Mejor hablar de ciertas cosas

06.06.2026

Por José Natanson - Periodista / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur 

¿Quién liderará la oposición a Javier Milei? Empiezo por la idea, muy de moda últimamente, de inventar un outsider. La alternativa parece improbable, no porque Argentina esté a salvo de un candidato bárbaro venido de más allá de las fronteras de la política, porque una vez que se abrió esa puerta, cosa que ocurrió con la elección del propio Milei, nunca queda cerrada del todo. En Perú, nuestro espejo maldito, a un outsider le sigue otro, al que le sigue otro, y lo mismo en Chile, donde luego de dos décadas de prolijidad republicana irrumpieron presidentes ajenos a la política tradicional (Gabriel Boric y José Antonio Kast). Sobre todo en un contexto de crisis, el líder de la oposición puede ser cualquiera: un maestro que lideró una huelga, un policía retirado, el intendente extravagante de una ciudad chica. Pero el outsider no se fabrica; emerge, casi diríamos explota, salido de algún confín de la patria, y recién entonces, una vez convertido en fenómeno social, muestra su habilidad para construir alianzas con otros sectores, darse una buena táctica electoral y eventualmente llegar al poder. Es lo que hizo Milei, que usó los recursos de Sergio Massa para ganarle a Patricia Bullrich y los votos de Patricia Bullrich para ganarle a Massa. Por eso lo del predicador Dante Gebel no funciona: demasiado planificado, demasiado estudiado, demasiado pronto. Reescribo entonces la idea: las chances de un outsider son lejanas, pero no imposibles; lo imposible es adivinar su nombre.

Revisemos ahora una segunda alternativa, que es en buena medida opuesta a la anterior: un clásico gobernador, preferentemente de una provincia grande. Al fin y al cabo, de los ocho presidentes elegidos por el voto popular desde la recuperación de la democracia, cuatro fueron gobernadores o jefes de Gobierno (cinco, si sumamos a Eduardo Duhalde). Resultado de un proceso de hiperprovincialización de la política cuyo origen puede rastrearse al golpe del 55, que dio el primer paso para desmontar la centralización instaurada por Perón en la Constitución del 49, con estaciones en la última dictadura (cuando se transfirió a las provincias la educación primaria) y el menemismo (que trasladó la gestión de las escuelas secundarias y los hospitales y reconoció el dominio originario de los recursos naturales), los gobernadores son fuertes y débiles a la vez. Fuertes, porque suelen ejercer un control hegemónico de sus territorios y disponen de recursos para incidir en la política nacional (dos senadores son muchos senadores, y algunos hasta manejan tres); y débiles, porque dependen del Gobierno Nacional para concretar obras de infraestructura y, en algunos casos, pagar salarios. Sólo las provincias ricas o muy ordenadas, y ahora también algunas cordilleranas, logran eludir los históricos problemas de caja.

En otra época hubiera sido esperable que el gobernador de un distrito importante apareciera como candidato natural para enfrentar a Milei. Martín Llaryora es el continuador del cordobesismo, exitoso modelo de gestión provincial, construcción de un ecosistema económico local y diseño de un peronismo conservador. Maximiliano Pullaro se cuenta entre los pocos funcionarios que lograron, en un país en el que desde hace años los problemas se patean o se esquivan, solucionar un tema importante: bajó drásticamente los índices de homicidios, lo que explica que haya logrado reformar la Constitución para aspirar a un segundo mandato, algo que todos los gobernadores santafesinos se propusieron en algún momento y que ninguno consiguió. El problema es que ambos gobernadores prefieren adelantar las elecciones y apostar a su reelección antes que arriesgarse a una aventura nacional de resultado incierto. Quizás un gobernador no peronista como Gerardo Zamora o Rolando Figueroa, jugando dentro de la interna de un peronismo ampliado, pueda ser una posibilidad, aunque todavía son mesas de arena. La balcanización de Argentina que describí en otra oportunidad (1), en el sentido de la consolidación de un país invertebrado, fragmentado en segmentos con escaso contacto entre sí, se refleja también en el fracaso de los experimentos tipo Alternativa Federal o Provincias Unidas, amontonamientos apurados de tres o cuatro gobernadores que sienten que tienen que hacer algo pero que no logran proyectar una fuerza nacional potente.

