¿CÓMO SE ENTENDE A MILEI?

28.05.2026

En sus primeras apariciones mediáticas, el entonces tertuliano y economista Javier Milei captó rápidamente la atención de una parte importante de la audiencia argentina. Su estilo vehemente, confrontativo y emocional irrumpía como una anomalía dentro de un ecosistema político agotado, donde la moderación discursiva muchas veces funcionaba más como simulacro de racionalidad que como expresión auténtica de debate democrático. 


Foto: Infocielo
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Por Juan A. Frey

Milei no solo gritaba más fuerte, construía una escena de confrontación permanente donde la indignación aparecía convertida en virtud política.

Sin embargo, no era únicamente la intensidad de sus intervenciones lo que despertaba interés, sino también el repertorio intelectual que acompañaba sus exposiciones. Milei recurría con frecuencia a pensadores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Murray Rothbard y otros exponentes de la escuela austríaca del pensamiento liberal y anarco-capitalista, corrientes que hasta entonces ocupaban un lugar relativamente marginal en el debate político argentino. Aquellas referencias doctrinarias le permitían diferenciarse de una dirigencia tradicional muchas veces vacía de contenido ideológico consistente y apoyada más en el pragmatismo electoral que en sistemas de pensamiento programáticos.

Pero existe otro elemento central para comprender la rápida expansión de su figura política, el profundo anti-kirchnerismo acumulado durante más de una década en amplios sectores de la sociedad argentina. Milei no emerge únicamente como resultado de una crisis económica o institucional; también aparece como canalización de un rechazo político, cultural y emocional hacia el kirchnerismo entendido no solo como fuerza de gobierno sino como sistema de poder. Para muchos de sus votantes, Milei representó la posibilidad de confrontar de manera frontal una etapa histórica asociada a prácticas de corrupción, concentración de poder, polarización permanente, utilización partidaria del Estado y deterioro progresivo de la economía.

En ese sentido, una parte significativa de su apoyo inicial no necesariamente provenía de una adhesión doctrinaria al liberalismo extremo o al anarco-capitalismo, sino de una necesidad social y política de encontrar una figura capaz de enfrentar sin matices al kirchnerismo. Allí radica uno de los componentes más relevantes del fenómeno Milei. Su discurso logró sintetizar frustraciones económicas, agotamiento institucional y una identidad anti-kirchnerista que durante años no encontró una representación política lo suficientemente radicalizada dentro de los espacios opositores tradicionales. Mientras sectores de la oposición aparecían atrapados en posiciones moderadas o ambiguas, Milei ofrecía confrontación absoluta, ruptura simbólica y una narrativa de demolición del orden político existente.

La combinación entre un discurso económico radical, una narrativa antisistema y referencias doctrinarias poco habituales en los medios masivos generó una identidad política singular. Milei aparecía como una figura disruptiva que canalizaba no solo el desencanto social con la dirigencia tradicional, sino también una creciente frustración colectiva frente al deterioro económico, la decadencia institucional y la sensación de estancamiento histórico. Para muchos de sus seguidores, esa dimensión teórica le otorgaba una legitimidad distinta; Milei no parecía simplemente un dirigente más en busca de poder, sino alguien convencido de encarnar una batalla cultural contra un sistema que definía como moralmente corrupto y estructuralmente parasitario.

El anti-kirchnerismo operó, así como mucho más que una simple preferencia electoral negativa. En numerosos sectores sociales se transformó progresivamente en una identidad política propia, cargada de componentes emocionales, culturales y hasta morales. Milei supo interpretar esa sensibilidad con enorme eficacia discursiva. Su construcción del adversario político no se limitó a cuestionamientos técnicos o administrativos; el kirchnerismo pasó a ocupar en su narrativa el lugar de una fuerza casi destructiva para la nación, responsable no solo de la crisis económica sino también de una supuesta degradación ética y cultural más profunda. Esa lógica binaria entre "casta" y "sociedad", entre decadencia y redención, terminó potenciando el carácter emocional de su liderazgo.

Pero justamente allí comienza uno de los aspectos más preocupantes de su construcción política. Porque detrás de la aparente solidez doctrinaria del economista libertario empezó a emerger progresivamente una narrativa atravesada por componentes emocionales, mesiánicos y simbólicos que exceden el terreno de la discusión racional. Con el paso del tiempo y especialmente tras su llegada a la presidencia, comenzó a adquirir relevancia otro aspecto de su personalidad pública, la dimensión mística que atraviesa parte de su visión del mundo. Más allá de la centralidad de sus postulados económicos, Milei fue incorporando referencias religiosas y espirituales que introducen una tensión evidente entre el racionalismo extremo que proclama y las creencias trascendentes que parecen orientar parte de su autopercepción política.

