“EL RETORNO DEL PODER DESNUDO: DAVOS Y LA RECONFIGURACIÓN DEL ORDEN GLOBAL”

Las ideas que emergen del discurso político-empresarial contemporáneo revelan un desplazamiento profundo, del consenso liberal al realismo sin maquillaje, de la cooperación multilateral a la jerarquía explícita, del derecho internacional a la fuerza administrada por los vencedores.
Por Juan A. Frey
Los conceptos aquí analizados configuran no solo una agenda política, sino una cosmovisión civilizatoria en disputa.
1. El fin de la democracia como la conocemos; de valor universal a herramienta instrumental.
La democracia deja de ser presentada como un principio normativo universal y pasa a ocupar un rol funcional y condicionado. No se la abandona retóricamente, pero se la vacía de su carácter sagrado.
En este nuevo marco; la democracia es válida mientras no obstaculice la eficiencia económica, la seguridad nacional o la supremacía geopolítica. Se toleran regímenes híbridos si garantizan estabilidad y alineamiento estratégico.
El énfasis se desplaza del "rule of law al rule of outcomes" - (Estado de derecho y Estado de resultados).
Este giro no implica una muerte abrupta, sino una mutación silenciosa; la democracia como marca, no como límite al poder.
2. Europa deberá pagar por su seguridad; y será el fin de su ilusión post-histórica.
El mensaje es brutalmente claro, la seguridad ya no es un bien común occidental, sino un servicio transaccional. Estados Unidos deja de verse a sí mismo como garante altruista del orden europeo y se redefine como proveedor de seguridad bajo condiciones económicas, políticas y de acreedor estratégico, no de aliado incondicional.
Potencia que exige reciprocidad dura, no gratitud simbólica.
Este punto marca el fin del sueño europeo post-1945; prosperidad sin poder duro, bienestar sin músculo militar. Europa es interpelada como adulto geopolítico tardío… y vulnerable.
3. "Estados Unidos es el motor económico del planeta según Trump"; liderazgo autopercibido sin consenso ni fundamento real.
La idea de EE.UU. como "motor" ya no nos remite al liderazgo cooperativo del siglo XX; asimétrico y vertical, EE.UU. avanza primero. El resto decide si sube al tren o se queda atrás.
No hay promesa de inclusión, sino advertencia de irrelevancia.
El liderazgo se ejerce por capacidad, no por legitimidad compartida. Occidente ya no es una comunidad de valores, sino una cadena de suministro de poder, con Washington en el centro.
4. Geopolítica del siglo XIX con tecnología del XXI.
Aquí reside uno de los diagnósticos más inquietantes. El mundo vuelve a operar bajo lógicas propias del siglo XIX, esferas de influencia, potencias centrales y periferias subordinadas, diplomacia coercitiva. Pero con una diferencia crucial, hoy estas lógicas se potencian mediante: Inteligencia artificial, vigilancia masiva, armas autónomas y más control financiero y tecnológico.
El resultado es una geopolítica anacrónica con capacidades casi ilimitadas, donde la fuerza no solo se impone territorialmente, sino también sobre datos, cadenas productivas y narrativas, etc.
5. Reconocimiento de zonas de influencia.
La paz como reparto, la idea de que un hipotético "Consejo de Paz" reconozca las zonas de influencia de EE.UU. y respete las de Rusia, implica una redefinición radical del concepto de paz.
Ya no es ausencia de guerra, sino equilibrio entre poderes dominantes. Los Estados menores dejan de ser sujetos soberanos plenos y pasan a ser espacios negociables, este modelo no busca justicia ni autodeterminación, sino estabilidad entre gigantes, aun al costo de sacrificar principios que durante décadas sostuvieron el derecho internacional.
6. El ocaso de los organismos multilaterales, la ONU como reliquia.
El multilateralismo aparece como un obstáculo, no como una solución. La ONU, y con ella otras instituciones, son vistas como, lentas, ineficientes y capturadas por consensos obsoletos.
Se impone la lógica del club de los capaces, donde las decisiones relevantes se toman fuera de los foros universales y luego se imponen como hechos consumados.
El derecho internacional cede ante el derecho del que puede hacerlo cumplir.
7. El uso discrecional de la fuerza.
Legalidad sin legitimidad, permitir que los miembros activos de un Consejo de Paz utilicen la fuerza según su criterio supone un quiebre definitivo; la guerra deja de ser el último recurso, se normaliza como herramienta de gestión.
La legalidad se redefine ex post, y la legitimidad ya no proviene de normas compartidas, sino de la capacidad de imponer los resultados.
8. Un nuevo proyecto civilizatorio basado en la fuerza.
Quizá el aspecto más perturbador sea la insinuación de un nuevo proyecto civilizatorio. No basado en los derechos humanos, o en la igualdad soberana, o en el progreso compartido. Sino en la fuerza de los más poderosos, asumida sin culpa ni disimulo. Este proyecto no se presenta como idealista, sino como "realista". No promete un mundo mejor, sino un mundo ordenado por los fuertes. Es el abandono definitivo de la narrativa moral que sostuvo al orden liberal, del consenso al cinismo estructural.
Lo que estos conceptos revelan no es solo un cambio de políticas, sino un cambio de época.
El mundo que emerge no niega el pasado, lo declara ingenuo. Estamos ante el paso del idealismo al pragmatismo brutal, de la gobernanza a la dominación, del derecho a la capacidad.
La gran pregunta no es si este orden será más estable, sino cuánto costará en libertad, soberanía y dignidad sostenerlo.
Porque cuando la
fuerza vuelve a ser el principio organizador del mundo, la historia demuestra
que nadie permanece poderoso para siempre, pero muchos pagan el precio mientras
dura.