La tercera alternativa es un quiebre del bloque oficialista. Es el deseo de parte de la elite política, mediática y empresarial, que valora el "trabajo sucio" realizado por Milei –la devaluación, la reducción del déficit fiscal, la flexibilización laboral–, pero que ya no se traga a este líder imprevisible que todavía mantiene como tuit fijado un mensaje que dice "Clarín, la gran estafa argentina", y que es capaz de insultar en los peores términos nada menos que a Paolo Rocca. Milei como un Duhalde neoliberal que cumplió su tarea de iniciar una transición considerada necesaria, antes que como un Menem hiperreformista. Es la apuesta de Macri, aunque el alto nivel de rechazo que genera su figura la hacen bastante improbable, y sobre todo de Patricia Bullrich. La senadora, de la que podrá pensarse cualquier cosa pero que ha demostrado un gran instinto político (recordemos que renunció al gabinete de De la Rúa… el 13 de noviembre de 2001) se acerca al final de su larga vida política sin renunciar a sus aspiraciones presidenciales. Su paso por el gobierno de Milei, igual que su tránsito por el cavallismo, la Alianza o el macrismo, son paradas de esa misma ambición. Cumplirá 71 años en 2027, cuando se celebren las presidenciales, y quienes la conocen dicen que la Jefatura de Gobierno de la Ciudad no le interesa. En este marco debe leerse el desafío abierto que le planteó hace unos días a Milei, reclamándole a Manuel Adorni que presente su declaración jurada. Pero hay un obstáculo. Aunque las encuestas coinciden en que hoy es la dirigente con mejor imagen del país (2), esto se explica porque es percibida como integrante del oficialismo libertario al mismo tiempo que conserva adhesiones en el tradicional electorado macrista, parte del cual no quiere saber nada con Milei. Pero en el momento en que produzca una ruptura con el gobierno, este apoyo se fragmentará.

Sucede que Milei se mantiene en niveles competitivos. Su imagen bajó mucho, pero aún ronda el 30 o 35%, un porcentaje desde el que es posible encarar una reconstrucción. Aún con los efectos de la crisis social, la insuficiencia de ingresos y el desplome del consumo, un gobierno que logra mantener el dólar bajo y la inflación controlada, atravesado por internas insólitas pero con un liderazgo claro, conserva sus chances. Macri, en medio de un caos macroecómico alfonsiniano, quedó a solo 7 puntos de Alberto Fernández. Si la economía colapsa, todo es posible, desde Dante Gebel hasta Patricia Bullrich. Pero si el gobierno logra garantizar la continuidad de la estabilidad, así sea esta estabilidad empobrecedora, no será fácil que emerja una fuerza de derecha alternativa.

Lo cual nos lleva a la última posibilidad de la oposición, que es por supuesto el peronismo y por supuesto Axel Kicillof. Caídos todos los barones del viejo PJ (los Rodríguez Saá, los Capitanich), la figura del gobernador se va imponiendo por decantación. Si hay PASO, Axel podría medirse con postulantes peronistas por derecha (un ex gobernador a lo Sergio Uñac) y por izquierda (Juan Grabois), en una disputa que tendría el valor de otorgarle un sello de amplitud sin obligarlo a forzar señales anti-naturales y que seguramente terminaría por legitimarlo, como sucedió con Cambiemos en 2015, cuando Macri derrotó a Elisa Carrió y Ernesto Sanz; si el gobierno logra reunir los votos suficientes para anular las internas, algo que hasta ahora no consiguió, aparecen dos riesgos, ambos manejables. El primero es la multiplicación de experimentos personales tipo Randazzo, pero casi nunca funcionan; el segundo es el peligro de que Cristina intente volcar el apoyo social que aún retiene, y que como hace tres elecciones que no se presenta no sabemos exactamente cuál es, al servicio de otro candidato.

