EL DÍA QUE LA IGNORANCIA ESTRATÉGICA INCENDIÓ EL MUNDO ÁRABE

04.03.2026

La historia contemporánea está plagada de errores estratégicos cometidos en nombre de la seguridad. Pero cuando una potencia decide eliminar al líder supremo de otro Estado en medio de negociaciones abiertas, la torpeza deja de ser solo geopolítica; se convierte en una ruptura histórica de dimensiones globales.

















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Por Juan A. Frey

Si el magnicidio de Alí Jameneí a manos de Estados Unidos hubiera ocurrido en los términos planteados, no estaríamos ante una simple operación militar, sino frente a un error estratégico de proporciones colosales. Un error que, lejos de fortalecer la posición estadounidense, evidenciaría una cadena de fallas políticas asociadas al liderazgo de Donald Trump.

Uno de los rasgos más persistentes de la política exterior de Trump fue la simplificación extrema de realidades complejas. Su salida unilateral del acuerdo nuclear con Irán, su retórica maximalista y su desprecio por la diplomacia multilateral mostraron una inclinación por la confrontación simbólica antes que por la comprensión estratégica.

En el caso iraní, el desconocimiento no es solo político, sino cultural y religioso. El líder supremo no es una figura meramente administrativa. En el Chiismo Duodecimano, el principio de la Ismah (infallibilidad espiritual) y el Nass (designación divina) otorgan al guía supremo una legitimidad que trasciende lo institucional. Atacar esa figura equivale, para trecientos millones de creyentes, a una agresión contra el corazón mismo de su cosmovisión religiosa.

Reducir esa realidad a la lógica binaria del "enemigo a neutralizar" revela una ceguera estratégica profunda. No comprender el peso simbólico de la autoridad religiosa en Irán implica subestimar la reacción popular y regional que un acto así podría desatar. Y, de hecho, una represalia iraní no se habría limitado a declaraciones diplomáticas; Irán atacó directamente a Qatar, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak, donde existen bases militares de Estados Unidos, ampliando el teatro del conflicto. También alcanzó a Chipre, territorio donde operan dos bases militares británicas, internacionalizando aún más la crisis.

Otro rasgo característico de Trump fue su estilo de negociación disruptivo; amenazas públicas, ultimátums y decisiones unilaterales que buscaban mostrar fuerza interna más que construir consensos externos. La retirada del acuerdo nuclear (JCPOA) en 2018 aisló a Washington de sus aliados europeos y debilitó los canales de diálogo.

Incluso instituciones del establishment estadounidense, como el Council on Foreign Relations, han advertido en diversas ocasiones sobre los riesgos de eliminar líderes sin un plan político integral posterior. La historia reciente demuestra que decapitar un liderazgo no garantiza estabilidad; puede, por el contrario, radicalizar estructuras enteras.

Un ataque en plena negociación no sería un acto de fuerza inteligente, sino la confirmación de una diplomacia errática.

Irán no es un actor aislado. Es una potencia regional con influencia en Irak, Siria, Líbano y Yemen, y con la capacidad para impactar en el mercado energético mundial desde el Estrecho de Ormuz. Cualquier escalada alteraría los precios del petróleo, mercados financieros y cadenas logísticas globales.

Medios influyentes como The Economist han cuestionado en el pasado decisiones impulsivas de la administración Trump por su tendencia a generar más incertidumbres que seguridades. En un contexto multipolar, donde Rusia y China buscan expandir su influencia, un acto de esta magnitud podría acelerar alianzas antiestadounidenses y debilitar aún más la posición global de Washington.

Trump cometió repetidamente el error de confundir imprevisibilidad con estrategia. La primera genera titulares; la segunda requiere coherencia y visión de largo plazo.

No puede ignorarse que muchas decisiones del trumpismo estuvieron atravesadas por cálculos electorales internos. El uso de la política exterior como herramienta de consolidación de base política a través de discursos nacionalistas y gestos de fuerza convirtió escenarios complejos en plataformas de consumo doméstico.

Sin embargo, la política internacional no es un reality show. Las consecuencias no se limitan a ciclos mediáticos de 24 horas; se proyectan durante décadas.

La estabilidad internacional descansa en normas tácitas; soberanía, inmunidad de jefes de Estado, canales diplomáticos abiertos incluso en tiempos de tensión. Romper esas reglas no fortalece al sistema; lo erosiona.

El mayor error de Trump no habría sido únicamente la decisión militar, sino la influencia Israelí que la motoriza, la creencia de que la fuerza inmediata sustituye a la legitimidad duradera. 

La historia demuestra que cuando las potencias actúan desde la ignorancia cultural y la impulsividad estratégica, el costo final supera cualquier beneficio táctico.

Las grandes potencias pueden imponer fuerza. Lo que no pueden imponer es comprensión. Y cuando la política exterior se divorcia del conocimiento profundo de las sociedades que pretende moldear, el resultado no es orden, es incendio.

Referencias: 

https://www.cfr.org/timelines/us-relations-iran