En ese marco cobró notoriedad su acercamiento al movimiento judeo-jasídico Jabad Lubavitch, corriente fundada en el siglo XVIII por el rabino Schneur Zalman de Liadí, caracterizada por una intensa vida espiritual y una visión profundamente religiosa de la existencia. El presidente ha expresado públicamente su admiración por el Rebe Menachem Mendel Schneerson, figura emblemática de la Jabad Lubavitch y considerado por sus seguidores como uno de los líderes espirituales más influyentes del judaísmo ortodoxo contemporáneo. Esa cercanía no solo se manifestó en encuentros institucionales y gestos simbólicos, sino también en declaraciones donde Milei pareció atribuir a determinados acontecimientos de su vida una dimensión providencial.

En ese contexto, algunas afirmaciones del mandatario trascendieron claramente el plano estrictamente político para instalarse en el terreno de lo metafísico y lo esotérico. Sus comentarios acerca de la conexión espiritual que mantiene con sus perros fallecidos, así como las referencias a consultas místicas y experiencias de carácter trascendente, contribuyeron a consolidar una imagen pública donde la emocionalidad y el simbolismo ocupan un lugar central. Lo llamativo no es únicamente la existencia de esas creencias personales presentes en innumerables líderes políticos a lo largo de la historia sino la naturalidad con la que comenzaron a integrarse en la narrativa presidencial y en la construcción pública de autoridad.

Un episodio particularmente revelador ocurrió durante una entrevista con la conocida periodista Viviana Canosa, cuando el presidente hizo referencia al relato bíblico de Moisés y Aarón. Milei recordó que Moisés, según las Escrituras, tenía dificultades para expresarse y que Dios dispuso que Aarón hablara en su nombre. La analogía adquirió inmediata resonancia debido al papel central que ocupa su hermana Karina Milei dentro de su estructura política y personal. Desde entonces, distintos observadores interpretaron esa referencia como una posible identificación simbólica entre el relato bíblico y la relación de poder construida entre ambos hermanos. La comparación no resulta menor, toda narrativa que vincula liderazgo político con figuras providenciales o misiones semi-divinas tiende a desplazar la discusión democrática hacia terrenos donde el líder deja de presentarse como un actor político falible para asumir rasgos de excepcionalidad histórica.

La relación entre liderazgo político y dimensión espiritual no constituye, desde luego, un fenómeno nuevo. Numerosos dirigentes a lo largo de la historia construyeron parte de su legitimidad apoyándose en relatos providenciales, visiones mesiánicas o interpretaciones esotéricas de su misión histórica. Sin embargo, en contextos de crisis profundas, esas construcciones simbólicas adquieren una potencia particular, el líder deja de ser percibido únicamente como un administrador del poder para convertirse en intérprete del destino colectivo. Allí reside uno de los núcleos más delicados del fenómeno Milei. Porque su discurso no solo propone una transformación económica radical; también construye una épica moral donde sus adversarios aparecen muchas veces no como competidores legítimos dentro de la democracia, sino como encarnaciones del mal político, cultural y hasta civilizatorio.

En ese punto vuelve a adquirir relevancia el componente anti-kirchnerista como estructura emocional del fenómeno. La intensidad con la que una parte de la sociedad abrazó el liderazgo de Milei no puede comprenderse únicamente desde variables económicas. También expresa años de acumulación de resentimiento político, agotamiento frente a la polarización y deseo de ruptura con una etapa histórica determinada. Milei aparece entonces no solo como un presidente o un economista radical, sino como una figura sobre la cual muchos proyectan expectativas de reparación histórica frente al kirchnerismo. Esa dimensión emocional ayuda a explicar por qué incluso decisiones polémicas o discursos extremos continúan encontrando niveles importantes de respaldo social.

En ese sentido, la dualidad entre el economista formado en las teorías del liberalismo extremo y el dirigente que incorpora elementos místicos, emocionales y providenciales a su narrativa pública configura una de las contradicciones más profundas de su figura política. El mismo presidente que reivindica la supremacía de la razón económica y la lógica implacable del mercado construye simultáneamente un liderazgo sostenido sobre símbolos, afectos, relatos de destino y mecanismos de identificación casi religiosos. Lejos de tratarse de una simple excentricidad personal, esa síntesis entre ideología radical, emocionalidad antisistema, anti-kirchnerismo y misticismo político puede resultar clave para comprender la naturaleza de su vínculo con un sector significativo de la sociedad argentina.

Tal vez allí se encuentre una de las claves centrales para entender el fenómeno Milei, no únicamente como expresión de un programa económico liberal extremo, sino como emergente de una época marcada por la crisis de representación, el descrédito institucional y la necesidad social de encontrar figuras que prometan redención frente al colapso. En ese escenario, Milei parece haber comprendido algo que gran parte de la política tradicional subestimó durante años; en tiempos de incertidumbre extrema, las sociedades no solo buscan soluciones técnicas, también buscan relatos, símbolos y líderes capaces de transformar el malestar en fe política.



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