¿Se animará la ex presidenta a seguir ese camino autofágico? Mi impresión es que no. Quizás algunos de quienes la rodean se sientan cómodos con el proyecto de transformar al kirchnerismo en Podemos, pero ella fue siempre, incluso en el error, una líder de mayorías. Y sin embargo, la relación personal está demasiado dañada, los rencores cruzados son muy grandes: el factor humano también pesa. El desafío de Axel de construir su candidatura sin sumisiones (el tuit apoyándola para la Presidencia del PJ que nunca llegó, el desdoblamiento en la provincia) le impide a Cristina apelar a la jugada que ensayó en las últimas tres presidenciales: elegir a un dirigente más moderado o conservador, un Scioli, un Alberto o un Massa, que efectivamente permita aspirar a un electorado más amplio y que también refuerza su monopolio de la decisión. Con su estrategia de construir autonomía sin diferenciación ideológica, Axel la privó de ese recurso.

Por esto mismo, porque las formas de su desafío no pasan por el contraste explícito, Axel se resiste a utilizar el que debe ser su principal atributo político, que es su honestidad (y la del reducido grupo de dirigentes que lo acompañan: ¿cuánto cuesta un Clio usado?). Aunque desde hace seis años gobierna "la provincia del pecado", según la definición de Jorge Asís (La Plata: más cajas que un Coto), todos saben que Axel está limpio. Y sin embargo, como escribió Martín Rodríguez (3), no puede convertir esa ventaja, casi un rasgo de carácter, en un argumento de campaña. No puede ponerlo en valor. ¿Por qué? Porque su formación política se construyó contra el progresismo de los 90 (contra la claudicación del Frepaso, que cuestionaba la corrupción menemista pero aceptaba el neoliberalismo), porque el kirchnerismo siempre confundió la lucha contra la corrupción con la persecución política, y sobre todo porque hacerlo implicaría una ruptura demasiado fuerte con el peronismo –y con el kirchnerismo– realmente existentes. Una exhibición explícita de honestidad supondría abrir la caja de pandora de los mil Lázaro Baez.

Concluyamos.

En un escenario electoral que depende en buena medida de la evolución económica, que a su vez está atada a cuestiones tan inmanejables como el resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos, el peronismo sigue siendo la principal alternativa de la oposición; y Axel, su más probable candidato. Si la situación actual se prolonga, es decir si el tipo de cambio no se dispara y la inflación se mantiene en niveles moderados, su principal desafío, como ya señalamos, será convencer a parte del electorado de que su llegada al poder no implicará el regreso a un pasado de precios disparados, descontrol cambiario y cepo. La gente es consciente del esfuerzo de estos dos años, conoce bien el tamaño de su desdicha, pero también guarda en la memoria la experiencia caótica del Frente de Todos.

Este nudo no se desatará construyendo una épica tardía del equilibrio fiscal, ni poniendo al RIGI en el centro de la campaña, sino por la vía contraria: corriendo el tema de la discusión pública, de modo de poder hablar de otras cosas. Si en 1999 la Alianza pudo ganarle al menemismo después de años de perder elecciones, fue porque logró convencer a la gente de que su victoria no implicaba el fin de la convertibilidad (Chacho Álvarez tuvo incluso que decir que se había arrepentido de no haber votado la ley). Después, el gobierno fue pésimo, por muchos motivos, entre ellos no haberse animado a salir del uno a uno (los buenos políticos saben que los contratos electorales a veces se rompen, como había hecho Fernado Henrique Cardoso un año antes, devaluando el real después de hacer campaña prometiendo que no lo haría). Es, insisto con algo que ya escribí (4), lo que hizo Lula en 2003, Tabaré Vázquez en 2004 y el mismo Néstor Kirchner, anunciando en su campaña de 2003 la continuidad de Roberto Lavagna como ministro de Economía. Para enfrentar en serio a Milei, el peronismo debe evitar las apelaciones restauradoras y hablarle al sector de la sociedad que teme, desconfía y duda.

Parafraseando a Alberto Fernández: con la estabilidad sola no alcanza, pero sin la estabilidad no se puede.

1. Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 312, mayo de 2025.2.https://www.iprofesional.com/politica/455558-una-encuesta-asegura-que-milei-ya-no-es-el-politico-con-mejor-imagen-del-pais

3. https://panamarevista.com/no-robar/

4. "Sobre la candidatura presidencial de Axel Kicillof", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 322, abril de 2026.

Fuente:

https://www.eldiplo.org/

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