EURASIA, EL NÚMERO TRES Y LA GEOPOLÍTICA DEL CAOS CONTROLADO

En marzo de 2003, Estados Unidos lanzó una operación militar destinada a derrocar a Saddam Hussein, inaugurando formalmente la Guerra de Irak.
Por Juan A. Frey
Aquella intervención, legitimada mediante argumentos hoy ampliamente desacreditados, no fue un episodio aislado ni un error de cálculo, sino una pieza central dentro de una arquitectura estratégica más amplia orientada a reconfigurar Medio Oriente, asegurar el control energético y preservar la primacía global estadounidense. Lejos de limitarse a una fase inicial de combate, la guerra se prolongó durante más de nueve años, dejando un Estado fallido, millones de desplazados y una región estructuralmente desestabilizada; el precio funcional de la hegemonía.
Más de dos décadas después, el 3 de enero de 2026, Washington habría activado la denominada "Operación Determinación Absoluta", cuyo objetivo sería el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. La reiteración del número tres día, mes y referencia histórica puede parecer anecdótica, pero en la liturgia del poder imperial nada es completamente casual. Los símbolos, los calendarios y las narrativas forman parte integral de la guerra psicológica y del mensaje dirigido tanto a aliados como a adversarios; la hegemonía aún decide cuándo, dónde y contra quién se ejerce la fuerza.
La pregunta de fondo no es si ambos acontecimientos están directamente conectados, sino si responden a una misma lógica estructural, la de un poder hegemónico en fase de desgaste, que recurre cada vez con mayor frecuencia a la coerción directa, la guerra híbrida y la desestabilización preventiva para frenar el avance de un orden internacional alternativo.
Un análisis crítico del rol de los grandes medios occidentales resulta indispensable. Cadenas como *CNN, la *BBC o The Washington Post han encuadrado las protestas en Irán como expresiones espontáneas de malestar económico inflación, desempleo, pérdida del poder adquisitivo, reduciendo deliberadamente el fenómeno a una narrativa tecnocrática y despolitizada. Si bien estos factores existen, su sobrerrepresentación cumple una función ideológica, ocultar la dimensión geoestratégica del conflicto y despojarlo de su carácter sistémico.
Lo que estos medios omiten sistemáticamente es la capacidad de organización, comunicación y sincronización de los "grupos opositores", incluso bajo condiciones de bloqueo digital casi total. La persistencia de canales operativos de Internet, presuntamente facilitados por sistemas satelitales como Starlink, sugiere un nivel de apoyo tecnológico externo incompatible con la idea de protestas puramente orgánicas. Este patrón remite de manera directa a las denominadas "revoluciones de colores"; operaciones de ingeniería política diseñadas para erosionar gobiernos no alineados, utilizando herramientas de guerra informacional, financiamiento encubierto y movilización social dirigida.
En paralelo, Israel parece aprovechar este clima de tensión para desplazar la atención internacional de los conflictos estructurales en Palestina y el Líbano. La coyuntura resulta estratégicamente funcional, especialmente en un momento en que las alianzas entre Irán, Rusia y China alcanzan un grado de coordinación sin precedentes. No se trata simplemente de acuerdos bilaterales, sino de la consolidación de un eje euroasiático que desafía frontalmente la arquitectura de poder surgida tras la Segunda Guerra Mundial y profundizada después de la Guerra Fría.
Aquí adquieren plena vigencia las tesis de Zbigniew Brzezinski, para quien Eurasia constituye el tablero central de la geopolítica global. En su visión, el control del "pivote euroasiático" determina el destino del poder mundial. La pesadilla estratégica de Washington siempre fue la convergencia entre Rusia y China, complementadas por Irán como nodo energético y militar. Esa convergencia, hoy en curso, erosiona la capacidad de Estados Unidos para arbitrar el sistema internacional desde una posición de supremacía indiscutida.
No es casual que los principales corredores de petróleo y gas esenciales para las economías de China, Rusia, Asia Central e Irán, atraviesen precisamente esta región. La disputa por Eurasia no es ideológica ni moral, es material, energética, geopolítica y civilizatoria. Controlar esos flujos equivale a controlar el metabolismo mismo del sistema global.
En este escenario, los BRICS emergen como una plataforma de articulación que debilita los mecanismos tradicionales de dominación occidental, particularmente el control financiero y marítimo. La progresiva desdolarización del comercio internacional no representa una amenaza simbólica, sino existencial, para el poder estadounidense. Un mundo donde el dólar deja de ser el eje de intercambio es un mundo donde la coerción financiera pierde eficacia y donde el recurso a la fuerza militar se vuelve, paradójicamente, más tentador.
No sorprende, entonces, que el Golfo Pérsico se encuentre saturado de fuerzas occidentales en estado de alerta permanente. La militarización del espacio no es una anomalía, sino el reflejo de una hegemonía que ya no logra gobernar exclusivamente mediante consensos y debe recurrir cada vez más al miedo, la disuasión y la amenaza explícita.
Así, enero y el número tres se inscriben simbólicamente en una Eurasia que avanza no sin contradicciones hacia un orden multipolar, buscando emanciparse de estructuras de dominación forjadas durante casi quinientos años de expansión occidental. La pregunta verdaderamente inquietante no es si esta estrategia tendrá éxito, sino cuál será la reacción si fracasa.
¿Está dispuesta la anglosfera a aceptar un mundo donde ya no dicta las reglas? ¿O recurrirá a la llamada "¿Opción Sansón", prefiriendo la destrucción del tablero antes que la pérdida definitiva del control? En un sistema internacional cada vez más frágil, esa posibilidad deja de ser una metáfora para convertirse en una amenaza concreta.

Referencias:
