periodistas reunidos en el Despacho Oval a mediados de marzo, haciendo alarde de su poder para dominar a otras naciones. «Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Eso estaría bien». ¿Tomar Cuba?, preguntó un reportero de Fox News. «Tomar Cuba de alguna forma, sí», prosiguió Trump. «Quiero decir, ya sea liberándola o tomándola, creo que puedo hacer lo que quiera con ella, [si] quieres saber la verdad».
Un aspirante a emperador necesita un imperio. Trump parece haberse decidido por el hemisferio occidental como su dominio imperial, tal y como se establece en su Estrategia de Seguridad Nacional. La liquidación de los regímenes que Trump considera adversarios comenzó con Venezuela, y ahora Cuba está en el punto de mira.
La descarada afirmación de Trump de que puede hacer lo que quiera con Cuba es típica de su audaz fanfarronería, pero esta vez podría ir en serio. Tiene a Cuba contra las cuerdas… y, literalmente, contra barriles de petróleo. Tras cortar los envíos de petróleo venezolano, Trump amenazó con sancionar a cualquier otro país que enviara petróleo a Cuba, imponiendo un bloqueo petrolero total a la isla dependiente del petróleo.
Mientras Washington estrangula la economía cubana, entre bastidores ambos países se enzarzan en el delicado baile de la diplomacia de los canales secretos -un esfuerzo que, en teoría, podría dar lugar a un «acuerdo», en lugar de a una guerra-. Como presidente de Estados Unidos, la baza de Trump es su capacidad para infligir daño a otros países -mediante aranceles, sanciones económicas y bombas-. En relaciones internacionales, esto se llama «diplomacia coercitiva». En la calle, simplemente extorsión. Tras haber cortado el suministro de petróleo a Cuba, Trump cree sin duda que puede hacer a los líderes cubanos «una oferta que no puedan rechazar».
Pero lo que el Vaticano denomina una «solución basada en el diálogo» ofrece una pequeña esperanza de que Cuba pueda evitar ataques quirúrgicos al estilo de Venezuela, o un ataque militar masivo al estilo de Irán. Dependiendo de cómo se desarrollen las negociaciones, la isla caribeña podría salir adelante con reformas económicas inducidas por la coacción que auguren un futuro mejor para el pueblo cubano, que actualmente sufre una de las peores crisis humanitarias que su país haya padecido jamás.
Contornos de un acuerdo
Casi todos los días, durante el último mes, el presidente Trump ha declarado abiertamente que «estamos hablando» con cubanos de «alto nivel» y que espera llegar a un acuerdo. «Quieren llegar a un acuerdo, así que voy a enviar a Marco [Rubio] allí y veremos qué pasa», declaró a la CNN el 5 de marzo. Poco después, volvió a decir a los periodistas: «Creo que muy pronto llegaremos a un acuerdo o haremos lo que tengamos que hacer».
Llegar a un «acuerdo» requiere negociaciones delicadas. Por esa razón, las conversaciones extraoficiales suelen llevarse a cabo en el más estricto secreto, para evitar presiones políticas que podrían socavar su éxito, un peligro inherente a cualquier esfuerzo entre Washington y La Habana por redefinir las relaciones entre ambos países. A diferencia de Trump, los cubanos se tomaron en serio sus obligaciones de confidencialidad, negando repetidamente que estuvieran inmersos en una negociación secreta con Estados Unidos, a pesar de las afirmaciones de Trump y de múltiples informes de los medios que indicaban lo contrario.
Pero en una inusual rueda de prensa celebrada el 13 de marzo, el presidente Miguel Díaz-Canel admitió finalmente que ambas partes estaban manteniendo conversaciones reservadas. «Estos son procesos que se hacen con mucha discreción, son procesos largos que hay que iniciarlos primero estableciendo contactos, que haya posibilidades de canales de diálogo y que haya voluntad para el diálogo (...), y a partir de eso entonces es que se están construyendo agendas, se entra en negociaciones, se entra en conversaciones y se llega a acuerdos», señaló Díaz-Canel.
Se han celebrado conversaciones de alto nivel entre los asesores principales del secretario de Estado Marco Rubio y el nieto de Raúl Castro, de 41 años, el coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro. «Raulito», como se lo conoce en Cuba, está a cargo de la seguridad de su abuelo. Rodríguez Castro tiene conexiones empresariales internacionales a través del Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), un conglomerado controlado por los militares que dirigía su padre, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, antes de su inesperada muerte. Esas conexiones parecen haber llamado la atención de funcionarios estadounidenses que lo ven como «representante de los cubanos más jóvenes y con mentalidad empresarial, para quienes el comunismo revolucionario ha fracasado», según el portal Axios, «y que ven valor en el acercamiento a Estados Unidos».
Se desconoce cuándo y cómo Rubio y «Raulito» iniciaron sus comunicaciones extraoficiales. Pero al menos tuvo lugar una reunión con un adjunto de Rubio en la isla de San Cristóbal durante la reunión de la Comunidad del Caribe (Caricom) el 25 de febrero pasado. La conversación se centró en las reformas económicas que Cuba implementaría a cambio de que el gobierno de Trump levantara progresivamente diversas sanciones sobre el petróleo, el comercio y los viajes que actualmente asfixian la economía cubana.
De hecho, en lugar de derrocar al régimen comunista de Cuba, el gobierno de Trump parece estar mucho más centrado en abrir la economía cubana a la inversión estadounidense y en restaurar la posición de Washington anterior a la revolución de 1959 como potencia dominante sobre la isla: «el acatamiento del régimen en lugar del cambio de régimen», como describe The New York Times los objetivos de Estados Unidos.
Para proporcionar a Trump una victoria simbólica, informó el diario neoyorquino, los funcionarios estadounidenses han «señalado a los negociadores cubanos que el presidente [Díaz-Canel] debe irse» como parte de cualquier acuerdo. Cuba tendrá que cambiar su liderazgo para abordar las preocupaciones de Estados Unidos, tal y como declaró públicamente el secretario Rubio. «Están en un gran aprieto, y quienes están al mando no saben cómo solucionarlo, así que tienen que poner a gente nueva al frente».
Sacrificar a Díaz-Canel ante exigencias tan imperiosas es una concesión que es poco probable que haga la dirección del Partido Comunista de Cuba. Pero para avanzar en las negociaciones secretas, el gobierno cubano ya ha tomado medidas en respuesta a otras demandas estadounidenses. El 12 de marzo, Díaz-Canel anunció que Cuba liberaría a 51 presos políticos, un gesto en materia de derechos humanos destinado a generar buena voluntad. Durante su rueda de prensa al día siguiente, el presidente cubano tendió una rama de olivo a los cubanos de la diáspora, prometiendo «acogerlos, escucharlos, ayudarlos y proporcionarles un espacio para participar en el desarrollo económico y social de nuestro país». El viceministro de Relaciones Exteriores, Óscar Pérez Fraga, ha anunciado desde entonces que los inversores estadounidenses y cubano-estadounidenses pronto podrán invertir en empresas del sector privado cubano, poseer negocios y propiedades en la isla, e incluso asociarse a empresas estatales.
Esta iniciativa responde a una de las demandas repetidas por Trump: que sus acaudalados amigos cubano-estadounidenses de Miami puedan regresar a la isla. Abrir la economía cubana a este tipo de inversión extranjera es una reforma muy necesaria y largamente esperada. La participación de los cubano-estadounidenses crearía rápidamente un grupo de presión influyente para levantar el embargo y retirar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo del Departamento de Estado, que impone severas restricciones a las transacciones bancarias y financieras internacionales. «A medida que las autoridades cubanas reconozcan nuestros derechos a formar parte de la nación cubana, a participar en la transformación económica y en las posibles reformas políticas del futuro», declaró el empresario cubano-estadounidense Hugo Cancio en una entrevista, «seremos nosotros quienes cambiaremos [las cosas en] Washington».
De la zanahoria al palo
«No es la primera vez que Cuba entra en una conversación de este tipo; el ejemplo más reciente fue la manera en que el general de Ejército [Raúl Castro] condujo las conversaciones con el presidente Obama (...) y todos sabemos los resultados que dieron esas conversaciones», declaró el presidente Díaz-Canel en su rueda de prensa del 13 de marzo. De hecho, tras dos años de reuniones secretas en Canadá, México y el Vaticano entre funcionarios de la Casa Blanca y representantes de Raúl Castro, ambos presidentes anunciaron de forma espectacular un nuevo acercamiento el 17 de diciembre de 2014. En un intento por hacer «irreversible» este acuerdo histórico, el presidente Obama viajó a La Habana hace exactamente diez años, el 20 de marzo de 2016. «He venido aquí para enterrar el último vestigio de la Guerra Fría en las Américas», anunció Obama entre aplausos durante un importante discurso en el Gran Teatro de La Habana. «He venido aquí para tender la mano de la amistad al pueblo cubano».
Los objetivos de Obama no eran muy diferentes de los de Trump: ampliar la interacción económica de Estados Unidos con Cuba e impulsar el crecimiento del sector privado, con la esperanza de que la transformación económica acabara conduciendo también a una transformación política. Pero el enfoque de Obama fue civilizado y respetuoso, basado en el concepto de «compromiso positivo». En poco tiempo, la apertura hacia Cuba restableció las relaciones diplomáticas oficiales, levantó las restricciones a los viajeros estadounidenses, recompuso el servicio aéreo comercial, autorizó a las empresas estadounidenses a hacer negocios en la isla y dio lugar a 22 acuerdos sobre cuestiones de interés mutuo, entre ellos la cooperación en materia de lucha contra el terrorismo, combate al narcotráfico, protección del medio ambiente, salud pública e inmigración ordenada. Una revisión de seguridad nacional de la política de acercamiento de Obama, llevada a cabo durante los primeros meses de la presidencia de Trump en 2017, determinó que estaba promoviendo con éxito los intereses de Estados Unidos.
Aun así, Trump puso fin al acercamiento. «Voy a cancelar el acuerdo completamente unilateral de la última administración con Cuba», declaró. «Nuestra política buscará un acuerdo mucho mejor para el pueblo cubano y para Estados Unidos».
En marcado contraste con Obama, que ofreció el incentivo de la normalización de las relaciones bilaterales, Trump prefiere el garrote del poder estadounidense; sus métodos para conseguir «un acuerdo mejor» solo pueden calificarse de castigo colectivo. Desde que tomó el control de la industria petrolera de Venezuela en enero de este año, ha suspendido las exportaciones de petróleo de ese país a Cuba, al tiempo que ha intimidado a México, Rusia y otros exportadores de petróleo para que también detengan sus envíos[1]. La estrategia de Washington ha consistido en estrangular el suministro energético de Cuba de tal manera que, literalmente, se apaguen las luces, se paralice la actividad económica y la gente pase hambre. «Sin energía, no puede haber economía, ni educación, ni sanidad, ni producción de alimentos», afirma Jorge Piñón, el principal experto en el sector petrolero cubano. «Si no tienes ese motor, el resto del país se derrumba». Cumpliendo esa profecía, a mediados de marzo la red eléctrica nacional sufrió una «desconexión total», como describieron las autoridades cubanas el fallo de la red, sumiendo a todo el país, con sus 10 millones de habitantes, en la oscuridad durante horas.
Como si privar a una nación de combustible y electricidad no fuera lo suficientemente cruel, el gobierno de Trump también ha atacado una de las últimas fuentes de divisas fuertes que le quedan a Cuba: su programa de servicios médicos internacionales.
Bajo la supervisión de Marco Rubio, el Departamento de Estado ha puesto en marcha un «Marco de Libertad para la Autosuficiencia Sanitaria en las Américas» [Freedom Framework for Self-Sufficient Healthcare in the Americas], un plan para coaccionar a unos 14 países del hemisferio occidental a expulsar a los trabajadores médicos cubanos a cambio de la ayuda de Estados Unidos para modernizar sus programas nacionales de salud. En las últimas semanas, Honduras, Jamaica y Guyana han sucumbido a la presión estadounidense para poner fin a los servicios de cientos de médicos y técnicos cubanos que prestaban atención médica a sus ciudadanos.
Tal y como estaba previsto, el resultado del endurecimiento de las sanciones de Trump ha sido una catastrófica crisis humanitaria que empeora día a día. La grave escasez de combustible, electricidad, alimentos, refrigeración, transporte y servicios sanitarios básicos está causando estragos devastadores en el pueblo cubano. «Los médicos de aquí dicen que en todo el país hay gente muriendo a causa de la crisis del combustible», informó NBC News desde La Habana sobre el impacto en los hospitales cubanos. La inseguridad alimentaria también se está extendiendo, según un informe reciente del International Crisis Group (ICG). «Cuba se enfrenta a la crisis humanitaria más aguda y a la mayor amenaza para su statu quo político en décadas» debido al bloqueo petrolero, afirmó el ICG.
El regreso de la Enmienda Platt
Durante su discurso en La Habana, Obama se dirigió directamente a Raúl Castro: «Quiero que sepa que creo que mi visita aquí demuestra que no tiene por qué temer una amenaza por parte de Estados Unidos». Estados Unidos, afirmó Obama, «no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer un cambio en Cuba».
Pero apenas una década después, los Estados Unidos de Trump sí tienen tanto la capacidad como la intención de imponer un cambio en la isla y se han encargado de que los dirigentes cubanos lo sepan. Como advertencia creíble, allí están los ejemplos de Venezuela, donde las fuerzas especiales estadounidenses mataron a 32 miembros del personal de seguridad e inteligencia cubanos, e Irán, donde Estados Unidos e Israel asesinaron a los dirigentes iraníes y siguen provocando muerte y destrucción. Los dirigentes cubanos no pueden escapar a la realidad de que tanto los venezolanos como los iraníes estaban inmersos en negociaciones con Washington cuando el impaciente presidente de Estados Unidos ordenó ataques militares por sorpresa.
Sin embargo, una «solución basada en el diálogo», respaldada por el papa y países importantes como México, sigue ofreciendo la mejor esperanza para el futuro de Cuba. Para encontrar un terreno común, los dirigentes cubanos quizá deban hacer concesiones incómodas, en especial en cuestiones económicas, y tendrán que navegar por las peligrosas aguas de la arrogancia y las pretensiones imperiales de Trump si esperan evitar el ominoso peligro en caso de no satisfacer sus exigencias. «Puede que sea una toma de control amistosa, o puede que no lo sea», advirtió Trump a principios de marzo. «O llegan a un acuerdo, o lo haremos nosotros, igual de fácil, de todas formas».
Sin duda, los cubanos se han enfrentado antes a amenazas de este tipo por parte del coloso del Norte, y no solo tras la revolución, cuando resistieron y sobrevivieron a invasiones paramilitares lideradas por la Central de Inteligencia Estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), intentos de asesinato y el embargo comercial destinado a derrocar a su gobierno. Las semillas de este conflicto se remontan a principios del siglo XX, cuando el presidente William McKinley, a quien Trump admira, entró en guerra con España para liberar a Cuba del dominio colonial. Las tropas estadounidenses ocuparon la isla, obligando a los cubanos a aceptar la Enmienda Platt y convertirse en un Estado cliente. La legislación garantizaba concesiones económicas a los inversores estadounidenses, otorgaba a Washington derechos perpetuos sobre la base naval de Guantánamo, limitaba las relaciones de Cuba con terceros países y concedía a Estados Unidos «el derecho a intervenir para preservar la independencia cubana» y «el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual». Cuba escapó al destino de Puerto Rico, que Estados Unidos reclamó como posesión territorial, pero se convirtió, no obstante, en una colonia de facto, hasta 1959, cuando el nacionalismo cubano impulsó la revolución de Fidel Castro.
Con su política imperiosa de «hacer lo que quiera» con Cuba, Trump está reviviendo descaradamente esta historia imperialista. Pero los cubanos pasaron casi 100 años luchando por su soberanía nacional, primero contra el colonialismo español y luego contra el neocolonialismo estadounidense, y no la entregarán tan fácilmente.
- 1.
Este solo fue puntualmente flexibilizado con el permiso, a fines de marzo, para que un buque petrolero ruso lleve crudo a la isla en medio del ahogo energético [N. del E.].
https://nuso.org/articulo/los-planes-de-trump-para-tomar-cuba/
