ARGENTINA Y EL CASO EPSTEIN: EL PODER COMO BARCO SIN PUERTO

28.02.2026

El poder no es una oficina ni una persona. Es un sistema. Y, a veces, funciona como un barco de lujo: cubiertas relucientes, champagne permanente, privilegios sin límite.
















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Por Juan A. Frey

Desde afuera, la escena parece sofisticada; desde adentro, es una maquinaria aceitada de complicidades. Pasajeros y tripulantes comparten la travesía con la sensación de que todo está permitido; los mejores manjares, salones privados, favores cruzados, secretos compartidos.

Pero hay una regla que no figura en ningún reglamento, nadie puede bajarse. Y quien lo intenta descubre que el mar no perdona. El escándalo que rodeó a Jeffrey Epstein dejó al descubierto algo más profundo que una red de delitos sexuales. Expuso la arquitectura de un sistema de poder que no sólo protege a los suyos, sino que administra la información como moneda de cambio y arma de extorsión. En ese barco metáfora incómoda pero precisa, la intimidad es capital político. Y quien controla los secretos, controla el rumbo.

El llamado "caso Epstein" no fue simplemente la historia de un financista vinculado a figuras globales. Fue la evidencia de una estructura donde élites políticas, empresariales y culturales podían quedar atrapadas en una red en la que el beneficio y la amenaza convivían sin contradicción. La lógica es brutal en su simpleza; pertenecer tiene ventajas, pero también costos. El acceso abre las puertas, la dependencia las cierra por dentro.

Cuando los archivos vinculados al caso reaparecen en la agenda pública años después de la muerte de Epstein en una cárcel de Nueva York, la pregunta central no es sólo qué contienen, sino quién decide cuándo se conocen. En política, los tiempos nunca son inocentes. Las filtraciones no son accidentes, son mensajes. Y cada mensaje tiene un destinatario.

Más inquietante aún es la paradoja de que muchos de los que denuncian la trama figuren directa o indirectamente en registros de vínculos o contactos. El poder puede denunciarse a sí mismo cuando el costo de hacerlo es menor que el beneficio estratégico. No es moralidad repentina, es cálculo. Se expone una pieza para salvar el tablero.

Uno de los rasgos más perturbadores del escándalo fue la sospecha persistente de que la información privada podía utilizarse como herramienta de presión. En ese esquema, la vida íntima deja de ser un asunto personal para convertirse en instrumento de disciplina. No hace falta castigar a todos; alcanza con que todos sepan que puede hacerse. 

El miedo funciona mejor cuando es selectivo y ejemplificador.

La metáfora del barco vuelve a escena, quien desobedece puede ser arrojado al mar. Quien deja de ser útil, desaparece del salón principal. El capitán puede cambiarse elecciones mediante, crisis mediante, pero el dueño del barco permanece. Y rara vez figura en la foto oficial.

Argentina: ¿la misma mecánica psicológica?

Trasladar esa lógica al escenario argentino no implica afirmar equivalencias automáticas ni importar teorías conspirativas. Pero sí obliga a formular una pregunta incómoda: ¿opera aquí una dinámica psicológica similar en los círculos de poder?

Argentina tiene su propia tradición de "carpetazos", operaciones cruzadas y filtraciones quirúrgicas. La exposición selectiva de escándalos judiciales, financieros o sexuales suele coincidir sospechosamente con momentos de alta tensión política o electoral. 

No siempre se trata de esclarecer; muchas veces se trata de disciplinar. La verdad importa menos que la oportunidad.

La mecánica psicológica del control se sostiene, al menos, en tres pilares:

1 - Acceso a privilegios: pertenecer al círculo otorga ventajas materiales y simbólicas.

2 - Lealtad inducida por temor: la amenaza implícita mantiene el orden sin necesidad de violencia explícita.

3 - Gestión estratégica de la información: los archivos existen, pero se activan cuando conviene.

En este esquema, el poder no es ideológico sino funcional. Puede atravesar partidos, gobiernos y discursos. Cambian las narrativas, pero persiste la lógica de autopreservación. 

Lo que importa no es la bandera, sino la estabilidad del barco y la continuidad del negocio.

El riesgo de analizar el caso Epstein y su eventual espejo local desde la lógica partidaria es convertirlo en arma arrojadiza. Entonces la discusión se degrada a quién capitaliza el escándalo, quién gana la elección, quién pierde puntos en las encuestas. Se pierde de vista lo esencial; cómo opera el sistema y por qué sobrevive a cada crisis.

El verdadero interrogante no es quién figura en una lista, sino quién decide cuándo esa lista se publica y cuándo se archiva. Quién administra los silencios. Quién define qué escándalo escala y cuál se diluye.

En la Argentina contemporánea, marcada por la desconfianza institucional y la polarización crónica, comprender estas dinámicas es urgente. No para alimentar el cinismo, sino para evitar que la indignación se convierta en un espectáculo pasajero. Porque el problema no es sólo el pasajero que cae al mar. Es la estructura que hace posible el viaje, que recluta, seduce y condiciona.

Y en ese barco, como en todo sistema cerrado, el silencio no es una omisión, es parte del contrato.